Los dones de poder son la sanidad, los milagros y la fe. Configuran la continuidaddel ministerio de misericordia de Jesús hacia los necesitados. La mayoría de las personas se muestran interesadas en los dones de la sanidad, porque la necesidad es algo tan generalizado. Es fácil comprender que se trata de uno de los dones que más benefician al hombre en su vida. De los nueve dones es, con mucho, el más aceptado por la cristiandad. Fue el Señor Jesús quien le dio la preeminencia que tiene, pues el noventapor ciento de su ministerio en la tierra lo utilizo sanando enfermos. La primera instrucción que les dio a sus discípulos fue: «¡Sanad enfermos!» (Mateo 10:8.)
Sin embargo, en el lapso transcurrido entre la resurrección y su ascensión, la Biblia no registra que Jesús practicara ninguna curación. Durante esos cuarenta días, ocupo gran parte de su tiempo enseñando y preparando a sus discípulos para proseguir con elministerio que el comenzó. Inmediatamente después de Pentecostés, los primeros creyentes continuaron el ministerio de Jesús, sanando enfermos, resucitando a los muertos, y echando fuera espíritus inmundos. El ministerio de sanidad de Jesús ha proseguido por casi dos mil años, y continuará así hasta que el vuelva a la tierra. Jesús nos dio esta gran promesa: «El que en mi cree, las obras que yo hago, el las hará también; y aún mayores hará, porque yo voy al Padre.» (Juan 14:12.) Los dones de la sanidad se destinan para la curación de lesiones, incapacidades físicas o mentales, y enfermedades en general, sin la ayuda de medios naturales de la destreza humana.
Son manifestaciones del Espíritu Santo que, movido a misericordia, y canalizándose a través de seres humanos, van en ayuda del necesitado. Las personas utilizadas por Dios como sus conductor para ejercer la sanidad; no deberían tener la pretensión de «poseer» esos dones, ni deberían adjudicarse el titulo de «sanadores», sino mas bien darse cuenta que a través de ellos podrían manifestarse cualquiera de los nueve dones, en la ocasión en que lo dispusiera el Espíritu Santo, de acuerdo a las necesidades de los que lo rodean. Existe una real interdependencia entre Dios y el hombre en todo lo relativo a los dones del Espíritu. Por ejemplo, si somos movidos a orar por un amigo, debemos tomar nuestro vehículo, ir a la casa del amigo, hablar de cómo Jesús sana hoy en día, orar con el amigo y Jesús hará la curación. Un espectador podría decir: «A, lo que parece, lo han hecho todo.» En realidad, al principio, fuimos un «testigo», informando lo que puede hacer Jesús; luego un «mensajero», trayendo el don de Jesús, a través del Espíritu Santo que mora en nosotros. Dios nos guía y nos utiliza en su tarea, pero el que sana es Jesús. Gozamos del privilegio de ser colaboradores juntamente con el Señor Jesús. Después de la ascensión y de Pentecostés, la Escritura nos dice que los discípulos «… saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían». (Marcos 16:20.)
No es indispensable que un cristiano haya recibido el bautismo del Espíritu Santo para poder orar por los enfermos, ni el hecho de que una persona que ha orado con resultados positivos por un enfermo sea una señal de que ha recibido el bautismo del Espíritu Santo. Jesús dijo: «Estas señales seguirán a los que creen… sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.» (Marcos 16:17-18.)Cualquier creyente puede orar por un enfermo y verlo curarse por el poder de Jesús. Sin embargo, y hablando en términos generales, el don de sanidad se manifiesta después de haber recibido el bautismoen el Espíritu Santo, al aumentarse la fe, y recién entonces el cristiano comienza a ministrar a los enfermos. Al igual que los otros dones, el de sanidad se exterioriza con mucha mayor intensidad y realidad, después de recibir el Espíritu Santo. Se entiende habitualmente por «imposición de las manos» el tocar la cabeza del enfermo con una o las dos manos, mientras elevamos la oración. No es un acto mágico, pero es bíblico. Como lo expresa Oral Roberts, constituye un «punto de contacto» para que el enfermo «libere su fe». Puede también ser una vía por la cual se canalice el efectivo poder del Espíritu. La Biblia dice que podemos poner las manos sobre el enfermo, y así lo hacemos. No obstante, tomemos nota de que Jesús oró por los enfermos de muy variadas maneras. A veces ponía sus manos sobre ellos, o tocaba sus ojos o sus orejas; en otras ocasiones les soplaba su hálito; y a veces no hacia ni siquiera un gesto, simplemente pronunciaba una palabra y los enfermos eran curados. En algunas ocasiones les ordenaba a ellos que hicieran algo, como un acto de fe. Una vez le untó con barro los ojos a un hombre y le ordenó que se lavara. Y a unos leprosos todo lo que les dijo fue: «Id, mostraos a los sacerdotes» (el departamento sanitario), y al darse vuelta para ir, ¡fueron sanados! De paso, debemos llamar la atención sobre todas las personas afectadas de enfermedades que requieren tratamiento medico y están sometidas a medicación. Aconsejamos a los tales, que no suspendan el tratamiento especifico (contra la epilepsia, la diabetes, los trastornos cardiacos, por ejemplo) antes de «ir y mostrarse a los sacerdotes» -los médicos- quienes deberán certificar la curación. Lo mismo se aplica a las personas afectadas de tuberculosis o cualquier otra enfermedad contagiosa, que ha sido curada por Jesús por medio del don de sanidad. En la epístola de Santiago leemos de curaciones efectuadas a enfermos «ungiéndoles con aceite» (Santiago 5:14-15) y en respuesta a sus oraciones elevadas con fe. Los ancianos, los dirigentes de la congregación, efectúan el ungimiento al par que oran por los enfermos de esa congregación en particular. Los discípulos ungían con aceite y oraban por los enfermos. (Marcos 6:13.) En la Biblia el aceite representa uno de los símbolos del Espíritu Santo. «Ungir» significaba derramar aceite (generalmente de oliva) sobre el enfermo mientras se oraba por el. Actualmente la costumbre se reduce a tocar la frente del enfermo con aceite. La epístola de Santiago dice a continuación: «La oración de fe salvará (sanará) al enfermo, y el Señor lo levantará…» (Santiago 5:15.) Notemos la naturaleza incondicional de la promesa. En la Escritura no hallamos ningún mandamiento que nos exija concluir la oración de sanidad con esa frase tan devastadora de la fe que dice: «Si es tu voluntad». Dios ha dejado claramente sentado en su Palabra, que es su voluntad curar a los enfermos, de modo que todo cuanto se diga al respecto esta demás. Jesús jamás utilizó la forma condicional cuando oro por los enfermos. El nos dijo que debemos creer que habremos de recibir la respuesta a nuestras oraciones, aun antes de que oremos. (Marcos 11:24.) Algunos nos recuerdan que Jesús oró en Getsemani diciendo «Padre, si quieres…» ó «no se haga mi voluntad, sino la tuya». Pero esta es una situación totalmente distinta. Jesús sabía cual era la voluntad del Padre. Vino al mundo con el exclusivo propósito de morir por nuestros pecados y resucitar para nuestra justificación. La oración se refería a su renuencia de sentirse separado de la amante comunión con su Padre, que es lo que ocurriría durante las dolorosas horas de la cruz, cuando cargo sobre sus hombros e1 pecado de toda la humanidad. Y cuando se trata de la sanidad, sabemos cual es la voluntad del Padre: «Yo soy Jehová, el sanador.» (Éxodo 15:26.) «El que sana todas tus dolencias.» (Salmo 103:3.) «Quitaré toda enfermedad de en medio de ti.» (Éxodo 23:25.)
Algunos confían en que Jesús podría sanar ¡pero no están muy seguros en cuanto al Padre! En cierta ocasión le pidieron a Dennis que visitara a una mujer gravemente enferma a quien los médicos habían desahuciado.
Cuando entro a la pieza, pudo ver que efectivamente estaba muy enferma. Pálida y enflaquecida, mostraba, sin embargo, un hermoso resplandor en su rostro. Con una sonrisa le dijo a Dennis: -No se preocupe. Estoy reconciliada con el hecho de que esta es la voluntad de Dios.
¿Qué podía responder a eso? Lo habían enviado a orar por su mejoría, y ella estaba segura de que Dios quería que muriera. Le dijo:
-No puedo discutir con usted en momentos como estos, pero le ruego me conteste una pregunta: si Jesús en persona entrara a esta pieza ¿que cree usted que haría? -¡Me sanaría!
Dennis asintió. -¿No tiene ninguna duda en cuanto a eso?
Movió su cabeza en un gesto negativo. -Bueno. Jesús dijo que el únicamente hacia las cosas que veía hacer al Padre, es decir que no hacía nada por sí mismo. (Juan 5:19.) También dijo que el y su Padre estaban tan unidos, como si fueran uno, y que, si le habíamos visto a e1, habíamos visto al Padre. ¿Cómo puede usted decir, entonces, que Jesús la sanaría pero que la voluntad del Padre es que muera de esta enfermedad?
Meditó un rato y luego su rostro se iluminó más de lo que ya estaba.
-Comprendo bien lo que usted quiere decir.
Y ahora si podían orar en favor de su curación.
Una señora nos relato su experiencia. «Cuando estuve gravemente enferma, varias personas oraron conmigo pero al terminar siempre añadían las palabras «si fuere tu voluntad, Señor». Yo me angustiaba cada vez que oía esa frase. El día en que recupere la salud fue el día en que una de esas personas oró con verdadera fe. Estuve esperando escuchar la frase «si fuere tu voluntad», pero ¡alabado sea el Señor! no la dijo.» Si no podemos orar por un enfermo con certeza y fe, deberíamos abstenernos de orar hasta que logremos hacerlo o, de lo contrario, pedirle a otro que lo haga. No es necesario que elevemos largas oraciones por los enfermos. Cuando contamos con la fe necesaria para pronunciarla, una palabra imperativa basta para lograr el resultado apetecido: «¡Sana, en el nombre de Jesús!» Jesús sanaba con un toque o una palabra, casi siempre con una orden: «Sé limpio» le dijo al leproso. Al paralítico le dijo: «Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa.» Ordenó a los oídos del sordo: «Sé abierto.» Al hombre que tenía la mano seca le ordenó: «Extiende tu mano» y la mano le fue restaurada sana.
Observemos que en la lista de 1 Corintios 12:9 Pablo habla de «dones de sanidades» y no de «don de la sanidad». Los menciona tres veces en el capítulo y en todos los casos los dos sustantivos están en plural. La traducción literal diría: «Dones de sanidades.»
Y es lógico que así sea, desde el momento en que hay muchas enfermedades se necesitan muchos dones. Una de las más hermosas promesas de sanidad, referidas a Jesús como nuestro Sanador, es la que dice: «El herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre e1, y por su llaga fuimos nosotros curados.» (Isaías 53:5.) Y nosotros podemos decir con Pedro, lo que e1 dijo mirando atrás hacia la crucifixión: «Por cuya herida fuisteis sanados.» (1 Pedro 2:24.) Las treinta llagas en las espaldas de Jesús representan la sanidad de todas nuestras enfermedades. Al igual que con los demás dones, algunos cristianos reciben el ministerio de sanidad, y con frecuencia son utilizados de esta manera. Y no es raro observar, en este ministerio, que resulta más efectivo orar por algunas enfermedades en particular. Por ejemplo, un amigo nuestro realiza un poderoso ministerio para la artritis, otro para los dolores de muelas, etc. Tal vez sea esta la razón porque Pablo hablade «dones de sanidades».Algunos han desarrollado’ este ministerio de manera notable, a resultas de lo cual miles de personas han sido curadas y auxiliadas. Estamos profundamente agradecidos a esas personas dedicadas y entregadas a Dios. Y será aun más esplendido cuando un crecido número de los hijos de Dios tomen la iniciativa y obedezcan el mandato de «sanad a los enfermos». En toda congregación donde sus miembros han recibido el bautismo en el Espíritu Santo, se encuentra gente con un ministerio de sanidad latente. Una persona puede ser curada por la fe de otra cuando esta demasiado enferma o débil para ejercitar su propia fe (Marcos 2:3-5) aun cuando este inconsciente o en coma. La curación puede efectivizarse por medio de la fe sola (en Jesús) del enfermo (Mateo 9:22, 29) o por la fe combinada del enfermo y del que ejerce su ministerio. (Marcos 5:25-34.) Esto último, por supuesto, es la situación más deseable. Cuando sea posible, es importante darse el tiempo suficiente para cimentar la fe del enfermo, antes de imponerle las manos para la curación. Esto puede hacerse compartiendo pasajes de la Biblia que se refieren a la sanidad, y compartiendo testimonios personales. Ya le dijo el apóstol Pablo escribiendo a los romanos: «La fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios.» (Romanos 10:17.) Debemos aclarar con toda precisión que ni siquiera necesitamos depender de la fe de otros, y que nos basta con la Palabra de Dios.
Rita estaba compartiendo su testimonio con un grupo de mujeres en un hogar en Spokane, Washington, en el año 1965, cuando sonó el teléfono. Era una señora que se llamaba Juanita Beeman. La dueña de casa la presentó a Rita por teléfono, y tomó conocimiento del problema. Juanita tenía una afección cardiaca que se manifestaba por taquicardia (aceleración de los latidos del corazón) debido a lo cual le hablan instalado un marcapaso electrónico. A pesar de que habían transcurrido varios meses desde la operación para implantarle el aparato, tenia que guardar cama en reposo absoluto. Su corazón estaba dilatado y cada quince días tenían que extraerle el líquido que resumía y que se deposita alrededor del corazón, debido a la presencia del aparato que actuaba como un cuerpo extraño. Le pidió por teléfono a Rita que fuera a su casa a orar por ella. A la mañana se dio cuenta de que eran verdaderos creyentes. Después de compartir los pasajes referidos a la sanidad y de hablar sobre los distintos casos de sanidad que ella había presenciado, oraron. La presencia de Dios se hizo tan patente y poderosa, que todos ellos fueron movidos a lágrimas. Varios días después, cuando Juanita entro caminando al consultorio del médico (antes debido a su debilidad tenia que ser transportada en una silla de ruedas), este le preguntó sorprendido:
-¿Qué ha sucedido?
Ella le respondió alegremente: -¡Dios contesta las oraciones, doctor!
El médico la examino, y comprobó que su corazón se había reducido a su tamaño normal, y que no se había depositado mas liquido. Juanita, desde entonces, ha vivido una vida gozosa y activa.
Cuando oramos por los enfermos, tanto ellos como nosotros deberíamos sentirnos edificados. Smith Wigglesworth aseguro que nunca sentía tan de cerca el poder de Dios como cuando oraba por los enfermos. Muchas veces tuvo una visión de Jesús cuando estaba entregado a una ferviente oración de sanidad. Descubrió, además, la importancia que tiene el medio ambiente que nos rodea cuando hacemos la oración.
Nos consta que hemos visto a un paciente literalmente dominado por la televisión, cuando tenia sus ojos pegados a la pantalla ¡y a duras penas logramos convencerlo que apagara el televisor para poder elevar una oración de sanidad! Si las circunstancias están bajo nuestro control, debemos insistir en quitar todo motivo de distracción, no solamente durante el momento que dure la oración, sino especialmente después y, si es posible, antes. SmithWigglesworth, si podía, solicitaba a los incrédulos que abandonaran la pieza antes de elevar la oración de sanidad. Así lo hizo Jesús cuando resucito a la hija de Jairo. (Marcos 5:38-40.) Por supuesto que todas estas actitudes deben ser tomadas con amor. Las personas que sientan la vocación de orar por los enfermos deben dedicar el tiempo que sea necesario para preguntarle a Dios cómo proceder. Se debe contar con que otros dones del Espíritu, tales como la palabra de sabiduría y la palabra de conocimiento se manifiesten conjuntamente con los dones de sanidades. Pudiera haber algo en la vida del enfermo que esté impidiendo la curación, y que podría ser revelada por la palabra de sabiduría.
