Capítulo 2 – El desbordamiento – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Capítulo 2 – El desbordamiento – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Si hemos recibido a Jesús como nuestro Salvador en la forma descrita en el capitulo anterior, se habrá cumplido su promesa y desde ese instante Dios vive en nosotros. Por medio del Espíritu Santo se ha unido a nuestro espíritu, la parte más recóndita de nuestro ser, esta vivo, y no solamente vivo sino que esta lleno del maravilloso gozo, y del amor y de la paz y de la gloria de Dios mismo.
«Si alguno esta en Cristo» dice el apóstol Pablo, «nueva criatura es.» (2 Corintios 5:17.) También, al hablar de los cristianos, dice que están sentados en lugares celestiales con Cristo. (Efesios 2:6.)
Al llegar a este punto puede ocurrirnos lo que a muchos:
«Bueno, en realidad soy distinto. Algo sucedió cuan­do invite a Jesús a entrar en mi corazón, y por un tiempo tuve esa honda sensación de amor y de gozo de que me están hablando. Quise hacer participes a todos de mi experiencia. Pero estoy perdiendo ese primer entusiasmo. La vida ya no es tan diferente. Me doy cuenta todavía que las cosas han cambiado en el fondo de mi ser, pero la mayor parte del tiempo me siento igual que antes. Por las mañanas, cuan­do me aparto para orar, siento a veces la presencia de Dios, pero durante el día lo pierdo de vista, por así decirlo!”
¿Por que ocurre esto? No es difícil comprenderlo si recordamos y tomamos en serio lo que dijimos en el capitulo anterior. En realidad, muchos proble­mas muy difíciles en la experiencia cristiana, se en­tienden fácilmente si aceptamos lo que la Biblia nos dice sobre la naturaleza del hombre como un ser tri­partito: espíritu, alma y cuerpo. (1 Tesalonicenses 5:23.) Si todavía pensamos en términos de un doble aspecto -alma y cuerpo- inevitablemente confundi­remos nuestras reacciones psicológicas con nuestra vida espiritual. Muchos excelentes maestros de la Biblia en el día de hoy, bajo la presión de la psicológica, identifican el espíritu del hom­bre con la «mente inconsciente» o con la «psiquis profunda», simplemente porque no toman en serio la forma apropiada en que la Biblia hace la distinción entre el alma y el espíritu. (Hebreos 4:12.) Pero si hacemos esta distinción no solamente podremos apre­ciar lo que sucede en el bautismo en el Espíritu Santo, sino que podremos dar razón de otras cosas que nos han mantenido perplejos en nuestra vida cristiana.
En ocasión de recibir a Jesús como nuestro Salva­dor, nuestro espíritu cobro vida, comenzó a hacer valer sus derechos en esta nueva vida y a ocupar el lugar que le correspondía como cabeza de nuestra alma -esa porción psicológica de nuestro ser (inte­lecto, voluntad y emociones)- y de nuestro cuerpo, esa porción psíquica. Sin embargo, nuestro cuerpo y nuestra alma estaban acostumbrados a ser dirigentes y a veces no pasa mucho tiempo antes de que ambos dominen otra vez nuestra nueva vida en el espíritu, y reasuman el comando. Cuando oramos por la ma­ñana, las interferencias de nuestra alma y de nuestro cuerpo alcanzan su mas bajo nivel; nuestro espíritu tiene la oportunidad de hacernos saber que esta pre­sente; y en este, como en otros momentos, vislum­bramos, en lo mas profundo de nuestro ser, que la nueva vida es un hecho real y concreto. Pero no bien recomienza el fragor de la existencia, automáticamente depositamos nuestra confianza en el alma y en el cuerpo en lugar de hacerlo en el espíritu. Estuvimos tan acostumbrados a vivir de acuerdo a nuestros pen­samientos, sentimientos y deseos -de acuerdo a nuestra alma, nuestro ser psicológico- y a las de­mandas de nuestro cuerpo, que bien pronto dejamos de oír la voz – del espíritu recién nacido, escondido en lo mas hondo de nuestro ser. Pareciera que es ne­cesario que algo le ocurra a nuestra alma y a nuestro’ cuerpo antes de que nuestro espíritu pueda ejercer un control mas firme y decidido.
