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Jesús irradia la gloria de Dios y expresa el carácter mismo de Dios, después de habernos limpiado de nuestros pecados se sentó en el lugar de honor a la derecha del majestuoso Dios en el cielo.

En su bondad Dios los llamó a que participen de su gloria eterna por medio de Cristo.

El nos rescató del reino de la oscuridad y nos trasladó al Reino de su Hijo amado, quién compró nuestra libertad con su sangre y perdonó nuestros pecados. Como resultado los ha trasladado a su propia presencia, y ahora ustedes son santos, libres de culpa y pueden presentarse delante de El sin ninguna falta.

Nosotros vimos el majestuoso esplendor de Jesús con nuestros propios ojos, cuando recibió honor y gloria de parte de Dios Padre. La voz de la majestuosa gloria de Dios le dijo: “Este es mi Hijo amado, quién me da gran gozo”.

Jesús nunca pecó y jamás engañó a nadie. No amenazaba con vengarse cuando sufría.

El mismo cargó nuestros pecados sobre su cuerpo en la cruz y por sus heridas somos sanados. El sufrió por nuestros pecados una sola vez y para siempre. El nunca pecó, en cambio murió por los pecadores para llevarlos a salvo con Dios.

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