El don de la palabra de sabiduría puede ser un gran edificador de la fe. A veces el Señor le hará conocer a un cristiano que otro padece de una enfermedad. Al compartir ambos cristianos este conocimiento, le infundirá al enfermo una gran certeza y la fe necesaria para receptar la sanidad que se le ofrece. Varios evangelistas de sanidad dependen en gran medida de la palabra de sabiduría para cimentar la fe, y a medida que el Señor pone de manifiesto las necesidades, la gente es curada allí donde se encuentren, sentadas o de pie, sin necesidad de que nadie en particular oficie con ellos individualmente, aparte del Señor. La fe, por supuesto, es el más importante de los dones en el ministerio de la sanidad. Hay ocasiones en las cuales el don de la fe será tan fuerte, que sabremos, aun antes de orar, que la persona será curada.
Es importante explicarle al enfermo, que cuando las manos les son impuestas, debe dar rienda suelta a su fe y recibir la curación. Como ya lo hemos dicho, la sanidad de Diospuede producirse por un toque, una palabra o cualquier otro acto de fe. Algunas personas fueron curadas escuchando la radio cuando un evangelista predicaba sobre la sanidad. Esto ocurrió recientemente durante el curso de una transmisión radial en Seattle, Washington, a pesar de ni siquiera haberlo sugerido. Una radio escucha dio rienda suelta a su fe y se curó.
Personas en lugares alejados, fueron curadas por las oraciones de sus amigos (Mateo 8:8), aun sin saber que los amigos estaban orando. Un grupo de miembros de la Iglesia Episcopal de Van Nuys, California, oraban por una amiga que sufría de un tremendo absceso en la muela. Mientras oraban, sonó el teléfono:
¿Que esta ocurriendo ahí? -pregunto la mujer-. ¡De pronto me he curado!
La Biblia registra otros casos extraordinarios de sanidad por el simple hecho de que la sombra de una persona pasara sobre los enfermos (Hechos 5:15) o entregando a los enfermos paños o delantales que habían tocado las personas utilizadas por Dios para ese ministerio de la sanidad. (Hechos 19:11-12.) De más está decir que estas cosas pueden ser motivo de abuso o de uso incorrecto, pero sin duda alguna son reales y verdaderas. Además, repetimos, brindan la ocasión para dar rienda suelta a la fe. Sabemos de casos, en la actualidad, en que alguien ha puesto en contacto con el cuerpo del enfermo -sin que el enfermo lo supiera- un pañuelo bendecido, y el enfermo se ha curado. En este caso actúa la fe de la persona que trae el objeto bendecido y que es el conducto que Dios utiliza para la curación.
Sabemos por la Biblia que Dios quiere que su pueblo sea integro en espíritu, alma y cuerpo. A pesar de lo maravilloso que es la curación física, estamos conscientes de que nuestra vida en este planeta no pasa de ser una gota en el océano de la eternidad. De ahí que, como es fácil comprender, la sanidad más importante es la curación del alma y del espíritu, pues ello tiene valor eterno. Muchas veces, sin embargo, cuando el hombre interior recibe la salvación de Dios, se produce una reacción en cadena por la cual la santidad de Dios le infunde salud al espíritu y al cuerpo. La carta a los romanos dice así: «Si confesares con la boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios se levanto de los muertos, serás salvo.» (Romanos 10:9.) En griego, la palabra que nosotros traducimos como «salvar» es sozo, que significa ser curado, resguardado de peligro, mantenido en lugar seguro, o salvado de la muerte eterna. Es una palabra que abarca muchísimos conceptos, y se aplica no solo al espíritu sino también al alma y al cuerpo. Cuando Ananías oró por Pablo, este fue curado de su mal físico y bautizado en el Espíritu Santo casi simultáneamente. (Hechos 9:17-18.) Y sabemos que estas cosas ocurren en el día de hoy. La oración en el lenguaje que dicta el Espíritu Santo (hablando en lenguas) puede curar, pues el Espíritu Santo nos guía para que oremos por nuestras debilidades y dolencias, y por las necesidades de otro. (Romanos 2:26.)
Hemos mencionado, según Santiago 5, las directivas de ungir a los enfermos con aceite y pronunciar la oración de la fe. También observamos que Santiago dice «Si hubiere cometido pecados, le serán perdonados». (Santiago 5:15.) La enfermedad, como la muerte, apareció como resultado de la caída del hombre. Pero el Señor Jesús dejó claramente sentado que no toda enfermedad es el resultado directo del pecado en la vida del individuo. Los discípulos le preguntaron sobre el ciego relatado en Juan 9: «¿Quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego?» La respuesta de Jesús fue terminante: «No es que pecó este ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en el.» (Juan 9:3.) Pero en otras ocasiones, Jesús establece una relación directa entre los pecados del individuo y su enfermedad. En Lucas 5 leemos de la forma de que se valieron cuatro amigos para transportar un paralítico hasta donde estaba Jesús. Como primera medida Jesús le dijo al paralítico: «Hombre, tus pecados te son perdonados.» Luego le ordenó que se levantara y se fuera a su casa.
En Juan 5 Jesús sana otro paralítico, pero esta vez le advierte: «No peques más, para que no te venga alguna cosa peor.» (Juan 5:14.) Cuando oramos por los enfermos, debemos estar advertidos de que un pecado sin arrepentimiento, un hondo resentimiento o una pésima actitud, pueden interferir e impedir la curación. El Libro de Oración Común en la parte correspondiente al servicio para la visitación de enfermos, da las siguientes directivas:
«Entonces la persona enferma será exhortada a hacer una confesión especial de sus pecados, si siente preocupación de conciencia; después de tal confesión, y con la evidencia de su arrepentimiento, el ministro le dará seguridad de la misericordia y perdón de Dios.» 1 Es de buena política, antes de orar por un enfermo, preguntarle si «siente preocupación de conciencia», y en caso afirmativo guiarlo al arrepentimiento y a la confesión de su pecado, de la manera en que siempre lo haremos. 2
Doquiera se mueva el Espíritu Santo, habrá sanidad. Dios no es glorificado en la enfermedad de su pueblo, como algunos erróneamente enseñan, sino, por el contrario, en su curación. Cuando Pablo nos dice que el se «gloriara en sus debilidades» (que no significa necesariamente debilidades físicas o enfermedad) quiere decir que su debilidad le da ocasión aDios para demostrar su poder. Los hombres son guiados a Jesús hoy en día al comprobar su poder de sanidad, de la misma manera que lo era en los días del Nuevo Testamento. La curación física del incrédulo debería llevarle a Jesús como su Salvador. Debido a que con el correr de los años, y aun hoy, tantas iglesias han dejado de proclamar la verdad de que Jesús sana en la actualidad, han surgido cultos falsos exhibiendo un tipo de sanidad que no es bíblica y que no glorifica a Jesús.
Por otra parte, numerosas iglesias de todas las denominaciones, que se están movilizando en una dirección carismática, comprueban más y más casos de sanidad. Ciegos que recuperan la vista; cataratas que se disuelven (¡y aun cuencas vacías que se llenan!); oídos sordos que oyen; tumores que desaparecen; huesos fracturados que sueldan de inmediato; cardiopatías curadas; esclerosis múltiple, tuberculosis, cáncer, parálisis, artritis, y todas las enfermedades que afectan al cuerpo humano y son curadas por el toque de la mano del Maestro. Algunas de estas curaciones han sido instantáneas, otras progresivas, algunas parciales. En las ocasiones en las que hubiéramos esperado ver una curación y no la vimos, la culpa no fue de Dios sino del hombre. Somos muy rápidos para decir: «Dios no lo hizo. Me imagino que no está dispuesto a sanarme.» Sin embargo, la Palabra de Dios nos asegura que sí lo está, y ahora mismo.3
La gente dice: «Yo creería en la sanidad si viera un caso en el cual el médico tomara una radiografía, luego se orara, a continuación el medico tomara otra radiografía que probara que efectivamente se curó.» 3Las Escrituras prometen salud para el creyente. Por otro lado, debido a una variedad de razones, a veces los creyentes enferman. La promesa, sin embargo, es que si enfermamos, Dios nos sanará. Algunos dicen: «Pero no van a vivir para siempre. Algún día tienen que morir.» Es cierto. Pero el pueblo de Dios tiene la promesa de una larga vida, y cuando vayamos al hogar de nuestro Padre, no es necesario que lo hagamos en enfermedad y dolor. En Génesis 25:8 leemos que: «Y exhalo el espíritu, y murió Abraham en buena vejez, anciano y lleno de años, y fue unido a su pueblo.” Hay muchos de esos casos que están debidamente registrados y archivados, con la curación perfectamente corroborada por la evidencia médica, con radiografías, análisis de laboratorio, etc. Desgraciadamente, los que exigen tales pruebas nunca las buscan. Jesús dijo: «Si no oyen a Moisés y a los profetas (que ciertamente fueron testigos de las curaciones de Dios), tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos.» (Lucas 16:31.) La mejor manera de aprender sobre la sanidad, es comenzar a orar por los enfermos. Pidámosle a Dios que nos ayude en esta decisión y andemos en fe. Algunos saben cuando deben orar por un enfermo por el testimonio interior; otros perciben una tibieza en sus manos; otros pueden acusar una arrolladora compasión. No debemos depender solamente de estos signos exteriores, pero si confirman la percepción interior de nuestro espíritu, contaremos con dos testimonies para reclamar la sanidad de Dios, especialmente si las circunstancias favorecen que oremos por los necesitados. Cuando se produce la sanidad, demos la gloria a Dios y guiemos a Jesús a la persona sanada, si aún no lo ha encontrado. Las señales nos seguirán en la medida que continuemos mirando al Señor Jesús y permanezcamos en su amante comunión.
Los milagros son hechos que anulan o contradicen a las denominadas «leyes de la naturaleza». Estrictamente hablando, no existen «leyes de la naturaleza» como tales. El concepto de «leyes» físicas ha sido descartado por la física moderna, que define los sucesos naturales en términos de «probabilidades». Por ejemplo, la antigua física newtoniana establecía que:
«Hay una ley según la cual -descontando la resistencia del aire- todos los objetos caen con una aceleración de 9,81 metros/segundo.» La ciencia moderna diría: «Es probable que todo objeto que cae acelerará su velocidad a razón de 9,81 metros/segundo.» Y esto se asemeja muchísimo a lo que dice el cristiano: «Las denominadas leyes de la naturaleza, codificadas por la ciencia humana, no son otra cosa que la manera habitual que tiene Dios de hacer las cosas.» Mantiene un orden regulado para nuestra conveniencia. ¡Que desmañado seria vivir en un universo donde nada se repitiera dos veces de la misma manera! ¡Sería como vivir en un mundo de «Alicia en el país de las maravillas» y en medio de un gran desorden! Sin embargo, Dios en beneficio de su pueblo creyente, cambiará su acostumbrada manera de hacer las cosas, para poder atender a sus necesidades y además para mostrarles que el es soberano y tiene todo el poder. Los grandes milagros del Antiguo Testamento se hicieron, justamente, para atender a las necesidades, de la gente, y demostrarles que Dios era real, y que todo esta bajo su control.
No es siempre fácil trazar una delgada línea divisoria entre el don de milagros y los dones de sanidades. Pareciera que la «sanidad» comprende a aquellos actos de poder que supone la curación de una condición en el cuerpo humano (o en el cuerpo animal, porque la sanidad alcanza también a los animales por la oración). Otros sucesos caerían bajo el titulo de milagros.
Mencionaremos algunos de los milagros típicos del Antiguo Testamento: la separación de las aguas del mar Rojo para que escapara el pueblo de Israel (Éxodo 14:21-31) ; la detención del sol y de la luna para Josué (Josué 10:12-14); la tinaja de harina que no escaseó y la vasija de aceite que no menguó durante el hambre en la tierra (1 Reyes 17:8-16) ; el fuego que cayó del cielo sobre el Monte Carmelo para quemar el sacrificio de Elías y revelar al verdadero Dios. (1 Reyes 18:17-39); el retroceso de diez grados del sol según el reloj de Acaz, en respuesta a la oración de Isaías, (2 Reyes 20:8-11); las milagrosas plagas de Egipto (Éxodo 7:12); la transformación en inocua de un potaje venenoso realizado por un acto de fe de Eliseo. (2 Reyes 4:38-41.) La mayoría de los grandes milagros del Antiguo Testamento ocurrieron en las vidas de Moisés, Elías y Eliseo.
El relato de Elías y de su discípulo Eliseo nos habla a nosotros en el día de hoy. Eliseo pidió una «doble porción» del Espíritu Santo que poseía Elías. Cuando Elías fue arrebatado al cielo, su manto -símbolo de su ungimiento- cayó sobre Eliseo. (2 Reyes 2:9-14.) El hecho notable que registra la Escritura, es que Eliseo hizo el doble de los milagros que había ejecutado Elías. Esto es simbólico de lo que les ocurrió a los creyentes después de la ascensión de Jesús, si bien Jesús no les legó solo una «doble porción» de su Espíritu, pues no estableció limite alguno. Simplemente dijo: «Mayores obras hará, porque yo voy al Padre.» (Juan 14:12.)
El don de milagros es uno de los dones que rinde mucha gloria a Dios y uno de los que más debería manifestarse en el día de hoy, de acuerdo a la promesa de Jesús. Dios se deleita en hacer milagros, y esta utilizando a sus hijos en la práctica de este don. El poder para hacer mayores obras viene del hecho de que Jesús ascendió al cielo y Pentecostés recibió la plena potencia del Espíritu Santo, poder con que cuentan los cristianos desde aquel entonces.
Por supuesto que Jesús ejecuto más milagros que ningún otro personaje en la Biblia, sin que todos ellos, aparentemente al menos, hayan sido registrados. Como ya lo dijo Juan: «Y hay también muchas otras cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir.» (Juan 21:25.) Unos cuantos de sus milagros, que hallamos en la Biblia, incluyen los siguientes: transformar el agua en vino (Juan 2:1-11) ; caminar sobre las aguas (Mateo 14:25-33); alimentar milagrosamente a la multitud (Marcos 6:38-44; Mateo 16:8-10) ; calmar la tempestad en el mar (Marcos 6:45-52) ; la pesca milagrosa (Juan 21:5-12) ; pescar un pez y sacar una moneda de su boca (Mateo 17:27).
El primer milagro de Jesús fue la transformación del agua en vino: «Este principio de señales hizo Jesús en Cana de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él.» (Juan 2:11.) Jesús realizó milagros, movido por su compasión frente a las necesidades humanas y por razones practicas. Cuando caminó sobre las aguas fue para tranquilizar a sus discípulos y además porque tenía apuro en llegar a Betsaida. Cuando alimento milagrosamente a las multitudes, lo hizo porque era imposible conseguir alimento de otra manera. Cuando transformó el agua en vino fue por que había necesidad de vino en la fiesta. Observemos que los milagros no se ejecutaron para asustar a los incrédulos y forzarlos a creer,sino más bien para estimular a los que ya creían o a los que querían creer. «La generación mala y adultera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás (haciendo referencia a su muerte y resurrección).» (Mateo 12:39-40.) Mucha gente dice: ¡Ahí lo tienen! ¡No se supone que tengamos señal!» Pero pasan por alto el hecho de que Jesús está hablando a una «generación mala y adultera». Por otra parte, Jesús dijo:
«Estas señales seguirán a los que creen…» (Marcos 16:17.)
Después de Pentecostés, los apóstoles y otros que no lo eran, hicieron muchas señales de poder: en varias ocasiones los creyentes fueron liberados de la cárcel por el poder angélico (Hechos 12:1-17; 16:2540; 5:17-25); el evangelista Felipe fue transportado corporalmente a Azoto por el poder del Espíritu Santo. (Hechos 8:39-40.) (Tomemos nota de lo siguiente: esto no fue una «proyección astral» o nada parecido. Felipe fue físicamente y corporalmente arrebatado por el Espíritu Santo y transportado de Gaza a Azoto, (¡una distancia de 38 kilómetros!) Obrando milagrosamente, Pablo encegueció transitoriamente a Elimas el mago para que cesara en su oposición al Evangelio. (Hechos 13:9-12.) Pablo fue mordido por una víbora venenosa y no sufrió daño alguno. (Hechos 28:3-6.)
Pedro y Pablo cuentan en su haber el mayor número de milagros registrados en el libro de los Hechos de los Apóstoles, pero también ejecutaron milagros Esteban y Felipe, y en 1 Corintios 12 el don de hacer milagros es uno de los nueve dones que regularmente manifestaban los creyentes.