Este «algo» que debe suceder es que el espíritu Santo que vive en nuestro espíritu, necesita desbor­dar para llenar nuestra alma y nuestro cuerpo. La Escritura describe todo esto de diversas formas. Así como la experiencia de aceptar a Jesús es relatada en la Biblia de diferentes maneras, así también se recurre a variadas descripciones de la experiencia que e sigue: «bautismo en (o con)1e1 espíritu Santo», «recibir el espíritu Santo», «Pentecostés», «recibir el poder», el espíritu Santo «vino sobre» o «se derramó sobre» una persona. “Fue lleno del Espíritu Santo. Son todas expresiones que tra­ducen una misma verdad, vista desde diferentes ángulos.
 De cualquier manera, creemos estar pisando sobre un terreno bíblico firme cuando utilizamos la expresión «bautismo en el espíritu Santo» ya que una impre­sionante cantidad de personajes bíblicos la usaron: Dios el Padre (Juan 1:33), Dios el Hijo (Hechos 1:5) y Dios el espíritu Santo, que es, por supuesto, el inspirador de las Escrituras donde se hallan estas ex presiones; también figura Juan el Bautista (Mateo 3:11; Marcos 1:8; Lucas 1:33), los cuatro evangelis­tas, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, en los evangelios citados, y el apóstol Pedro (Hechos 11:16). Si leemos cuidadosamente estas referencias, y las comparamos unas con otras, constataremos que en ningún caso se refieren a la salvación sino a una segunda expe­riencia.
1 La preposición griega utilizada en  utilizada en esta frase, puede traducirse “en” o “con”.
Esto es lo que en la Escritura se llama «el bautis­mo en el espíritu Santo», porque se trata, efectiva­mente, de un bautismo, significando con ello un ver­dadero empapamiento, un desbordamiento, una saturación de nuestra alma y cuerpo con el espíritu Santo. Cuando la Biblia habla de Jesús «bautizando» en el espíritu Santo, de inmediato visualizamos algo externo, alguien a quien se introduce dentro de algo. Sin embargo, en griego la palabra bautizar significa«cubrir totalmente» -se utiliza en el griego clásico para referirse a un barco que hizo agua y se hundió modo que no hace realmente a la cuestión si Jesús nos sumerge en el espíritu Santo en el sentido ex-, terno de la palabra; o si nos inunda desde afuera; o si Jesús induce al espíritu Santo a desbordarse des­de donde mora dentro de nosotros para cubrir nues­tras almas y nuestros cuerpos. Probablemente sean ciertas ambas imágenes. El «viene sobre nosotros» tanto desde adentro como desde afuera, pero es im­portante recordar que el espíritu Santo esta viviendo en nosotros y por lo tanto es desde adentro de donde e1 puede inundar nuestra, alma y nuestro cuerpo. Jesús dice:
«El que cree en mi… ríos de agua viva correrán de su interior (el Espíritu Santo)» 2 (Juan 7:38), y la Biblia Amplificada dice: «Desde lo mas recóndito de su ser correrán …» Cuando recibimos a Jesús como Salvador, entra el espíritu Santo, pero a medida que perseveramos ‘ en confiar y en creer en Jesús, el espíritu Santo que habita en nosotros puede fluir co­piosamente para inundar, o bautizar, nuestra alma y cuerpo y vivificar el mundo en derredor.
Por ello es que una y otra vez en la Escritura, la primera evidencia normativa que aparece de esta ex­periencia pentecostal es una efusión:
«Y fueron todos llenos del espíritu Santo, y co­menzaron a hablar en otras lenguas…» (Hechos 2:4.)Algunos están perplejos por la expresión «recibir el Espíritu Santo». Un cristiano puede formularse la siguiente pregunta: «¿Como puedo recibir el Espíritu Santo si ya esta viviendo dentro de mi?» Esta expresión puede entenderse fácilmente si recordamos que estamos refiriéndonos a una Persona, no a una cosa’ o a una parte de algo. Hay quienes hablan del Espíritu Santo de una manera cuantitativa, como si pudiéramos recibir una porción del Espíritu Santo en el momen­to de la salvación, y otra porción en una fecha pos­terior. Pero si el Espíritu Santo es una Persona, como que lo es, entonces o esta en nosotros o no lo esta.
