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Libro:  El Espíritu Santo y Tú

Libro: El Espíritu Santo y Tú

Libro: El Espíritu Santo y Tú. Indice de Capítulos. Todo el material disponible en línea.

INDICE
Prefacio
1 – El primer paso
2 – El desbordamiento
3 – ¿Que dicen las Escrituras?
4 – Preparándonos para el bautismo en el Espíritu Santo
5 – Como recibir el bautismo en el Espíritu Santo
6-Introducción a los dones del Espíritu Santo
7-El don de lenguas y el don de interpretación
8-El don de profecía
9 – Dones de sanidades
10-El obrar milagros
11- El don de la fe
12 – Discernimiento de espíritus
13 – La palabra de ciencia y la palabra de sabiduría
14 – El camino excelente
15 – Consagración

Prefacio

Este libro comparte algunos de los conocimientos adquiridos a través de una década de activo testimo¬nio, enseñando, viajando y experimentando la obra y las manifestaciones de nuestro Señor, el Espíritu Santo, en numerosos lugares.
Pueden considerarse los últimos diez años como una década de testimonio, ya que el Bautismo en el Espíritu Santo ha tomado carta de ciudadanía en las iglesias “tradicionales”. Miles de pastores y sacer¬dotes, y millones de laicos de las más tradicionales denominaciones, han recibido al Espíritu Santo como en el día del primer Pentecostés. Hechos 2:4. Y ahora, a medida que el testimonio progresa con fuerza cada día más crecien¬te, se advierte una gran necesidad de enseñanza. Al¬guien ha señalado que el primer síntoma de la recu¬peración de un enfermo es cuando se despierta su apetito. ¡El pueblo de Dios ha estado muy enfermo, cercano a la muerte, pero ahora la Iglesia de Dios está convaleciente y hambrienta! Tenemos la espe¬ranza de que este libro logre suplir parte del alimento necesario para una total recuperación.
Nosotros, no nos inclinamos por ninguna denominación cristiana en particular. Nues¬tro mayor deseo es que la gente encuentre en sus vidas al Señor Jesucristo, y reciba el poder del Espíritu Santo, haciendo caso omiso de su denominación, en caso de tenerla.  Nos ocupamos de todo aquello que pueda unir a las iglesias, y hemos evi¬tado la discusión de temas que han dividido a los cristianos a lo largo de los siglos.
Hemos escrito estos estudios con sinceridad e iluminados por la luz de que disponemos en este momento. Solamente podemos agradecer al Señor Jesús y al Espíritu Santo  que fue quien nos enseñó a todos. Juan 14:26. Nuestra fuente escrita más importante, demás esta decirlo, es la Es¬critura misma. Y también hemos aprendido mucho de nuestras propias experiencias.
Esperamos y oramos para que este libro El Espíritu Santo y tu, sea de ayuda a muchos, tanto a los que han sido bautizados en el Espíritu Santo desde años atrás, como para los que recién entran o están pre¬parándose para entrar en esta área de la experiencia cristiana. Terminamos con las palabras de San Pablo
“Gracia y paz a vosotros, de Dios -nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús; porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en E1, en toda palabra y en toda ciencia… de tal manera que nada os falta en ningún don, esperando la manifestación de nuestro Señor Jesu¬cristo…” (1 Corintios 1:3-5, 7.)
En el amor de nuestro Señor Jesús,
Dennis y Rita Bennett

Varios años atrás, en uno de los estados de Nueva Inglaterra, la esposa de un comerciante cristiano, ami­go nuestro, lavaba los platos que habían sido utilizados para el desayuno, cuando escucho que llamaban a la puerta de calle. Al salir para atender el llamado vio a su vecina, parada en la vereda y con una mirada de infinita tristeza en los ojos.

-He venido para despedirme- le dijo la visita-. Por mucho tiempo hemos sido vecinas, y si bien no nos hemos tratado mayormente, he creído oportuno informarle que nos mudamos.

-¿Por que?- le preguntó la dueña de casa-. ¿Ha conseguido un nuevo puesto su marido, o algo por el estilo? Pase, por favor y tome asiento. Dígame que ha sucedido.

La vecina se dejo caer pesadamente en una silla. -No- dijo -no se trata de eso. Vamos a perder la casa, porque no podemos pagar las cuotas. También perderemos el automóvil.

Sin decir otra palabra se quedo mirando fijamente sus manos abiertas que descansaban sobre su falda. Luego levanto los ojos. -Ya que estamos, le contare toda la historia. Juan y yo nos vamos a divorciar.

-Pero ¿Por qué? ¿Que puede haber sucedido?

-Tanto mi esposo como yo somos alcoholistas em­pedernidos- dijo tristemente la mujer-. No podemos librarnos del vicio. Hemos perdido nuestro dinero y prácticamente todos nuestros bienes. Lo que más nos aflige es nuestro niño; no quisiéramos que fuera la victima de un hogar destrozado, con todo lo que eso significa.

La pobre mujer estaba al borde de las lágrimas.

-Pero- dijo la esposa de nuestro amigo -¿no sabes que hay una solución?

La vecina levanto la vista bruscamente: -¿Que quieres decir? Hemos probado todos los medios No podemos cumplir con el programa que nos fijó la sociedad de Alcohólicos Anónimos. Hemos consul­tado a un psiquiatra, pero aun en el caso de que fuera esa la solución, no tenemos el dinero para pagar las consultas.

-¿Por que no le pides a Jesús que te ayude?

Ahora fue la vecina la que se quedo perpleja. -¿Je­sús? ¿Que tiene que ver e1 con todo esto?

– ¡Por supuesto que tiene que ver! ¡El es el Salvador!- exclamo la esposa de nuestro amigo.

-Oh- dijo la vecina -estás hablando de religión y todo eso. Yo soy religiosa. Es decir, creo en Dios, y siempre trate de ser una persona decente.

Se rió haciendo una mueca, y añadió. Por lo visto no lo he logrado.

-No, no, no es eso lo que quiero decir. Me refiero a que Jesús es el Salvador, el salva, rescata a la gente. El te librara de tu situación, si le pides que se haga cargo de todo. Supongo que quieres salir del hoyo en que te encuentras. Es decir, que quieres ser diferente, que quieres ordenar tu vida.

La vecina miro por un instante a la dueña de casa. -Nunca nadie me lo dijo de esa manera- exclamo-. ¿Quieres decir que es así de simple? ¿Solamente pedirle a el?

La esposa de nuestro amigo asintió. -¡Aja! El vive y está aquí mismo. ¡El lo hará!

La vecina permaneció por un rato en silencio y luego, de pronto, se dejo caer sobre sus rodillas y levanto las manos en un gesto de rendición. -No se cómo expresarlo- dijo –pero te ruego, Jesús, que me ayudes a salir de este problema. ¡Por favor te pido que te hagas cargo!

A continuación se puso de pie y sin más se fue a su casa.

Dos días después el marido de la vecina tocó tam­bién el a la puerta de calle. -¿Que ha pasado con mi esposa?- preguntó con aspereza. ; ¡Yo también quiero de lo mismo!

Los esposos cristianos le explicaron al hombre la realidad de lo que había experimentado su esposa, y le llegó el turno a el de ponerse de rodillas sobre el piso de la cocina y pedirle a Jesús que se hiciera cargo de su vida!

¿Que sucedió después? Desapareció el problema del alcohol, que no era más que un síntoma del vacío de sus vidas. No se perdió el hogar. No se disolvió el matrimonio. Jesús salva. Jesús salvo su hogar, su matrimonio, su salud, y probablemente sus vidas. Jesús no duda un instante en acudir de inmediato para solucionar las necesidades mas apremiantes de la gente. Recordemos que dos de sus grandes milagros los hizo para dar de comer a los hambrientos. A decir verdad, casi todos sus milagros fueron para satisfacer las necesidades físicas de la gente. Ocurre a menudo que el primer paso a dar para ser cristianos es nada más que un grito en demanda de ayuda. Hechos 2:21; Romanos 10:13; Sal 103:1-2.

Pero otras cosas ocurrieron, además, al matrimonio de ex-alcohólicos. Toda su vida sufrió un cambio notable. Eran diferentes. Algo sucedió dentro de ellos.

La palabra “salvar” en nuestras Biblias, traduce el original griego sozo que significa, de acuerdo a nuestro vocabulario; “proteger o rescatar de peligros naturales y aflicciones … salvar de la muerte … sa­car con mano firme de una situación llena de peligro mortal … resguardar o evitar el contagio de enfer­medades … evitar la posesión demoníaca … devolver la salud perdida, mejorar, guardar, mantener en ópti­mas condiciones … tener buen éxito, prosperar, an­dar bien… salvar o proteger contra la muerte eterna … ”

Abrazar la fe cristiana no significa aceptar una filosofía o un juego de normal, o creer en una lista de principios abstractos;

Abrazar la fe cristiana sig­nifica permitir a Dios que entre y viva en nosotros. (Colosenses 1:27.)

Abrazar la fe cristiana significa arrepentirnos. (He­chos 2:38; 26:18.) Y eso, a su vez, significa querer ser diferentes, admitir que estamos en el mal camino y que queremos volver a la buena senda. Muchos vie­nen a Jesús, como el matrimonio de nuestro relato, porque saben que están en un callejón sin salida, ca­mino a la destrucción. Si están dispuestos a cambiar, Jesús los acepta y atiende a sus necesidades.

Abrazar la fe cristiana significa convertirnos. (He­chos 3:19; Mateo 18:3.) Y para eso hay que darse vuelta y caminar en la dirección opuesta -la verda­dera dirección- con Jesús.

Abrazar la fe cristiana significa ser perdonado. (Salmo 103:11-12.) Y eso significa ser despojados de nuestros pecados como si jamás hubieran existido y que no queden ni rastros de ellos. Mas aún, signi­fica ser perdonados cada día, ¡vivir en estado de perdón! (1 Juan 1:9.)

Abrazar la fe cristiana es nacer de nuevo. (Juan 3:1-21; 1 Pedro 1:23.) Y aquí -llegamos al meollo del asunto. Un erudito y anciano dignatario fue a Jesús de noche buscando respuestas a sus interrogantes. Jesús le dijo:

Nicodemo, tienes que nacer de nuevo.

El anciano sacudió la cabeza. -¿Como es posible que un hombre ya grande vuelva a nacer? ¿Puede acaso entrar de nuevo en el vientre de su madre para volver a nacer?

Jesús le respondió: Nicodemo. Para un hombre docto y erudito es muy pobre la respuesta que me has dado. No estoy hablando del nacimiento físico; eso ya sucedió. Tienes que nacer del Espíritu. (Del Espíritu Santo).

¿Qué quiso decir Jesús?

La Biblia nos enseña que Dios creó al hombre con la capacidad suficiente para conocerle y correspon­derle. Pero desde el comienzo el hombre interrumpió esa relación y cuando lo hizo, murió espiritualmente y transmitió esa muerte espiritual a todos sus des­cendientes. Lo mas recóndito de nuestra personalidad toma el nombre de “espíritu” o pneuma en griego, y fue creado con el propósito principal de conocer a Dios. Los animales tienen cuerpo y alma, pero los hombres tienen cuerpo, alma y espíritu. (1 Tesalo­nicenses 5:23.) Cuando el hombre, en el comienzo, destruyo la relación con Dios -lo que llamamos la caída del hombre- murió esa parte recóndita, o que­do fuera de acción, y siempre desde entonces el hombre actuó a impulsos de su alma y de su cuerpo. (Génesis 2:17.) No es de extrañar entonces que nos ha­yamos metido en semejante enredo! El “alma”, psiquis en griego, es el componente psicológico, formado por nuestro intelecto o voluntad, y nuestras emocio­nes. Esta parte de nuestra personalidad es maravillosa cuando esta bajo el control de Dios a través del Es­píritu, pero es capaz de cosas terribles cuando esta descontrolada.

He aquí el porque la historia de la humanidad está plagada de odio, derramamiento de sangre, crueldad y confusión; los seres humanos están muertos espiri­tualmente: “muertos en vuestros delitos y pecados”, (Efesios 2:1) procurando vivir de acuerdo al alma pero fuera de todo contacto con Dios y, por lo tanto, perdidos. (Lucas 19:10.) La palabra “perdido” sig­nifica que no sabemos dónde estamos, a dónde vamos, o para qué somos. Si no se corrige esta situación, naturalmente significa el infierno, significa que la persona se perderá eternamente, y morara en la oscu­ridad, en el miedo, en la rebelión, en el odio, separado de Dios para siempre; y no solamente eso, sino que será parte de la interminable destrucción del diablo y sus Ángeles, porque allí no habrá “tierra de nadie”. Por lo tanto, la necesidad mas urgente y apremiante es renacer, volver a la comunión con Dios; y eso, exac­tamente, es lo que Jesucristo nos ofrece. Por medio de Jesús, y por Jesús solamente -no hay otro ca­mino- se manifiesta la vida de Dios que alienta su vida en nosotros. (Juan 10:10.)

Sin embargo, las iniquidades que cometimos cuando estábamos perdidos y fuera del contacto con Dios, levantaron un muro divisorio de pecado y de culpabilidad que hacían imposible recibir esta nueva vida. (Isaías 59:2.) Dios es amor pero también es justicia. No puede “dejar pasar por alto” lo que hacemos, de la misma manera que un padre amante no puede “dejar pasar por alto a su hijo” si sabe que es cul­pable de un delito. El padre tendría que insistir ante el muchacho para “que se entregue” a las autoridades. Pero si el joven estuviera realmente arrepentido, seria una buena ocasión para que el padre ofreciera pagar la multa, o cumplir una sentencia, o aun morir en su lugar, si tal cosa fuera posible. En ese caso se habría satisfecho tanto a la justicia como al amor.

Y esto es justamente lo que hizo Jesús. Satisfizo los requerimientos de la justicia al morir por nosotros. Jesús era Dios en carne humana, la encarnación de la segunda persona de la divinidad, el Dios Creador, por quien el Padre creó el universo. (Efesios 3:9; Hebreos 1:2.) El no tuvo ni pecado ni culpa. Cuando Jesús murió en la cruz, porque era Dios y porque era inocente, satisfizo totalmente la justicia en bene­ficio de todos los pecados que el hombre había cometido o que cometería en el futuro.

De esta manera resolvió Jesús el problema de nues­tra culpabilidad que nos mantenía apartados de Dios, y cuando murió y resucitó quedo expedito el camino al Padre para enviar al Espíritu Santo, por medio de quien fue posible que la vida de Dios se hiciera presente y morara en nosotros. El único requisito que se nos exige a nosotros es que reconozcamos que he­mos vivido en el error y pidamos perdón. Luego debemos pedirle a Jesús que venga y viva en nosotros y que sea nuestro Señor y Salvador. Por medio del Espíritu Santo, Jesús entra en nuestras vidas, nues­tros pecados son borrados por su sangre derramada, y obtenemos una vida diferente. Y el Espíritu Santo se une a nuestro espíritu (1 Corintios 6:17) haciéndolo pasar de muerte a vida; “nace de nuevo” y se transforma en lo que Pablo llama una “nueva cria­tura”. (2 Corintios 5:17; Apocalipsis 21:4-5.)

Esa nueva vida creada por el Espíritu Santo en nosotros, es lo que Jesús llama “vida eterna”. Esto va mucho mas allá de un mero “seguir andando”; es la vida de Dios en nosotros, la clase de vida que nunca se acaba, que nunca se cansa, que nunca se aburre, que es siempre gozosa y lozana. (1 Juan 5:11.)

Cuando Jesús dijo que un niño pequeñito era lo más grande en el reino de los cielos, estaba haciendo un co­mentario sobre la vida eterna. Una niño nunca se cansa de hacer la misma cosa una y otra vez.” ¡Léemelo de nuevo, mamita!” “¡hazlo de nuevo, papa!” Esta per­manente y continuada frescura y falta de tedio ex­presa con mucha aproximación la vida que Dios nos quiere dar. “! He aquí hago nuevas todas las co­sas!” Y no una sola vez, sino continuadamente, dice Jesús. ¡Es el permanente renovador! Se nos ha pro­metido que andaremos en “novedad de vida” que es lo mismo que decir vida eterna: siempre lozanos, siem­pre renovándonos. La palabra “eterno” significa lite­ralmente “sempiterno”, que nunca envejece.