¿Qué quiso decir Jesús cuando afirmó que los que creen en el harían «cosas mayores»? Algunos piensan que significa que se producirán muchos mas milagros, en razón del mayor numero de personas que hoy en día son llenados con el Espíritu Santo. Otros creen que podría significar también que se harán nuevos milagros, en adición a los que registra el relato bíblico, y mayores aun que aquellos. De una cosa estamos seguros, y es de que si Jesús tuvo la intención de que los creyentes hicieran nuevos milagros, serían siguiendo el modelo determinado ya por el Señor, y de acuerdo con las Escrituras. Hay muchos hechos horripilantes que tienen lugar en la actualidad, a medida que los hombres y las mujeres experimentan con lo oculto y lo psíquico, es decir con los poderes de Satanás, y el cristiano no debe dejarse engañar por ellos. La Escritura nos dice que los seguidores del enemigo harán «grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuese posible, aun a los escogidos». (Mateo 24:24; Marcos 13:22.)
Sin embargo, los milagros se suceden hoy en día, de acuerdo a las normas establecidas por las Escrituras. En el libro Nine O’Clock in the Morning, (A las nueve de la mañana), citamos varios casos en que Dios modificó sorprendentemente las condiciones atmosféricas, en respuesta a una oración hecha con fe.1
Hay ejemplos de personas que, en la actualidad, han sido transportadas físicamente en el Espíritu, de la misma manera en que lo fue Felipe el evangelista, según la crónica registrada en Hechos 8:39-40. David du Plessis, probablemente el más conocido testigo del reavivamiento carismático, fue actor de un milagro igual, al comienzo de su ministerio. Estaba reunido juntamente con otros hombres en el jardín de la casa de un amigo, orando por otro hombre gravemente enfermo y que vivía en una casa distanciada casi dos kilómetros de donde estaban ellos.
«Mientras orábamos», cuenta David, «el Señor me dijo: «¡te necesitan ya mismo al lado del lecho de ese enfermo!» Arrebaté mi sombrero, corrí alrededor de la casa y di un primer paso saliendo del portal, para dar el segundo paso en el umbral de la casa donde yacía enfermo mi amigo, ¡a casi dos kilómetros de distancia! Por supuesto que me sorprendí sobremanera. Me consta que fui transportado de manera instantánea esa distancia, porque alrededor de quince minutos llegó el resto de los hombres con quienes había estado orando, los cuales llegaron agitados por el esfuerzo realizado. Me preguntaron: » ¿Cómo llegaste aquí tan rápido?»
David tenía que llegar inmediatamente, y Dios simplemente proyecto el transporte.
En estos últimos años se esta desarrollando en Indonesia lo que tal vez sea el más poderoso reavivamiento de cristianismo neotestamentario, que el mundo haya experimentado jamás. Nos llegan informes bien documentados de sucesos milagrosos de la misma naturaleza y magnitud que los relatados en la Biblia. 2 Miles de personas han sido milagrosamente alimentadas con provisiones calculadas para unos cuantos centenares; el agua ha sido transformada en vino para poder tomar la santa cena; grupos de cristianos han caminado sobre las aguas para poder cruzar ríos y proclamar las buenas nuevas de Cristo, por no decir nada de los miles que han sido sanados y aun resucitados de entre los muertos.3 Se podrían descartar estos informes como fantasiosos, salvo el hecho de que han sido confirmados por testigos fidedignos, y a menudo por cristianos que previamente no creían que los milagros relatados en el Nuevo Testamento pudieran repetirse hoy en día. Tal vez la más poderosa evidencia indirecta de la verdad de estas señales, radica en el hecho que más de dos millones y medio de musulmanes han aceptado a Cristo, como asimismo miles de comunistas. La prensa mahometana admitió recientemente ¡la conversión de dos millones de mahometanos a la fe cristiana!
Una de las principales razones de lo que está ocurriendo, sin duda alguna, consiste en el hecho de que están viendo el poder de Dios manifestado, no solamente en el milagro de vidas transformadas, sino en los milagros literales de la Biblia. ¿Por qué habrían de ocurrir semejantes acontecimientos? Es debido a que los indonesios nunca les han dicho que ciertas partes de la Biblia «no son para hoy»; de ahí que lo están practicando en fe simple; ¡Y da resultado! ¡Dios vive!
Dios se arriesga cuando comparte con su pueblo sus obras sobrenaturales. Sin duda obraría mas milagros entre su pueblo, pero bien sabe que eso seria perjudicial para nosotros a menos que estemos espiritualmente preparados. Oímos la verdadera historia de un evangelista que había sido poderosamente utilizado por Dios, hasta que una noche el poder y la gloria de Dios elevaron a esta persona un par de metros desde el suelo, a plena vista de la congregación. Fue tan impresionante esta experiencia, que desde esa noche en adelante ese particular siervo de Dios no podía hablar de otra cosa sino de cómo algún día los cristianos serán transportados de un lugar a otro en el Espíritu para proclamar el evangelio a todo el mundo. Al final se redujo a ser el único tema de ese evangelista, resultando ser un impedimento para la predicación del Evangelio y un buen ministerio reducido a casi nada
Conviene detenernos un poco y analizar este ejemplo en particular. ¿Cuál fue el propósito de este milagro? Podríamos responder de inmediato: «!Oh, para probar a los asistentes que el evangelista estaba diciendo la verdad!» No, de ninguna manera, porque también Satanás puede elevar a las personas en el fenómeno denominado «Levitación». Entre las personas que incursionan en el campo de lo oculto actualmente, algunos experimentan con estos fenómenos, tratando de aprender a flotar en el aire o levantar objetos pesadísimos con la ayuda de poderes «espirituales». Una variedad del espiritismo que se practica en tertulias familiares y que consiste en hacer mover una mesa sin tocarla, es una forma de levitación. El hecho de que alguien pueda ser elevado de la tierra, de ninguna manera prueba que esa persona sea de Dios, como tampoco lo prueba el hecho de que pueda sanar a los enfermos.
En el caso particular que estemos analizando, no era necesario un milagro para probar que el evangelista era de Dios, pues eso surgía claramente de lo que estaba diciendo: proclamaba el evangelio de Jesucristo. ¿Cuál fue, entonces, el propósito del milagro? Era simplemente para alegrar el corazón de la gente que estaba escuchando, mostrando una vez más cuán real es Dios. No era otra cosa que Dios expresando el amor al predicador y a los oyentes de una manera extraordinaria. Nuestro amigo evangelista cometió el error de querer adelantarse a Dios y a las Escrituras, especulando sobre las cosas que tal vez Dios haría en el futuro, y edificando sobre ello toda una doctrina. Si bien es posible que a medida que aumenta el fragor de la batalla aumentará el numero de personas que sean transportadas en el Espíritu, no contamos con antecedentes bíblicos para decir que Dios lo va a establecer como un «ministerio». Si hubo alguien en la historia que pudo haber utilizado esa «vía aérea», ese alguien fue el apóstol Pablo, pero no tenemos ninguna noticia de que haya sido transportado de esa manera. Si bien es cierto que Dios obra en su vida otros milagros, cuando se trató de viajar, viajó siempre como los demás.
Inmediatamente después de ser bautizada en el Espíritu Santo, la gente experimenta una mayor capacidad para lo milagroso en su vida, Luego se advierte una disminución de estas experiencias porque nos invaden las viejas maneras de pensar y de vivir, y Dios nos tiene que inscribir en la escuela del Espíritu Santo. Quiere enseñarnos algunas cosas antes de poder confiar plenamente en nosotros en esta área, no sea que se meta de por medio nuestro orgullo y otros pecados, provocando nuestra propia exaltación, para luego caer estrepitosamente. (1 Timoteo 2:6.) Sin embargo, el cristiano prudente, habiendo una vez probado las maravillosas obras del Señor, es estimulado a someterse al manejo de Dios y a sus lecciones, para que siga adelante, y no retroceda en el camino andado. Es la voluntad del Padre que permanezcamos en esta nueva dimensión.
Ya hemos advertido en detalle en un capítulo anterior, y al comienzo de este mismo capítulo, en el sentido de que para cada uno de los dones de Dios hay una imitación fraudulenta demoníaca. Un hongo y una seta venenosa parecen exactamente iguales, pero uno es un alimento delicioso y el otro un veneno mortal. Solamente la Escritura puede enseñarnos a detectar una «seta venenosa» espiritual. Los verdaderos milagros de Dios pueden manifestarse únicamente a través de aquellos que han recibido a su divino Hijo Jesús. Los cristianos no esperan milagros por el milagro en si, sino porque Dios prometió que seguirían en la vida de sus hijos y porque atienden a las necesidades de los hombres y llevan a otros a Jesús.
El Nuevo Testamento registra más sucesos milagrosos en la vida de San Pablo que en ninguno de los doce apóstoles originales. Si pensamos que los primeros apóstoles gozaban de un «status» especial porque anduvieron y hablaron con Jesús durante su vida terrenal, deberíamos sentirnos estimulados por Pablo que no conoció a Jesús «según la carne». (2 Corintios 5:16.) Es interesante notar el hecho que el poder de Pablo en el Espíritu Santo no disminuyó al llegar a viejo. Más bien, lo vemos manifestando las mismas aptitudes milagrosas de Dios y su poder de sanidad con mayor potencia en el último capítulo de los Hechos que en cualquier otro momento de su vida. (Hechos 27:28.) Pablo nunca disminuyó su ritmo, ni aun llegado a viejo.
Muchas veces los milagros de Dios se hacen de una manera tan «naturalmente sobrenatural» que podemos no percibirlos si no estamos alertados. Debemos mantenernos a la expectativa para que los milagros de Dios se manifiesten en nosotros y a través de nuestra vida. Oremos para que el poder de Dios también se manifieste a los demás miembros del cuerpo de Cristo. Contemos con un milagro y mantengamos los ojos puestos en Jesús.
La Biblia nos habla de la fe desde el Génesis hasta el Apocalipsis, pero la define en una sola ocasión. La encontramos en la carta a los Hebreos: «Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción do lo que no se ve.» (Hebreos 11:1.) Varias son las cosas que aprendemos, de este versículo. La fe es ahora o no es fe. Fe es tiempo presente; esperanza es tiempo futuro. Fe es creer antes de ver, pero dará sustancia a lo que hemos creído. La fe no es algo pasivo, sino algo activo.
Todo el mundo, tanto creyentes como incrédulos, pueden entender lo que es la fe humana natural. La gente tiene fe en las cosas de este mundo por la experiencia adquirida a través de sus cinco sentidos. Por fe natural prendemos el televisor, creyendo que veremos o escucharemos algo interesante. Si bien la mayoría de las personas no entienden el sistema eléctrico de la televisión, a pesar de eso su fe natural lo insta a encenderlo. Para sentarnos en una silla echamos mano a nuestra fe natural. Si las personas pudieran ver la estructura molecular de la silla y los enormes espacios intermoleculares en esa materia que parece tan sólida, ¡tomarían asiento cautelosamente! Por fe natural encendemos una luz, viajamos en avión, manejamos un automóvil o simplemente vivimos. Las personas pueden tener esta clase de fe y no creer en Dios. La fe natural es la confianza puesta en algo o en alguien que podemos ver, oír y tocar,”Ver para creer”.
La fe verdadera, la que viene de Dios es sobrenatural, es decir que trasciende los sentidos naturales.
La primera es «la fe que salva». La Biblia nos dice que sin fe es imposible agradar a Dios. (Hebreos, 11:6) No obtenemos la salvación por nuestras buenas obras si no por la fe en Jesucristo.
«Cree (ten fe) en el Señor Jesucristo, y serás salvo…» (Hechos 1ó:31.) La llave a la fe cristiana no es ver para creer» sino «creer antes de ver». «La fe» dice el autor de Hebreos «Es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no so ve». (Hebreos 11:1.) Jesús no se evidencia a nuestros sentidos físicos, pero por medio del Espíritu Santo podemos experimentar, aquí y ahora, su amor y comunión. Esta fe salvadora es un don de Dios, y no algo que nosotros podamos fabricar. (Efesios 2:8-9.) La fe salvadora llega al hombre por medio do la proclamación de la Palabra de Dios. «La fe es por el oír y el oír, por la palabra de Dios.» (Romanos 10:17.)
Una vez que hemos recibido a Jesús, la Escritura nos dice que cada cristiano recibe «la medida de fe». (Romanos 12:3.) Todos iniciamos la carrera con una medida igual, pero algunos crecemos en fe y otros no, y ello dependerá de nosotros. Dios siempre tiene una reserva para sus hijos; sus depósitos son ilimitados.
La segunda clase de fe, es la fe como un «fruto del Espíritu«. (Gálatas 5:22.) Esto viene como resultado de nuestra salvación: unión con Cristo. Jesús dice: «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto.» (Juan 15:5.) Desde el mismo instante de nuestra unión con él (la viña) tenemos potencialmente la capacidad do dar frutos.
Nuestra fe (confianza, creencia) en Jesús es la obra de Dios Espíritu Santo, y es él el que nos abastece de fe a medida que avanzamos en la vida cristiana. Nuestra parte es responderle a él. La fe en Jesús, tanto la fe inicial coma la fe permanente constituye la base para todos los otros frutos y dones del Espíritu. Es imposible sobreestimar su importancia. «Conforme a vuestra fe os sea hecho» dice Jesús: y en otro pasaje: «Al que cree, todo le es posible.» (Mateo 9:29; Marcos 9:23.)
La fe, como fruto, esla resultante de un proceso que se obtiene con el tiempo. No se planta un árbol y se espera que al día siguiente brinde frutos, El árbol tiene que ser cultivado, alimentado y regado. La palabra «morar» significa tomar residencia permanente. El resultado de morar es el fruto de un carácter cristiano piadoso. Nuestro crecimiento en el fruto de la fedependerá de un caminar con Cristo sin altibajos, de una diaria alimentación de las Escrituras, y de la comunión en el Espíritu Santo.
El don de la feexiste potencialmente en el creyente desde el momento en que recibe a Cristo pero al igual que los otros dones, se torna mucho más activo después del bautismo en el Espíritu Santo. A diferencia del fruto, es dado en forma instantánea. Es una súbita oleada de fe, habitualmente durante una crisis, para creer confiadamente, sin un ápice de dudas, que lo que hagamos o hablemos en el nombre de Jesús, sucederá.
La palabra «confesión» toma sus raíces de dos vocablos griegos, homo logos, que significa hablar lo mismo que la Palabra de Dios. El don de fe verbal es confesar lo que dice Dios, dirigido por el Espíritu Santo. Uno de los versículos que mejor describe este pensamiento esta registrado en Marcos:
«Respondiendo Jesús les dijo: Tened fe en Dios.» (La traducción literal del griego es: «Tened la fe de Dios.») «Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho.» (Marcos 11:22-2.3.)
Elías constituye un sugestivo ejemplo de este don en el Antiguo Testamento. Aparece súbitamente en escena en I Reyes 17:1 presentándose ante Acab, el más perverso de los reyes de la historia de Israel, diciéndole: «Vive Jehová, Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra.» Y su advertencia so cumplió al pie de la letra. El profeta Elías debe haber vivido en un alto nivel de fe, si bien sabemos que en algunas ocasiones su fe se derrumbo casi por completo, como esta registrado en 1 Reyes 19:3 ¡cuando perdió el valor y huyo despavorido! Nadie podrá dudar que Elías tiene que haber recibido verdaderas oleadas de fe, especiales dones de fe, para enfrentar crisis como las que hemos mencionado, o la tremenda prueba del monte Carmelo: “Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él”, (1 Reyes 18:21) cuando bajó fuego del cielo para confirmar que el Dios de Elías era el Dios verdadero a quien había que servir.
Por otra parte, hallamos un don de fe en acción, en el conocido incidente en la vida del profeta Daniel. Funcionarios celosos tramaron un complot contra Daniel, como resultado del cual fue sentenciado y echado a un foso de leones hambrientos. Daniel no dijo ni una palabra, simplemente confió en Dios, y los leones no lo dañaron. A pesar de ser Daniel un hombre extraordinario, tiene que haber tenido una gran dosis de fe para soportar esta espantosa experiencia. (Daniel 6:17-28.)