Todos sabemos lo que significa «recibir» a una persona. Imaginemos por un momento el hogar de la familia Brown. Son las 5:40 horas de la tarde, y el señor Brown acaba de llegar del trabajo y se esta duchando antes de la hora de cenar. La señora Brown esta dando los toques finales a una comida especial­mente preparada, porque los Brown han invitado a la familia Jones a cenar. La invitación ha sido fijada para las 6 de la tarde, pero 15 minutos antes sonó el timbre de la puerta de calle. La señora de Brown se aturde un poco, porque todavía no ha terminado de hacer la salsa; tiene restos de harina en la nariz ¡y su cabello esta desgreñado!
-¡Susie!- le grita a su hija -por favor atiende a los Jones; muéstrales el diario de la tarde o habla con ellos  ¡todavía no estoy lista!
Y para colmo, en ese preciso instante suena el teléfono en la cocina, y la señora de Brown contesta
-¡Hola! ¿Maria?- pregunta la voz por el teléfono-. Soy Helen. ¿Está la familia Dones en tu casa?
-Si- respondió la señora de Brown -aquí están.
-¿Y como están? pregunto Helen.
-Bueno, en realidad no lo se -dijo la señora de Brown armándose de paciencia-. No los he reci­bido todavía. No he terminado de preparar las cosas en la cocina.
-Te conviene apurarte y recibiros- dijo Helen-. Resulta que ¡yo se que tienen muy buenas noticias para ustedes y que les han llevado algunos hermo­sos regalos!
La señora de Brown cuelga el auricular, termina rápidamente lo que estaba haciendo, se arregla el cabello, se da unos toques de polvo en la cara y en­tonces, en compañía de su marido, recibe a sus ami­gos, escucha las noticias que tienen para ellos, y aceptan los regalos que han traído, La Persona del Espíritu Santo ha estado viviendo en nuestra «casa» desde el momento de nuestro nuevo nacimiento, pero ahora reconocemos su presencia y recibimos sus dones.
Resumiendo, digamos que la primera experiencia de la vida cristiana, es la llegada del Espíritu Santo, por medio de Jesucristo, para darnos nueva vida, la vida de Dios, la vida, eterna. La segunda experiencia es cuando recibimos o damos la bienvenida al Espíritu Santo, con lo cual Jesús lo induce a que haga posible que exterioricemos esta nueva vida de nuestros espíritus, a que bautice nuestras almas y nuestros cuerpos, y luego el mundo, que nos rodea, con su poder refrescante y renovador. «Ríos de agua viva corre­rán de su vientre!» La palabra utilizada aquí es koilia, que se refiere literalmente al cuerpo físico, sig­nificando con ello que es por medio del cuerpo físico -y sus palabras y acciones- que entramos en con­tacto con el medio ambiente y con la gente que nos rodea. El mundo no recibirá ninguna ayuda ni acep­tara ningún desafió mientras no escuche ni experi­mente la vida de Jesús que brota de nosotros.
Imaginemos un canal de irrigación en el sur de California u otra región cualquiera habitualmente árida la mayor parte del año. El canal esta seco como también lo están los campos aledaños. La vegetación esta seca y muerta. De pronto se abren las compuertas del dique y el canal se Elena de agua.
¡Antes que nada, es el canal mismo el que se siente renovado! La fresca corriente arrastra el detritus y apaga el polvo. A continuación el pasto crece y las flores se abren a lo largo de sus márgenes, mientras los árboles a cada lado del canal cobran frescura y verdor. Pero no termina ahí la cosa; a lo largo del canal los gran­jeros abren las compuertas y el agua bienhechora se derrama por los campos haciendo que «el desierto flo­rezca como la rosa».
Así ocurre con nosotros. El depósito, el pozo, esta en nosotros cuando nos hacemos cristianos. Entonces, cuando permitimos que el agua de vida del Espíritu que esta depositada en nosotros fluya hacia nuestras almas y cuerpos, somos nosotros los primeros en recibir sus efectos vivificantes. De una manera no­vedosa, nuestras mentes toman conciencia de la reali­dad de Dios. Comenzamos a pensar en él, aun a soñar con el, con mas frecuencia y regocijo que antes. Nues­tras emociones reaccionan adecuadamente y empe­zamos a sentirnos felices en el. También responde nuestra voluntad y queremos hacer lo que el quiere que hagamos. De la misma manera responden nuestros cuerpos, no solamente con una sensación de bienestar, sino con renovadas fuerzas, salud y juventud. Luego el agua de vida fluye hacia otros, que comprueban lo que puede el poder y el amor de Jesús en su pueblo. Ahora esta en condición de utilizarnos para vivificar el mundo que nos rodea. 

