a) Escrituras clave

Juan 15:1-17
Juan 12:24
Mateo 3:10
Jeremías 17:7-8
Mateo 25:14-30
Colosenses 1:10
Mateo 7:16-20
Romanos 7:4
b) Introducción

La fructificación, en realidad, es la meta del discipulado. El resultado del crecimiento en santidad y don personal debe ser la eficacia por amor al Reino de Dios en nuestra vida. La fructificación es productiva para nuestro propio desarrollo. Alguien que esté continuamente siendo productivo será sano y motivado en su caminar externo con Dios. El estancamiento trae frustración que lleva de nuevo a una falta de fructificación.
El Espíritu Santo nos es dado para que llevemos fruto para Dios en nuestra vida. Por nuestra buena voluntad y entrega podemos capacitarle, o por nuestra desobediencia y testarudez podemos impedirle (Lucas 12:21). El propósito de Dios para nosotros es que nuestra vida entera, es decir, cada parte de nuestra vida, sea rica hacia El, llevando fruto para nuestro beneficio y para Su gloria. Jesús dijo que era por su fruto que les conoceríamos (Mateo 7:16-20). Muchas de las razones más comunes de falta de fructificación están en áreas relacionadas con nuestra vida y emociones personales. A menos que pongamos nuestra casa en orden en estas áreas de nuestra vida, las batallas y temores interiores siempre nos dominarán y arrollarán, sea cual sea el potencial que haya para Dios.
c) Cuatro áreas mayores que necesitamos estudiar seriamente para ser fructíferos y alcanzarlas para Dios

1. Tener un entendimiento claro de fe
Un discípulo es una persona que se somete a vivir continuamente en la palabra de Jesús. Pero para que esto sea real, tiene que haber una abertura y un entendimiento de la verdad espiritual. Esto puede ser alcanzado en realidad sólo por ir conociendo la Escritura, no sólo en nuestro intelecto, sino en nuestro corazón. Hacer esto nos ayudará a discernir la verdad del error. Si hemos de ser eficaces en nuestro evangelismo entonces necesitamos desarrollar un entendimiento claro de lo que creemos y por qué lo creemos. No necesitas tomar un curso de teología para hacer esto. El Espíritu Santo ha prometido ser el maestro y guía para todos aquellos que buscan conocer más de las cosas profundas de Dios (1 Corintios 2:9-16). Lo mismo es verdad para nuestro vivir cotidiano. Un entendimiento de la fe a la que hemos sido llamados, nos libera del dominio mezquino de nuestros propios sentimientos y emociones. Existe una gran fuerza espiritual para ser ganada al mantenerse firmes en la fe. Esto significa que hemos comprendido las tremendas verdades de la Escritura y que las hemos hechos nuestras, así que ahora tenemos un fundamento para nuestra vida que es más seguro y estable que nuestros sentimientos o circunstancias.

2. Integridad en la totalidad de la vida
Nuestra vida es como la batería de un coche. Está compuesta de más de una célula. Para que esta batería funcione eficazmente cada célula necesita estar en buenas condiciones. Si una o dos células son dañadas, la eficacia de toda la batería se ve afectada. Es justo lo mismo con nuestra vida. La madurez tiene que ver con la totalidad de la vida. No vale dar mucho énfasis a las áreas espirituales sin darse cuenta de que Jesús tiene que ser Señor sobre la totalidad de la vida. El poder espiritual tiene que ver con la confianza. No podemos estar confiados ante Dios si sabemos que cierta parte de nuestra vida está en contradicción con todo el resto de ella (1 Juan 3:21-22).