En el Señor Jesucristo, el fruto y el don se combinan a la perfección, porque el vivió siempre en la cima de la plenitud de su fe en el Padre. Los evangelios están repletos de ejemplos de su gran fe. Un día Jesús y sus discípulos decidieron cruzar el lago en una pequeña barca. Jesús estaba cansado y se durmió recostado sobre un cabezal en la popa de la embarcación. Súbitamente se desato una gran tormenta que echaba las olas en la barca que se inundaba. Los discípulos estaban aterrorizados y despertaron a Jesús. Unas pocas palabras le bastaron para aquietar la tormenta. Aun cuando lo despertaron de un profundo sueño, no tuvo necesidad de que le inyectaran una dosis especial de fe para realizar el milagro. (Marcos 4:35-41.)
El don de fe es distinto al de obrar milagros, que estudiamos en el capítulo anterior, si bien puede producir milagros. Si los discípulos, en el barco ajetreado por la tormenta hubieran permanecido calmos y seguros a pesar de su peligrosa situación. Hubieran estado manifestando el don do fe. Pero como ocurrieron las cosas, fue, Jesús quien por medio de un milagro, tuvo que acallar la tormenta. Si Daniel, en el foso de los, leones, hubiera dado muerte a las peligrosas fieras con nada mas que un gesto, hubiera aplicado el don del milagro, Pero lo que sucedió es que permaneció ileso en presencia de los bravos leones, demostrando una formidable dosis de fe. Cosas parecidas a estas encontramos entre los creyentes del Nuevo Testamento. ¿Quién más inestable que Pedro? Después de Pentecostés, el Espíritu Santo lo estabilizó considerablemente, pero, al igual que cualquiera de nosotros, tenia sus altibajos. Estaba siempre tan atento a lo que la gente pudiera decir que Pablo se vio obligado a “resistirle cara a cara”. (Gálatas 2:11) Peroal recibir la noticia do que Dorcas o Tabita, la amada discípula de Jope había muerto, sin dudar un instante fue y pronuncio la palabra de fe: “Tabita, levántate” (Hechos 9:40.)
Veamos el ejemplo de fe en acción en Hechos 12. Pedro fue arrestado por Herodes Agripa I y encarcelado, con el deliberado propósito de ejecutarlo a la mañana siguiente, tal cual lo había hecho ya con Jacob, hermano de Juan. Leemos:
«Estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, sujeto con dos cadenas y los guardias delante de la Puerta custodiaban la cárcel. Y he aquí que se presentó un ángel del Señor, y una luz resplandeció en la cárcel; y tocando a Pedro en el costado, le despertó, diciendo: Levántate pronto. Y las cadenas se cayeron de las manos”; ¡EI Ángel lo sacó a Pedro de la cárcel antes de que Pedro se diera cuenta ni siquiera de que estaba despierto! (Hechos 12:6-7.)
Cuando el pasaje habla de que el ángel toco a Pedro, significa «darle un golpe», no una palmadita cariñosa. Pedro dormía tan profundamente, que aun cuando ya se había despertado le tomó un tiempo «volver en sí» y darse cuenta de lo que había ocurrido. Esto es la fe en acción en un sentido muy parecido al de Daniel. Cualquiera de nosotros tal vez nos hubiéramos mantenido despiertos, preocupados por lo que nos habría de ocurrir o planeando una manera de escapar pero no es lo que Pedro hacía. Estaba durmiendo placidamente dejándolo todo en las manos de Dios, y recibió la recompensa por su fe.
El don do fe hoy en día
Ya hemos hecho mención de los grandes acontecimientos que están ocurriendo en Indonesia, país donde millones de mahometanos y comunistas están aceptando a Cristo. Acompañando a este reavivamiento se han producido milagros do una magnitud neotestamentaria. Tres años atrás ya había treinta y tres casos perfectamente documentados de resurrecciones en la isla de Timor. Cuando David duPlessis visitó Indonesia este año, nos contó que al preguntar cuántos eran los muertos que habían resucitado a la fecha, le contestaron: «Hemos perdido la cuenta y, de todas formas, ¡nadie nos cree!»
Un amigo, Sherwin McCurdy de Dallas, Texas, fue utilizado para resucitar a un hombre. La historia fue relatada en la revista Christian Life de octubre de 1969. McCurdy esperaba un taxi en las proximidades del aeropuerto de Amarillo, Texas, una mañana temprano, cuando se le aproximó corriendo un niño de nueve años, asustado y pidiendo ayuda: “¡Mi padre se muere!” jadeo. Siguiendo al niño, McCurdy encontró un auto metido en una zanja, y el conductor, un hombre de edad mediana, a todas luces muerto. Un hijo mayor le explicó que su padre sufrió un ataque cardiaco alrededor de 45 minutos antes. Le había aplicado la respiración artificial de boca a boca, pero sin ningún resultado positivo. El resto de la familia estaba al borde de la histeria. El Señor le dio el don de la fe a McCurdy instruyéndole de que colocara sus manos sobre el cadáver, y ordenándole que hiciera retirar al espíritu de la muerte y retornar al espíritu de la vida. Así lo hizo Sherwin. «Fue como poner las manos sobre un pedazo de hielo» explico; cuando apoyo sus palmas sobre la frente fría (el cadáver mostraba la rigidez y la cianosis de la muerte) e hizo como Dios le había indicado, el hombre de inmediato volvió, no solo a la vida, sino a la normalidad, y tanto el como toda su familia aceptaron a Jesús como su Señor y Salvador.
Nos ha llegado el relato de un dramático y verdadero ejemplo del don de fe, unido al don de milagros de un misionero de Tanzania. Una congregación formada por personas del lugar, se había reunido para un servicio de Pascua, cuando de pronto surgió de la selva una leona enfurecida, que parecía enloquecida, atacando cuanto hallaba a su paso mato a varios animales domésticos, a una mujer y a un niño, y se encamino directamente a los creyentes allí reunidos. Bud Sickler, el misionero que recibió lainformación de boca del pastor local, cuenta lo que sucedió de la siguiente manera:
«De pronto la congregación vio a la leona. Se había detenido a pocos metros de distancia, rugiendo ferozmente. La gente tembló espantada. Pero el predicador gritó: ¡No tengan miedo; aquí esta el Dios que salvo a Daniel de los leones, aquí está el Cristo de la Pascua!» Se dio vuelta mirando a la leona, y le dijo: «Tú, leona, te maldigo en el nombre de .Jesucristo!» A continuación sucedió la cosa más extraordinaria. De entre las dispersas nubes, sin la más mínima señal de lluvia, cayo un rayo sobre la leona que se desplomo muerta. El predicador entonces saltó sobre el cuerpo sin vida del animal y lo utilizo como una plataforma para predicar. El corolario final de la historia es que no solamente se salvaron vidas humanas, sino que se conmovió toda la aldea, y 17 personas entregaron sus villas al Señor Jesús.2
EI nivel de fe en la cual estamos viviendo, puede fluctuar. A veces constatamos que somos fuertes en la fe; el Espíritu Santo en nuestro espíritu tiene libertad de acción, y suceden cosas maravillosas en nuestras vidas. En otras ocasiones, nuestros empeños, dudas, temores y los «detritos» que hay en nuestras almas y que el Espíritu Santo es empeñado en quitar, se interponen, y no podemos funcionar satisfactoriamente. Algunos creyentes operan en forma permanente a un alto nivel de fe, mientras otros parecen no poder «despegar». A pesar de que el don de fe puede mostrarse activo de tanto en tanto en nuestras vidas, no debe llamarnos la atención si también nos entra la duda. Esto debería servir para recordarnos la Escritura: «Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” (Filipenses 2:13.) Esperemos que el Señor manifieste por nuestro intermedio este maravilloso don de la fe, así como esperamos los otros dones.
Al concluir esta sección sobre los dones del poder, mencionamos nuevamente que más a menudo los dones del Espíritu Santo, se manifiestan juntos, interactuando y acrecentando su mutuo poder.
En el evangelio de Mateo, Jesús encarga a los discípulos la siguiente misión: «Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia.» (Mates 10:8.) Para poder cumplimentar esta orden habrán de requerirse los tres dones del poder: sanar a los enfermos y limpiar a los leprosos (dones de sanidades); resucitar a los muertos (dones de fe, de milagros y de sanidades); echar fuera los demonios (don de fe, mas los otros dones de los cuales hablaremos en la próxima sección).
A los últimos tres dones los, denominaremos dones de revelación porque nos dan información sobrenaturalmente revelada por Dios. Podríamos definirlos sencillamente como «la mente de Cristo manifestada a través de un creyente lleno del Espíritu Santo» Cada uno de estos dones consiste en la habilidad dada por Dios para recibir de el información con referencia a algo, a cualquier cosa que humanamente nos seria totalmente imposible conocer, revelada al creyente para lograr protección, orar con mas efectividad o ayudar a alguno en su necesidad.1
1Hay solamente dos maneras -Aparte de la vía natural a través de los sentidos físicos de la vista, del oído, del olfato, del gusto y del tacto – por las cuales la mente humana puede recibir información. Una de ellas es ponernos en contacto mentalmente con el mundo «psíquico», de tal manera que la información la receptamos directamente de los espíritus de Satanás. Es lo que ocurre con los fenómenos llamados percepción extrasensorial, espiritismo, clarividencia, etc. Todas estas cosas están estrictamente prohibidas por Dios, y no debemos practicarlas.
La otra vía de información es la que nos viene por la renovación de nuestro espíritu, que a su vez ha sido inspirado por el Espíritu Santo. Esta forma de conocimiento sobrenatural es aceptable a Dios -nos viene, directamente de El – y no representa, ningún peligro para nosotros. El Espíritu Santo compartirá con nosotros solamente aquellas cosas que el sabe que necesitamos y que pueden ser de ayuda para otros Recibimos este conocimiento, no tratando de desarrollar alguna misteriosa destreza oculta, sino andando en estrecha relación con Dios en Jesucristo, y permitiéndole a su Espíritu que obre en nuestras vidas.
Discernimiento
Antes de referirnos al discernimiento espiritual, conviene hablar del discernimiento en general. En primer lugar existe lo que podemos denominar “discernimiento natural” que es patrimonio tanto de cristianos como de no cristianos. Consiste en la facultad de poder juzgar a las personas y a las circunstancias y a nuestro propio comportamiento, que deriva de la enseñanza que hemos recibido en nuestros hogares y como, consecuencia del medio ambiente en que actuamos y de nuestra cultura. De este material esta compuesta nuestra «conciencia» natural, y de ahí que no podamos confiar mucho en ella. La mente, y esa porción de la mente que llamamos conciencia, es una mezcla de bueno y de malo, de verdad y de error. Su discernimiento y sus juicios morales carecen de valor. Es una verdad indiscutida que las pautas de la moral humana varían de cultura a cultura, y de generación a generación, y todo lo que nos puede decir la mente por natural no va más allá de saber si concuerda o no, si es aceptable o inaceptable, con el tiempo y el lugar en el cual estamos viviendo. Esto es lo que el mundo en general utiliza coma base para sus decisiones. Carecen de estabilidad.
El verdadero discernimiento intelectual no proviene de una mente natural desfigurada, sino de una mente que ha sido renovada en Cristo. Este discernimiento se desarrolla cuando encontramos y recibimos a Cristo y llegamos a conocerlo mejor por medio de la comunión y del estudio de la Palabra de Dios. Como lo dice la carta a los Hebreos: «Todo aquel que participa de la leche, es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado la madurez, para los que por el uso de los sentidos (griego: percepciones, criterio) ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.»(Hebreos 15:13-14.) A medida que crecemos en la vida cristiana, el Espíritu Santo hace una selección de nuestras mentes, y conciencias, descartando lo malo e incrementando lo bueno. Si no le hemos puesto trabas a Dios para obrar de esta manera, con el correr del tiempo nuestras mentes y conciencias se ajustaran cada vez mas a las Escrituras y el Espíritu Santo que vive en nosotros. Nos saturamos tanto del «sabor» de lo que Jesucristo realmente es, y de la manera de obrar de Dios, que inmediatamente reconocemos intelectualmentealgo que sea diferente. Es importantísimo que los cristianos desarrollen este tipo de discernimiento. Significa una firme defensa contra las doctrinas falsas. Deberíamos poder decir de inmediato, si oímos una enseñanza extraña que no guarda relación con la verdad que: !Eso no suena a Dios!¡Dios no actúa de esa manera!»
El aumento de nuestra facultad de discernimiento intelectual, afectará, por supuesto, nuestro comportamiento con relación a Dios y a nuestros semejantes. Antes de que Pablo aceptara a Jesús personalmente, estaba convencido que era de buena conciencia perseguir a los cristianos. Luego de su conversión y después de muchos años de caminar con el Señor, Pablo nos dice: «Yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy.» (Hechos 23:1.) “Procuro tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres.» (Hechos 24:1ó.) Tendríamos que orar para que nuestras mentes y nuestras conciencias sean de tal manera renovadas por el Espíritu, que podamos decir lo mismo.
Falso discernimiento natural
Una señorita perteneciente a la iglesia de St. Luke, caminaba tranquilamente por una calle del centro de Seattle, sin inmiscuirse con nadie, cuando de pronto una señora de edad corrió hacia ella profiriendo obscenidades y amenazas, y sacudiendo, furiosa, su bastón. La muchacha se alarmo, por supuesto, pero no se asusto, pues se dio cuenta lo que estaba sucediendo. Esa señora de edad estaba poseída demoníacamente y el espíritu maligno había detectado la presencia del Espíritu Santo en la señorita, y por ello se alboroto en airada protesta.
Tales incidentes no son raros, si bien habitualmente no son tan dramáticos e inesperados como el que hemos relatado. Si una persona ha estado al servicio de Satanás y por ello está oprimida o poseída totalmente, bajo la influencia del poder del enemigo, se sentirá repelida por la presencia de cualquiera que está caminando en el Espíritu. Esta es la imitación fraudulenta del diablo al discernimiento de los espíritus.
Uno de los más vívidos ejemplos de lo que llevamos dicho, es el gran resentimiento que demuestran los espiritistas contra todos aquellos que han recibido el bautismo en el Espíritu Santo.
Cierto día, sentado Dennis a la cabecera de la mesa durante un almuerzo que reunía a hombres de la Fraternidad de Hombres del Evangelio Completo, el caballero sentado a su lado, un bien conocido medico que había recibido el Espíritu Santo, le mostró una carta que lo atacaba grosera y bárbaramente, condenando al buen doctor por sus actividades pentecostales. Dennis le pregunto
-El que firma esa carta es un espiritualista, ¿verdad?
El medico asintió: -Me temo que sí.
No debemos extrañarnos si el ataque y la persecución furibundos nos viene de personas de la comunidad que no solamente no conocen al Señor, sino que, además, están entregados a practicas prohibidas y antibíblicas.
Discernimiento de espíritus
Llegamos ahora al don espiritual. Como sucede con todos los otros dones, este don no se adquiere por medio de un entrenamiento especial, sino que es dado cuando la necesidad lo requiere. Cualquier cristiano puede manifestar este don pero, al igual que los demás, se intensifica después del bautismo en el Espíritu Santo. Los creyentes que no han sido bautizados en el Espíritu Santo no están lo suficientemente familiarizados con las actividades de Satanás, como para preocuparse por el discernimiento de espíritus, si bien, por supuesto, hay excepciones.
Por el don del discernimiento de espíritus, el creyente esta capacitado para saber inmediatamente que es lo que esta motivando a una persona o a una situación. Se da el caso de que un creyente puede estar actuando bajo la inspiración del Espíritu Santo, o expresando sus propios pensamientos, sentimiento o anhelos de su alma, y hasta es posible que permita que un espíritu extraño lo oprima, y revele pensamientos, justamente, de ese espíritu maligno. El incrédulo, por supuesto puede estar totalmente poseído por ese espíritu del mal. El don de discernimiento de espíritus permite revelar inmediatamente lo que esta ocurriendo.