Isaías dice: “Los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantaran las alas como águilas; correrán y no se cansaran; caminaran, y no se fatigarán.” (Isaías 40:31.).

¿Cómo aceptamos el perdón y recibimos esta nueva vida?

  1. Dándonos cuenta que hemos estado extraviados, yendo en una dirección equivocada y que esta­mos ansiosos de andar en los caminos de Dios.
  2. Admitiendo que estuvimos equivocados y pidiéndole al Padre que borre nuestras culpas y peca­dos, con la sangre de Jesús.
  3. 3. Pidiéndole a Jesucristo, el Unigénito Hijo de Dios, que entre en nuestras vidas y sea nuestro Salvador y Señor. (Apocalipsis 3:20.)
  4. 4. Creyendo que el ha venido en el instante en que lo pedimos. Agradecerle por salvarnos y darnos la. nueva vida. (1 Juan 5:11-15.)

He aquí una sencilla oración que podemos elevar si decidimos recibir a Jesús:

“Querido Padre, creo que Jesucristo es tu Hijo Unigénito, que se hizo un ser humano, derramó su sangre y murió en la cruz para limpiar mi culpa y mi pecado que me separaban de ti. Creo que se levantó de entre los muertos, físicamente, para darme nueva vida. Señor Jesús, te invito a que entres en mi cora­zón. Te acepto como mi Salvador y Señor. Te con­fieso mis pecados y te pido que los borres. Creo que has venido, y vives en mí en este preciso instante.  

¡Gracias, Jesús!”

Cuando decimos esta oración, podemos sentir o no que algo ha ocurrido. Nuestro “espíritu” que tome vida a través de Jesucristo, se esconde mas profun­damente que nuestras emociones; de ahí que a veces se exterioriza una reacción emocional y otras veces no. Sea que sintamos o no sintamos algo de inme­diato, descubriremos que somos distintos, porque Je­sús cumplirá lo que ha prometido. Jesús nunca falta a su palabra. El dijo: “El cielo y la tierra pasaran, pero mis palabras no pasaran.” (Mateo 24:35.)

Libro acerca del Bautismo en el Espíritu Santo

Libro: El Espíritu Santo y Tú

Libro: El Espíritu Santo y Tú. Indice de Capítulos. Todo el material disponible en línea. INDICE Prefacio 1 – El primer paso 2 – El desbordamiento 3 – ¿Que dicen las Escrituras? 4 – Preparándonos para el bautismo en el Espíritu Santo 5 – Como recibir el bautismo en el Espíritu Santo 6-Introducción a los […]

Libro acerca del Bautismo en el Espíritu Santo

Capítulo 2 – El desbordamiento – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Si hemos recibido a Jesús como nuestro Salvador en la forma descrita en el capitulo anterior, se habrá cumplido su promesa y desde ese instante Dios vive en nosotros. Por medio del Espíritu Santo se ha unido a nuestro espíritu, la parte más recóndita de nuestro ser, esta vivo, y no solamente vivo sino que […]

Libro acerca del Bautismo en el Espíritu Santo

Capitulo 3 ¿Qué dicen las Escrituras? – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Esto es lo más importante de todo. De nada vale la habilidad que tengamos para exponer nuestras teorías: si no concuerdan con las Escrituras, son inacep­tables. ¿De que manera actuó el Espíritu Santo entre los primeros cristianos del Nuevo Testamento? En primer lugar hablemos de Jesús. Si alguien hubo en quien habito el Espíritu Santo, […]

Libro acerca del Bautismo en el Espíritu Santo

Capítulo 4 – Preparándonos Para el bautismo en El Espíritu Santo – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

El Espíritu Santo viene a vivir en nosotros cuan­do recibimos a Jesús, y somos nacidos de nuevo en el Espíritu. El bautismo en el Espíritu Santo es el fluir del Espíritu. No podemos pretender’ que el Espíritu se derrame a través de nosotros, a menos que viva en nosotros ; de manera que antes de […]

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Capítulo 5 – Cómo recibir el Bautismo En el Espíritu Santo – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Hemos recibido a Jesús como nuestro Salvador; hemos renunciado a cualquier falsa enseñanza que nos pudiera tener sujetos o confundidos, y ahora estamos listos para orar pidiendo ser bautizados en el Espíritu Santo. ¿Quien nos va a bautizar en el Espíritu Santo? ¡Jesús lo hará! ¡Siendo esto así!, ¿po­demos recibir el Espíritu Santo en cualquier […]

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Capítulo 6 – Introducción a los dones del Espíritu Santo – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Si ya hemos sido bautizados en el Espíritu Santo, comenzamos a tener conciencia de los dones del Espíritu. Son dos las palabras mas corrientemente utilizadas cuando se habla de estos dones: una es carisma (o su plural carismata), don del amor de Dios; la otra es panerosis, manifestación. La palabra “don” es una palabra apropiada, […]

Libro acerca del Bautismo en el Espíritu Santo

Capítulo 7 – El don de lenguas y el don de interpretación – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Analizaremos al mismo tiempo los dones de lenguas y de interpretación, desde el momento en que nunca deben ir separados en una reunión pública. Algunos sostienen que hablar en lenguas e interpretar lenguas son los dones de menor jerarquía, porque están anota­dos en ultimo lugar en la lista de dones de 1 Corintios 12:7-11. Si […]

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Capítulo 8 – El Don de profecía – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

El don de profecía se manifiesta cuando los cre­yentes expresan lo que esta en la mente de Dios, por inspiración del Espíritu Santo y no por inspiración de sus propios pensamientos. La profecía no es un don “privado”, sino que siempre interviene un grupo de creyentes, si bien pudiera estar destinada a una o más […]

Libro acerca del Bautismo en el Espíritu Santo

Capítulo 9 – Dones de Sanidades – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Los dones de poder son la sanidad, los milagros y la fe. Configuran la continuidad del ministerio de misericordia de Jesús hacia los necesitados. La mayoría de las personas se muestran interesadas en los dones de la sanidad, porque la necesidad es algo tan generalizado. Es fácil comprender que se trata de uno de los […]

Libro acerca del Bautismo en el Espíritu Santo

Capítulo 10 – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Los milagros son hechos que anulan o contradicen a las denominadas “leyes de la naturaleza”. Estricta­mente hablando, no existen “leyes de la naturaleza” como tales. El concepto de “leyes” físicas ha sido des­cartado por la física moderna, que define los sucesos naturales en términos de “probabilidades”. Por ejem­plo, la antigua física newtoniana establecía que: “Hay […]

Libro acerca del Bautismo en el Espíritu Santo

Capítulo 11 – El don de la fe – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

La Biblia nos habla de la fe desde el Génesis hasta el Apocalipsis, pero la define en una sola ocasión. La encontramos en la carta a los Hebreos: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción do lo que no se ve.” (Hebreos 11:1.) Varias son las cosas que aprendemos, […]

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Capítulo 12 – Discernimiento de espíritus – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Llegamos ahora al don espiritual. Como sucede con todos los otros dones, este don no se adquiere por medio de un entrenamiento especial, sino que es dado cuando la necesidad lo requiere. Cualquier cristiano puede manifestar este don pero, al igual que los de­más, se intensifica después del bautismo en el Espíritu Santo. Los creyentes […]

107 Libros Cristianos Recomendados 2022

Una Guía de Autores y Títulos de 107 libros cristianos recomendados.

Al entrar en una librería Cristiana o buscar en Internet puede encontrarse con una gran cantidad de libros y autores, pero ¿Por donde empezar? ¿Son todos buenos? A continuación le presentamos una lista de 107 libros cristianos recomendados.

 

TITULO DEL LIBRO AUTOR
Total 107 Libros
1 Salvación en Cristo ICI
2 El Espíritu Santo y tú Bennett
3 Cambie el mundo a través de la oración
4 Autoridad Espiritual Nee
5 Desafío a Servir C. Swindoll
6 Se humilló a si mismo Fleming
7 Amistad intima con Dios Dawson
8 Confiando en Dios aunque la vida duela Bridgges
9 Tú eres pescador de almas Osborn
10 Por su llaga (Sanidad Divina) Jeter
11 Sanidad de Cristo T.L.Osborn
12 Oración clave del avivamiento Cho
13 Doctrinas Bíblicas Menzis Horton
14 Apuntes sobre el Espíritu Santo (de la Biblia Vida Plena)
15 Liderazgo ministerio y batalla Torres
16 La familia Cristiana (cuadernillo 4) Logos
17 La familia auténticamente Cristiana Taylor
18 ¿Con quien me casaré? L. Palau
19 Hablemos del amor y del sexo (adolescentes) Tengbom
20 Sexo y juventud L. Palau
21 Antes de Casarte (Noviazgo) J. A. Petersen
22 El matrimonio bendecido por Dios Pugliese
23 Felicidad sexual antes del matrimonio (Solteros) Miles
24 La plenitud sexual en el matrimonio (Casados) Miles
25 El placer sexual ordenado por Dios (Adultos) Wheat
26 Trasmitiendo le fe a nuestros hijos Spackman
27 Como criar hijos felices y obedientes Lessin
28 Amor Total Anderson (adolescentes)
29 Tu andar diario juvenil (Adolescentes)
30 Si amas a tu adolescente Campbell (Adolescentes)
31 Sobreviviendo a la adolescencia J. Burns
32 Ardiendo para Dios Duewel (capítulos 14 al 42)
33 Como sobreponerse a la adversidad C. Stanley
34 Doctrina Cristiana Básica E.Priddy
35 Libertad financiera Leng
36 Economía liberada Ekman
37 Como manejar su dinero Burkett
38 Los negocios y la Biblia Burkett (para empresarios)
39 Guerra Espiritual Sherman
40 Cerdos en la sala – Hammond (Liberación)
41 Conozcamos al Catolicismo Romano Jones (Sugerencias)
42 Respuestas a mis amigos Católicos Heinze
43 Lo que todo Católico debe preguntar + lista de versículos McCarthy
44 Creemos en Maria Berntsson
45 Hechos (+ apuntes del Pastor) Horton
46 Conserjería Club 700
47 Manual Personal del obrero Cristiano Portavoz
48 Epístola a los Hebreos Trenchard
49 Consejero, Maestro y Guía ICI (Espíritu Santo)
50 Los Dones del Espíritu Santo ICI
51 Consejero, Maestro y Guía ICI (Espíritu Santo)
52 Los Dones del Espíritu Santo ICI
53 El Ministerio de la Iglesia ICI
54 El Creyente Responsable ICI
55 La Solución de problemas ICI
56 La Vida Abundante -(Frutos del Espíritu Santo) ICI
57 Compartamos las Buenas Nuevas ICI
58 Predicación y Enseñanza ICI
59 Como entender la Biblia ICI
60 Ayudando a Otros Stafford
61 El Cristiano en su comunidad ICI
62 El poder de transformar su vida Warren
63 Matrimonio y hogar ICI
64 Adoración Cristiana ICI
65 ¿Quien es Jesús ICI
66 Paz con Dios Billy Graham
67 Serie El Joven – 4 libritos Pratney
68 Vida de Jesucristo J.Stalker
69 Padre que seamos uno McClung Jr
70 Cristianismo en acción E.Reyes
71 El Estrés Swindoll
72 El Dios que usted busca Bill Hybels
73 La buena vida T.L.Osborn
74 Viviendo libre en Cristo N. Anderson
75 Una Imagen radical N. Anderson
76 El poder de la integridad John Me Arthur
77 Restauración de los Heridos White-Blue
78 Prioridad uno
79 El Pentateuco Hoff
80 Como escuchar la voz de Dios C.Stanley
81 La música en la Biblia y en la Iglesia Kuen
82 La paz del pedón Stanley
83 El Secreto de una vida feliz H.W. Smith
84 Su Biblia ICI
85 Cuando oramos ICI
86 El designio de Dios Vuestro escogimiento ICI
87 Cuando oramos ICI
88 El designio de Dios Vuestro escogimiento ICI
89 Como estudiar la Biblia ICI
90 Ética Bíblica ICI
91 Obreros Cristianos ICI
92 El ministerio de Enseñanza ICI
93 Respuestas a las dificultades de la vida Rick Warren
94 Suficiente luz para el próximo paso Stormie Omartian
95 Adoración sin Reservas Marlene Zschech (Adoración)
96 Desde la perspectiva de Dios Tommy Tenney (Adoración)
97 El Temor: Enfermedad de nuestra década K, Nichols
98 Los ángeles escogidos y malignos Dickason
99 Fuentes secretas de poder (la manera de subir es bajando) Tenney
100 Romanos Allen
101 Dejad que el amor presida Loyola
102 Como Jesús Lucado
103 Los cinco lenguajes del amor (3 libros: para mayores, jóvenes y niños) Gary Chapman
104 Células en casa para la Iglesia en misión Jean Pierre Besse
105 Por el túnel de la depresión + ¿Por que preocuparse? Nordtvedt ; Haggai
106 Ministerio de Niños Patricia Castlen de Isbert
107 Los captores de Dios Tenney

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Libro:  El Espíritu Santo y Tú