3. Disciplina de tiempo y vida
La mayoría de la gente pierde una tremenda cantidad de tiempo y energía, sencillamente, porque no ejercitan la administración real en el área de su tiempo y su modo de emplearlo. No necesitamos llegar a ser esclavos de ninguna mentalidad de tiempo y método, sino que necesitamos hacemos preguntas acerca del propósito de nuestra vida y el uso de nuestro tiempo. Necesitamos vivir en la disciplina espiritual dada por Dios (2 Timoteo 1:7). Una falta de disciplina espiritual significa que nos encontramos viviendo bajo una clase de presión equivocada, sin prioridades claramente establecidas en nuestra vida. Tal falta de propósito pronto cría la insatisfacción espiritual y la pérdida de vitalidad espiritual.
4. Metas espirituales y su cumplimiento
Necesitamos poner metas para nuestra vida y saber a lo que aspiramos en nuestro servicio para Cristo (Filipenses 3:12).
d) Venciéndome a mí mismo
Para ser eficaces para Dios necesitamos saber dónde nos encontramos nosotros mismos. Necesitamos reconocer lo que nos afecta; en qué áreas necesitamos conocer el poder vencedor de Cristo y, sobre todo, dónde necesitamos alterar nuestras reacciones y respuestas desde lo negativo a lo positivo, para capacitamos a ser libres y operar sin temor o a favor en las zonas en que Dios nos ha llamado.
e) Tres enemigos de la libertad personal y la eficacia para Dios
1. Temor
Este es el peor enemigo, que se presenta en una multitud de disfraces.
En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.
(1 Juan 4:18)
En este versículo de la Escritura estamos tratando con el amor “ágape” desinteresado y sacrificado, el fue amor de Dios que nos libra de esta horrible garra de temor. El temor también es medio hermano de inseguridad. Uno de los factores más comunes que nos roba nuestra eficacia en el ministerio es nuestra odiosa comparación con otros, y la falta de paz y seguridad que sentimos acerca de nuestros propios ministerios (2 Corintios 10:12). Por otro lado, existe una clase de comparación que puede ser estimulante y lleva a u eficacia mayor. Esta es la clase de comparación que se basa en un entendimiento confiado de nuestra pro vida y ministerio en el Señor, y que ve a otros con abertura y gratitud y busca aprender lecciones y adoptar principios de su experiencia.

2. Orgullo
El quebrantamiento necesita ser el principio central de nuestra vida y ministerio, porque Satanás puede encontrar fácilmente en una vida y ministerio prósperos una oportunidad para halagar la carne. El orgullo oscurece la vista espiritual y endurece al corazón. Lleva a una pérdida de sensibilidad espiritual para que, sólo lleguemos a estar cerrados a Dios, sino también ciegos a las necesidades de otra gente. En efecto, el corazón de la humildad bíblica no es una actitud mezquina, sino abertura a Dios y a otros. Esto es el sello de calidad de verdadera humildad y mansedumbre y es lo opuesto de un espíritu orgulloso y altivo (Proverbios 6:16-1 Podemos ser tan talentosos espiritualmente como sea posible, pero todo lo bueno de ello y la potencia de la fructificación es destruido por tener un espíritu y actitud equivocado. Dios sólo se ocupa del orgullo en una manera: Se opone a él. Fue este pecado el que llevó a la caída de Satanás o Lucifer de la gloria, y por tanto, a todo pecado que ha afectado a la raza humana. El orgullo no es una cosa ligera en cuanto a Dios y se opone a él por todas partes (1 Pedro 5:5-6).