Puede ayudarnos a entender al don de discernimiento de espíritus si reconocemos lo que sucede cuando discernimos el Espíritu Santo. El himno evangelio dice: «¡Hay un dulce, dulce Espíritu en este lugar, y yo se que es el Espíritu del Señor!» Los creyentes conocen esa feliz sensación producida por la presencia del Espíritu Santo o, dicho en otras palabras, se dan cuenta del testimonio del Espíritu Santo en otra persona o en una reunión. Cuando decimos: «Verdaderamente sentí la presencia de Dios», estamos hablando del discernimiento del Espíritu Santo. Experimentamos un ejemplo, en cierta medida divertido, de este tipo de discernimiento, después que vinimos a Seattle.
A Dennis lo habían invitado a concurrir a un concierto coral en una iglesia cercana. El director del coro era un cristiano bautizado en el Espíritu Santo, que tenía muchos amigos en Sr. Luke. Dennis sabia que unas 20 o 30 personas de esa iglesia, que habían recibido el Espíritu Santo, planeaban asistir al concierto. Llegó algo tarde y le indicaron un asiento en la, galería. Le llamó la atención, al mirar hacia abajo, a la congregación reunida en la planta baja, no ver a ninguno de sus amigos. Dennis disfrutó del programa pero todo el tiempo estuvo un poco desconcertado porque una leve exaltación interior de gozo, un claro testimonio del Espíritu Santo, lo inundo durante todo el concierto. Era un sentimiento hermoso, pero no podía interpretar su significado. El coro era bueno, ¡pero no tan bueno! La explicación la tuvo cuando al abandonar la iglesia al final de la velada, fue saludado por unos treinta episcopales llenos del espíritu, que durante el concierto ocuparon asientos debajo de la galería donde el estuvo sentado. Dennis no los había visto, ¡pero el espíritu de Dennis discernió su presencia!
Los informes que nos llegan de personas que trabajan detrás de la cortina de hierro, indican que este don adquiere significativa importancia a medida que se agrava la persecución. Se mencionan numerosos casos de cristianos que reconocen a otro cristiano, cada uno «en el Espíritu» sin mediar una sola palabra. En un lugar, las autoridades interferían permanentemente en las reuniones, de modo que los hermanos dejaron de anunciar horario y lugar para su comunión, y dependieron exclusivamente del Espíritu Santo para que señalara aquellos que habrían de asistir a cada reunión. Todos asistían, y todos daban la misma explicación. En estos casos se puede pensar en una combinación del don de sabiduría y del don de discernimiento.
Para comprender el discernimiento de los espíritus malignos, imaginémonos lo opuesto a todo esto. La sensación de la presencia del Espíritu Santo trae gozo, amor y paz; el discernimiento de los espíritus falsos da una sensación de abatimiento e intranquilidad.
Algunos años atrás, cuando todavía éramos nuevos en esta materia, nos visitó una persona en la iglesia do Sr. Luke, y nos habló en la reunión de oración. Llegó precedido de buenas referencias y parecía no tener «segundas intenciones». Cuenta Dennis: «Le hice entrega de la reunión a nuestro visitante, y me pareció aceptable lo que decía, pero al observar los rostros de los oyentes, era obvio que algo andaba mal. Se mostraban afligidos, desdichados e incómodos. Una señora abandono su asiento y salio de la pieza excusándose, al pasar a mi lado, de que sentía nauseas. No tuve el buen tino suficiente para interrumpir al orador y decirle: «Discúlpeme, pero esta provocando malestar en la gente, ¿qué pasa?» Al día siguiente el hombre se trasladó a otro pueblo, pero cuando hablo allí, la persona que presidía lo interrumpió y le dijo:»Sus palabras son hermosas, pero discierno un espíritu falso en su vida2 ¿qué sucede?» Así enfrentado, el hombre confesó que era un impostor, viviendo en abierto pecado. Resulta obvio comprender que el don se manifestó no solo para proteger a la gente del engaño del enemigo, sino para lograr el arrepentimiento y la liberación de ese hombre.
Algunas veces la influencia perturbadora no es de la persona que esta hablando u oficiando, sino de alguien que simplemente asiste a la reunión. Un individuo activamente comprometido en prácticas espiritistas, por ejemplo, puede producir un enfriamiento con su sola presencia, en una reunión de oración donde se solicita el Espíritu Santo. Si la reunión languidece, es mejor parar y orar pidiendo al Espíritu Santo que revele la causa del malestar. Si alguno de los presentes estuviere oprimido puede ser ayudado y liberado.
Por lo tanto, podemos decir que el don de discernimiento de los espíritus actúa en un papel de «policía», para protegernos contra el enemigo y evitar que su influencia perjudique nuestra comunión. Desgraciadamente, cuando las personas reciben este tipo de discernimiento dudan muchas veces en utilizarlo para no parecer duros y faltos de caridad. Si el don de discernimiento espiritual nos dice que algo anda mal en una reunión que no estamos dirigiendo, tranquilamente y con la mayor discreción posible, debemos hacer saber ese hecho al líder; de esa manera podemos orar pidiendo el don de sabiduría para saber qué ocurre y el don de conocimiento para saber cómo resolver el problema. Habrá otros probablemente con el mismo discernimiento, pues habitualmente lo recibe más de uno, para confirmación.
El discernimiento de los espíritus se torna especialmente útil cuando en una reunión se ejercitan otros dones. Nadie espera de nosotros que debamos aceptar cada palabra que se emite por medio de los dones, ni en ninguna otra manifestación, ni aun en la predicación, y hemos de aceptar solamente lo que el Espíritu Santo nos mueve a aceptar, siempre que este de acuerdo con la Biblia. «Los profetas hablen dos o tres y los demás juzguen (disciernan).» (1 Corintios 14:29.) Los dones del Espíritu Santo son puros, pero los canales por donde se conducen varían según los grados de sometimiento y santificación que posean. Una manifestación puede ser setenta y cinco por ciento de Dios, pero el veinticinco por ciento restante los propios pensamientos de la persona. Debemos discernir entre ambos.
2Tomemos nota que los «espíritus falsos» no son, y no pueden ser, los espíritus de personas que han muerto. El discernimiento de los espíritus nada tiene que ver con el espiritismo o el espiritualismo. Los espíritus de los seres humanos que han muerto, no están en esta tierra, ¡y esta prohibido todo intento de entrar en contacto con ellos! Los «espíritus falsos» de que estamos hablando, son los que la Escritura menciona como «gobernadores de las tinieblas de este siglo es decir, ángeles caídos, «demonios». (Efesios 6:12; Mateo 10:8.)
Además, el enemigo puede enviar gente a la reunión con el deliberado propósito de perturbarla con una manifestación de imitación fraudulenta. Hechos 16 relata el incidente según el cual una mujer poseída de un espíritu de adivinación, durante varios días interrumpió a Pablo diciendo algo que tenía todo el aspecto de una profecía: «Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, quienes os anuncian el camino de salvación.» (Hechos 16:17) Lo que decía era cierto, pero hablaba bajo el influjo del enemigo. La Escritura nos dice que cuando Pablo discernió el espíritu, le causó desagrado, por lo cual le ordenó al espíritu que la abandonara y la dejara libre. Este ejemplo nos dice que las manifestaciones fraudulentas deben ser encaradas, dentro de lo posible, en el momento mismo en que se manifiestan.
La historia de Eliseo y su siervo Giezi es un ejemplo del Antiguo Testamento de los dones de discernimiento de los espíritus y de sabiduría. Naaman, general del rey de Siria, era leproso. Cumpliendo con las instrucciones del profeta Eliseo, se lavó siete veces en las aguas del Jordán y se curo de su enfermedad. En gratitud, Naaman ofreció presentes a Eliseo, pero éste los rechazó. En cambio Giezi, el siervo de Eliseo, siguió secretamente a Naaman, le mintió diciéndole que habían llegado dos visitas inesperadas y pidiéndole a Naaman dos mudas de ropa y algún dinero, todo lo cual, no hace falta decirlo, Giezi se guardo para él. Cuando Giezi se presentó de nuevo ante su patrón, Eliseo discernió su espíritu deshonesto, y por el don de conocimiento supo lo que había hecho. (2 Reyes 5.)
Hay muchos ejemplos de Jesús cuando discernía espíritus. Sin conocer a Natanael, discernió inmediatamente que era «un verdadero israelita, en quien no hay engaño». (Juan 1:47.) Cuando Pedro hizo su gran confesión sobre Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente», Jesús le alabó. Pero cuando Jesús les dijo a sus seguidores que é1 habría de morir, Pedro no pudo aceptar sus palabras. Comenzó o reconvenir a Jesús, diciendo: «Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca.» Jesús discernió que Pedro estaba hablando por boca de un falso espíritu, y le dijo: «¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.» (Mateo 16:15-23.) Cuando Jesús no fue recibido en una aldea de Samaria, Jacobo y Juan se enojaron y le preguntaron a Jesús si podían ordenar que cayera fuego del cielo para consumir a los habitantes. Pero Jesús les respondió: «Vosotros no sabéis de que espíritu sois.» (Lucas 9:54-55.) Vemos a través de estos dos últimos ejemplos, que aun los más cercanos seguidores de Jesús pueden ser conducidos a conclusiones erróneas.
Profecías ya cumplidas y otras señales bíblicas, indican que es muy probable que estemos viviendo la parte final de los últimos días. La Escritura enseña que antes del retorno de Jesucristo a la tierra, habrá muchos más espíritus mentirosos desatados, de manera que será más necesario que nunca discernir entre lo falso y lo verdadero. (Mateo 24; Apocalipsis 13:11-14.)
Otro uso muy importante del don de discernimiento de los espíritus es para desatar al que el enemigo tiene atados. Una de las señales que seguirían a los creyentes, les dijo Jesús, seria la de echar fuera a los demonios en su nombre (de Jesús).
3 Se da el nombre de exorcismo, desde la antigüedad, al ministerio de echar fuera a los espíritus malignos.
Alrededor de un veinticinco por ciento del ministerio de Jesús consistió en dar libertad a los que Satanás tenía cautivos; y también nosotros debemos esperar ser usados de esa manera. Jesús dijo: «El Espíritu de Jehová el Señor esta sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel…» (Isaías 61:1) En este pasaje, Isaías se refería específicamente a Jesús, pero ahora, desde el Calvario, con Cristo que vive en nosotros, también nosotros estamos ungidos con el Espíritu Santo, y también se aplica a nosotros. Esto no quiere decir que debemos buscar específicamente a los que necesitan ser liberados o desarrollar una morbosa fascinación por este tema, pero si debemos saber cómo orar por las personas que lo necesiten. Si estamos sometidos a Dios y adecuadamente preparados, e1 pondrá en nuestro camino a los que necesitan ser liberados.
La epístola de Santiago nos dice cómo entrenarnos para orar por aquellos que necesitan ser puestos en libertad: «Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.» (Santiago 4:7.) El primer paso, entonces, es someternos a Dios. Esto lo podemos hacer por medio do la oración, pidiéndole que nos muestre las facetas de nuestra vida que requieren corrección. Tenemos que cortar por lo sano con cualquier pecado conocido que tengamos en nuestra vida.
Es importante también que nos afirmemos en la autoridad que tenemos en Jesús, estudiando los pasajes que se refieran a esta materia.4 Debemos comprender que en el nombre de Jesús tenemos autoridad para atar a los espíritus inmundos y para arrojarlos fuera. Algunas personas enseñan que al tratar con un espíritu maligno, se debe decir: «El Señor te reprenda», en lugar de enfrentar al enemigo directamente. Citan a Judas 9 y a Zacarías 3:2. Los santos ángeles, a pesar de ser criaturas de Dios, sin pecado, tienen que actuar frente al enemigo de esa manera.
4 Ver Efesios 1:1-23; 2:1-10; Lucas 10:19; Gálatas 2:20; 2 Corintios 5:17; 1 Juan 4:4.
Pero nosotros, los cristianos, no solamente somos criaturas de Dios, sino hijos de Dios, con Cristo en nosotros. Jesús nos dijo que tratáramos con el enemigo directamente: «…en mi nombre echaran fuera demonios…» (Marcos 1ó:17.)5 y no hay otra manera de hacerlo., según todo elNuevo Testamento.
A menos que la persona para quien estamos orando sea un intimo amigo o un familiar, debe haber siempre una tercera persona cuando oramos pidiendo liberación. Esta tercera persona puede no hacer otra cosa que permanecer de pie o arrodillada y aprobando en oración. Si la persona que necesita ser liberada quiere hablar confidencialmente, la tercera persona, puede retirarse a la próxima pieza mientras hablamos, pero en todos los casos debe estar presente cuando se eleva la oración de liberación. No es prudente que un hombre ore en privado con una mujer pidiendo su liberación, o viceversa (siempre es mejor que los mismos sexos oficien unos con otros en todas las áreas del ministerio). Si es inevitable que sea un hombre el que ore por la liberación de una mujer o de una niña, siempre tiene que estar presente otra mujer.
Un cristiano no puede ser poseído en su espíritu (donde mora el Espíritu Santo), pero su mente, sus emociones o su voluntad (las tres partes constitutivas de su alma) pueden estar deprimidas, oprimidas, obsesionadas, o aún poseídas, si le ha permitido la entrada al enemigo, por andar en los caminos del pecado antes que con Jesús. Una persona que no es creyente, por supuesto, puede estar poseída en su espíritu, alma y cuerpo. De lo antedicho resulta claro, entonces, que el primero y más importante paso para ayudar a una persona a librarse del enemigo es asegurarnos que é1 o ella conocen al Señor Jesús como su Salvador.
Si la persona por quien estamos orando no es cristiana, debemos guiarla para aceptar a Jesús. Aconsejamos releer el capítulo primero que nos ayudara en este punto. Es de gran ayuda tener un definido «plan de salvación» en mente, con escrituras apropiadas.
Una serietípica puede ser la siguiente:
1. Romanos 3:23: «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.»
2. Romanos 5:8: «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros.»
3. Romanos 6:23: «Porque la paga del pecado es muerte. «
4. Romanos 6:23: «Mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.»
5. Juan 1:12: ‘Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.»
6. Apocalipsis 3:20: He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entrare a él, y cenaré con él, y él conmigo.»
Leamos y expliquemos estos versículos y guiemos a las personas a pronunciar una oración como la que sugerimos al final del primer capítulo de este libro, o una oración similar en sus propias palabras.
Ahora, cristianos los dos, y protegidos por la sangre de Jesús, elevemos una abierta confesión como la siguiente: «Gracias, Jesús, por la protección de tu preciosa sangre sobre nosotros y alrededor nuestro.» A continuación debemos preguntarle a la persona con quien hemos estado orando si esta segura que Dios le ha perdonado sus pecados. Si le queda un resto de duda, debemos hacer énfasis sobre la siguiente Escritura: «Si confesamos nuestros pecados, el es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.» (1Juan 1:9.) Puede ser de ayuda que la persona confiese sus pecados a Dios en nuestra presencia y en voz alta.6 Enesos casos debemos escuchar en silencio y en espíritu de oración lo que tiene que decir, y cuando ha terminado, declararle el perdón de Dios. Podemos decir algo por el estilo:
6 Si se da el caso de que escuchamos cuando alguien confiesa sus pecados a Dios, debemos recordar que jamás, bajo ninguna circunstancia, debemos revelar absolutamente a nadie lo que hemos oído, ni aun a nuestro más intimo y querido amigo. Debemos olvidar lo que escuchamos. Constituye un pecado grave si deliberadamente revelamos lo que nos ha dicho en confianza una persona confesando sus pecados a Dios.
«He oído confesar tus pecados a Dios y sé que estás verdaderamente arrepentido. Dios dice: «Cuanto esta lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.» (Salmo 103:12.) Si la persona todavía tiene dificultades, lo mejor es llamar a un pastor entrenado para aconsejarlo con su mayor experiencia y tratar de convencerlo y tranquilizar su mente.
Debemos asegurarnos, por supuesto, de confesar y pedir perdón por los propios pecados conocidos de nuestra vida, y de que hemos perdonado a otros. El cristiano debería vivir diariamente en este estado de perdonar y pedir perdón.