Capítulo 2 – El desbordamiento – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Si hemos recibido a Jesús como nuestro Salvador en la forma descrita en el capitulo anterior, se habrá cumplido su promesa y desde ese instante Dios vive en nosotros. Por medio del Espíritu Santo se ha unido a nuestro espíritu, la parte más recóndita de nuestro ser, esta vivo, y no solamente vivo sino que esta lleno del maravilloso gozo, y del amor y de la paz y de la gloria de Dios mismo.
“Si alguno esta en Cristo” dice el apóstol Pablo, “nueva criatura es.” (2 Corintios 5:17.) También, al hablar de los cristianos, dice que están sentados en lugares celestiales con Cristo. (Efesios 2:6.)
Al llegar a este punto puede ocurrirnos lo que a muchos:
“Bueno, en realidad soy distinto. Algo sucedió cuan­do invite a Jesús a entrar en mi corazón, y por un tiempo tuve esa honda sensación de amor y de gozo de que me están hablando. Quise hacer participes a todos de mi experiencia. Pero estoy perdiendo ese primer entusiasmo. La vida ya no es tan diferente. Me doy cuenta todavía que las cosas han cambiado en el fondo de mi ser, pero la mayor parte del tiempo me siento igual que antes. Por las mañanas, cuan­do me aparto para orar, siento a veces la presencia de Dios, pero durante el día lo pierdo de vista, por así decirlo!”
¿Por que ocurre esto? No es difícil comprenderlo si recordamos y tomamos en serio lo que dijimos en el capitulo anterior. En realidad, muchos proble­mas muy difíciles en la experiencia cristiana, se en­tienden fácilmente si aceptamos lo que la Biblia nos dice sobre la naturaleza del hombre como un ser tri­partito: espíritu, alma y cuerpo. (1 Tesalonicenses 5:23.) Si todavía pensamos en términos de un doble aspecto -alma y cuerpo- inevitablemente confundi­remos nuestras reacciones psicológicas con nuestra vida espiritual. Muchos excelentes maestros de la Biblia en el día de hoy, bajo la presión de la psicológica, identifican el espíritu del hom­bre con la “mente inconsciente” o con la “psiquis profunda”, simplemente porque no toman en serio la forma apropiada en que la Biblia hace la distinción entre el alma y el espíritu. (Hebreos 4:12.) Pero si hacemos esta distinción no solamente podremos apre­ciar lo que sucede en el bautismo en el Espíritu Santo, sino que podremos dar razón de otras cosas que nos han mantenido perplejos en nuestra vida cristiana.
En ocasión de recibir a Jesús como nuestro Salva­dor, nuestro espíritu cobro vida, comenzó a hacer valer sus derechos en esta nueva vida y a ocupar el lugar que le correspondía como cabeza de nuestra alma -esa porción psicológica de nuestro ser (inte­lecto, voluntad y emociones)- y de nuestro cuerpo, esa porción psíquica. Sin embargo, nuestro cuerpo y nuestra alma estaban acostumbrados a ser dirigentes y a veces no pasa mucho tiempo antes de que ambos dominen otra vez nuestra nueva vida en el espíritu, y reasuman el comando. Cuando oramos por la ma­ñana, las interferencias de nuestra alma y de nuestro cuerpo alcanzan su mas bajo nivel; nuestro espíritu tiene la oportunidad de hacernos saber que esta pre­sente; y en este, como en otros momentos, vislum­bramos, en lo mas profundo de nuestro ser, que la nueva vida es un hecho real y concreto. Pero no bien recomienza el fragor de la existencia, automáticamente depositamos nuestra confianza en el alma y en el cuerpo en lugar de hacerlo en el espíritu. Estuvimos tan acostumbrados a vivir de acuerdo a nuestros pen­samientos, sentimientos y deseos -de acuerdo a nuestra alma, nuestro ser psicológico- y a las de­mandas de nuestro cuerpo, que bien pronto dejamos de oír la voz – del espíritu recién nacido, escondido en lo mas hondo de nuestro ser. Pareciera que es ne­cesario que algo le ocurra a nuestra alma y a nuestro’ cuerpo antes de que nuestro espíritu pueda ejercer un control mas firme y decidido.
Este “algo” que debe suceder es que el espíritu Santo que vive en nuestro espíritu, necesita desbor­dar para llenar nuestra alma y nuestro cuerpo. La Escritura describe todo esto de diversas formas. Así como la experiencia de aceptar a Jesús es relatada en la Biblia de diferentes maneras, así también se recurre a variadas descripciones de la experiencia que e sigue: “bautismo en (o con)1e1 espíritu Santo”, “recibir el espíritu Santo”, “Pentecostés”, “recibir el poder”, el espíritu Santo “vino sobre” o “se derramó sobre” una persona. “Fue lleno del Espíritu Santo. Son todas expresiones que tra­ducen una misma verdad, vista desde diferentes ángulos.
 De cualquier manera, creemos estar pisando sobre un terreno bíblico firme cuando utilizamos la expresión “bautismo en el espíritu Santo” ya que una impre­sionante cantidad de personajes bíblicos la usaron: Dios el Padre (Juan 1:33), Dios el Hijo (Hechos 1:5) y Dios el espíritu Santo, que es, por supuesto, el inspirador de las Escrituras donde se hallan estas ex presiones; también figura Juan el Bautista (Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 1:33), los cuatro evangelis­tas, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, en los evangelios citados, y el apóstol Pedro (Hechos 11:16). Si leemos cuidadosamente estas referencias, y las comparamos unas con otras, constataremos que en ningún caso se refieren a la salvación sino a una segunda expe­riencia.
1 La preposición griega utilizada en  utilizada en esta frase, puede traducirse “en” o “con”.
Esto es lo que en la Escritura se llama “el bautis­mo en el espíritu Santo”, porque se trata, efectiva­mente, de un bautismo, significando con ello un ver­dadero empapamiento, un desbordamiento, una saturación de nuestra alma y cuerpo con el espíritu Santo. Cuando la Biblia habla de Jesús “bautizando” en el espíritu Santo, de inmediato visualizamos algo externo, alguien a quien se introduce dentro de algo. Sin embargo, en griego la palabra bautizar significacubrir totalmente” -se utiliza en el griego clásico para referirse a un barco que hizo agua y se hundió modo que no hace realmente a la cuestión si Jesús nos sumerge en el espíritu Santo en el sentido ex-, terno de la palabra; o si nos inunda desde afuera; o si Jesús induce al espíritu Santo a desbordarse des­de donde mora dentro de nosotros para cubrir nues­tras almas y nuestros cuerpos. Probablemente sean ciertas ambas imágenes. El “viene sobre nosotros” tanto desde adentro como desde afuera, pero es im­portante recordar que el espíritu Santo esta viviendo en nosotros y por lo tanto es desde adentro de donde e1 puede inundar nuestra, alma y nuestro cuerpo. Jesús dice:
“El que cree en mi… ríos de agua viva correrán de su interior (el Espíritu Santo)” 2 (Juan 7:38), y la Biblia Amplificada dice: “Desde lo mas recóndito de su ser correrán …” Cuando recibimos a Jesús como Salvador, entra el espíritu Santo, pero a medida que perseveramos ‘ en confiar y en creer en Jesús, el espíritu Santo que habita en nosotros puede fluir co­piosamente para inundar, o bautizar, nuestra alma y cuerpo y vivificar el mundo en derredor.
Por ello es que una y otra vez en la Escritura, la primera evidencia normativa que aparece de esta ex­periencia pentecostal es una efusión:
“Y fueron todos llenos del espíritu Santo, y co­menzaron a hablar en otras lenguas…” (Hechos 2:4.)Algunos están perplejos por la expresión “recibir el Espíritu Santo”. Un cristiano puede formularse la siguiente pregunta: “¿Como puedo recibir el Espíritu Santo si ya esta viviendo dentro de mi?” Esta expresión puede entenderse fácilmente si recordamos que estamos refiriéndonos a una Persona, no a una cosa’ o a una parte de algo. Hay quienes hablan del Espíritu Santo de una manera cuantitativa, como si pudiéramos recibir una porción del Espíritu Santo en el momen­to de la salvación, y otra porción en una fecha pos­terior. Pero si el Espíritu Santo es una Persona, como que lo es, entonces o esta en nosotros o no lo esta.
Todos sabemos lo que significa “recibir” a una persona. Imaginemos por un momento el hogar de la familia Brown. Son las 5:40 horas de la tarde, y el señor Brown acaba de llegar del trabajo y se esta duchando antes de la hora de cenar. La señora Brown esta dando los toques finales a una comida especial­mente preparada, porque los Brown han invitado a la familia Jones a cenar. La invitación ha sido fijada para las 6 de la tarde, pero 15 minutos antes sonó el timbre de la puerta de calle. La señora de Brown se aturde un poco, porque todavía no ha terminado de hacer la salsa; tiene restos de harina en la nariz ¡y su cabello esta desgreñado!
-¡Susie!- le grita a su hija -por favor atiende a los Jones; muéstrales el diario de la tarde o habla con ellos  ¡todavía no estoy lista!
Y para colmo, en ese preciso instante suena el teléfono en la cocina, y la señora de Brown contesta
-¡Hola! ¿Maria?- pregunta la voz por el teléfono-. Soy Helen. ¿Está la familia Dones en tu casa?
-Si- respondió la señora de Brown -aquí están.
-¿Y como están? pregunto Helen.
-Bueno, en realidad no lo se -dijo la señora de Brown armándose de paciencia-. No los he reci­bido todavía. No he terminado de preparar las cosas en la cocina.
-Te conviene apurarte y recibiros- dijo Helen-. Resulta que ¡yo se que tienen muy buenas noticias para ustedes y que les han llevado algunos hermo­sos regalos!
La señora de Brown cuelga el auricular, termina rápidamente lo que estaba haciendo, se arregla el cabello, se da unos toques de polvo en la cara y en­tonces, en compañía de su marido, recibe a sus ami­gos, escucha las noticias que tienen para ellos, y aceptan los regalos que han traído, La Persona del Espíritu Santo ha estado viviendo en nuestra “casa” desde el momento de nuestro nuevo nacimiento, pero ahora reconocemos su presencia y recibimos sus dones.
Resumiendo, digamos que la primera experiencia de la vida cristiana, es la llegada del Espíritu Santo, por medio de Jesucristo, para darnos nueva vida, la vida de Dios, la vida, eterna. La segunda experiencia es cuando recibimos o damos la bienvenida al Espíritu Santo, con lo cual Jesús lo induce a que haga posible que exterioricemos esta nueva vida de nuestros espíritus, a que bautice nuestras almas y nuestros cuerpos, y luego el mundo, que nos rodea, con su poder refrescante y renovador. “Ríos de agua viva corre­rán de su vientre!” La palabra utilizada aquí es koilia, que se refiere literalmente al cuerpo físico, sig­nificando con ello que es por medio del cuerpo físico -y sus palabras y acciones- que entramos en con­tacto con el medio ambiente y con la gente que nos rodea. El mundo no recibirá ninguna ayuda ni acep­tara ningún desafió mientras no escuche ni experi­mente la vida de Jesús que brota de nosotros.
Imaginemos un canal de irrigación en el sur de California u otra región cualquiera habitualmente árida la mayor parte del año. El canal esta seco como también lo están los campos aledaños. La vegetación esta seca y muerta. De pronto se abren las compuertas del dique y el canal se Elena de agua.
¡Antes que nada, es el canal mismo el que se siente renovado! La fresca corriente arrastra el detritus y apaga el polvo. A continuación el pasto crece y las flores se abren a lo largo de sus márgenes, mientras los árboles a cada lado del canal cobran frescura y verdor. Pero no termina ahí la cosa; a lo largo del canal los gran­jeros abren las compuertas y el agua bienhechora se derrama por los campos haciendo que “el desierto flo­rezca como la rosa”.
Así ocurre con nosotros. El depósito, el pozo, esta en nosotros cuando nos hacemos cristianos. Entonces, cuando permitimos que el agua de vida del Espíritu que esta depositada en nosotros fluya hacia nuestras almas y cuerpos, somos nosotros los primeros en recibir sus efectos vivificantes. De una manera no­vedosa, nuestras mentes toman conciencia de la reali­dad de Dios. Comenzamos a pensar en él, aun a soñar con el, con mas frecuencia y regocijo que antes. Nues­tras emociones reaccionan adecuadamente y empe­zamos a sentirnos felices en el. También responde nuestra voluntad y queremos hacer lo que el quiere que hagamos. De la misma manera responden nuestros cuerpos, no solamente con una sensación de bienestar, sino con renovadas fuerzas, salud y juventud. Luego el agua de vida fluye hacia otros, que comprueban lo que puede el poder y el amor de Jesús en su pueblo. Ahora esta en condición de utilizarnos para vivificar el mundo que nos rodea. 