3. Inconstancia
Esto es una falta de seriedad. Cuando cambiamos de dirección con todo viento que sopla y seguimos cambiando nuestros principios y actitudes, otra gente no sabe dónde estamos nosotros. Esto crea una terrible inseguridad en otros y lleva a una ruptura de confianza en nuestras relaciones con ellos. Para ser eficaces con ellos y para otra gente, necesitan poder contar con- nosotros, incluso aunque no estén de acuerdo con nosotros. El propósito de Dios para la vida de todos es la integridad y madurez de corazón y vida. Las tres mayores necesidades del liderato eficaz y fructífero son la integridad, la humildad y la fe. Los líderes necesitan estar disponibles para la gente. Otra gente necesita poder leer sus vidas y percibir los motivos de su acción y comportamiento. Las personas que son realmente fructíferas en la vida de otros no son solamente aquellos que enseñan los principios, sino aquellos que los manifiestan. Para ser eficaces necesitamos conocer nuestro don y nuestro llamamiento, y no sentirnos llenos de disculpas acerca de ninguno. Un hombre humilde es un hombre que ha abierto su voluntad a la voluntad de Dios. Es una persona que se ve a la luz del llamamiento de Dios en su vida y de su verdadera posición en Cristo. Esto es el secreto de la verdadera humildad, porque entonces estamos verdaderamente abiertos a todo lo que Dios quiere hacer en nosotros y con nuestra vida (2 Crónicas 16:9).
Reproducimos lo que somos: este es el mayor principio de la fructificación. Si somos débiles en carácter produciremos personas moralmente débiles que no son más constantes que nosotros mismos. Si vivimos en temor de otros y con temores sin resolver, como el factor motivador en nuestra vida, entonces reproduciremos aquel temor en la vida de aquellos con quienes nos asociamos (determinará con quién nos asociamos). No podemos llevar a otros a la fe a menos que nosotros mismos seamos personas de fe. La raíz de la fructificación está en nosotros mismos. Este es el porqué necesitamos estar abiertos a Dios, el porqué necesitamos dejar al Espíritu Santo que nos escudriñe y nos limpie de todo motivo erróneo, de toda duda y temor personal, y de la inconstancia que tantas veces es el sello de nuestros esfuerzos humanos. Necesitamos que nuestra propia vida sea arreglada, para librarnos para las demandas de la vida y ministerio que Dios quiere hacer de nosotros.
Necesitamos tener la visión de Dios para nuestra vida. Algunas personas nunca reciben la visión de Dios para su vida, porque parece que nunca llegan a ese estado de su vida interior donde puedan oír o recibir la visión de Dios. Su continua falta de madurez espiritual parece incapacitarles para ser llevados a tener algún sentido de propósito para sus vidas. La visión puede determinar la preparación de la vida. Necesitamos dejar a Dios que se ocupe continuamente de nosotros para hacernos adecuados para recibir la visión que El quiere llevar a cabo con nosotros. Si podemos ver lo que Dios quiere hacer con nuestra vida, también muchas veces podemos ver lo que ha de cambiar en nosotros para que esto llegue a ser una realidad.
Si queremos ser fructíferos en lo que Dios nos ha llamado a ser, necesitamos una vida que iguale el desafío. Sin embargo, no necesitamos ser talentosos en toda manera antes de poder ser fructíferos. Alabado sea Dios, El puede suplir, y suplirá, las deficiencias de nuestra naturaleza, para que podamos perseguir Su voluntad más resueltamente (Santiago 1:5).
La fructificación es llegar a ser lo que tendríamos que ser en Cristo. Es estar totalmente abiertos al Espíritu Santo y permitirle que se ocupe de aquellas áreas negativas en el poder de la cruz. Es la entrega de nuestra voluntad y fragilidades humanas al Señor para que El pueda reformarnos en un vaso más perfecto, listo para el uso del Maestro (2 Timoteo 2:20-21). Necesitamos hacer sitio para la Palabra y propósito de Dios para nuestra vida.
f) Cambiar la polaridad
Una parte real del secreto de la fructificación está en el aprender a responder a las dificultades y desafíos que surgen en la vida (es decir, cómo manejar lo negativo y responder a lo positivo). Para ser fructíferos necesitamos aprender a manejar la vida y hacer que las cosas que nos suceden sean productivas para la gloria de Dios. Necesitamos aprender a manejar tanto el éxito como el fracaso para que Satanás no tenga oportunidad en nuestra vida por medio del orgullo. El orgullo convierte la fe en presunción; y el orgullo de la vida y del lugar se convierte en la motivación para nuestro trabajo y servicio. Incluso nuestros éxitos necesitan morir al pie de la cruz de Jesús para que en un sentido real sigamos como siendo “nadas” para el uso de Dios (Filipenses 4.11-13).
g) Siete áreas en las que necesitamos aprender a crecer
1. Desánimo
Esto nos afecta a todos en diferentes grados. Los mayores tiempos de desánimo muchas veces son aquellos que siguen inmediatamente después de algún momento de victoria o de éxito espiritual, porque todos nuestros recursos interiores están agotados y nosotros somos, por consiguiente, vulnerables.
El desánimo introduce un sentido de falsos valores, y por tanto, dejamos de ver las cosas como las ve Dios, o incluso de ser realistas en términos humanos.
El desánimo hace que huyamos de nuestras responsabilidades reales y puede llevarnos a la autocompasión. La lástima propia es una de las fuerzas más destructivas de la naturaleza humana. Se vuelve contra nosotros mismos y nos envuelve en una nube de oscuridad que nos impide ver la realidad. La autocompasión nos paraliza en cuanto a las responsabilidades que tenemos con otros y nos inmoviliza espiritual y, a veces físicamente.
El desánimo hace que lo ampliemos todo fuera de perspectiva. Cuando estamos desanimados necesitamos animarnos en el Señor. Necesitamos poner los ojos en Dios y empezar a ver las cosas como El las ve.