Debemos tratar, en lo posible, de descubrir la naturaleza exacta del espíritu o de los espíritus con los que tenemos que lidiar. Dejemos que sea el Espíritu Santo quien nos guíe en esto, como en todo lo demás. No nos metamos en una interminable sesión de «consejos» con lo cual se puede perder mucho tiempo, sino que tenemos que descubrir que es lo que esta perturbando a la persona: ¿es miedo, odio, lujuria, ideas perversas, complejo de persecución, terror a los animales, enojo, etc.? Pidámosle a la persona que nombre las cosas que la afligen. Tratemos cada problema como una entidad espiritual, y encarémosla directamente como tal. El diablo es muy hábil en este aspecto, y tratara de que la persona ore así: «¡Echo fuera esta neurosis de ansiedad!» o «¡Reprendo a este espíritu de ansiedad!» No es así la forma. Tenemos que guiarlo para que diga lo siguiente: «¡Espíritu de ansiedad, te ato en el nombre de Jesús, bajo su preciosa sangre, y te arrojo a las tinieblas de afuera, para nunca mas volver, en el nombre de Jesús!» A veces es necesario que la persona repita juntamente con nosotros, al comienzo, frase por frase, pero luego es conveniente que la persona diga por sí sola toda la oración. Después que la persona la haya repetido, nosotros la decimos de nuevo reprendiendo y arrojando al espíritu fuera de él, haciendo causa común con ella en la oración. Es importante que la persona que necesita ser liberada aprenda a decir su propia oración, pues de esta manera adquiere la confianza necesaria para usar su autoridad sobre el enemigo y puede orar por sí sola si el enemigo retorna.
Cuando la persona logra captar la idea, ocurre con frecuencia que ora por otros problemas que no mencionó al comienzo, a medida que el Espíritu Santo los trae a su mente. Algunos espíritus logran crear mayores reacciones emocionales en unas personas oprimidas más que en otras. Algunos consiguen crear nauseas, o exagerados accesos de tos, bostezos, estornudos, etc. A. veces se producen reacciones mas violentas, tales come ser arrojados al suelo. Si suceden tales cosas no nos dejemos atemorizar por ello. Alabemos al Señor, supliquemos la protección de la sangre de Jesús, ¡y sigamos adelante! Por otra parte, no creamos que porque tales reacciones no se han producido, nada ha sucedido. Tampoco debemos pensar que, por el hecho de que una persona ha tenido una reacción física, ya está liberada. Tales manifestaciones son efectos secundarios de la liberación.
Si la persona necesitada de oración se siente incapaz de cooperar, o no tiene una clara percepción interior de sus problemas, tendremos que actuar nosotros solos para atar a los espíritus y arrojarlos fuera en el nombre de Jesús y bajo la protección de su sangre, tal como lo hizo el apóstol Pablo en el incidente relatado en Hechos 16:16-18. Si, por otra parte, una persona esta en plena posesión de sus facultades y de su voluntad, y no quiere cooperar, es probable que estemos perdiendo nuestro tiempo con él, hasta que é1 mismo se dé cuenta de su necesidad y solicite ayuda.
¡Hay personas que realmente gozan de sus problemas! ¡Y a través de ellos Satanás se deleita en hacer perder el tiempo y la energía a los cristianos!
A veces tenemos que ser muy enérgicos, cuando oramos por la liberación. El espíritu debe obedecer cuando la orden la damos con fe y en el nombre de Jesús. Si el espíritu detecta la más leve vacilación de nuestra parte, evadirá nuestra orden. ¡Insistamos! (Es conveniente explicar rápidamente y en términos sencillos al «paciente» que no le estamos hablando a él cuando reprendemos al espíritu inmundo. Digamos algo por el estilo: «No te estoy hablando a ti, sino al espíritu que te esta perturbando.»)
No hay un solo caso en las Escrituras de imposición de manos para echar fuera espíritus, y la mayoría opina que no debe practicarse. No creemos que en la persona que oficia, si es un cristiano y esta protegido por la sangre de Cristo, pueda sufrir ningún daño, pero podemos esperar que la persona que necesita ser liberada reaccione fuerte y violentamente si se la toca. Es preferible evitar todo contacto físico cuando estamos ofreciendo oraciones para la liberación.
Una vez obtenida la liberación, debemos alabar al Señor y rendirle a el la gloria. Ahora si coloquemos las manos sobre la cabeza de la persona y oremos para que el Espíritu Santo llene todos los espacios que antes ocupaban los espíritus. Si 1a persona no ha sido bautizada en el Espíritu Santo, esta es una excelente oportunidad para explicarle como se recibe y debemos ayudarla para hacerlo. Es imperativo que la casa este rebosante del Espíritu Santo y de su poder.
Debemos insistir ante la persona sobre la importancia de alimentarse diariamente con la Palabra de Dios, en la oración, en la alabanza, y en la comunión con otros en el Señor.
Hemos dado solamente los lineamientos generales sobre este tema, pero antes de pasar adelante, queremos señalar que el echar fuera los espíritus no esta limitado, de ninguna manera, a las personas que están profundamente oprimidas o poseídas. Entoda oportunidad en que sentimos que el enemigo nos esta acosando y no podemos deshacernos de él mediante nuestras propias oraciones, no debemos dudar un instante de recurrir a un amigo en el Señor y pedirle que ore con nosotros y nos ayude a echar fuera el mal. Cada vez que estamos luchando contra un pecado que no nos da reposo -enojo, lujuria, temor- aunque no se trate más de que un leve problema, si no podemos dominarlo, debemos tratarlo como un espíritu de opresión, sujetarlo y arrojarlo afuera; y si no podemos hacerlo por nuestra propia cuenta, ¡pidamos ayuda! En esos casos, nuestro consejo es recurrir a un consejero cristiano bien calificado para que hable y ore con nosotros.
Oremos para que nuestro discernimiento sobre las tácticas del enemigo en nuestras propias vidas y en las vidas de otros, sea aguzado de tal manera que podemos experimentar la total liberación de los cautivos. Recordemos, además, que los setenta seguidores de Jesús que salieron luego de recibir el poder contra el enemigo, volvieron llenos de gozo declarando que habían logrado sujetar a los demonios en elnombre de Jesús. Pero Jesús, que sin duda alguna se regocijó con ellos, los trajo de vuelta a la realidad: «No os regocijéis de que los espíritus se os sujeten, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.» Mientras oramos para que la gente sea librada de la servidumbre, no olvidemos de regocijarnos más que nada, de que nuestros nombres están escritos en el Libro de la Vida del Cordero.
El octavo don de nuestro estudio es la «palabra de ciencia o conocimiento». Es larevelación sobrenatural de hechos pasados, presentes o futuros sin intervención de la mente natural. Podemos describirla como la mente de Cristo manifestada a la mente del creyente, y hecha conocer, cuando es necesario, en un abrir y cerrar de ojos. (1 Corintios 2:1ó.) Este don es utilizado para proteger a los cristianos, para indicarles como orar con más eficacia, o para mostrarles como ayudar a otros.
El noveno don, la «palabra de sabiduría» es la aplicación sobrenatural del conocimiento. Es saber qué hacer con el conocimiento natural o sobrenatural que Dios nos ha dado, tal como el sentido común, por ejemplo, que nos dice como iniciar una acción. La «palabra de conocimiento» es una información revelada de una manera sobrenatural, pero la «palabra de sabiduría» nos dice cómo aplicar la información.
Generalmente nos es dada la «palabra de sabiduría» juntamente con la «palabra de conocimiento». Es conveniente esperar pacientemente la palabra de sabiduría, y no salir disparando con los nudos a medio hacer, cuando recibimos un conocimiento sobrenatural. Esperamos a que sea Dios quien nos diga que hacer con ella. La «palabra de ciencia» nos indicará cómo hacer lo que Dios nos ha indicado que debemos hacer, cómo resolver los problemas que se plantean, o qué cosas decir y cómo decirlas en una situación dada, especialmente cuando el desafío se refiere a nuestra fe. Los dones de la«palabra de conocimiento» y de la «palabra de sabiduría» pueden ponerse de manifiesto por una súbita inspiración que no se nos va de nosotros, sin «conocer» en lo más hondo de nuestro espíritu, o por la interpretación de un sueño, 1 una visión, una parábola, por los dones vocales del Espíritu Santo y, mas raramente, oyendo en forma audible la voz de Dios, o por la visita de un ángel.
La Escritura habla de «palabra» de conocimiento y «palabra» de sabiduría. En ambos casos «palabra» en griego, es “logos”, que puede significar «palabra», «cuestión» o «asunto» y no está reducida únicamente a la palabra hablada. Esto quiere decir que si recibimos los dones de conocimiento o de sabiduría, bien que sean audibles o no, siguen siendo dones de «palabra de conocimiento» o «palabra de sabiduría». No tienen que ser, necesariamente, dones vocales. Con frecuencia, y refiriéndose a estos dones, se habla de «la palabra de conocimiento» o «la palabra de sabiduría». En el original griego no aparece ningún artículo y simplemente los denomina «palabra de sabiduría» y «palabra de conocimiento». El agregarle un artículo puede modificar artificiosamente su significado. Ni siquiera tenemos el derecho de utilizar el artículo indefinido: «una palabra de sabiduría» como lo hacen algunas versiones modernas, pues nuevamente aquí se percibe el sutil cambio de sentido. Pero corrientemente, y para facilitar las referencias bíblicas, utilizamos el articulo determinante «la» pero silas escribimos debemos dejarla fuera de las comillas, indicando así que el articulo se refiere al don en general, y no a la «palabra» en particular. Bien pudiera ser que la ausencia del artículo en el original griego nos recuerde que estas «palabras» son tan solo fragmentos de la sabiduría y del conocimiento de Dios.
1Si bien es cierto que a veces Dios le habla a una persona por medio do un sueño, esto no quiere decir que debemos llevar un diario registro do todos nuestros sueños. E1 psicólogo puede tener interés en conocer 1os sueños de la personas que lo consultan, que le sirve como pista para saber lo qué está ocurriendo en el subconsciente, pero esto tiene muy poco qua ver con el tema que estamos tratando. Muchos de los sueños no son otra cosa que el resultado de haber comido demasiado antes de ir a dormir. Y algunos sueños los provoca el enemigo; ¿por qué gastar nuestro tiempo prestándoles atención a la confusión que pueden originar? Si Dios nos ha hablado en un sueño y é1 quiere que 1o recordemos, lo recordaremos sin duda alguna. El dice qua el Espíritu Santo «os recordará todo lo que yo os he dicho». (Juan 14:2ó.)
Podemos distinguir cuatro clases de conocimiento:
Primero: El conocimiento humano naturalque a todas luces va en aumento. El libro de Daniel, refiriéndose a los últimos tiempos dice: «Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará.« (Daniel 12:4.) Recientemente un profesor universitario amigo nuestro, nos dijo que el progreso del conocimiento en el área de la matemática superior era tan extraordinario que en algunos casos los investigadores en dos campos diferentes de matemáticas, no lograban comunicarse entre ellos. Para poder relacionar y procesar la inmensa cantidad de datos obtenidos por la investigación, se torna indispensable recurrir a los cerebros electrónicos o computadoras, pues va más allá de las posibilidades de la mente humana al hacerlo con los métodos corrientes por un periodo más o menos prolongado. Por importante que sea la ciencia de este mundo, a veces crea tanto orgullo que les impide a algunos conocer al Señor. La epístola a los Corintios dice así: «Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.» (1 Corintios 2:14.) También dice la Escritura: «El conocimiento envanece, pero el amor edifica.» (1 Corintios 8:1.)
Segundo: El conocimiento sobrenatural, producto de este mundo caído, que hemos mencionado antes, es el intento de la mente natural de obtener información por medios sobrenaturales que no son los del Espíritu Santo. Incluye lo oculto, lo psíquico, y las investigaciones «metafísicas» que utiliza Satanás para entrampar a un número cada día creciente de personas en la actualidad. Las así llamadas “experiencias religiosas” por medio de drogas, de cultos, de lo psíquico y fenómenos ocultos, crecen alarmantemente; basta con mirar los títulos de los libros en los estantes de una librería para comprobar el interés que despiertan las obras que se refieren a tales cosas. El conocimiento así adquirido esta por fuera de los limites de lo permitido por Dios. ¡No lo toquemos!
Tercero: el verdadero conocimiento intelectualque lo adquirimos al conocer a Dios personalmente, por medio de Jesucristo (Juan 17:3; Filipenses 3.10), de recibir la plenitud del Espíritu Santo, estudiando la Palabra de Dios que nos hace saber la voluntad de Dios y sus caminos, para lo cual no hay sustituto. (Salmo 103:7; Éxodo 33:13.) Ante un conocimiento natural de este mundo, tan sugestivo y en permanente desarrollo, es apasionante comprobar que el conocimiento del Señor va en aumento en su pueblo hoy más que nunca. Isaías nos dice que: «. . . la tierra será llena del conocimiento de Jehová como las aguas cubren el mar.» (Isaías 11:9.) Aun el libro de Daniel y su similar el de Apocalipsis han permanecido cerrados y sellados a la comprensión total del hombre hasta el tiempo del fin… (Daniel 12:4, 9.) Hay muchas cosas de la Palabra de Dios que nos serán reveladas a nosotros recién en los últimos tiempos. ¡Estamos viviendo días gloriosos! El conocimiento del hombre pasará, pero el conocimiento del Señor es permanente y durará toda la eternidad. (Mateo 24:3536; 1 Pedro 1:25.)
Cuarto: el don de «palabra de conocimiento«. Al considerar este don, digamos en primer lugar lo que no es. No es un fenómeno psíquico o una percepción extrasensorial tal como la telepatía (la presunta habilidad de leer las mentes), la clarividencia (la presunta habilidad para conocer hechos que están ocurriendo en otras partes) o la precognición (la presunta habilidad para conocer el futuro). Estas «habilidades» están prohibidas en la Palabra de. Dios. (1 Crónicas 10:13; Deuteronomio 18:9-12.) No debemos incurrir en esas prácticas o abriremos la puerta a Satanás. Todas las actividades de esa naturaleza son peligrosas y malas. Experimentar con tales fenómenos psíquicos es jugar con los caídos poderes de este mundo que están controlados por Satanás En el mundo hay dos fuentes de poder espiritual: Dios y Satanás. E1 solo hecho de que algo sea «sobrenatural» no significa ni que sea bueno ni que sea de Dios.
El don de la «palabra de conocimiento» no es ninguna «habilidad» humana, sino un puro don de Dios. No se «desarrolla» como pueden serlo las manifestaciones demoníacas, sino que se manifiesta como el resultado de estar en estrecho contacto con el Señor. El cristiano tiene algo infinitamente mejor que los dones fraudulentos de este mundo, porque esta gustando los poderes del mundo venidero, a través de Jesucristo, y los dones del Espíritu Santo. (Hebreos 6:5.) La epístola de Santiago dice: «Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre…» (Santiago 1: 17.) Los dones do Dios vienen desde arriba, de lugares celestiales en Cristo Jesús, donde el cristiano vive en su Espíritu. Pablo le dice a los efesios: «… nos resucitó y… nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús.» (Efesios 2:6) El cristiano debe abstenerse de utilizar la terminología del mundo para describir las experiencias sobrenaturales. Si un cristiano se entera de pronto sin recibir la noticia por las vías naturales que un amigo se encuentra en dificultades, y necesita oración y ayuda, eso no seria una «percepción extrasensoria» sino más bien Dios que manifiesta el don de la «palabra de conocimiento».Los dones del Espíritu Santo vienen del Espíritu Santo y el es quien los hace llegar a nuestro espíritu y no desde el alma o de los sentidos físicos, ni a través de ellos.
Pablo les dijo a los cristianos en Corinto: «Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho.» (1 Corintios 12:7.) Estos dones han sido dados para nuestro provecho y para que nos beneficiemos los unos con los otros. No deben ser erróneamente usados. Cuando Dios decide compartir su conocimiento con nosotros, es porque tiene un propósito en vista. ¡No nos es dado para el simple hecho de hacernos sentir «espirituales» o habilidosos!
Veamos algunos ejemplos de una «palabra de conocimiento» registrados en la Biblia:
Fue utilizada para encontrar personas u objetos extraviados, como sucedió con Saúl y las asnas perdidas (1 Samuel 9:15-20; 10:21-23). (Observemos que la «palabra de conocimiento» puede brindarnos información sobre asuntos aparentemente triviales. Dios se preocupa por cada una do las necesidades humanas).
Natán recibió una «palabra de conocimiento» relacionada con el asunto que hubo entre David y Betsabé. También recibió sabiduría para tratar con el rey. (2 Samuel 12:7-13.)