Libro:  El Espíritu Santo y Tú

Capitulo 3 ¿Qué dicen las Escrituras? – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Esto es lo más importante de todo. De nada vale la habilidad que tengamos para exponer nuestras teorías: si no concuerdan con las Escrituras, son inacep­tables. ¿De que manera actuó el Espíritu Santo entre los primeros cristianos del Nuevo Testamento?
En primer lugar hablemos de Jesús. Si alguien hubo en quien habito el Espíritu Santo, ese alguien fue Jesús. Fue concebido por el Espíritu Santo, es decir, que su nacimiento físico se produjo por la acción directa del Espíritu Santo. Fue la encarnación de la Palabra de Dios. Por la acción del Espíritu Santo, el Unigénito Hijo de Dios, el Verbo Creador, quien fue desde la eternidad con el Padre, por quien fueron creados los mundos, tomo sobre si mismo for­ma humana en alma y cuerpo. Una vez hecho esto, sin embargo, dejo de lado su poder, es decir, que provisoriamente acepto las limitaciones de su natura­leza humana (Filipenses 2:7-8). 1 Su cuerpo humano, si bien perfecto era verdaderamente humano, con todas las limitaciones de un cuerpo humano. Su alma, su ser psicológico, si bien perfecto, también estaba sujeto a limitaciones. La Biblia nos dice que “Y Jesús crecía (en su alma) y en estatura (en su cuerpo) y en gracia para con Dios y los hombres”. (Lucas 2:52.) Se sometió al proceso del crecimiento y del desarrollo como cualquier niño humano. Lo que en realidad sabe­mos, a través de las Escrituras, es que Jesús vivió en Nazaret hasta alcanzar la edad de 30 anos y nadie tenia la menor idea de que el era Dios encarnado. Aun su propia madre, Maria, no tenía más que una leve sospecha. ¿Como sabemos esto? Porque cuando Jesús comenzó su ministerio su madre estaba mara­villada y preocupada por el; ni siquiera sus hermanos y hermanas creían en el. Los habitantes de la aldea donde se crió, dijeron: ¿Quien se cree que es? Nos­otros le conocemos; ¡es el hijo del carpintero!” Es­taban tan indignados que trataron de matarlo (Mateo 13:54-58; Lucas 4:16-30).
¿Que paso con Jesús en el lapso transcurrido desde que vivió en la aldea de Nazaret trabajando como carpintero (probablemente también como albañil y herrero) y el momento en que súbitamente abandono la aldea y comenzó a proclamar: “; El reino de los cielos se ha acercado!” y a curar enfermos, y echar fuera demonios, y, aun a resucitar a los muertos, como prueba de su pretensión de ser el Mesías Rey de Dios? La respuesta es bien fácil: “Recibió el poder del Espíritu Santo.” Desde el comienzo nació del Espí­ritu Santo, pero cuando comenzó su ministerio a la edad de 30 anos, el Espíritu Santo se manifestó en el de una nueva manera. Leemos en los cuatro evange­lios de como Juan el Bautista vio al Espíritu Santo descender y posarse sobre Jesús. Jesús era, desde la eternidad, el Unigénito Hijo de Dios, mucho antes de que la multitud a orillas del Jordán oyera la voz de Dios hablándole desde el cielo y reconociéndole como Hijo. De la misma manera el Espíritu Santo estaba en Jesús desde el comienzo de su vida terre­nal, mucho antes que Juan el Bautista lo viera posarse sobre el en forma de paloma. No obstante, y  en esta línea de pensamiento, el Espíritu comenzó a manifes­tarse, por medio de Jesús, con un nuevo poder. Co­menzó su ministerio. El Espíritu le llevo al desierto para ser tentado del diablo, y luego de su victoria, leemos: “Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor.” (Lucas 4:14.) ¿Por que se demoro hasta este momento la plena manifestación del Espíritu San­to?
Una de las razones es que de esa manera Jesús podía vivir una vida normal en Nazaret sin ser de­tectado como una Persona especial. El Padre mantuvo a su Hijo oculto, por así decirlo, hasta el momento apropiado para revelarlo ante el mundo. Pareciera que el mismo diablo se vio engañado por esto. Satanás lo enfrento recién después que Jesús fuera revelado en la plena potencia del Espíritu.Pudiéramos ver en el intento de Herodes de matar a Jesús en su infancia, un esfuerzo de parte de Satanás de librarse del Hijo de Dios, pero mas bien pareciera que el príncipe de la oscuridad no se percato de la existencia de Jesús hasta que fue bautizado en el Espíritu Santo.
Otra razón que explicaría esa demora seria la de que Jesús podría así mostrarnos, por su ejemplo, lo que habría de ocurrirnos a nosotros. El bautizante en el Espíritu Santo fue, a su vez, bautizado por el Espíritu Santo.
El Padre le dijo a Juan el Bautista, que aquel so­bre quien viere descender el Espíritu y que reposara sobre el, habría de ser el que bautizaría con Espíritu Santo. (Juan 1:33.) Bien podría ser que esta fuera la razón por la cual Juan le dijo a Jesús: “Yo ne­cesito ser bautizado por ti, ¿y tu vienes a mi?” (Ma­teo 3:14.) Si bien es cierto que eso lo dijo Juan antes de que efectivamente el Espíritu descendiera sobre Jesús, es posible que Juan hubiera percibido profé­ticamente que Jesús iba a ser el bautizante en el Espíritu Santo.
Parece que fue practica universal en la iglesia pri­mitiva, el bautismo con agua en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, o en el nombre de Jesús -ambas formulas son utilizadas en el Nuevo Testa­mento- como el “signo exterior visible” de la “gra­cia interior del Espíritu”, de la salvación y de la nueva vida en Cristo. Partimos de la base de que quienes lean este libro y acepten a Cristo, recibirán o habrán recibido el bautismo por agua a la manera de cada congregación cristiana a la cual pertenezcan, y de acuerdo y en concordancia con la comprensión de lo que las Escrituras enseñan al respecto. Pero notemos, sin embargo, que el bautismo con agua es el signo exterior de un bautismo que nos introduce en Jesús (salvación) (1 Corintios 12:12), pero no el bautismo por Cristo que nos bautiza en el Espíritu Santo (Pentecostés) (Lucas 3:16). Probablemente sea esta la razón por la cual Jesús mismo nunca bautizo a nadie con agua, durante su ministerio en la tierra, si bien habrá instruido a sus discípulos en ese sen­tido, antes de su crucifixión. Juan 4:1 dice: “Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza mas discípulos que Juan, (aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), salio de Judea, y se fue otra vez a Galilea.” Tal vez Jesús se abstuvo de bautizar el mismo con agua, para dejar claramente sentado que el tenia otro bautismo que hacer: que el habría de bautizar “en Espíritu Santo“.
No hay duda que una de las razones por las cuales los conversos de Juan siguieron a Jesús es que ellos habían oído que Jesús tenía otro bautismo para dar­les. Por la forma en que Juan había hablado, los discípulos imaginaban que habría de ser una expe­riencia maravillosa, y que esta experiencia seria tan clara y positiva como había sido su bautismo por agua. Probablemente esperaban que sucediera en cual­quier momento, pero esperaron en vano. Ellos siguie­ron a Jesús viéndole hacer milagros, sanando a los enfermos; luego fue crucificado, y resucito de entre los muertos; y hasta ese momento ¡ninguno había sido bautizado con el Espíritu Santo!
Después que Jesús murió y resucito, apareció a sus discípulos la misma noche del día en que resucito, y los invistió de la nueva vida en el Espíritu de lo cual hablamos en el capitulo primero. (Juan 20:22.) El Espíritu Santo vino a vivir en ellos, dando vida a sus espíritus: “nacieron de nuevo del Espíritu”, de la misma manera que lo hemos sido nosotros si he­mos aceptado a Jesús como Salvador. Este nuevo na­cimiento para nosotros, corresponde al hecho de que Jesús fue “concebido por el Espíritu Santo”, por lo cual nuestros espíritus nacen de nuevo del Espíritu Santo. Pero Jesús aun no había ascendido para ocu­par su lugar “en lo alto” con su Padre, por lo que no podía derramar el Espíritu Santo “sobre toda car­ne”, pero podía -y así lo hizo-, otorgarlo indivi­dualmente para que morara en unos cuantos, que eran sus primeros escogidos.
Les dijo que habría para ellos una nueva expe­riencia y que se mantuvieran a la expectativa. Sus palabras finales, antes de la ascensión, fueron para recordarles esto.
Si tuviéramos la oportunidad de decir algunas pa­labras finales a nuestros amigos y familiares antes de separarnos de ellos por un largo lapso ¡no cabe duda que escogeríamos cuidadosamente esas palabras! Jesús las eligió bien. Hasta ese momento su mensaje mas importante habla sido: “debes nacer otra vez.” Pero ahora que sus seguidores ya habían recibido el nuevo nacimiento les dio la segunda instrucción importantísima: “¡Esperen hasta recibir el poder!” (Lucas 24:49.)
Jesús les dijo: “Juanciertamente bautizo con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.” (Hechos 1:5.) El cre­yente sigue el modelo que Jesús ha diseñado. El nuevo nacimiento en el Espíritu corresponde a lo que en Jesús significo ser concebido por el Espíritu Santo. El creyente es bautizado con agua, de la misma ma­nera que lo fue Jesús. Después de esto, dijo Jesús, debemos esperar el bautismo en el Espíritu Santo, recibiendo el poder del Espíritu, tal cual lo recibió e1.
De manera que estos 120 seguidores de Jesús, que habían nacido de nuevo, esperaron, según el les ordeno. Alababan a Dios, oraban, iban al templo ¡hasta tuvieron una asamblea y una elección! (Hechos 1:15­26.) No leemos, sin embargo, que hablaran a nadie sobre Jesús. El poder para hacerlo con efectividad lo recibirán en el día de Pentecostés.
Jesús les había dicho: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo ultimo de la tierra.” (Hechos 1:8.) Un “testigo” es una persona que no solamente ve que sucede algo, sino que esta dispuesta a declarar que vio cuando tal cosa ocurrió.
Diez días después de, que Jesús los dejo para vol­ver a su Padre, el día de la fiesta de Pentecostés, la fiesta de las primicias, vino el poder, con el estruen­do de “un viento recio” con llamas como de fuego y los discípulos “fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, seguir el Espíritu les daba que hablasen”. (Hechos 2:4.) E­s importante recordar el hecho de que el Espíritu Santo ya habitaba en ellos desde que Jesús los invistió de la nueva vida en el Espíritu en la noche de la resurrección. Esta nueva vida era el Espíritu Santo unido a sus espíritus. “El que se une al Señor, un espíritu es con el”, (1 Corintios 6:17) dice Pablo, y también dice que: “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de el.” (Romanos 8:9.) Ahora, en la fiesta de Pentecostés, el Padre, por medio del Señor Jesús, ya ascendido y sentado a su mano derecha, derramo el Espíritu Santo desde “lo alto” sobre toda carne; es decir, que el nuevo nacimiento, la nueva vida en Cristo, esta ahora a disposición de todos los que le invoquen. Ha venido el Espíritu Santo. Dios se ha hecho asequible al hombre de una nueva ma­nera. “¡El reino de los cielos se ha acercado!” Pero al par que el Espíritu Santo fue derramado sobre toda la raza humana, también se agito dentro de esos primeros seguidores -había morado en ellos desde que Jesús los invistió especialmente en la noche después de la resurrección- y comenzó a fluir de ellos
 No hay duda alguna que hay cristianos que si bien alegan no haber tenido una “experiencia como en el pentecostés primitivol”, testifican con éxito; ¡pero cuanto mas eficaces serian de haber recibido la plena eman­cipación del Espíritu! La evidencia mas característica del reavi­vamiento de Pentecostés es el tremendo aumento en el testimonio cristiano, que ha resultado en una renovación espiritual en todo el mundo y que desde hace casi cien años va en progresivo aumento.
En formidables manifestaciones de poder. Los anona­dó -eso es lo que quiere decir la Escritura cuando expresa que “cayo sobre ellos” o “vino sobre ellos “­bautizando sus almas y cuerpos en el poder y en la gloria que ya moraba en sus espíritus. Esta segunda experiencia, el derramamiento del Espíritu Santo, también les ocurrió a otros que recibieron a Jesús, pero nuevamente aquí los primeros beneficiarios fue­ron los 120 seguidores escogidos. Los hizo desbordar en el mundo en derredor, inspirándolos para que ala­baran y glorificaran a Dios, no solamente en sus propias lenguas sino en otros lenguajes, y al hacerlo domeño sus lenguas para su servicio, libero sus espíritus, renovó sus mentes, vivifico sus cuerpos, y les dio poder para testificar. La multitud que se junto quedo atónita ante el sonido emitido por estos gali­leos que hablaban y alababan a Dios en el idioma de lejanos países. Los que escucharon no eran extran­jeros sino judíos piadosos de todas las naciones. (Hechos 2:5.) Habían venido a su tierra para el día de la gran fiesta. Miraban asombrados como esta gente humilde alababa a Dios en idiomas que bien sabían ellos que eran incapaces de haber aprendido, lengua­jes de países donde se habían criado los que escucha­ban, y otras lenguas que no reconocían, “lenguas hu­manas y angélicas”. (1 Corintios 13:1.)
Algunos se burlaban, diciendo: “! Están borrachos, eso es todo! Pero Pedro respondió: “¡No, no están borrachos! Después de todo, ¡son apenas las nueve de la mañana! Pero esto es lo dicho por el profeta Joel: … en los postreros días, dice Dios, derrama­re de mi Espíritu sobre toda carne.” (Hechos 2:13­17.) Tan convincentes fueron las señales, que tres mil de esos “hombres devotos” aceptaron a Jesús co­mo al Mesías, se arrepintieron de sus pecados, fueron bautizados, y recibieron asimismo, ese día, el don del Espíritu Santo.
Es raro el hecho de que aun notables eruditos de la Biblia digan que: “Pentecostés sucedió solo una vez”, cuando con toda claridad el Nuevo Testamento relata varios “pentecosteses“. El próximo tuvo lugar en Sa­maria. Los samaritanos formaban el remanente de los israelitas del Reino del Norte. Ellos y los judíos, el pueblo del Reino de Judea del Sur, estaban en per­manente disputa. Se odiaban a muerte. En Hechos 8 leemos de como Felipe -no el apóstol, sino uno de los siete nominados para ayudar a los apóstoles (He­chos 6:1-6) fue a Samaria y les hablo de Jesús a los samaritanos. Era un territorio difícil, pero los samaritanos escucharon a Felipe, a pesar de ser judío y proclamar un Mesías judío, porque le vieron hacer las obras de poder que Jesús hizo, y le oyeron hablar con autoridad, tal como hab1ó Jesús. El Espíritu San­to en Felipe impresiono a los samaritanos con la verdad y la realidad de lo que estaba diciendo, y aceptaron a Jesús, nacieron de nuevo del Espíritu y fueron bautizados con agua. (Hechos 8:5-12.)
Cuando los apóstoles en Jerusalén oyeron de esta puerta abierta en Samaria, enviaron a Pedro y a Juan para ver que es lo que estaba sucediendo. No bien llegaron los dos notaron que algo faltaba. El Espíritu Santo no estaba “cayendo” sobre los nue­vos creyentes. Pedro y Juan no dudaron que los sama­ritanos habían nacido de nuevo del Espíritu, pero estaban preocupados por el hecho de que el Espíritu no hubiera “descendido” sobre ellos;  por lo tanto “les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo”. (Hechos 8:1-17.) Observemos que Pedro y Juan es­peraban que el Espíritu Santo ya hubiera “descendi­do” sobre los conversos samaritanos. Lo cierto es que esta es la primera vez que se menciona la imposición de manos para recibir el primer llenamiento del Espíritu Santo o el Bautismo en el Espíritu Santo. Nada se nos dice de imposición de manos para los 3.000 converti­dos en Pentecostés, ni por supuesto, a los 120 prime­ros. Tampoco dice nada mas adelante el mismo ca­pitulo de imposición de manos al eunuco etiope. (Hechos 8:27-40.) Hemos de presumir que muchas veces el derramamiento o bautismo del Espíritu Santo seguía espontáneamente a la salvación, como ocurrió más tarde con Cornelio, en Cesárea de Filipo. (Hechos 10:44.) Pero en este caso Pedro y Juan consideraron que era necesaria una imposición de manos para ani­mar a los samaritanos a recibir el Espíritu Santo. El Espíritu Santo moraba en estos conversos sama­ritanos. Estaba listo para inundar sus almas y cuerpos, a bautizar, a rebasar, pero ellos tenían que res­ponder, que recibir. No bien lo hicieron, el Espíritu Santo comenzó a exteriorizarse desde ellos como ocu­rrió con los primeros creyentes en el día de Pentecostés. Sin duda alguna exhibieron las mismas seña­les, hablando en nuevas lenguas y glorificando a Dios. No lo dice así específicamente la Escritura, pero la mayoría de los comentaristas concuerdan que eso es lo que ocurrió.
“Les impusieron las manos para significar con ello que sus oraciones habían sido contestadas y que les había sido conferido el don del Espíritu Santo; y en base al use de esta sepan, recibieron el Espíritu Santo y hablaron en lenguas.”
Un observador, por lo menos, quedo hondamente impresionado: Simón;  el hechicero, que había enga­ñado a los habitantes de Samaria por muchos años con su magia negra. Corrió a Pedro, con oro en sus manos y dijo:
“Yo los haré ricos si me dicen como hacen estas cosas. ¡Denme ese poder para que a cualquiera a quien yo le imponga las manos reciba este Espíritu Santo!” (Hechos 8:18-24.) Pedro, por supuesto, le correspondió a Simón con toda firmeza que el don de Dios no se podía comprar con dinero, pero aún queda en pie la pregunta: ¿Que fue lo que vio Simón? Seguramente que hablaban en lenguas, y alababan a Dios de una manera diferente de la que hacía pocos minutos antes.
Recordemos que cuando Pablo recibió el Espíritu Santo, si bien se le impusieron las manos, fueron las manos de un desconocido de quien la Escritura sola­mente dice que: “Había entonces un discípulo… llamado Ananías…” (Hechos 9:10.) A pesar de que la Escritura no registra, con respecto a este hecho, que Pablo hablara en lenguas, sabemos que lo hacia según 1 Corintios 14:18: “Doy gracias a Dios que hablo en lenguas mas que todos vosotros.”
El próximo “Pentecostés” relatado en los Hechos de los Apóstoles, tuvo lugar en la localidad de Cesá­rea de Filipo, que era un centro de las tropas de ocupación romanas. En este lugar, un devoto oficial romano, de nombre Cornelio, que creía en Dios de todo su corazón, recibió la visita de un ángel que le indico pidiera a Pedro -que a la sazón estaba en Jope, la ultra judía comunidad de la costa- que vi­niera para decirle lo que tenia que hacer. (Hechos 10:6.)
Pedro, naturalmente, hubiera deseado no tener que ir y hablarles de Jesús y del bautismo del Espíritu Santo a los soldados romanos. Hasta ese momento se creía que el nuevo nacimiento y el bautismo en el Espíritu Santo eran patrimonio exclusivo de los creyentes judíos. Si un gentil, es decir un no-judío, quería recibir a Cristo y al Espíritu Santo, previa­mente tenía que hacerse judío, y someterse a todos los complicados requerimientos de la ley judía. Sin embargo, el Espíritu Santo hizo ver con toda claridad a Pedro, por medio de una serie de visiones y de instrucciones directas, que tenía que ir con los roma­nos cuando lo invitaran, y así lo hizo. (Hechos 10:2­23.) Ante el gran asombro de Pedro, cuando llegó a la casa de Cornelio y comenzó a hablarles de Jesús a los romanos allí reunidos, respondieron de inme­diato. Lo primero que Pedro y sus compañeros que le habían acompañado vieron y oyeron fue que estos romanos, llenos de jubilo; ¡hablaban en lenguas y mag­nificaban a Dios! (Hechos 10: 24-48.) Habían abierto sus corazones a Jesús, quien les dio nueva vida en el Espíritu, y de inmediato permitieron que esa nueva vida los llenara y rebosara. Pedro y sus amigos no salían de su asombro, pero reconocieron de inmediato que Dios “estaba derramando el don del Espíritu San­to sobre los gentiles”, primero en ocasión de la salva­ción y luego en el bautismo en el Espíritu Santo. Por ello es que Pedro dijo: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nos­otros?” (Hechos 10:47.) Defendiéndose contra las cri­ticas dirigidas contra el al volver a Jerusalén por haber bautizado a no-judíos, Pedro dijo:
“Y cuando comencé a hablar (a los romanos), cayo el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me acorde de lo dicho por el Señor, cuando dijo: “Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Es­píritu Santo.” Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quien era yo que pudiese estorbar a Dios?” (Hechos 11:1-17.)
Observemos que Pedro habla del don del Espíritu dado a los que creyeron, clara referencia de que los romanos primero creyeron y luego el Espíritu Santo cayó sobre ellos.
Transcurrieron 30 años antes de que nuevamente el libro de los Hechos relatara otro “pentecostés”. Tal vez el Espíritu Santo dejó pasar un lapso tan pro­longado para mostrar que estas cosas no mueren. Durante su segunda visita a Efeso, Pablo recibió el saludo de un grupo de doce hombres que sostenían ser discípulos. Pablo no se dio por satisfecho, pues intuía que faltaba algo, y por ello les preguntó: “¿Re­cibieron ustedes el Espíritu Santo cuando creyeron?” (Hechos 19:2.) Nuevamente constatamos aquí que se espera que la experiencia de la salvación sea seguida por el bautismo en el Espíritu, pero que los primeros cristianos reconocieron que podría haber una demora, pues de lo contrario ¿por que se habría molestado Pablo en formular esa pregunta? Más bien hubiera puesto en tela de juicio su salvación.
“¡Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo! (Hechos 19:2) replicaron los efesios. Investigando mas a fondo, Pablo descubrió que no sabían ni de Jesús, y los guíe para aceptar a Jesús, bautizándolos con agua, y a continuación leemos: “Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban.” (Hechos 19:6.) Nuevamente aquí la distinción es bien clara. Recibieron a Cristo y fueron bautizados con agua como un signo exterior; luego, estimulados por la imposición de manos hecha por Pablo, respon­dieron al Espíritu Santo que vino a morar en ellos y exteriorizaron su alabanza a Dios en nuevos idiomas, Hebreos 6:12.
Hemos procurado en este capitulo mostrar el mode­lo bíblico de lo que el autor de la carta a los Hebreos llama la “doctrina de bautismos”. El apóstol Pablo, en Efesios 4:5 dice que hay “un Señor, una fe, un bautismo”, si bien es claro que en el Nuevo Testa­mento este “un bautismo” se divide en tres. En 1 Corintios 12:13, Pablo dice: “Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo… y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.” Aquí se refiere al bautismo espiritual en Cristo que tiene lugar en el instante de aceptar a Jesús como Salva­dor. Esto era seguido del bautismo con el Espíritu Santo, en el cual el Espíritu Santo que ahora mora en el creyente se vierte al exterior para poner de manifiesto a Jesús ante el mundo, por medio de la vida del creyente. Ya fuera antes o después del bau­tismo con el Espíritu Santo, en ambos casos se exigía el signo exterior del bautismo con agua, símbolo de la limpieza interior efectuada por la sangre de Jesús, la muerte del “viejo hombre” y la resurrección a una nueva vida en Cristo.  ¿A cual de estos tres bautismos se refiere Pablo cuando habla de “un bautismo”?
Un artista puede mirar un cuadro que esta pintando de diferentes maneras. Puede mirar para asegurarse que es una composición bien equilibrada; puede mirar de nuevo para controlar los efectos lumínicos del reflejo de el sobre el agua o los Árboles; nuevamente lo mira desde otro ángulo para evaluar la perspectiva. Hemos estado analizando los diferentes aspectos de la tarea salvadora de Dios para con el hombre. Es pre­ciso mirar a estas tres experiencias -la salvación, el bautismo por agua y Pentecostés- separadamente, separación que la hemos establecido artificialmente, debido a nuestros pruritos, perdiendo así el panorama general. En la iglesia primitiva las tres experiencias estaban estrechamente ligadas, pero en el día de hoy no ocurre así habitualmente.
Habiendo examinado el cuadro de distintas mane­ras, en el curso de nuestro estudio, debemos dar un paso atrás y contemplarlo en su totalidad. Pablo dice que hay “un Señor”, y sin embargo la Divinidad es tres en uno: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El hom­bre es una unidad, si bien esta compuesto por la trinidad de cuerpo, alma y espíritu. El Cuerpo de Cristo en la tierra es uno, pero formado por muchos miembros. De modo que cuando Pablo habla de “un bautismo” pareciera referirse a la acción combinada por la cual Jesucristo viene a vivir en nosotros, el signo exterior por el cual queda sellada esta acción, y el derramamiento, del Espíritu Santo a través de nosotros para ministrar a un mundo perdido.
Nuestra recomendación es que todo aquel que en­cuentre difícil entender estas cosas por medio del razonamiento, trate de experimentar’ la realidad de Dios en la plenitud del Espíritu. La comprensión intelectual vendrá después. Como lo dijo el gran San Agustín: “Credo ut intelligam”, es decir: “Yo creo para lograr entender.”
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      Lo que sucede generalmente es 1. Aceptar a Jesús (recibir la salvación, el nuevo nacimiento y la vida eterna)  2. En ese momento el Espíritu Santo viene a vivir en la persona. 3. Esta persona puede pedir y ser Bautizada en agua. 4.  Y luego ser Bautizada con el Espíritu Santo: Pidiéndolo a Jesús en oración, o con imposición de manos de un cristiano lleno del Espíritu Santo. Puede recibirlo antes de ser bautizada en agua, pero no antes de recibir a Cristo.