2. Comparaciones
No servimos al Señor en un vacío. Somos parte del cuerpo de Cristo en conjunto, y a veces existe un muy estrecho parentesco entre nosotros y otros que sirven al Señor con sus propios dones y en su propia manera. Esto debería ser causa de gran regocijo; que Dios, en su infinita sabiduría, haya escogido una gran variedad de personas y les haya capacitado en varios ministerios para servir al Reino. Sin embargo, muchas veces causa dolor por sentimientos de insuficiencia y deficiencia en nuestro propio corazón. En vez de sentirnos gozosos de su fructificación, nos sentimos amenazados. Por tanto, en vez de hablar positivamente acerca de otros, llegamos a ser críticos y negativos, siempre buscando un pretexto que nos permita derribar en vez de edificar.
Hierro con hierro se aguza; y así el hombre aguza el rostro de su amigo. (Proverbios 27:17)

Para que esto ocurra como es debido, necesitamos hacer tres cosas:
– Reconocer tan claramente como podamos, nuestro propio llamamiento ante el Señor y vivir en ello. Es una cosa muy peligrosa vivir en el llamamiento de otro hombre.
– Relajarnos en el poder de Dios y siempre intentar estar conscientes de que a menos que Dios lo haga en nosotros y a través de nosotros, nadie más lo hará.
– Regocijarnos en la fructificación de otros enfocando en lo que es positivo.

3. Decepción
Esto viene muchas veces de las aspiraciones y esperanzas fracasadas de nuestro propio corazón. Un sentido de fracaso puede resultar desastroso al ministerio eficaz. La decepción también puede venir de la vida de otros, cuando nuestras esperanzas para ellos no son cumplidas. Deberíamos dejar que las decepciones sean un “terreno de prueba” para la fe. Necesitamos apartarnos de la intensidad de la decepción en nuestro espíritu y dejar que el calor se vaya de ella, para que pueda llegar a ser un fuego refinador para nuestra fe. Es bueno para nuestra alma no siempre conseguir lo que queremos cuando lo queremos (2 Corintios 4:16-18).
4. Presión
Necesitamos hacer frente al hecho de que todo ministerio real va a llevar consigo una medida proporcional de responsabilidad. La responsabilidad lleva presión con ella. Si hacemos frente a la presión de la manera equivocada, nos aplastará. La presión de necesidad o de una iniciativa de fe particular puede resultar un tremendo estímulo a una carga pesada. La presión correcta nos mueve a la acción y puede ser muy productiva cuando la asumimos en el poder de Dios (Santiago 1:2).
Si hemos de ser fructíferos, particularmente de parte de otra gente, necesitaremos desarrollar el don de conocer la presión correcta y equivocada, y la habilidad de aceptar lo que es correcto y desechar lo que es equivocado. La presión desarrolla la perseverancia, que es una necesidad absoluta en los días en que vivimos, porque desarrolla en nosotros una mayor capacidad para la obra que Dios nos ha dado. La presión nos enseña nuestra capacidad y cuando es manejada adecuadamente, también la aumenta. La presión también demuestra áreas de debilidad en nuestra vida y personalidad, para que podamos llegar a estar conscientes de un problema antes que empiece, o dar los pasos espirituales necesarios para efectuar un cambio. El problema viene cuando llevamos la presión equivocada. Esto sucede cuando hemos aceptado una tarea o posición para la que no estamos ni llamados ni preparados. Satanás se ocupará de que nuestros ojos decidan, y en vez de estar en paz para aceptar y obrar dentro de la voluntad de Dios para nuestra vida, llegaremos a estar sujetos a las demandas y presiones que el Padre nunca propuso para nuestra vida.
Nuestros dones y capacidades son pulidos bajo presión. Conocemos lo perezosos que somos y el largo tiempo que tardaríamos en lograr algo para Dios, y por tanto El es quien mejor sabe ser un Consolador adecuado para nosotros, empujándonos hacia adelante a la acción en el poder de Dios.

