Los mandamientos de Dios y la imposibilidad de cumplirlos. La salvación entonces es por la fe en la obra redentora de Cristo hecha a nuestro favor. De esa manera podemos ir al cielo, por los méritos de Cristo aplicados a nuestra vida, cuando le recibimos en nuestro corazón como nuestro salvador.

(Romanos 10:1) Dice Dios a través de S.Pablo:

Amados hermanos, el profundo deseo de mi corazón y mi oración a Dios es que los israelitas (y todos) lleguen a ser salvos (y esto se aplica a todas las personas que procuran salvarse tratando de hacer obras buenas pero nunca llegan a tener la seguridad de su salvación).

(Romanos 10:2)

Yo sé que ellos tienen un gran entusiasmo por Dios, pero es un fervor mal encauzado.

(Romanos 10:3)

Pues no entienden la forma en que Dios hace justas a las personas con él. Se niegan a aceptar el modo de Dios y, en cambio, se aferran a su propio modo de hacerse justos ante él tratando de cumplir la ley (por sus propias fuerzas los mandamientos de Dios).

(Eclesiastés 7:20) Pero Dios dice:

No hay una sola persona en la tierra que siempre sea buena y nunca peque.

(Romanos 3:9)

Tal como acabamos de demostrar, todos —sean judíos o gentiles (no Judíos) están bajo el poder del pecado.

(Romanos 3:10)

Como dicen las Escrituras: «No hay ni un solo justo, ni siquiera uno.

(Romanos 3:12)

No hay ni uno que haga lo bueno, ni uno solo.

(Romanos 3:19)

Obviamente, la ley se aplica a quienes fue entregada, porque su propósito es evitar que la gente tenga excusas y demostrar que todo el mundo es culpable delante de Dios.

(Romanos 3:20)

Pues nadie llegará jamás a ser justo ante Dios por hacer lo que la ley manda. (Cumplir todos los mandamientos de Dios porque nadie los puede cumplir totalmente) sencillamente nos muestra lo pecadores que somos.

(Romanos 3:21)

Pero ahora, tal como se prometió tiempo atrás en los escritos de Moisés y de los profetas, Dios nos ha mostrado cómo podemos ser justos ante él sin cumplir con las exigencias de la ley.

(Romanos 3:22)

Dios nos hace justos a sus ojos cuando ponemos nuestra fe en Jesucristo. Y eso es verdad para todo el que cree, sea quien fuere.

(Romanos 3:23)

Pues todos hemos pecado; nadie puede alcanzar la meta gloriosa establecida por Dios.

(Romanos 3:24)

Sin embargo, con una bondad que no merecemos, Dios nos declara justos por medio de Cristo Jesús, quien nos liberó del castigo de nuestros pecados.

(Romanos 3:25)

Pues Dios ofreció a Jesús como el sacrificio por el pecado. Las personas son declaradas justas a los ojos de Dios cuando creen que Jesús sacrificó su vida al derramar su sangre.

(Romanos 3:26)

Dios…es justo e imparcial, y declara a los pecadores justos a sus ojos cuando ellos creen en Jesús.

(Romanos 3:30)

Hay sólo un Dios, y él declara justos a judíos y gentiles únicamente por medio de la fe (en la obra redentora de Jesús).

(Romanos 10:4)

Pero Cristo ya cumplió el propósito por el cual se entregó la ley. (los mandamientos) Como resultado, a todos los que creen en él se les declara justos a los ojos de Dios.

(Hechos 13:38)

Hermanos, ¡escuchen! Estamos aquí para proclamar que, por medio de Jesús, ustedes tienen el perdón de sus pecados.

(Hechos 13:39)

Todo el que cree en él es declarado justo ante Dios, algo que la ley de Moisés nunca pudo hacer.

(Gálatas 2:16)

Sin embargo, sabemos que una persona es declarada justa ante Dios por la fe en Jesucristo y no por la obediencia a la ley. Y nosotros hemos creído en Cristo Jesús para poder ser declarados justos ante Dios por causa de nuestra fe en Cristo y no porque hayamos obedecido la ley. Pues nadie jamás será declarado justo ante Dios mediante la obediencia a la ley. (Porque nadie los puede cumplir).

(Gálatas 3:24)

Dicho de otra manera, la ley fue nuestra tutora hasta que vino Cristo; nos protegió (nos declaró lo que es bueno) hasta que se nos declarara justos ante Dios por medio de la fe.

(Gálatas 4:4)

Pero, cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la ley.

(Gálatas 4:5)

Dios lo envió para que comprara la libertad de los que éramos esclavos de la ley, a fin de poder adoptarnos como sus propios hijos.

(Gálatas 4:6)

Y, debido a que somos sus hijos, Dios envió al Espíritu de su Hijo a nuestro corazón, el cual nos impulsa a exclamar «Abba, Padre». (Papito).

(Gálatas 4:7)

Ahora ya no eres un esclavo sino un hijo de Dios. Y, como eres su hijo, Dios te ha hecho su heredero.

(1 Pedro 2:24) Esto pudo ser porque Cristo:

Él mismo cargó nuestros pecados sobre su cuerpo en la cruz, para que nosotros podamos estar muertos al pecado y vivir para lo que es recto. Por sus heridas, son sanados.

(1 Pedro 3:18)

Cristo sufrió por nuestros pecados una sola vez y para siempre. Él nunca pecó, en cambio, murió por los pecadores para llevarlos a salvo con Dios.

(1 Juan 3:5)

Y ustedes saben que Jesús vino para quitar nuestros pecados, y en él no hay pecado.

(1 Juan 3:6)

Todo el que siga viviendo en él no pecará; pero todo el que sigue pecando no lo conoce ni entiende quién es él.

(1 Juan 3:9)

Los que han nacido en la familia de Dios no se caracterizan por practicar el pecado, porque la vida de Dios está en ellos. Así que no pueden seguir pecando, (practicar el pecado continuamente) porque son hijos de Dios.

(1 Juan 3:1) Entonces podemos decir confiadamente:

Miren con cuánto amor nos ama nuestro Padre que nos llama sus hijos, ¡y eso es lo que somos!

(1 Juan 3:2)

Queridos amigos, ya somos hijos de Dios, pero él todavía no nos ha mostrado lo que seremos cuando Cristo venga. Pero sí sabemos que seremos como él, (como Jesús) porque lo veremos tal como él es.

(1 Juan 5:1)

Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha llegado a ser un hijo de Dios.

(1 Juan 5:11)

Y este es el testimonio que Dios ha dado: él nos dio vida eterna, y esa vida está en su Hijo.

(1 Juan 5:12)

El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.

(1 Juan 5:13)

Les he escrito estas cosas a ustedes, que creen en el nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna.

Por favor haga esta oración: Gracias Jesús por tu obra redentora en la cruz a favor de todos los hombres, gracias porque tu declaras justo al que tiene fe en tu obra a favor de nosotros en la cruz.

Gracias porque moriste en nuestro lugar y pagaste nuestra deuda a nosotros que somos pecadores. Ahora te recibo en mi corazón como mi salvador y te pido perdón por todos mis pecados. Gracias porque los llevaste en la cruz por mí y moriste en mi lugar.

Recibo ahora tu salvación, tu perdón y declaro con toda seguridad que ahora soy verdaderamente un hijo de Dios.

Gracias porque tu Espíritu Santo vencerá en mí, la tendencia al pecado y porque me cuidarás hasta que vaya al cielo contigo. Gracias por vivir ahora en mí y tener la vida eterna.

Te amo Dios mío. Amén.

Leo otra vez 1 Juan 5:1; 11-13.

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