Libro:  El Espíritu Santo y Tú

Capítulo 4 – Preparándonos Para el bautismo en El Espíritu Santo – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

El Espíritu Santo viene a vivir en nosotros cuan­do recibimos a Jesús, y somos nacidos de nuevo en el Espíritu. El bautismo en el Espíritu Santo es el fluir del Espíritu. No podemos pretender’ que el Espíritu se derrame a través de nosotros, a menos que viva en nosotros ; de manera que antes de solicitar ser bautizados en el Espíritu Santo, tenemos que ase­gurarnos que ciertamente hemos recibido al Señor Jesús como Salvador, y hemos invitado a su Espíritu a que viva en nosotros.
Jesús es el camino a Dios. No hay otro. Es el único camino por el cual podemos conocer a Dios y recibir su vida. Jesucristo es verdaderamente Dios y verdaderamente Hombre. Este es el significado de la encarnación: Dios, real y verdaderamente, se hizo hombre en el claustro materno de la virgen Maria. De aquí que Jesús sea el punto de unión entre Dios y el hombre.
Hay otras filosofías y otras religiones que se re­fieren a Dios, y algunas de las cosas que dicen son ciertas; pero si queremos que Dios mismo, venga a vivir en nosotros lo podemos encontrar solamente por medio de Jesucristo. Sea lo que fuere que decidamos hacer, no pidamos ser “bautizados en el Espíritu San­to” a menos que hayamos recibido a Jesucristo como nuestro Salvador personal, so pena de caer en una profunda confusión espiritual.
“¿Pero que diremos de las personas que nunca han oído de Jesús? ¿Que diremos de los componentes de otras culturas y de otras religiones? ¿Se perderán sim­plemente porque nunca oyeron?” Podemos responder solamente
1. Nadie entrara al reino de los cielos, excepto por Jesucristo.
2. Para los que nacieron desde que Jesucristo vino al mundo, la decisión debe ser tomada en la vida presente. No habrá oportunidad de aceptar a Cristo después de la muerte. (Hebreos 9:27.)
3. Dios dispone de medios para alcanzar a la gente en esta vida de lo cual ni siquiera tenemos idea. Abrigamos la esperanza de que Dios es capaz, de alguna manera, de ofrecer la oportunidad de conocer a Jesús a todos aquellos que lo aceptarían si tuvieran la oportunidad de co­nocerle. Sabemos que Dios quiere que todos va­yan a el, y que’ “no se complace en la muerte del impío”. (Ezequiel 33:11.) Sin embargo, Dios, que es omnipotente y omnisciente, se ha limita­do a si mismo, en su trato con los hombres, dándoles realmente libre albedrío.
4. La mejor y verdadera respuesta a quienes sien­ten que seria terrible que algún ser humano no tuviera la oportunidad de conocer a Jesús, es que también Jesús estaba preocupado por lo mismo, y dio e1 la respuesta: “; Vayan por todo el mundo y cuénteselo a todos 1” (Marcos 16:5.)
Los cristianos han fracasado tan tristemente en hacer eso (una reciente encuesta ha demostrado que el 95 por ciento de todos los cristianos nunca le han hablado a nadie sobre el Salvador) que muchas personas inteligentes y con hambre espiritual, buscan las respuestas en sitios inadecuados y son presas de confusión y error.