5. Desacuerdo
Alguien dijo una vez: “la conformidad en el comportamiento en una organización es esencial, la conformidad en ideas en una organización es trágica”. ¿Cómo pueden dos andar juntos, a menos que estén de acuerdo? En un ministerio necesita haber un acuerdo básico de ideas y modos de enfoques espirituales. Sin embargo, la lealtad no necesariamente significa que estéis de acuerdo el uno con el otro sobre todo detalle insignificante. No es el liderato espiritual el que exige esta clase de conformidad, sino el dictado espiritual. Parte de cada uno de nosotros quiere que todos los demás estén de acuerdo con nosotros todo el tiempo, pero esto raramente es el caso. Como individuos no somos poseedores de toda la verdad y virtud. El conflicto creativo es un elemento muy productivo en el desarrollo de nuestro propio pensamiento y ministerio. Por la presión de los modos de enfoque e ideas de otra gente, muchas veces son confirmados o modificados los nuestros, y si son confirmados entonces están aun más claros y s fuertes por el desafío del conflicto aparente. De todas maneras, deberíamos ser más maduros en vez de ver esto como un conflicto. Por supuesto, existen límites más allá de los cuales las diferencias ya no son creativas, porque llevan a la guerra entre los grupos de personas en vez de una discusión útil.

6. Chisme, calumnia y malentendidos
Una lengua chismosa puede infligir heridas terribles en otra persona. Algunos que hablan rápido y ligeramente con su lengua, nunca se paran a considerar el daño que es causado, tristemente muchas veces más allá de la reparación (Proverbios 18:8; Proverbios 16:28; Santiago 3:6). Necesitamos aprender ciertas lecciones muy de prisa:

– No existe liga de autodefensa en el Reino de los cielos. No vale para nada el hacerse el gallito e intentar alguna clase de defensa equivocada. Si nuestra respuesta inmediata es dar golpes furiosos sin mirar a quién, estaremos en peligro de ser mordidos dos veces, porque aquí nos confrontamos con un mal que proviene desde el mismísimo pozo del infierno. La tragedia es, por supuesto, que es un mal que se ha extendido por todo el cuerpo de Cristo.
– Necesitamos saber cuándo dejarlo en paz o cuándo confrontarlo con la verdad. Existen momentos cuando cualquiera de las dos maneras de actuar puede ser correcta y necesitamos el don de discernimiento en el Espíritu Santo para conocer la diferencia. Existen momentos cuando el cotilleo está basado nada más que en desinformación, y sólo se necesita una pequeña dosis de la verdad para corregirlo.
– Necesitamos saber dejar que la palabra hiriente desafíe nuestra propia vida y acción. Muchas veces la crítica tiene un grano de verdad en ella de la cual podemos aprender algo.