Capítulo 2 – El desbordamiento – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Capitulo 3 ¿Qué dicen las Escrituras? – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Esto es lo más importante de todo. De nada vale la habilidad que tengamos para exponer nuestras teorías: si no concuerdan con las Escrituras, son inacep­tables. ¿De que manera actuó el Espíritu Santo entre los primeros cristianos del Nuevo Testamento?
En primer lugar hablemos de Jesús. Si alguien hubo en quien habito el Espíritu Santo, ese alguien fue Jesús. Fue concebido por el Espíritu Santo, es decir, que su nacimiento físico se produjo por la acción directa del Espíritu Santo. Fue la encarnación de la Palabra de Dios. Por la acción del Espíritu Santo, el Unigénito Hijo de Dios, el Verbo Creador, quien fue desde la eternidad con el Padre, por quien fueron creados los mundos, tomo sobre si mismo for­ma humana en alma y cuerpo. Una vez hecho esto, sin embargo, dejo de lado su poder, es decir, que provisoriamente acepto las limitaciones de su natura­leza humana (Filipenses 2:7-8). 1 Su cuerpo humano, si bien perfecto era verdaderamente humano, con todas las limitaciones de un cuerpo humano. Su alma, su ser psicológico, si bien perfecto, también estaba sujeto a limitaciones. La Biblia nos dice que «Y Jesús crecía (en su alma) y en estatura (en su cuerpo) y en gracia para con Dios y los hombres». (Lucas 2:52.) Se sometió al proceso del crecimiento y del desarrollo como cualquier niño humano. Lo que en realidad sabe­mos, a través de las Escrituras, es que Jesús vivió en Nazaret hasta alcanzar la edad de 30 anos y nadie tenia la menor idea de que el era Dios encarnado. Aun su propia madre, Maria, no tenía más que una leve sospecha. ¿Como sabemos esto? Porque cuando Jesús comenzó su ministerio su madre estaba mara­villada y preocupada por el; ni siquiera sus hermanos y hermanas creían en el. Los habitantes de la aldea donde se crió, dijeron: ¿Quien se cree que es? Nos­otros le conocemos; ¡es el hijo del carpintero!» Es­taban tan indignados que trataron de matarlo (Mateo 13:54-58; Lucas 4:16-30).
¿Que paso con Jesús en el lapso transcurrido desde que vivió en la aldea de Nazaret trabajando como carpintero (probablemente también como albañil y herrero) y el momento en que súbitamente abandono la aldea y comenzó a proclamar: «; El reino de los cielos se ha acercado!» y a curar enfermos, y echar fuera demonios, y, aun a resucitar a los muertos, como prueba de su pretensión de ser el Mesías Rey de Dios? La respuesta es bien fácil: «Recibió el poder del Espíritu Santo.» Desde el comienzo nació del Espí­ritu Santo, pero cuando comenzó su ministerio a la edad de 30 anos, el Espíritu Santo se manifestó en el de una nueva manera. Leemos en los cuatro evange­lios de como Juan el Bautista vio al Espíritu Santo descender y posarse sobre Jesús. Jesús era, desde la eternidad, el Unigénito Hijo de Dios, mucho antes de que la multitud a orillas del Jordán oyera la voz de Dios hablándole desde el cielo y reconociéndole como Hijo. De la misma manera el Espíritu Santo estaba en Jesús desde el comienzo de su vida terre­nal, mucho antes que Juan el Bautista lo viera posarse sobre el en forma de paloma. No obstante, y  en esta línea de pensamiento, el Espíritu comenzó a manifes­tarse, por medio de Jesús, con un nuevo poder. Co­menzó su ministerio. El Espíritu le llevo al desierto para ser tentado del diablo, y luego de su victoria, leemos: «Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor.» (Lucas 4:14.) ¿Por que se demoro hasta este momento la plena manifestación del Espíritu San­to?