Libro:  El Espíritu Santo y Tú

Capítulo 5 – Cómo recibir el Bautismo En el Espíritu Santo – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Hemos recibido a Jesús como nuestro Salvador; hemos renunciado a cualquier falsa enseñanza que nos pudiera tener sujetos o confundidos, y ahora estamos listos para orar pidiendo ser bautizados en el Espíritu Santo. ¿Quien nos va a bautizar en el Espíritu Santo? ¡Jesús lo hará! ¡Siendo esto así!, ¿po­demos recibir el Espíritu Santo en cualquier lugar y en cualquier momento?
“Pero yo creía que alguien tenia que imponerme las manos para “darme” el Espíritu Santo.” No, ya hemos dejado eso bien sentado. Habiendo recibido a Jesús, ¡ya tenemos el Espíritu Santo, de manera que nadie tiene que’ “dárnoslo“; aunque pudieran hacerlo! Jesús vive en nosotros y esta dispuesto a bautizarnos en el Espíritu Santo tan pronto como estemos listos para responder. El que alguien imponga sus manos sobre nosotros puede ser de ayuda, y ciertamente es bíblico, pero no absolutamente necesario. Hemos ex­plicado ya que en tres ocasiones en los Hechos de los Apóstoles, se impusieron las manos, no ocurriendo así en otros dos casos. Mucha gente ha recibido el bautismo del Espíritu Santo, en años recientes, sin que nadie estuviera cerca de ellos, excepto Jesús. Po­demos recibir el bautismo del Espíritu Santo en la iglesia, sentados o arrodillados en los bancos de la iglesia, manejando nuestros vehículos en la carretera, limpiando la alfombra con la aspiradora, lavando los platos o cortando el césped. Ocurrirá en el momento en que lo pidamos y creamos.
¿Pero debo hablar en lenguas?”
Cuando Dennis procuraba recibir el Espíritu San­to, dijo:
¡No me interesa ese asunto de las “lenguas” de que me están hablando!” Creía que hablar en lenguas era un cierto tipo de borrascoso emocionalismo, y su crianza inglesa lo hacia cauteloso de tales cosas.1 No pudieron menos de reírse los cristianos que le esta­ban contando sus experiencias.
-Oh- dijeron-. ¡Lo único que podemos decirte es que vino con el envase, lo mismo que en la Biblia!
Ya hemos demostrado que hablar en lenguas es, en realidad, un común denominador en los ejemplos del bautismo en el Espíritu Santo, a lo largo de las Escrituras. Pareciera no haber dudas de que los pri­meros cristianos conocían la forma de saber inme­diatamente si los conversos habían recibido o no el Bautismo en el Espíritu Santo. Algunos sostienen que supuestamen­te podemos saber cuando una persona ha recibido el Espíritu Santo por el cambio operado en su vida, por los “frutos del Espíritu”. Ciertamente que deberíamos ser cristianos más “fructíferos” después de re­cibir el bautismo con el Espíritu Santo, pero el “dar frutos” no es la señal bíblica de esta experiencia. Los apóstoles conocían en el acto cuando una persona ha­bía recibido el bautismo con el Espíritu Santo. Si hubieran tenido que esperar hasta constatar los frutos o el cambio de carácter en la vida de la persona, hu­bieran demandado meses o anos para hacer la eva­luación. Aparentemente los primitivos cristianos con­taban con un medio más simple, y no es difícil ima­ginar cual era.
¿Que fue lo que atrajo a la gran multitud de “judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo” en Pentecostés, tres mil de los cuales se con­virtieron en esa misma hora y día? No habían estado ahí el tiempo suficiente para averiguar que clase de vida había vivido la gente antes y después. ¿Que fue lo que de inmediato convenció a Simón el Mago que sus vecinos habían recibido algo tan altamente ren­didor que procuro comprarlo? Por otro lado, ¿como supieron inmediatamente los apóstoles Pedro y Juan, que los conversos de Felipe no habían recibido el Espíritu Santo? Ciertamente no era por falta de gozo, pues el relato dice: “Había gran gozo en aquella ciu­dad.” (Hechos 8:8.). ¿Que fue lo que convenció to­talmente a Pedro en la casa de Cornelio que los roma­nos habían recibido el Espíritu Santo, por lo cual se aventuro, contrariamente a todas las practicas y creencias, a bautizar a estos gentiles? El caso de los efesios, citado en Hechos 19, difiere algo, porque esta gente no había recibido a Jesús. Sin duda alguna Pablo echo de menos la presencia del Espíritu Santo en todos ellos; pero luego que recibieron a Jesús y fueron bautizados en agua, que fue lo que le permitió saber a Pablo, inmediatamente de haberles im­puesto las manos, de que habían recibido le Espíritu Santo?
“Les oímos hablar en nuestras lenguas las mara­villas de Dios.” (Hechos 2:11.) “Los oían que habla­ban lenguas, y que magnificaban a Dios.” (Hechos 10:46.) “Hablaban en lenguas y profetizaban.” (He­chos 19:6.).
Cualquiera que tome en serio las Escrituras, no sucede sacar otra conclusión que no sea la importan­cia de hablar en lenguas. Jesús mismo dijo: “Estas señales seguirán a los que creen: hablaran nue­vas lenguas.” (Marcos 16:17.)
El apóstol Pablo les dijo claramente a los corintios “Quisiera que todos vosotros hablaseis en lenguas.” (1 Corintios 14:5.)
Aquí tenemos el original griego
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“Thelo de pantas humas lalein glossais”, puede ser traducido ya sea en el presente indicativo o en el sub­juntivo. Numerosas versiones en castellano utilizan el subjuntivo: “Quisiera que todos vosotros hablaseis en lenguas” (versión de Casio doro de Reina, revisada por Cipriano de Valera y otras revisiones).La Biblia de Jerusalén elige el presente de indicativo, como la traducción mas ajustada a la realidad: “Deseo que habléis todos en lenguas.” Tam­bién es directa la traducción literal del Englishman’s Greek New Testament de Bagster, que vertida al cas­tellano, dice: “Deseo que todos vosotros habléis en lenguas.”
Después de todo, es el mismo apóstol Pablo el que mas adelante les dice a los corintios: “Doy gracias a Dios que hablo en lenguas mas que todos vosotros” o, con mayor exactitud aun: “Doy gracias a Dios, hablando en lenguas, mas que todos vosotros.” (1 Co­rintios 14:18.).
Pablo continua diciendo: “Si yo oro en lengua des­conocida, mi espíritu ora, pero mi entendimiento que­da sin fruto. ¿Que pues? Orare con el espíritu, pero orare también con el entendimiento; cantare con el espíritu pero cantare también con el entendimiento.”
(1 Corintios 14:14-15.)
Y aquí tenemos la respuesta de lo que significa hablar en lenguas, y el porque Dios hubo de elegir una evidencia aparentemente tan extraña para acompañar al bautismo con el Espíritu Santo. Hablar en lenguas es la oración con o en el Espíritu: es nuestro espíritu, hablando a Dios, inspirado por el Espíritu Santo. Se produce cuando un creyente cristiano habla a Dios, pero en lugar de hablar en un lenguaje que conoce con su intelecto, simplemente habla, con fe infantil, y espera que Dios le de forma a las pala­bras. El espíritu humano regenerado, que esta unido al Espíritu Santo, ora directamente al Padre, en Cris­to, sin estar sujeto a las limitaciones del intelecto. De la misma manera en que la nueva vida en el Espíritu es expresada o, si lo preferimos, ejercitada, así es construida o edificada la vida espiritual.
El que habla en lengua extraña a si mismo se edi­fica.” (1 Corintios 14:4.) “Edificar” es la traducción del vocablo griego oikodomeo que literalmente signi­fica “construir“. En este caso significa edificarse a, si mismo espiritualmente. Una palabra afín la utiliza el apóstol Judas, cuando dice: “Edificándonos sobre vuestra santísima re, orando en el Espíritu. Judas 20.) (Sin duda alguna que este pasaje de Judas se refiere al hablar en lenguas.) Por otra parte, el inte­lecto se siente humillado al no comprender el lenguaje; se pone al alma (ser psicológico) en su lugar, que esta sujeto al espíritu. La oración se eleva a Dios en libertad. La oración llega tal cual el Espíritu Santo quiere que llegue; por lo tanto será una oración per­fecta, nacida de la perfección de la nueva criatura, y perfectamente inspirada por el Espíritu.a De ahí que sea, además, una oración activa. El Padre la puede recibir en su totalidad, porque proviene, no de nues­tras almas embarulladas, sino del Espíritu Santo a través de nuestro espíritu, ofrecida por nuestra vo­luntad y cooperación.
Nuestra voz, nuestro idioma o, como la Biblia lo expresa, nuestra lengua es nuestro principal medio de expresión, y no es simple coincidencia que sea justamente por aquí por donde comienza a derramarse el Espíritu Santo. Espiritualmente, psicológicamente y fisiológicamente, nuestra habilidad para hablar es central. Leemos en Proverbios: “Del fruto de la boca del hombre se llenara su vientre; se saciara del pro­ducto de sus labios. La muerte y la vida están en poder de la lengua, el que la ama comerás de sus fru­tos.” (Proverbios 18:20-21.) Nuestra capacidad para comunicarnos con otros mediante un idioma racional, es parte fundamentalista del ser humano. La Biblia se refiere a la facultad del idioma como la “gloria” del cuerpo. Dice el salmista: “Despierta, oh gloria mía; despierta salterio y arpa; levantarme de ma­ñana. (Salmo 57:8.) Y en otro pasaje: “Alégrese por tanto mi corazón, y se gozó mi gloria: también mi carne reposara confiadamente.” (Salmo 16:9.) En cada caso la explicación al margen establece que la palabra “gloria” es una metáfora de la
En su capitulo tres Santiago compara la lengua con el timón de un gran barco, capaz de controlar todo el navío con un ínfimo golpe, y también la compara con el freno de un caballo, pequeño adminículo con que controla todo su cuerpo. Sin embargo, Santiago continua diciendo que la lengua “es un mal que no puede, ser refrenado, llena de veneno mortal”. (San­tiago 3:8.) Dice que la lengua, estando inflamada con el fuego del infierno, contamina todo el cuerpo. (Santiago 3:6.) El Salmo 12:4 dice: “Por nuestra lengua prevaleceremos; nuestros labios están con nos­otros: ¿quién nos es Señor?” Pareciera que la misma facultad de hablar que es algo tan importante, es tam­bién lo que mas obstruye la libertad del Espíritu Santo en la vida del creyente. Es un foco que esti­mula nuestro orgullo intelectual. Un neurocirujano amigo nuestro, hizo el siguiente comentario: “En­tiendo porque Dios recurre a hablar en lenguas. El centro del lenguaje domina el cerebro. No veo como Dios pueda gobernar el cerebro físico; a menos que controle los centros del lenguaje.
a Una prueba fascinante de esto radica en que las personas total­mente sordas, y que nunca han hablado ni una palabra, cuando reciben el Espíritu Santo hablan en lenguas con toda fluidez! La señora Wendell Mason, de La Verne, California, que trabaja con los sordos, dice: “He orado con no, menos de O sordos pidien­do recibir el Espíritu Santo, y los he oído dirigirse fluidamente a Dios en un lenguaje celestial, volviendo al lenguaje de signos al comunicarse conmigo. He visitado sordomudos recibir el Espíritu Santo y hablar en lenguas.” Hemos recibido testimonios similares de otras personas que trabajan con los sordos. Seria totalmente imposible que estos impedidos pudieran imitar un lenguaje, o pronunciar palabras recordadas de su mente “in­consciente” (como lo afirman algunos escépticos cuando tratan de explicar el hablar en lenguas) desde el momento que nunca han escuchado ni una palabra en sus vidas.
“¿Quien puede domar la lengua?” pregunta Santia­go, y la respuesta es: “! El Espíritu Santo!“, y el hablar en lenguas constituye el recurso principal del proceso. Dice el Espíritu Santo: “Quiero inspirar y gobernar en ustedes los medios mas importantes de expresión que tengan, es decir la capacidad de ha­blar. También quiero domar y purificar eso con lo cual cometen los mayores pecados: ¡La lengua!”
Hablar en lenguas nada tiene que ver con las emo­ciones. Hablar en lenguas de ninguna manera puede ser una emoción, porque las emociones forman parte del alma, de la naturaleza psicológica, mientras que hablar en lenguas es hablar desde o en el espíritu. (1 Corintios 14:14.) Este hecho puede parecer sor­prendente a las personas que han oído de una mani­festación altamente emocional, que en realidad no era otra cosa que un abuso del don de lenguas (ministe­rio público en lenguas) y de ahí que se hayan sentido asustados o repelidos por esa práctica.
Los pasajes que en varias versiones modernas de las Escrituras hablan de “lenguas de éxtasis” o “idio­ma extático” son en realidad paráfrasis y no traduc­ciones. Nada hay en el original griego que implique que hablar en lenguas tenga nada que ver con la emoción, éxtasis, frenesí, etc. La frase reduce siem­pre a lalein glossais, que significa, simplemente, “ha­blar en lenguajes“. Pueda que el hablar en lenguas emocione, de la misma manera que aguza el intelecto, y esperamos que así sea; pero no tenemos que alcanzar un estado emocional especial para hablar en lenguas. En realidad de verdad, uno de los mayores impedi­mentos para recibir el Espíritu Santo es la recargada atmósfera emocional que suponen algunos que ayuda y, más aún, que es necesaria. Cuando las personas buscan recibir el bautismo del Espíritu Santo y ha­blan en lenguas por primera vez, tratamos de “cal­mar” sus emociones lo mas que nos sea posible. Muchos comienzan a hablar en lenguas quedamente. Luego hablaran en voz más tonante a medida que crezca su fe y pierdan el temor. De hecho, las emociones estimuladas se interponen en el camino del Espíritu Santo, de la misma manera que lo hace un intelecto demasiado activo o una voluntad demasiado deter­minada.
No hay nada de malo con la emoción. Tenemos que aprender a expresar nuestras emociones y disfrutar de ellas mucho mas de lo que generalmente lo ha­cemos, especialmente en relación a nuestra asociación con Dios. ¿Puede haber, acaso, algo más maravilloso, o más emocionantemente conmovedor, que sentir la presencia de Dios? Pero la emoción, sin embargo, es una respuesta, una expresión, no una causa. El emo­cionalismo es la expresión de la emoción, en función de si misma, sin estar enraizada en causa alguna.
No estaremos en ninguna rara disposición de Ánimo cuando hablamos en lenguas. Ninguna relación tiene con lo misterioso, lo oculto, como creemos quedo cla­ramente especificado en el capitulo anterior. No se trata de histeria ni de forma alguna de sugestión. No entramos en trance ni ponemos nuestras mentes en blanco. Mientras hablamos en lenguas nuestra mente debe trabajar activamente pensando en el Se­ñor. Poner nuestra mente en blanco o adoptar una actitud de pasividad mental resulta peligroso en cual­quier circunstancia, y no debe ser estimulado.
Hablar en lenguas de ninguna manera significa compulsión. Dios no obliga a su pueblo para actuar de esta manera: lo inspira. Es el enemigo el que “posee” y obliga a la gente a actuar contra su voluntad. Siem­pre que uno diga: “Hago esto porque Dios me ordenó hacerlo” refiriéndose a cualquier manifestación física, lo mas probable es que Dios nada tenga que ver en ello, sino que es mas bien la propia naturaleza (psicológica) del alma de la persona la que esta actuando o, peor aun, un espíritu extraño lo está abrumando, 4 Dios puede hacer y hace cosas inesperadas y desacostumbradas, pero no exige de sus hijos un comportamiento tan caprichoso y grotesco que pudiera ahuyentar a otros. (2 Timoteo 1:7.)
Siguiendo la misma línea de pensamiento, algunos temen hablar en lenguas porque se imaginan que de pronto pueden pegar un salto en la iglesia e interrumpir al predicador, o de pronto empezar a hablar en lenguas en un campo, de golf. ¡Tonterías! “El espíritu del profeta esta sujeto al profeta.” (1 Corintios 14:32.) Algunos razonan así: “Pero si este es el Espíritu Santo que esta hablando ¿cómo me atreveré a rechazarlo? Ah, pero es que este no es el Espíritu Santo hablando. Hablar en lenguas significa que es nuestro espíritu el que esta hablando, inspira­do por el Espíritu Santo, y nuestro espíritu esta bajo nuestro control. Antes de poder manifestarse cualquier don del Espíritu, necesita nuestro consentimiento. Pue­de ocurrir a veces que estemos tan poderosamente ins­pirados por el gozo y el poder del Señor, que sentimos la necesidad de hablar en una circunstancia en la cual nuestra mente nos esta diciendo que no corresponde. No hay nada malo en ello; aprendemos así a contro­larnos de la misma manera que aprendemos a no reírnos a destiempo, aún cuando algo nos parezca muy divertido, ¡y nos sentimos altamente inspirados para reírnos! Esta es una buena comparación, porque la inspiración del Espíritu Santo se asemeja a una risa gozosa.
4 No estamos negando que el Espíritu Santo puede, por su soberana voluntad, provocar sensaciones físicas. No es raro que una persona sienta un movimiento sobrenatural localizado en sus mejillas, labios, lengua, o un tartamudeo o temblor en el cuerpo, en momentos de orar pidiendo el bautismo del Espíritu Santo, y esto puede ocurrirle a una persona que no solamente no demuestra activamente su deseo de recibir el Espíritu Santo, sino que ni siquiera comprende el asunto. Hay casos de quienes experimentan un debilitamiento de los músculos ¡al extremo de no poderse tener en pie! El día de Pentecostés fueron acusados de estar borrachos. En Cesárea de Filipo los romanos se sintieron anonadados por el Espíritu Santo, al parecer sin esperar que tal cosa ocurriese. Por lo menos Pedro no mencionó tal manifestación y no esperaba que sucediese. Sin embargo, no importa cuan abrumadora sea la inspiración, y de si es espiritual, psicológica o aun física en su naturaleza, el espíritu del profeta todavía esta sujeto al profeta. En todos los casos es siempre requerido el consentimiento y cooperación del individuo. No importa can poderosa sea la inspiración, nunca es compulsiva. Notemos, sin embargo, que el Espíritu puede -y así lo hace-, constreñir a los incrédulos. Los que salieron a arrestar a Jesús cayeron a tierra. Pablo cayó de su cabalgadura y quedó transitoriamente enceguecido. Se podrían mencionar muchos otros ejemplos.
Algunos plantean el problema de que la Biblia dice que no debe hablarse en lenguas de no mediar inter­pretación. Esta regla se aplica a hablar en lenguas en una reunión publica, y será tratado con mayor detalle en el capitulo que trata del don de lenguas, pero por ahora diremos que el hablar en lenguas pri­vadamente no requiere interpretación. El creyente esta “hablando, a Dios en un misterio”, orando con su espíritu, no con su intelecto.
“¿Y si no hablamos en lenguas? ¿Puedo recibir el Espíritu Santo sin hablar en lenguas?”
¡Todo viene incluido!” Hablar en lenguas no es el bautismo en el Espíritu Santo, pero es lo que suce­de cuando somos bautizados en el Espíritu, y resulta ser un importante recurso para ayudarnos, como dice Pablo, a ser llenos o continuar siendo llenos del Espíritu. (Efesios 5.:18.) No es que tengamos que hablar en lenguas para tener el Espíritu Santo dentro de nosotros. No es que tengamos que hablar en len­guas para gozar de momentos en los cuales sentimos que estamos llenos del Espíritu Santo, pero si queremos el libre y pleno derramamiento que es el bautis­mo en el Espíritu Santo, debemos esperar que ocurra como en la Biblia, y como lo hicieron Pedro, Santiago, Juan, Pablo, Maria, Maria Magdalena, Bernabé y todos los demás. Si queremos entender el Nuevo Tes­tamento, necesitamos la misma experiencia que tuvieron sus escritores.
Algunas personas preguntaran: “¿Pero que me dice de los grandes cristianos de la historia? Ellos no hablaron en lenguas.” ¿Estamos seguros de ello? Es muy probable que no haya habido ningún momento en la historia de la iglesia sin que hubiera algunos que conocían la plenitud del Espíritu Santo y habla­ran en lenguas. Siempre que hubo notables reaviva­mientos de la fe, se evidenciaron los dones del Espíritu. San Patricio en Irlanda, San Francisco de Asís, Santa Teresa de Ávila, San Francisco Javier, los primeros cuáqueros, los valdenses, los primeros metodistas, son unos pocos ejemplos de los que en aquellos tempranos días ha­blaron en lenguas. En épocas mas recientes, numerosos dirigentes cristianos hablan hoy en lenguas, pero no lo admiten por temor al prejuicio. Pero hay muchos que son más va­lientes. Hay miles de pastores y sacerdotes en prácticamente todas las denominaciones que testifican ha­ber recibido el Bautismo en el Espíritu Santo y ha­blado en lenguas, y el número esta creciendo cada vez más. Una sola organización de pastores presbiteria­nos carismáticos, suma alrededor de 400. Cinco anos atrás un dirigente de la iglesia bautista norteameri­cana nos dijo que en ese entonces había 500 pastores de esa denominación que hablan recibido el Espíritu Santo y hablado en lenguas.