Fue utilizada para desenmascarar a un hipócrita, a Giezi, el siervo de Eliseo. (2 Reyes 5:20-27.)
Eliseo, por revelación milagrosa, supo dónde estaba emplazado el ejército sirio, salvando así a Israel de la batalla. (2 Reyes ó.8-23.)
El Señor Jesús usó e1 don de la «palabra de conocimiento». Cuando dejó de lado su gloria, aceptó las limitaciones del intelecto humano. Mientras vivió en esta tierra no fue omnisciente -que tiene conocimiento de todas las cosas- pero todo el conocimiento que necesitaba para encarar cualquier situación, lo obtenía del Espíritu Santo de la misma manera que lo obtenemos nosotros por intermedio de el.
Cuando Jesús sana al paralítico, también le perdonó sus pecados. Esto provocó entre los escribas pensamientos aviesos contra Jesús. Jesús supo, por una «palabra de conocimiento» (no por «leer los pensamientos») lo que pensaban en su fuero íntimo, y así se los dijo directamente. (Mateo 9:2-ó.)
Por medio de este don de revelación (no por «clarividencia») Jesús «vio» a Natanael mucho antes de conocerlo, sentado bajo la higuera, y también supo Jesús qué clase de persona era. Vernos entonces que «la palabra de conocimiento» puede revelar las andanzas de un hombre y la naturaleza de su corazón y de sus pensamientos. (Juan 1:47-50.)
Fue utilizado para convencer a la mujer samaritana de su pecado, y de la necesidad de aceptar a Jesús como Mesías. «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho…» (Juan 4:1718, 29.)
Este conocimiento sobrenatural se manifestó permanentemente en los días de la iglesia primitiva.
Fue utilizado para revelar la corrupción en la iglesia: Ananías y Safira. (Hechos 5:3.)
Otro Ananías, un cristiano de otra manera desconocido, supo, por una visión, (no por palabra de conocimiento) de la conversión de Saulo, el nombre de la calle (Derecha), el nombre de la persona en cuya casa se hospedaba (Judas), a quien tenia que buscar (Saulo de Tarso), que estaba haciendo Saulo (orando), su actitud (estaba arrepentido) y sus necesidades (curación y el bautismo con el Espíritu Santo). (Hechos 9:11-12, 17.)
El Espíritu Santo reveló a Pedro, por medio de la «palabra de conocimiento» que tres hombres preguntaban por él a la puerta de su casa en Jope, y no tuvo ni un vestigio de duda de que debía acompañarlos. (Hechos 10:17-23.)
Como un ejemplo del día de hoy, relataremos algo que ocurrió en Spokane, Washington, mientras Rita daba una clase sobre los dones del Espíritu Santo. No se reducían tan solo a estudiar este tema intelectualmente, sino que oraban y esperaban que esos dones se manifestaran. La fe aumentó cuando se escuchaba la Palabra de Dios, y cuando la clase consideraba las Escrituras, aumentó la atmósfera de fe a un punto tal en que lo milagroso podía ocurrir en cualquier momento. Mientras oraban, al finalizar la clase, Rita tuvo una fuerte impresión, una sensación desacostumbrada en su oído derecho. No sabiendo, al comienzo, de dónde venia esa impresión, pidió la protección de Dios. Entonces se le ocurrió lo siguiente: «Tal vez Dios esta tratando de decirme que alguien de este grupo sufre de su oído derecho.» Estando entre amigos, decidió preguntar. Una joven, llamada Fran, respondió de inmediato, y dijo que padecía de una sordera del oído derecho desde hacia veinte años. Últimamente su sordera la molestaba tanto que había orado intensamente a Dios para que la sanara. Rita relata lo siguiente: «Nunca en mi vida se me había revelado de esta manera la «palabra de conocimiento» y supe, sin el mas leve asomo de duda, de que Dios la iba a sanar.» El grupo de oración rodeó a Fran y le impusieron las manos, pero fue innecesaria la oración de intercesión, porque Dios ya reveló lo que iba a hacer; con fe sencilla Rita ordenó al oído de Fran, en el nombre de Jesús, que se curara. Fran contó luego que ella sabia que algo había ocurrido, pero no testificó sobre su curación antes de ser examinada por el medico. Después contó que cuando se oró por ella, sintió un chasquido y recobro el oído. El medico confirmó que su oído había vuelto a la normalidad. Y así ha quedado desde entonces. Este hecho muestra una combinación de tres dones, comenzando con una «palabra de conocimiento», que trajo un don de fe, que a su vez puso en acción el don de sanidades.
Tan maravilloso como es el hecho de que Dios nos había y nos diga lo que va a hacer y que papel vamos a jugar en sus planes (conocimiento), lo es, y de igual importancia, el que él nos muestre cómo ejecutar nuestra tarea (sabiduría). Si una madre explicara a su hijita cuáles son los ingredientes y las proporciones a utilizar para hacer una torta, pero no le diera la sabiduría necesaria para saber cómo mezclar esos ingredientes, el conocimiento no tendría ningún valor. En realidad, el resultado seria desastroso. De todo ello se desprende que corren parejos los dones de conocimiento y de sabiduría; es importante disponer de ambos. El libro do Proverbios nos dice: «La lengua de los sabios adornara sabiduría.» (Proverbios 15:2.)
También tenemos cuatro clases de sabiduría
La sabiduría humana naturales el conocimiento natural aplicado. Por supuesto que este tipo de sabiduría está en permanente aumento, desde el momento en que el conocimiento también lo está. El conocimiento sería inútil de no contar con la sabiduría. De más está decirlo, es sabiduría del hombre. Comparada con la sabiduría de Dios, es pura tontería. También puede ser una piedra de tropiezo, apartado al hombre de Dios. Un día cesará la sabiduría natural del hombre: «Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos.» (1 Corintios 1:19.)
Tanto la sabiduría como el conocimiento sobrenaturales, productos de un mundo caído fueron justamente los recursos que se utilizaron para tentar al primer hombre y a la primera mujer, para desobedecer el mandamiento de Dios. «… un árbol codiciable para alcanzar sabiduría…» leemos en Génesis 3:6. Esta clase de sabiduría fue -y continúa siéndolo- prohibida por Dios. El hombre ya disponía de la sabiduría natural, que era buena, y abrió más puertas para que entrara el conocimiento sobrenatural maligno y su aplicación, la sabiduría perniciosa, que hasta ese momento era patrimonio exclusivo de los ángeles caídos. La astrología es un ejemplo de la sabiduría fraudulenta de hoy en día. (Daniel 2:27-28.)
Sabiduría intelectual verdadera. El libro de Proverbios y la Sabiduría de Salomón, son buenos ejemplos de esto. Se obtiene cuando se respeta al Señor y a la Palabra de Dios (Job 28:28; Proverbios 9:1.0), y también estudiando la Palabra do Dios, que solo puede ser comprendida cuando es revelada por el Espíritu Santo.Para que esto sea posible debemos, en primer lugar, recibir a Cristo que es la Sabiduría de Dios (1 Corintios 1:24), y es importante, como es obvio, haber recibido el bautismo con el Espíritu canto. La Escritura dice: «Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.» (Santiago 1:5.) Pablo oró sin cesar por la iglesia para que fueran «…llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual.» (Colosenses 1:9). Tenemos que pedirle a Dios y creer que nos dará generosamente la sabiduría necesaria para ejecutar de la mejor manera posible la tarea que él nos ha encomendado.
El don sobrenatural de la «palabra de sabiduría» consiste en recibir en forma súbita y milagrosa la sabiduría necesaria para encarar cualquier situación que se presente, o responder a una pregunta dada, o utilizar un aspecto en particular del conocimiento, ya sea natural o sobrenatural. Al igual que la «palabra de conocimiento» no consiste en la puesta en juego de una destreza humana adquirida, sino que es, exclusivamente, un don de Dios. Seria difícil establecer cual de las dos -sabiduría o conocimiento- es más importante. Algo así como tratar de decidir cuál es más importante, si el pintor o la pintura, puesto que si bien es cierto que el artista no puede pintar su cuadro sin contar con los materiales, estos sin la persona que sabe como usarlos, pueden estropear la tela y dar por resultado un mamarracho. De manera que si una persona cuenta con el conocimiento -ya sea natural o sobrenatural- pero no cuenta con la sabiduría para utilizarlo adecuadamente, el resultado final puede ser un daño irreparable.
Veamos algunos ejemplos del don do la «palabra de sabiduría» extractados del Antiguo Testamento:
Cuando José interpretó el sueño del Faraón, no se valió de una sabiduría natural, o de una sabiduría lograda por el estudio y la preparación previa: José recibió una respuesta sobrenatural inmediata. José se encontró de pronto en un aprieto. Con el tiempo apenas necesario para salir de la prisión tuvo que enfrentarse al Faraón e interpretar su sueño. Posteriormente José dio sabios consejos sobre varios asuntos, entre ellos la necesidad de designar a una persona sabia y prudente como administrador general y a funcionarios a las órdenes de aquel, y sobre la forma de almacenar el alimento que serviría para los años de hambre que vendrían. Esto ultimo no fue una «palabra de sabiduría» sino la verdadera sabiduría intelectual que Dios brindó a José, y que este use en numerosas oportunidades. Todo esto llevó al Faraóna referirse a José como un hombre «entendido y sabio» y le dio un cargo ejecutivo, con autoridad sobre toda la administración egipcia, inferior únicamente al Faraón. (Génesis 41.)
Dios habló a Moisés desde una zarza ardiente, encomendándole la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto (conocimiento), y Moisés tuvo que recurrir muchas veces a la palabra de sabiduría cuando en numerosas oportunidades debió enfrentarse a ese pueblo rebelde. (Éxodo 3.)
Dios le dijo a Moisés el conocimiento necesario para proyectar el tabernáculo que habría de construir en el desierto, y le informo que había llamado a Bezaleel, colmándolo de sabiduría y de conocimiento (que no poseía naturalmente) para trabajar el oro, la plata, el bronce, las piedras y la madera, y para encargarse del grueso de la construcción del tabernáculo. (Éxodo 31.)
Una de las grandes historian de «fe», narradas en el Antiguo Testamento resulta ser también un extraordinario ejemplo de los dones espirituales de profecía, sabidurías y conocimiento. El rey Josafat se encontraba acosado por laalianza de tres poderosos enemigos. Sabiendo que no disponía de lo recursos suficientes para defender su reino, puso todo el problema delante de Dios. Todo el pueblo de Judá. «estaba de pie delante de Jehová» esperando la respuesta. Y la respuesta se recibió cuando «sobre Jahaziel… vino el Espíritu de Jehová en medio de la reunión» y Jahaziel empezó a profetizar: «No temáis nios amedrentéis delante de esta multitud tan grande, porque no es vuestra la guerra, sino de Dios». Esto fue «edificación, exhortación y consuelo». Luego siguió la «palabra de conocimiento» al informar Jahaziel al rey y al pueblo, exactamente dónde estaría el enemigo, y dónde lo podrían encontrar. Nuevamente les dio una «palabra de sabiduría» al decirles que no tendrían que pelear, sino quedarse quietos y observar lo que haría Dios. A continuación Dios le dio a Josafat una «palabra de sabiduría» y es para ello que en lugar de salir al encuentro del enemigo al frente de sus guerreros escogidos, envió a hombres a cantar y alabar a Dios, y he aquí, los enemigos cayeron en sus propias emboscadas y se mataron entre ellos. (2 Crónicas 20:12-23.)
Daniel fue un hombre intelectualmente sabio y de amplísimos conocimientos, y por ello fue elegido para enseñar en el palacio del rey. Sin embargo, superior a ello fue la «palabra de sabiduría» que de tanto en tanto le daba Dios, de manera que pudo interpretar (sabiduría) el sumo que Nabucodonosor había soñado y olvidado. Estos secretos fueron revelados a Daniel en «visión de noche». Daniel dijo: «Sea bendito el nombre de Dios por siglos en siglos, porque suyos son el poder y la sabiduría… da la sabiduría a los sabios y laciencia a los entendidos. El revela lo profundo y lo escondido…» (Daniel 2:20-22.) Como consecuencia de ello el rey lo designó gobernador general de Babilonia, con autoridad sobre los demás gobernadores. En el capítulo cuarto leemos que nuevamente Daniel interpreta el sumo do Nabucodonosor, esta vez anunciándole que su reino le sería quitado. Más tarde, bajo el reinado de Belsasar, fue llamado para interpretar la escritura de la pared. Los dones de Dios salvaron en varias oportunidades vida de Daniel y de sus compañeros.
Como el Gran Ejemplo, en todas las cosas, el Señor Jesús exhibió una y otra vez la «palabra de sabiduría» para encarar circunstancias particularmente difíciles. Los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo le preguntaron a Jesús sobre qué autoridad basaba semejantes pretensiones. La respuesta de Jesús, en forma de una pregunta, fue dictada por una «palabra de sabiduría». (Mateo 21:23-27.)
Los fariseos quisieron entrampar a Jesús preguntándole si los hombres debían pagar tributo a Cesar, o no. Jesús respondió con una «palabra de sabiduría»: «Dad, pues, a Cesar lo que es de Cesar, y Dios lo que es de Dios.»
Un abogado fariseo tentó a Jesús, preguntando cuál era, en su opinión, el más grande mandamiento de la ley. Jesús respondió con sabiduría. A continuación les preguntó a los fariseos quién creían ellos que era él, de quién era hijo el Cristo. Ellos le respondieron «de David». La cita de los Salmos con que les contestó Jesús fue tan profunda, que el evangelio de Mateo cuenta que desde ese día nadie osó preguntarle más. (Mateo 22:34-4ó.) Así como Jesústenía una gran sabiduría, contamos con la promesa de que en medio de la persecución Él nos dará «palabra y sabiduría» que nuestros adversarios no podrán desmentir ni rechazar. Estos dones serán más necesarios en los días por venir. El evangelio de Mateo dice: «guardaos de los hombres, porque os entregaran losconcilios… sinagogas… gobernadores y reyes por causa de mí… Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablareis: porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar.» (Mateo 10:17-19.)
Este pasaje nos indica de dónde sacaron Pedro y Juan la sabiduría que aplicaron cuando fueron amenazados por los dirigentes judíos a raíz de haber sanado a un cojo. (Hechos 4:7-21.) Más tarde, al ser arrestados justamente por esa curación, leemos: «Entonces, viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús.» (Hechos 4:13.)
Se dijo de aquellos que disputaban con Esteban – que era un hombre lleno de gracia y de poder- que: «No podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba.» (Hechos 6:8-10.)
Por cierto que el apóstol Pablo no era un hombre entrenado en el arte de la navegación, y sin embargo, cuando se vio envuelto en un naufragio, tomó el mando de la situación a pesar del hecho de viajar como prisionero, rumbo a Roma, y el oficial romano le escuchó con todo respeto. (Hechos 27:21-35.)
Tenemos que rectificar nuestra manera de pensar, y librarnos del viejo hábito de fijarle limitaciones a Dios en nuestras vidas y empezar a vivir con expectativa. En Cristo están escondidos «todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento». (Colosenses 2:3.) Desde el momento en que Cristo vive en nosotros, el hecho formidable es que su sabiduría y conocimiento también están allí, listos para sernos revelados por el avivamiento del Espíritu Santo. Contando con este maravilloso tesoro que es Jesucristo morando en nosotros, podemos estar seguros que el Espíritu Santo sacará de ese tesoro los dones que necesitamos en la medida en que creamos en Dios. Dispongamos del tiempo necesario para agradecerle ahora mismo, porque tanto la sabiduría como el conocimiento divinos se manifestaran en nuestras vidas por mandato de Dios, cuando surja la necesidad. ¡Alabemos a Dios por sus inefables riquezas!
En este estudio de los dones del Espíritu, comenzamos con los dones de la palabra inspirada, porque son los de más fácil observancia, y los que más frecuentemente se manifiestan; a continuación los dones de poder; y en último lugar los dones de revelación. Todos los sucesos sobrenaturales registrados en la Biblia (a excepción de las imitaciones fraudulentas, por supuesto) pueden ser identificados con uno u otro de estos nueve dones del Espíritu, anotados en 1 Corintios 12:7-11.