El chisme raramente perturba y ciertamente no puede destruir un corazón y vida en paz con Dios. Si sabes tu posición y tienes aquella relación abierta con el Padre y te dice que todo está bien, entonces no tienes nada que temer.

Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
(Filipenses 4:7)
7) Heridas y problemas personales
Las heridas pueden llevar a un terrible aplastamiento del espíritu.
El ánimo del hombre soportará su enfermedad; mas ¿quién soportará al ánimo angustiado? (Proverbios 18:14)
Es en momentos así que el Señor quiere que se lo traigamos todo a El. No existe ninguna otra respuesta a esta necesidad más profunda de nuestro espíritu. El Padre conoce nuestro espíritu porque El lo creó, Sabe manejarlo, sabe sanarlo, sabe cotejarlo para que regrese a la vida de nuevo. Sabe derramar se bálsamo en nuestro corazón sin permitirnos complacernos de la pena de nosotros mismos. Su mano es amorosa, pero fuerte.
Echando toda vuestra ansiedad sobre El, porque El tiene cuidado de vosotros.
(1 Pedro 5:7)
j) Preguntas y puntos de discusión
1. ¿Cuál es el resultado de una vida que no produzca fruto?
2. ¿Sabes lo que crees y por qué lo crees?
3. ¿Está en contradicción alguna parte de tu vida con otra parte?
4. ¿Qué ocupa la mayor parte de tu tiempo? ¿Eres buen administrador de tu tiempo?
5. ¿Está el temor robándote tu efectividad para Dios en algún área de tu vida?
6. ¿Puede la gente contar contigo, y conocer su posición ante ti?
7. Para verlo que está dentro de un tubo de pasta de dientes presionas sobre él apretando. ¿Qué encuentra la gen dentro de ti cuando te presionan?
8. Si reproducimos lo que somos ¿qué reproducirías?
9. “Cuando el caminar se hace duro, los duros empiezan a caminar” es un buen lema para un discípulo de Jesús, ¿Podrías decir que tú vives de acuerdo con este lema en este momento de tu propia vida?
10. ¿Cómo manejas el desánimo; las comparaciones; las decepciones; la presión; el desacuerdo; el cotillea, la calumnia y los malentendidos; y las heridas y problemas personales? Considera cada uno de estos separado.

k) Resumen y aplicación
1. Los discípulos de Jesús deberían ser fructíferos en su vida para Dios.
2. Necesitamos entender la fe claramente, tener la vida en armonía, ser disciplinados, y ponernos me espirituales para ser fructíferos en nuestra vida para Dios.
3. El temor, el orgullo y la inconstancia son tres áreas principales que necesitamos vencer para ser fructíferos para Dios.
4. Si queremos ser fructíferos en lo que Dios nos ha llamado como discípulos de Jesús, necesitamos vivir u vida que iguale el desafío del discipulado.
5. La fructificación viene cuando aprendemos a responder ala manera de Diosa las dificultades y desafíos de la vida.
6. No debemos dejar que Satanás consiga asidero en nuestra vida a través de las heridas, desánimos, decepciones, desacuerdos, cotilleos y comparaciones.
7. Como discípulos de Jesús, somos pámpanos en la vid – Jesucristo (Juan 15:1-17). El propósito del pámpano es el de llevar fruto. Un pámpano nunca se esfuerza para hacer esto, sino que sencillamente, permanece en la vid. La vid hace guíe la savia que da vida fluya por él y él da el fruto. Por permanecer en Cristo, mantenernos cerca de El y no correr lejos y hacer nuestra propia voluntad, El hace que la savia que da vida del Espíritu Santo fluya por nosotros para que podamos dar fruto. Este fruto primeramente es para nuestro Padre celestial que es el jardinero y no sólo consiste en almas salvadas, sanadas y liberadas, sino también consiste en el fruto del Espíritu Santo manifestado en nuestra vida (Gálatas 5:22-23). Esta clase de fruto visto por otros les llevará a Cristo. “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos”. (Juan 15:8),

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