Hay un cierto número, de personas que han hablado en lenguas y que no lo saben! De vez en cuando, al hablar sobre esta manifestación, alguien nos dice: “Oh, usted se refiere a ese extraño lenguaje que he hablado desde que era niño; ¿es eso?; ¡Me hace sentir feliz y cercano a Dios! *
Al terminar una reunión, una simpática señora ho­landesa, de alrededor de 35 años de edad, conversaba con Dennis.
-Una vez hable en lenguas, hace de esto alrededor de ocho meses- comento con cierto dejo de ansiedad en la voz -y quisiera hacerlo de nuevo.
-¿Y por que no lo hace?
-Oh, no me animaría. Me entretengo con mis hijos hablándoles en un lenguaje que a ellos los divierte. ¡Me temo que si trato de hablar en lenguas hablaría en ese lenguaje; aún sin proponérmelo!
A esta altura de la conversación Dennis sonreía. -Esa es su lengua- le dijo.
La señora se sobresaltó: -Oh, no- dijo sacudien­do firmemente la cabeza – ¡esa es una lengua que usamos en los juegos!
Luego de varios minutos de discusión, Dennis le pregunto:
– ¿Estaría dispuesta a hablarle a Dios en esa lengua?
Requirió un poco más de persuasión, pero final­mente inclino su cabeza y comenzó a hablar queda­mente en un hermoso lenguaje. No habían pasado treinta segundos antes de que sus ojos se llenaran de lágrimas de gozo: -¡Esto es! ; ¡Esto es!- dijo.
Un joven matrimonio de turistas ingleses, mientras recorrían los Estados Unidos se detuvieron en St. Luke hace alrededor de siete anos atrás. Sentían cu­riosidad por averiguar más sobre el bautismo en el Espíritu Santo. Hablando, procuramos explicarles que significaba el hablar en lenguas. El joven esbozó una sonrisa entre divertida y perpleja, y pregunto:
-¿Podría ser algo que yo he estado haciendo en mis oraciones desde la edad de tres anos?
La esposa también sonrió y exclamó: ¡Yo tam­bién!
Sin saberlo el uno del otro, ambos habían hablado en lenguas de tiempo en tiempo, en sus oraciones, desde su más tierna infancia.
* Como es obvio, para que tal cosa sea valida, el niño tendría que haber recibido primero a Jesucristo.
No les parece esta una buena ocasión para mencionar el hecho de que muy a menudo la primes ve que las personas hablan en lenguas, lo hacen en sus sueños. La semana antes de escribir este capitulo, dedicamos un cierto tiempo a conversar con el piloto de unas líneas aérea, que procuraba conocer algo más sobre el Espíritu Santo. Nos dijo:
-Noches atrás soñé que hablaba en lenguas. ¡Cuando desperté tenia una sensación maravillosa!
Cuando una persona habla en lenguas durante su sueño, pronto comenzara a hablar en lenguas estando despierto, si esta dispuesto a hacerlo. A veces resulta difícil convencer a la gente de esto. Un joven estudian­te de la asistió, juntamente con otros estudiantes a la Reunión de Información de los vier­nes en St. Luke. Una semana después vino a la iglesia y me dijo: -Estoy muy desilusionado. Quería quedarme las otras noches para recibir el Espíritu Santo, pero los otros muchachos no podían esperar. Pero esa noche soñé que llegue hasta la barandilla que separa el altar en su iglesia, y recibí el Espíritu San­to. ¡Fue maravilloso! ; Hable en lenguas y me sentí lleno de alegría,
-Hum-m-m- exclamo Dennis-. La reunión del viernes tuvo lugar en la casa parroquial ¿no es así?
-Si- replico el joven-. Nunca entre al templo propiamente dicho, ¡pero durante mi sueño es ahí donde estaba!
– ¿Quieres describirme el templo?- le pidió Dennis.
-Bueno, note que el altar ocupaba una posición que no es la habitual en la mayoría de las iglesias. Estaba tan separado de la pared que podría haberla tocado con la mano cuando me arrodille en el altar. (Esto ocurría hace alrededor de siete anos atrás, cuando esa disposición de los altares no era tan común.) La iglesia estaba pintada de marrón, toda de madera.
A continuación el joven procedió a describir con toda precisión el interior de la Iglesia de St. Luke, Seattle. Parecía que el Señor no solo había bautizado a este hombre en el Espíritu Santo, sino que le había mostrado un cuadro claramente recono­cible del interior de la Iglesia de St. Luke. (Esto ultimo seria una manifestación del don de ciencia.)
– ¡Felicitaciones! – le dijo Dennis-. ¡Has recibi­do el Espíritu Santo!
-0h, no respondió el muchacho ¡fue nada mas que un sueño!
Demandó algún tiempo el convencerlo, pero final­mente consintió en orar y de inmediato comenzó a hablar con toda fluidez en un nuevo lenguaje.
– ¡Es el mismo lenguaje que hable durante mi sueño!- exclamo contento.
Antes de orar pidiendo recibir el Espíritu Santo, sugerimos que primero oremos al Padre en el nombre de Jesús, reafirmando nuestra fe en Cristo, agrade­ciéndole por la nueva vida que nos ha brindado en Jesús y por el Espíritu Santo que vive en nosotros. Continuar orando diciendo todo lo que hubiere en nuestros corazones. Si recordamos algo que nos im­pida acercarnos a Dios, una mala acción o una mala actitud inconfesada, un resentimiento contra alguien, por ejemplo, o una deshonesta operación comercial, digámoselo a Dios, confesémosle nuestro pecado, y luego prometámosle enderezar nuestros caminos. Si ese es nuestro sentir, dejemos la oración momentáneamente, pongamos las cosas en orden y después volvamos (Mateo 5:23-24) pero no permitamos que la idea de algún pecado “es­condido” o desconocido nos impida pedir el bautismo en el Espíritu Santo. “No somos dignos” podrán decir algunos, y la respuesta es: “; ¡Por supuesto que no somos dignos!” Solamente Jesús es digno. ¿Alguna vez, podremos acercar­nos por ventura al Señor y decirle: Ahora soy digno? ¿Por lo tanto dame la parte que me corresponde?” Es mejor no hacerlo: ¡bien pudiera ser que nos la diera!
Si estamos solos orando para recibir el Espíritu Santo, elevemos esta oración, o si algún otro está orando con nosotros dirán una oración similar
“Padre celestial, lo doy gracias porque estoy bajo la protección de la preciosa sangre de Jesús que me ha limpiado de todo pecado. Amado Señor Jesús, te ruego que me bautices en el Espíritu Santo, y per­míteme alabar a Dios en un nuevo lenguaje, que supere las limitaciones de mi intelecto. Gracias, Señor; creo que ya mismo estas respondiendo a mi rue­go. Te lo pido en el nombre del Señor Jesús.”
Cuando le pedimos a Jesús que nos bautice en el Espíritu, nosotros debemos recibirlo. El recibir nos corresponde a nosotros.
Este es el ABC del recibir:
A. Pedir a Jesús que nos bautice en el Espíritu Santo. La carta de Santiago dice: “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís.” (Santiago 4:2.) Dios nos ha dado libre albedrío y eso nunca lo quitara. No forzara sus bendiciones sobre nosotros, ya que no es este el camino del amor. Debemos pedir. Dios nos ordena ser llenos de su Espíritu Santo. Efesios 5:18
B. Creer que recibiremos en el momento en que lo pedimos. “Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.” (Juan 16:24.) La fe es creencia en tiempo presente. “Es la fe. . .” escribe el autor de Hebreos. (Hebreos 11:1.) Además la fe es activa y no pasiva, lo cual quiere decir que somos nosotros los que debemos dar el primer paso.
C. Confesar con nuestros labios. Cuando recibimos a Jesús como nuestro Salvador, creímos en nuestro corazón y le confesamos con nuestros labios. Ahora confesemos con nuestros labios pero en el nuevo len­guaje que el Señor esta dispuesto a darnos. Abramos nuestra boca y comencemos a hablar, anunciando así que creemos que el Señor nos ha Bautizado en el Espíritu. No hablemos en castellano ni en ningún otro idioma que conozcamos, pues Dios no nos puede diri­gir para hablar en lenguas si estamos hablando en un lenguaje que nos es familiar. ¡No podemos hablar en dos idiomas a la vez! Confiemos en Dios que el nos de las palabras, así como Podía confiar en Jesús de que le permitiría caminar sobre las aguas. Hablar en lenguas es un infantil acto de fe. No requiere nin­guna habilidad, antes bien, significa despojarnos de toda habilidad. Es hablar con palabras sencillas, utili­zando nuestra voz, pero en lugar de decir lo que nues­tra mente nos dicta, debemos dejar que el Espíritu Santo dirija nuestra voz directamente para decir lo que el quiere que digamos.
“¡Pero ese seria yo el que habla!” ¡Exactamente! Dios no habla en lenguas, es la gente la que habla en lenguas, y es el Espíritu el que da las palabras. Veamos lo que sucedió en Pentecostés: “Y comenza­ron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.” De modo que debemos comenzar a hablar en otras lenguas -no en nuestro propio idio­ma u otros idiomas- según el Espíritu nos faculta a .pronunciar las palabras o a darles forma, ;cosa que el Espíritu hará, sin duda alguna! De la misma ma­nera en que un niño comienza a balbucear sus prime­ras palabras, abramos nuestras bocas y pronunciemos las primeras silabas y expresiones que vienen a nues­tros labios. Debemos empezar a hablar en la misma forma como Pedro tuvo que salir del bote. Dios nos guiara cuando nos animemos a confiar en é1, dando el primer paso, en fe.
Al orar para recibir el Espíritu Santo, ocurre a veces que algunas personas experimenten un temblor involuntario, balbucean sus labios y castañetean sus dientes. Estas son reacciones físicas ante el Espíritu Santo, que en si mismas no tienen mayor significación, aparte de indicar su presencia. Se producen pro­bablemente ante la resistencia que le oponemos. Algu­nas personas han esperado en vano, durante años, para que los “labios balbuceantes” lleguen a ser un lenguaje. El creyente en todos los casos debe empezar a hablar: hablar en lenguaje no es un acto involun­tario.
“Pero yo no quiero -dicen algunos- que nadie me enseñe como hablar en lenguas. Quiero que Dios lo haga. De lo contrario podría ser “en la carne”.
Es imposible que nadie nos diga “como” hablar en lenguas. Lo que estamos tratando de hacer es conven­cerlos de que comiencen a hablar. Cierto que mucha gente empieza a hablar espontáneamente sin que na­die los incite. Aparentemente así lo hicieron la mayoría, en los casos relatados en la Biblia. Si todos viviéramos de acuerdo a una fe sencilla, también actuaríamos así, pero desgraciadamente muchos de nosotros tendemos a ser sofisticados y estamos llenos de inhi­biciones, temerosos de que nos tomen por tontos. Mu­chos adultos y niños agraciados con una fe infantil reciben fácilmente y con espontaneidad; nuestras ins­trucciones van mas bien dirigidas a los que aun mantienen ciertos pruritos. Todo cuanto podemos decir es que depende de cada uno de nosotros el que salgamos del tote si queremos caminar sobre las aguas. No podemos dar indicaciones de cómo caminar sobre las aguas, pues Jesús cuidara de eso, pero si podemos apremiarlos para que salgan del barco, y den el pri­mer paso sobre las olas. Con respecto a que pueda ser “en la carne”, un conocido erudito maestro de la Biblia, nos dice
“Cuando Pedro salió y caminó sobre las aguas, los de “la carne” se quedaron sentados en el bote.”
La “carne” es lo opuesto a la fe; es el “viejo hom­bre”, rebelde y pecador. Es mucho mas “de la carne” esperar que Dios tome el mando y nos haga hacer algo, que confiar en el con fe sencilla y esperar a que nos honre cuando empezamos a imitar los soni­dos de nuestro hablar. Estamos enseñan do -y sabemos que esa es la verdad- que estos primeros esfuerzos en obedecer al Espíritu no son mas que el comienzo. No importa que estos primeros sonidos no sean otra cosa que las pocas gotas que salen cuando “cebamos la bomba”; pronto saldrá el chorro con toda su fuerza.
El salmista David, por inspiración del Espíritu Santo, dijo así: “Abre tu boca, y yo la llenare.” (Salmo 81:10.)
Un sonido de regocijo puede no ser hablar en lenguas, pero aun esto agrada al Señor. No pasara mu­cho tiempo antes que Dios premie nuestra fe sencilla y hablemos el lenguaje del Espíritu Santo.
Al llegar a este punto, pueden suceder varias cosas puede ocurrir que no logremos empezar a hablar, debido a nuestra timidez e inhibiciones. Muy bien, ¡no ha fracasado en el examen! Pero tenemos que perseverar hasta que decidamos emitir ese primer sonido. Algo parecido a lo que les ocurre a los para­caidistas que se arrojan del aeroplano por primera vez. Si quiere ser un paracaidista ¡tiene que saltar! ¡No hay otra manera! No hay que echarse atrás, co­mo algunos hacen, diciendo: “Supongo que Dios no me quiere conceder ese don.” Pero no es Dios, sino nosotros los que nos echamos atrás.
A veces comenzamos a hablar, pero lo más que logramos son unos pocos sonidos vacilantes. ¡Muy bien! ¡Ya hemos roto la “barrera del sonido”! De­bemos persistir con esos sonidos. Ofrezcámoslos a Dios. Con nada más que esos “sonidos gozosos” digá­mosle a Jesús que lo amamos. A medida que lo hace­mos así, esos sonidos crecerán hasta adquirir la mag­nitud de un lenguaje plenamente desarrollado. Este proceso puede durar días o semanas, pero no por culpa de Dios sino por culpa nuestra. En un sentido estrictamente real, cualquier sonido que hagamos ofre­ciendo nuestra lengua a Dios en fe sencilla, puede ser el comienzo de hablar en lenguas. Hemos pre­senciado vidas visiblemente cambiadas por la libe­ración del Espíritu como resultado de la emisión de un solo sonido, ¡de una sola silaba! Si en alguna oportunidad hemos emitido tal sonido al mismo tiem­po que confiando en Dios de que el Espíritu Santo nos guiaría, desde ese momento en adelante nunca hay que decir: “Todavía no he hablado en lenguas”, sino: ¡Empiezo a hablar en’ lenguas!” Recordemos que la manifestación del Espíritu significa siem­pre que Dios y nosotros estamos trabajando juntos.
“Obrando con ellos el Señor… con las señales que se seguían.” (Marcos 16:20.)
Por otra parte puede ocurrir que de inmediato ha­blemos en un hermoso lenguaje. Eso también es ma­ravilloso, ¡pero no significa de ninguna manera que mas santos que los otros! Significa simplemente que estamos un poco más liberados en nues­tros espíritus que tenemos menos inhibiciones. De cualquier manera, el quid del asunto es que continuemos hablando, o tratando de hablar.
De vez en cuando ocurre que una persona cuenta con algunas nuevas palabras en su mente, antes de que empiece a hablar en lenguas. ¡Hay que decirlas! Las demás seguirán.
Ocasionalmente hay algunos que ven las palabras escritas, como si estuvieran escritas en un indicador automático movible o proyectado sobre la pared. Una mujer vio las palabras en su “lengua”, como si hu­bieran sido escritas en la pared ¡con la pronunciación y acentuación completas! Las “leyó” a medida que aparecían, y comenzó a hablar en lenguas. ¿Por que suceden tales cosas? Porque al Espíritu Santo le gusta la variedad. La mayoría de las personas no reciben estas “ayuditas”, de modo que, si nos ocurren, alabemos al Señor. Algunos son mas capaces de can­tar que de hablar, y eso esta bien. De la misma ma­nera que podemos empezar a hablar en el Espíritu, lo podemos hacer cantando. Solamente debemos per­mitir al Espíritu que nos de la tonada como asi­mismo las palabras. Es probable que al principio nos venga como un canturreo, tal vez en tune a des tonos, pero puede ayudarnos a liberarnos: Conocemos personas que no pueden cantar ni una sola nota al “natural”, pero que cantan hermosamente en el Es­píritu.
¿Que se supone que sintamos cuando hablamos en lenguas? Puede que al principio nos sintamos absolu­tamente nada. Recordemos que esto no es una expe­riencia emocional… Estamos tratando de que nuestro espíritu adquiera la libertad necesaria para alabar a Dios a medida que el Espíritu Santo nos inspira. Puede transcurrir un tiempo antes de que nuestro espíritu pueda abrirse camino hacia nuestros sentimientos para hacernos nuevamente conscientes de que Dios esta en nosotros. Por otra parte, podemos ex­perimentar algo así como si de golpe se abriera una brecha y nos sintiéramos transportados a las regiones celestiales. ¡Alabemos al Señor! Es una experiencia maravillosa tener la súbita conciencia de la plenitud de Cristo en nosotros y sentirnos arrebatados de esa manera. Muchas personas acusan una sensación de libertad j y realidad en lo mas hondo de sus espíritus cuando empiezan a hablar y de estar llenos de la plenitud de Cristo.
Por lo menos de una cosa podemos estar seguros: si no aceptamos la experiencia como real, no estare­mos conscientes de su realidad. La vida del cris­tiano esta edificada sobre la fe, es decir, confianza y aceptación. Inevitablemente muchos dirán: ” ¡Pero ese fui solamente yo!” Por supuesto, ¿quien espe­raba que fuese, algún otro? Somos nosotros los que hablamos, mientras el Espíritu Santo provee las pa­labras. Pero a menos que aceptemos que se trata del Espíritu Santo y de que la experiencia es real, no habremos de ser bendecidos con las bendiciones que estamos buscando. Por lo tanto, creamos y aceptemos, y alabemos al Señor por lo que esta haciendo en nosotros y por medio de nosotros.
A Dennis le pidieron un día que diera su testimonio en una iglesia cercana. Después de la reunión muchos se quedaron para orar y pedir recibir el Bautismo en el Espíritu San­to. El ministro religioso le dijo a Dennis:
-Hay otro aquí que esta pasando por mo­mentos muy difíciles. ¿Puede usted ayudarlo?
Era un joven ministro perteneciente a una de las iglesias de liturgia muy elaborada. Tenía la firme determinación de recibir el Espíritu Santo pero, como es obvio, estaba totalmente fuera de su elemento en este marco sin inhibiciones. Mientras mas lo exhor­taban los bien intencionados hermanos que oraban por el, ¡mas se congelaba!
Dennis le pidió que lo visitara en su oficina en St. Luke, y ahí, luego de hablar tranquilamente un rato, oraron para que recibiera la plenitud que estaba bus­cando. Luego de un rato comenzó a temblar violentamente y a hablar en un hermoso lenguaje.
Continuo hablando durante dos o tres minutos, miro a Dennis con aire sombrío, y dijo: -Bueno, muchas gracias- ¡y se fue!
A la noche siguiente llamo por teléfono – Dennis- dijo tristemente -te agradezco mu­cho por tratar de ayudarme, pero no recibí nada.
Dennis le dijo:
-Mira, mi amigo. Te vi temblar bajo el poder del Espíritu Santo, y te oí hablar hermosamente en un lenguaje que no conoces. Yo se que tu sabes que el Señor Jesús es tu Salvador, de modo que estoy se­guro que tiene que haber sido el Espíritu Santo. No dudes más. ¡Agradece al Señor por haberte bautizado en el Espíritu Santo!
Colgó el teléfono, pero una hora después volvió a llamar. Estaba eufórico. -¡0h!- exclamó- cuando seguí tu consejo comencé a agradecerle al Señor por haberme bautizado en el Espíritu, y de repente sentí el impacto del gozo del Señor; ¡y me siento como si caminara en las nubes!
No transcurrió mucho tiempo antes que oyéramos del reavivamiento producido en la pequeña iglesia.
Si hemos pasado por un período de gran tensión o pesadumbre por lo cual hemos tenido que ejercita un firme control sobre nuestras emociones, hallaremos difícil aflojar esa tensión al grado de permitirle al Señor Jesús que nos Bautice en el Espíritu Santo. Nos hemos estado aferrando a algo, y nos asalta el temor de que si aflojamos ahora nos vamos a “des­moronar”. Cuando esto ocurre, es muy probable que al procurar dejar en libertad a nuestra voz para que le hable al Señor, comencemos a llorar. ¡Adelante con el llanto! El Espíritu Santo sabe perfectamente como desatar esos nudos. A veces las personas lloran y otras veces ríen cuando reciben el Bautismo en el Espíritu Santo. Ocho años atrás oramos con un joven ministro y su esposa, y al recibir el bautismo en el Espíritu el joven reía a mandíbula batiente, mientras la esposa lloraba co­piosamente, y ambos fueron llenos con el gozo del Señor. Nuestro Señor sabe lo que necesitamos, y procederá de la manera en que mas nos beneficie.
Hay algunos creyentes que han pedido ser bauti­zados en el Espíritu Santo, pero no han podido co­menzar a hablar en lenguas. Creen que esto se debe a que Dios no quiere que lo hagan; que no sea para ellos. Nuestra experiencia, sin embargo, nos dice que con buenas explicaciones, respondiendo a sus pregun­tas y una apropiada instrucción, tales personas logran despojarse de sus inhibiciones y comienzan a hablar en el Espíritu.
Actuando como consejeros, hallamos que hay per­sonas que en el pasado se han visto envueltas en cultos o practicas ocultas, según lo explicamos de­talladamente en el capítulo cuarto. Han suspendido estas prácticas pero nunca renunciaron a ellas. Des­pués de guiarlos en tal sentido, y consumada la re­nuncia, comienzan de inmediato a hablar en lenguas.
Estamos convencidos, a la luz de las Escrituras y habiendo orado, durante mas de diez años, con miles de personas que querían recibir el Bautismo en el Espíritu Santo, que no existe ningún creyente que no pueda hablar en lenguas, si ha sido bien adoc­trinado y realmente preparado para confiar en el Señor.
Después que Cristo nos ha bautizado en el Espíritu Santo, nuestra vida comienza a tener verdadero poder. Es lo mismo que un soldado que hace acopio de proyectiles para su fusil, con gran descontento del enemigo, que es Satanás. Muchos cristianos no creen que hay un real enemigo, un diablo personal; por eso se pasan la vida sentados en su campo de con­centración! En el instante en que recibimos la pleni­tud del Espíritu Santo, es decir, en el momento en que comenzamos a permitir que el poder de Dios fluya desde nuestro espíritu e inunde nuestra alma y cuer­po y el mundo en derredor, Satanás se torna dolorosamente consciente de nosotros, y nosotros tomamos conciencia de su tarea. Nos prestara su atenci6n pro­curando, en lo posible, “acallar nuestra voz”.
El ministerio de Jesús, en el aspecto de sus mi­lagros y de su poder, comenzó recién después de ha­ber recibido el poder del Espíritu Santo e inmediatamente después venció a Satanás cuando fue tentado en el de­sierto. (Mateo 3:14-17; 4:1-10.) Nuestras nuevas vi­das en el Espíritu están modeladas según un patrón que es el mismo Jesús.7 También seremos puestos a prueba cuando recibamos el poder del Espíritu Santo. Y porque Jesús salio victorioso, ¡también lo seremos nosotros!
La carta de Santiago dice así: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.”
“Someteos, pues, a Dios” significa que la primera y principal defensa es permanecer en comunión con Dios; no debemos dejar de alabarle, de gozar de su presencia y de creer y confiar en el activamente. No permitamos que nada empañe nuestra nueva libertad en comunión con el Señor.
El próximo paso es: “Resistid al diablo, y huirá de vosotros.” (Santiago 4:7.) Jesús resistió echando mano a las Escrituras: “Escrito esta… Escrito es­ta.” La Biblia es la espada del Espíritu. Hallemos y aprendamos de memoria versículos que tengan el filo de la espada, para tenerlos siempre a mano en caso de necesidad.
He aquí os doy potestadsobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañara.” (Lucas 10:19.) “Porque mayor es (Jesús) el que esta en vosotros, que el (enemigo) que esta en el mundo.” (1 Juan 4:4.) “Porque las armas de nuestra milicia no son car­nales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas.” (2 Corintios 10:4.)
Si quisiéramos contarles a otros lo que nos ha ocu­rrido a nosotros, asegurémonos antes de que el Espíritu Santo nos guía. No todos estarán preparados para escuchar nuestro testimonio, como pudiéramos creer, de modo que debemos actuar inicialmente cuando el Espíritu Santo abre las puertas. Tenemos que pre­pararnos para ser testigos eficientes, estudiando se­riamente las Escrituras.
El hecho de que una persona reciba el bautismo en el Espíritu Santo no significa que haya alcanzado la “culminación” espiritual, (ni el hablar en lenguas), como estamos seguros que todos habrán comprendido al llegar a este punto del libro. Nunca debemos ceder a la tentación del enemigo que nos quiere hacer sentir superiores; oremos para ob­tener la virtud de la humildad; es un buen antídoto. El bautismo con el Espíritu Santo es solo el comienzo de una nueva dimensión de nuestra vida cristiana, y depende exclusivamente de nosotros si habremos de crecer o decrecer. Si nuestra elección sigue firme en el sentido de colocar al Señor en el primer lugar en nuestras vidas, entonces estamos bien encaminados ¡hacia una meta de gloriosas aventuras en nuestro Señor Jesucristo!
6
Introducción a los dones del Espíritu Santo