Hay otras tres listas anotadas en el Nuevo Testamento, denominadas «dones», pero una de ellas, en la carta a los Efesios, es una lista de cargos o ministerios en la iglesia: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. (Efesios 4:8, 11.) Además en el original griego se usa un vocablo distinto: domata en lugar de carismata. Otra «lista» la tenemos en la carta a los Romanos, pero en realidad no se trata de un intento de hacer una lista de los dones, sino más bien una serie de ilustraciones para instruir a los cristianos en la forma de vivir. (Romanos 12:4-21.) Mezcla unos cuantos dones y ministerios con otras funciones, algunas de las cuales según la exposición razonada de Pablo en sus otros escritos, se llamarían «frutos» del Espíritu. En Corintios, capítulo 12 -que es el capítulo donde con toda claridad aparece la lista de los dones- el apóstol cita nuevamente, al finalizar el capítulo, algunos de los dones y ministerios pero lo hace con un propósito ilustrativo.2 Pareciera ajustarse más al esquema general de la Escritura, decir que 1 Corintios 12:7-11 es la lista de los dones, mientras que Efesios 4:11 hace referencia a los ministerios «oficiales» de la iglesia. De igual forma los frutos del Espíritu están anotados en Gálatas 5:22-23, pero en Efesios 5:9 Pablo utiliza el termino en estilo ilustrativo: «El fruto del Espíritu es toda bondad, justicia y verdad.»
Toda persona que ha sido bautizada en el Espíritu Santo puede ejercer cualquiera de los nueve dones espirituales, según sean las necesidades que se presenten, y según lo decida el Espíritu Santo. Conocemos muchos cristianos que en el transcurso de varios años se han valido de los nueve dones del Espíritu. Esto no quiere decir que sean más espirituales que los demás, pero sí que han sido más asequibles y han vivido más a la expectativa.
2 Cualquiera de 1os dones- del Espíritu pueden llegar a ser un ministerio, como ya lo hemos dicho antes, pero los que aparecen al final de esta lista deben ser considerados específicamente como tales.
Nuestro ruego es que este estudio redundara en una mayor comprensión, de tal manera que los dones de poder y de revelación se manifiesten en el cuerpo de Cristo mucho más que en el pasado, y que los dones mas conocidos -los de la palabra inspirada- sean expresados con mayor belleza y edificación en la Iglesia.
Es nuestra opinión que Dios quiere que los dones se manifiesten en forma activa en la vida de la iglesia, para aumentar nuestra propia edificación y gozo, y también demostrarle al mundo que Jesús vive y es real. El Espíritu Santo reparte los dones a cada hombre individualmente, en la forma en que él lo cree oportuno, y el Espíritu Santo desea que vivamos una vida abundante en Cristo.
«Y a aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a élsea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos.»
En Éxodo 28 leemos una descripción de las vestiduras que el sumo sacerdote usaría al oficiar en el tabernáculo para adorar a Dios. El sumo sacerdote tenía una prenda llamada efod. Era azul y orlada con una decoración muy particular:
«Y en sus orlas harás granadas de azul, púrpura y carmesí alrededor, y entre ellas campanillas de oro alrededor. Una campanilla de oro y una granada, otra campanilla de oro y otra granada, en toda la orla alrededor.» (Éxodo 28:33-34.)
Las campanillas de oro pueden considerarse como un símbolo de los dones del Espíritu Santo. A los dones se los ve y se los oye, y son hermosos. Las campanillas tintineaban cuando el sumo sacerdote entraba al lugar santísimo, invisible a los adoradores de afuera, aunque sabían que el estaba orando por ellos. De la misma manera, los dones nos enseñan que Jesús, si bien invisible a nuestros ojos terrenales, vive y oficia por nosotros en el lugar santísimo.
Las granadas representan el fruto del Espíritu. Son dulces en sabor y atractivas en color, y llenas de semillas, lo cual nos recuerda que no solamente son frutas, sino que son fructíferas. Hemos hecho un amplio estudio sobre los dones del Espíritu Santo, las campanillas de oro, y ahora nos resta recordar que los dones del Espíritu Santo están balanceados por el fruto del Espíritu.
Digamos de nuevo que los dones del Espíritu (1 Corintios 12:7-11) son: sabiduría, ciencia, discernimiento de espíritus, fe, milagros, sanidades, profecía, lenguas e interpretación de lenguas; el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23) es: amor, gozo, paz, paciencia,benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza. Los sacerdotes creyentes de hoy, deberían controlar la orla de sus túnicas, es decir, sus vidas, para ver lo que hay allí.
Para que hubiera «una campanilla do oro y una granada, y otra campanilla de oro y otra granada» como dice la Escritura, alrededor de la túnica del sacerdote, tendría que haber un número igual de cada una. Es interesante consignar el hecho de que en la lista precedente, figuran nueve dones y nueve frutos del Espíritu. Para permitir que las campanillas de oro suenen con claridad, armoniosamente, sin entrechocar unas con las otras, debe mediar un fruto entre cada una de ellas. Los dones puestos de manifiesto por vidas desprovistas de frutos, motivados por una auto estimación y sin otro deseo que el de llamar la atención, despertarán tanto entusiasmo como el que pudiera despertar el golpetear sobre unos tachos. Los dones del Espíritu son «irrevocables», es decir, que Dios no los quita porque sean mal utilizados, y es por ello que pueden manifestarse a través de vidas que no son consagradas y a través de personas que le deben una reparación tanto a Dios como a los hombres; pero de cualquier manera tales personas no producen mas que un ruido ensordecedor para los que tienen discernimiento. A esto se refiere el apóstol cuando habla de «metal que resuena» y «címbalo que retine». Nuestras campanas no deberían ser de bronce o de latón, sino de oro puro. Campanas de oro representan vidas que están a tono con el Señor y con los hermanos, y cuyo deseo central es exaltar a Jesucristo, mientras manifiestan los dones.
Es significativo el hecho de que esta figura de campanillas y granadas alternadas se proyecta en el Nuevo Testamento, ya que entre los dos grandes capítulos de los dones, -1 Corintios 12 y 14- se encuentra engarzado el hermoso capítulo 13, referido al amor, fruto central del Espíritu: «Si tengo el don de hablar en lenguas, tanto de hombres como de ángeles, sin haberlas aprendido, pero no tengo amor, soy como ruidosa campana de bronce o címbalo que retiñe. Y si he sido utilizado en el don de profecía y entiendo todos los misterios y toda la ciencia; y haya colmado la medida de la fe, hasta para trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy. Y si todo lo que tengo se lo doy a los pobres y entrego mi cuerpo para ser quemado, pero el amor de Dios no brilla a través mío, nada me aprovecha. El amor es paciente, es bondadoso; el amor no es envidioso; el amor no esta hinchado de orgullo, no se comporta indecorosamente o con desenfreno; no busca su propio interés, no se irrita con facilidad, no abriga malos pensamientos; no se regocija de la injusticia y de la perversidad, sino que se regocija cuando triunfa la justicia y la verdad; el amor es consistente, el amor esta siempre dispuesto a confiar, espera lo mejor, en todas las cosas, todo lo soporta como un buen soldado. El amor nunca termina; las profecías pasaran; las lenguas cesarán; y también la ciencia, un día, dejara de ser. Porque nuestra ciencia es fragmentaria y nuestra profecía limitada. Pero cuando venga lo perfecto, será innecesario lo imperfecto. Cuando fui niño hable como un niño, razone como un niño; pero cuando me hice hombre, abandone mis hábitos infantiles. Ahora miramos en un espejo una imagen borrosa, ¡pero entonces veremos cara a cara! Ahora comprendemos en parte, pero entonces conoceremos plenamente, de la misma manera en que somos conocidos. De modo pues, que permanecen la fe, la esperanza y el amor, estas tres; pero el mayor de ellos es el amor.» El amor es el fruto mas importante del Espíritu; sin el los otros ocho podrían no existir.
Se los denomina «fruto» en singular, y no «frutos» en plural, porque los otros son como los gajos de una naranja contenidas dentro del fruto del amor.
¿A qué amor se refiere este capítulo, que lo describe como más grande que la fe, que es la llave a la Biblia y sin el cual no podemos recibir nada de Dios? De este amor se dice que es más grande que la ciencia (conocimiento), que es un don del Espíritu, y anhelado por los cristianos. ¡Es mayor que el martirio sufrido por confiar en Jesús! Es más importante que dar a los pobres, si bien el dar a los pobres es una buena obra. Este amor es superior al don de la profecía, don del cual dijo Pablo que todos los cristianos deberían desearlo como al más grande de los dones para la edificación de la iglesia. Es mayor que hablar en lenguas desconocidas. Es superior a la esperanza.
Con toda seguridad que aquí se esta hablando de una clase de amor diferente al amor humano, que es inconsistente y limitado. En nuestro idioma hay un solo vocablo para designar al amor, ¡mientras que el idioma griego tiene siete! El Nuevo Testamento hace mención solamente de dos de esos siete vocablos philia, que significa afecto o apego por otra persona, amistad, que es un tipo limitado de amor; yágape que significa el perfecto amor de Dios -amor incondicional -tal como esta expresado en el amor de Dios por el hombre, o el amor fraternal cristiano en su más alta expresión, que nace como resultado de que Dios vive en el hombre.
Una tercera acepción para el vocablo amor en el idioma griego, es eros que significa amor físico o sensual. Tenemos, pues, una trilogía para la palabra «amor»: ágape, del espíritu ; philia, del alma; eros del cuerpo.
El fruto del Espíritu del que estamos hablando en este capítulo, es ágape. Dios manifestó su amor por el hombre a través del nacimiento, de la vida y de la muerte de Jesucristo. «Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos», (Juan 15:13), y aún por sus enemigos. (Romano 5:7-10.) El amor de Dios en el hombre viene como resultado de la salvación. El bautismo en el Espíritu Santo provoca aun una mayor efusión del amor de Dios, en tanto que la persona more en Cristo y camine en el Espíritu. «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.» (Romanos 5:5.) El capítulo 13 de 1 Corintios, cuando habla del amor, se refiere a ágape, amor autosacrificial, amor sin reservas.
Y el amor no es solamente el fruto central del Espíritu, sino un mandamiento de Jesús
«Amarás al Señor tú Dios con todo tú corazón, y con toda tú alma, y con toda la mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De esos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.» (Mateo 22:37-40.)
Jesús también dijo: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros, como yo os he amado…» (Juan 13:34.)
En el Nuevo Testamento también se menciona al amor como una de las cosas que nos «edifican» espiritualmente. “El conocimiento envanece, pero el amor edifica.»
La primera fase del amor es cuando solamente podemos amar a los que antes nos amaron primero. «Nosotros le amamos a é1 (Dios) porque él nos amó primero.» (1 Juan 4:19.) Es un comienzo necesario. Pero no va más allá de ser una mezcla de amor. Con el amor puro viene un olvidarse de sí mismo y un mayor deseo de dar que de recibir. Cuando alcanzamos esta etapa, nos damos cuenta que amamos a Dios no por lo que ha hecho o esta haciendo por nosotros, sino que le amamos por sí mismo. Solamente después de haber hecho contacto con esa celestial fuente de amor, podemos esperar amar a nuestros semejantes. El primero y gran mandamiento, es decir amar a Dios, tiene que producirse antes del segundo, que es amar al prójimo, porque si no se cuenta con el amor de Dios, es imposible que amemos a nuestros semejantes. Dios no hubiera exigido esta condición si fuera algo imposible de cumplir. Algunas personas sostienen que el amar a Dios les lleva todo su tiempo y no les queda ningún resto para ocuparse de otros. Jesús les ordenó a sus discípulos que se amaran los unos a los otros de la misma manera que el los había amado, como una señal para el mundo de que ellos eran sus seguidores. Cuando amamos a nuestros hermanos, amamos a Cristo, porque la Biblia dice que todos formamos el cuerpo do Cristo, carne de su carne y hueso de sus huesos. (Efesios 5:29-30; 1 Corintios 12:27.) Dios recepta nuestro amor en la medida en que amamos a los hermanos en Cristo, como asimismo en nuestra devoción a él en oración y alabanza. A la par que maduramos en amor, también podremos alcanzar y amar a los incrédulos, y aun amar a nuestros enemigos. (Mateo 5:43-48.)
Sin embargo, en un plano terrenal, el amor es imposible sin amarnos a nosotros mismos, tal como lo dice la Escritura: «Ama a tu prójimo como a ti mismo.» Si nos odiamos a nosotros mismos, no podremos amar verdaderamente a Dios, a nuestros hermanos, a los incrédulos, o a nuestros enemigos. Y solamente podremos amarnos a nosotros mismos sabiendo quienes somos en Cristo, y sabiendo que el yo esencial es una nueva criatura en la cual mora Dios. Únicamente por causa de Jesús existe en nosotros algo por lo cual valga la pena amarnos a nosotros mismos. Es un pecado no amarnos a nosotros mismos. ¿Cómo podemos dejar de amar todo lo que Dios ha creado?
Pablo dice al finalizar el capítulo 12: «Procurad, pues, los dones mejores. Mas yo os muestro un camino aun más excelente.» (1 Corintios 12:31.) El camino más excelente no es «en lugar de los dones» sino en lugar de «procurar los dones»: amar de tal manera que los dones fluyan hacia afuera con tanto donaire que semejen a las refrescantes aguas de un rió que vivifican todo a su paso. El ágape nunca falla, dice Pablo; pero la profecía, las lenguas, la ciencia, y los otros dones cesarán de ser cuando Jesús, el perfecto, vuelva a buscar a su iglesia. Los dones han sido establecidos principalmente para la edificación y la protección de la iglesia en la tierra, pero cuando la iglesia este con el Edificador, los dones dejarán de ser necesarios. Pero hoy en día si lo son.
Un joven se enrola en el ejército. Es de esperar que rinda un «fruto» en su vida: valor, resistencia, perseverancia, formalidad, etc. El fruto es de la máxima importancia, y deja una impronta permanente en su carácter. Imaginemos la reacción del joven si fuera enviado al frente de batalla y su superior le dijera:
«Bueno, hijo, cuentas con las cosas más importantes; el fruto se ha desarrollado en tu vida, no necesitas nada más.» El joven, con toda probabilidad, respondería:
«Señor, todo eso me parece muy bien y muy lindo, pero según rumores, hay un enemigo aquí cerca, y las bajas que traen de vuelta confirman esos rumores. Si no lo toma a mal quisiera que me diera armas (dones) para protegerme; ¡estamos en guerra!» Si le dijeran que han decidido prescindir de las armas, porque el ejército no las necesita más, ¡sería muy difícil convencerlo!
Efectivamente hay una guerra en marcha; y durante todo el tiempo que vivamos en este mundo caído, necesitaremos los dones. Los dones todavía no han pasado; más aun, la Escritura señala que antes que Jesús vuelva a buscar a su iglesia, habrá un avivamiento aun mayor del Espíritu Santo, para combatir el incremento de la obra del enemigo, y como es obvio, los dones estarán incluidos en ese avivamiento. (Joel 2:23-24, 28-31; Hageo 2:9.) Y en un día glorioso, cuando la batalla haya concluido con la victoria, los dones dejarán de ser necesarios.
También pasarán la fe y la esperanza, tal cual las conocemos en este mundo. «La esperanza que se ve no es esperanza… pero si esperamos lo que no vemos con paciencia lo aguardamos.» (Romanos 8:2425.) «Es, pues, la fe, la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.» (Hebreos 11:1.) Viendo la evidencia de nuestra fe, nos introducirá a una forma de relación de fe distinta a la que ahora conocemos. Cuando veamos a nuestro Señor cara a cara, todas estas cosas pasarán, tal como lo asegura la Escritura. Lo único que tendrá permanencia eterna será el amor -ágape- porque «Dios es amor».
Hemos procurado demostrar que debe haber un equilibrio y una acción recíproca entre los dones y el fruto del Espíritu Santo. Los dones -las campanillas de oro- deben tintinear para proclamar al mundo que nuestro sumo sacerdote vive por siempre jamás, y sigue firme en su obra redentora, sanando al mundo por medio del ministerio de su pueblo. El fruto tiene que verse, para mostrar a la gente como es Jesús, y como los ama. El mundo tiene que ver el amor de Dios actuando en su pueblo.
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