Si ya hemos sido bautizados en el Espíritu Santo, comenzamos a tener conciencia de los dones del Espíritu. Son dos las palabras mas corrientemente utilizadas cuando se habla de estos dones: una es carisma (o su plural carismata), don del amor de Dios; la otra es panerosis, manifestación.
La palabra “don” es una palabra apropiada, pues nos recuerda que estas bendiciones no se ganan, sino que Dios las da gratis a sus hijos. Un don no es un premio al buen comportamiento sino una señal de relación. Damos regalos a nuestros hijos en sus cum­pleaños porque son nuestros hijos y no porque han sido “buenos”. La palabra “manifestación” significa poner a la vista, hacer visible, hacer conocido. Esta palabra muestra que los dones del Espíritu reflejan el ministerio de Jesús, puesto en evidencia por su pueblo en el día de hoy. Las dos palabras juntas – “dones” y “manifestaciones”- nos dan una imagen mas completa de la obra del Espíritu Santo.
Nosotros, los miembros del cuerpo de Cristo, deberíamos creer que Dios, a través de nosotros, mostrará su amor, a medida que las necesidades se hagan patentes día a día. Cuando una persona necesita ser sanada deberíamos contar con que Dios, a través nues­tro, manifieste su don de sanidad en la persona ne­cesitada. Los dones no nos pertenecen. La persona en favor de quien se lleva a cabo el ministerio, recibe el don. No debemos tener la pretensión de contar con ciertos dones, pero recordemos que Jesús, el don de Dios, vive en nosotros y dentro de el están todos los buenos dones.
En la iglesia han existido dos ideas extremas en cuanto a la manifestación de los dones del Espíritu Santo. La idea que mas ha prevalecido es que Dios, en forma permanente, da un determinado don o varios dones a ciertas personas, que se transforman así ofi­cialmente en los que “hablan en lenguas” o “interpre­tan” o “sanan”. En apoyo de esta tesis, algunos hacen referencia a la Escritura que dice: “Porque a este es dada palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia, según el mismo Espíritu…” (1 Corintios 12:8) sin percatarse que este capitulo relata las alternativas de una reunión de iglesia durante la cual el Espíritu Santo esta inspirando a unas y a otras personas a manifestar sus variados dones. No significa que un individuo en particular sea quien reciba uno o más dones específicos. Esta equivocación de creerse posee­dor de dones fijos, lleva al orgullo, al estancamiento, y tiende a limitar en esa persona los otros dones de Dios. Otro resultado negativo es que se deja librada a unos pocos miembros de la congregación la manifestación de los dones, mientras que la mayoría se retrae como simple espectadora sin pensar que Dios quisiera obrar también por intermedio de ellos.
El otro extremo estar representado por la idea de que todos los bautizados en el Espíritu Santo cuentan con los nueve dones del Espíritu, que pueden mani­festarse en la oportunidad en que esa persona lo de­termine ; una especie de “hombre orquesta” indepen­diente. Si bien es cierto que todos los dones, al residir dentro de Cristo residen en nosotros, la Escritura enseña claramente que el único que puede ponerlos de manifiesto, discrecionalmente, es el Espíritu Santo. (1 Corintios 12:11.) Dios procura enseñarnos que nos necesitamos mutuamente, que no podemos depen­der únicamente de nosotros mismos. El cuerpo de Cristo está constituido por machos miembros, y Dios ha planeado deliberadamente que la puesta en acción de los dones se haga “como el quiere” pues de esa manera los cristianos los unos de los otros para cumplir eficazmente las funciones determinadas por é1. Debemos “discernir el cuerpo del Señor” bus­cando a Cristo en la persona de otros cristianos o de lo contrario estorbaremos seriamente y limitaremos lo que Dios quiere hacer. Deberíamos orar para que la gloria de Dios se exteriorice en la vida de otros así como en la nuestra.
Es cierto, sin embargo, que a medida que los cris­tianos crecen en madurez, algunos dones pueden ser expresados con mas frecuencia y efectividad por me­dio de ellos. Se dice entonces que tienen un ministerio en esos dones. Toda persona que tenga tal ministerio debería estimular a los que son nuevos a participar en el campo de los dones, y cuidarse é1 mismo a no cen­tralizarse demasiado en su particular ministerio im­pidiendo así que Dios pueda utilizarlo de otras ma­neras. ¡Dios es un Dios de variedades!
Conversando un día dos cristianos, uno de ellos le dijo al otro: -Puedes quedarte con los dones, yo tomará los frutos. 2
Los dones del Espíritu son algunas de las maneras mediante las cuales Dios actúa a través de la vida de los creyentes. El fruto del Espíritu Santo es el carácter y la naturaleza de Jesucristo exteriorizado en la vida del creyente. Jesús no se redujo a decirles a los enfermos que se aproximaban a é1: “Yo lo amo”, sino que les dijo: “¡Yo los sano!” Pocas experiencias hay tan tristes como amar a una persona y no poder ayu­darla. Tanto los frutos como los dones son de vital importancia. Pero a la fecha, sin embargo, se ha hecho mucho más hincapié en la cristiandad sobre los frutos del Espíritu que sobre los dones del Espíritu.3
2 El fruto del Espíritu es, de acuerdo a Gálatas 5:22-23 “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, tem­planza”.
3 1ra Corintios 12:8-10: “Palabra de sabiduría, palabra de ciencia, discernimiento de espíritus, don de la fe, obrar milagros, dones de sanidad, de profecía, diversos géneros de lenguas, interpretación de lenguas”
El Espíritu Santo inspiró a Pablo a exhortarnos a que aprendamos sobre los dones espirituales: “No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales.” (1 Corintios 12:1.) En este libro he­mos de dar una definición de cada uno de los dones, citando ejemplos en la vida de Cristo y de otros en el Nuevo Testamento, haciendo algunas referencias, al Antiguo Testamento, y que podemos esperar para la iglesia en el día de hoy. Se vera así como fueron manifestándose siete dones -en el Antiguo Testa­mento y en los Evangelios- a medida que la gente era impulsada por el Espíritu Santo.
Estos siete dones son los siguientes
1. La “palabra de sabiduría”.
2. La “palabra de ciencia”.
3. Don de la fe.
4. Dones de sanidades.
5. El obrar milagros.
6. Don de la profecía.
7. Discernimiento de espíritus.
No demandara demasiado esfuerzo de parte de los lectores recordar los incidentes, tanto en el Antiguo Testamento como en los Evangelios donde estos dones se manifestaron.
A los siete de la lista indicada se agregaron dos más después de Pentecostés.
8. Don de lenguas.
9. La interpretación de lenguas.
Esto hace un total de nueve dones, señalados por el apóstol Pablo en 1 Corintios 12. De esta manera, los creyentes que todavía no han participado de la experiencia de Pentecostés, pueden ser el conducto por el cual se manifiesten ocasionalmente cualquiera de esos siete dones, muchas veces sin siquiera perca­tarse de ello. Sin embargo, después de la plenitud y derramamiento del Espíritu, uno cualquiera o los nueve dones en conjunto pueden exteriorizarse fre­cuentemente y con poder, a través de la vida del creyente.
Todo creyente que tenga vocación de servir a Dios echando mano de los dones del Espíritu Santo, debe aprender a escuchar a Dios. A menudo acaparamos la conversación. Es lógico esperar que el principiante cometa errores. No podemos esperar que un niño que recién comienza a aprender aritmética no cometes errores. Quedémonos tranquilos que aun los errores redundan para la gloria de Dios, si contamos con el y depositamos en el toda nuestra confianza.
“Toda buena dadiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre…” dice Santiago. (Santiago 1:17.) Resulta obvio, por supuesto, que todos los dones de, Dios son perfectos, pero es útil recordar que no lo son los canales a través de los cuales se manifies­tan esos dones. El solo hecho de que una persona manifieste esos dones no significa que esta caminan­do en estrecha comunión con Dios. Tal como lo im­plica la palabra “don”. La carta a los romanos nos dice: “Por que irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios.” (Romanos 11:29.) No sigamos tras una per­sona por el solo hecho de tener un “ministerio de dones”. En lugar de ello, “veamos cuales son los fru­tos del espíritu, los frutos de su vida, su honestidad y pureza, engendradas por el Espíritu de Verdad -el Espíritu Santo- y su anhelo de conocer y apreciar la Palabra de Dios. Busquemos entre los que enseñan a aquellos que establecen un claro equilibrio entre el significado literal y el significado espiritual de las Escrituras, y procuremos la comunión con otros her­manos; hecho eso, aceptemos solamente aquello a que nos mueve el Espíritu Santo y que concuerda con la Escritura. Recordemos que los cristianos no siguen las señales, sino que las señales siguen a los cris­tianos.

Los, dones de Dios, cuando son expresados de la manera en que Dios quiere que lo sean, resultan her­mosos, y no solo hermosos sino útiles, para que el cuerpo de Cristo crezca y se desarrolle. No han de ser meramente tolerados, sino anhelosamente apete­cidos. Debemos advertir contra dos errores que se han cometido con mucha frecuencia en el pasado: abu­so de los dones por desconocimiento del orden bíblico, y rechazo o apagamiento de los dones del Espíritu. A menudo el segundo error se comete como reacción contra el primero.
Todas las buenas cosas nos han sido dadas gra­tuitamente en Cristo (Romanos 8:32); sin embargo, las promesas de Dios debemos apropiárnoslas por la fe. Los dones serán puestos de manifiesto de acuerdo al grado de nuestra fe: “Conforme a vuestra fe os sea hecho.” (Mateo 9:29; Romanos 12:6.) Manifeste­mos sus dones en fe, amor y obediencia, para que, el pueblo de Dios sea fortalecido y este preparado para la difícil y gloriosa tarea que le espera.
No estudiaremos los dones -en el mismo orden en que aparecen en 1 Corintios 12, sino que los agru­paremos en clases, como sigue
A. Dones de inspiración o comunión. (El poder pa­ra decir.)
1. Don de lenguas.
2. Don de interpretación.
3. Don de la profecía.
B. Dones de poder. (El poder para hacer.)
4. Dones de sanidades.
5. El obrar milagros.
6. Don de la fe.
C. Dones de revelación (El poder para conocer)
7. Discernimiento de espíritus.
8. La “palabra de ciencia”
9. La “palabra de sabiduría”

El orden que hemos seguido para el catálogo de los Dones, no hace a su importancia relativa, como tampoco lo hace en las Escrituras, pero nos ayudará a percibir la relación de las manifestaciones entre unas y otras.

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