Una de las razones es que de esa manera Jesús podía vivir una vida normal en Nazaret sin ser de­tectado como una Persona especial. El Padre mantuvo a su Hijo oculto, por así decirlo, hasta el momento apropiado para revelarlo ante el mundo. Pareciera que el mismo diablo se vio engañado por esto. Satanás lo enfrento recién después que Jesús fuera revelado en la plena potencia del Espíritu.Pudiéramos ver en el intento de Herodes de matar a Jesús en su infancia, un esfuerzo de parte de Satanás de librarse del Hijo de Dios, pero mas bien pareciera que el príncipe de la oscuridad no se percato de la existencia de Jesús hasta que fue bautizado en el Espíritu Santo.
Otra razón que explicaría esa demora seria la de que Jesús podría así mostrarnos, por su ejemplo, lo que habría de ocurrirnos a nosotros. El bautizante en el Espíritu Santo fue, a su vez, bautizado por el Espíritu Santo.
El Padre le dijo a Juan el Bautista, que aquel so­bre quien viere descender el Espíritu y que reposara sobre el, habría de ser el que bautizaría con Espíritu Santo. (Juan 1:33.) Bien podría ser que esta fuera la razón por la cual Juan le dijo a Jesús: «Yo ne­cesito ser bautizado por ti, ¿y tu vienes a mi?» (Ma­teo 3:14.) Si bien es cierto que eso lo dijo Juan antes de que efectivamente el Espíritu descendiera sobre Jesús, es posible que Juan hubiera percibido profé­ticamente que Jesús iba a ser el bautizante en el Espíritu Santo.
Parece que fue practica universal en la iglesia pri­mitiva, el bautismo con agua en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, o en el nombre de Jesús -ambas formulas son utilizadas en el Nuevo Testa­mento- como el «signo exterior visible» de la «gra­cia interior del Espíritu», de la salvación y de la nueva vida en Cristo. Partimos de la base de que quienes lean este libro y acepten a Cristo, recibirán o habrán recibido el bautismo por agua a la manera de cada congregación cristiana a la cual pertenezcan, y de acuerdo y en concordancia con la comprensión de lo que las Escrituras enseñan al respecto. Pero notemos, sin embargo, que el bautismo con agua es el signo exterior de un bautismo que nos introduce en Jesús (salvación) (1 Corintios 12:12), pero no el bautismo por Cristo que nos bautiza en el Espíritu Santo (Pentecostés) (Lucas 3:16). Probablemente sea esta la razón por la cual Jesús mismo nunca bautizo a nadie con agua, durante su ministerio en la tierra, si bien habrá instruido a sus discípulos en ese sen­tido, antes de su crucifixión. Juan 4:1 dice: «Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza mas discípulos que Juan, (aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), salio de Judea, y se fue otra vez a Galilea.» Tal vez Jesús se abstuvo de bautizar el mismo con agua, para dejar claramente sentado que el tenia otro bautismo que hacer: que el habría de bautizar «en Espíritu Santo«.
No hay duda que una de las razones por las cuales los conversos de Juan siguieron a Jesús es que ellos habían oído que Jesús tenía otro bautismo para dar­les. Por la forma en que Juan había hablado, los discípulos imaginaban que habría de ser una expe­riencia maravillosa, y que esta experiencia seria tan clara y positiva como había sido su bautismo por agua. Probablemente esperaban que sucediera en cual­quier momento, pero esperaron en vano. Ellos siguie­ron a Jesús viéndole hacer milagros, sanando a los enfermos; luego fue crucificado, y resucito de entre los muertos; y hasta ese momento ¡ninguno había sido bautizado con el Espíritu Santo!
Después que Jesús murió y resucito, apareció a sus discípulos la misma noche del día en que resucito, y los invistió de la nueva vida en el Espíritu de lo cual hablamos en el capitulo primero. (Juan 20:22.) El Espíritu Santo vino a vivir en ellos, dando vida a sus espíritus: «nacieron de nuevo del Espíritu», de la misma manera que lo hemos sido nosotros si he­mos aceptado a Jesús como Salvador. Este nuevo na­cimiento para nosotros, corresponde al hecho de que Jesús fue «concebido por el Espíritu Santo», por lo cual nuestros espíritus nacen de nuevo del Espíritu Santo. Pero Jesús aun no había ascendido para ocu­par su lugar «en lo alto» con su Padre, por lo que no podía derramar el Espíritu Santo «sobre toda car­ne», pero podía -y así lo hizo-, otorgarlo indivi­dualmente para que morara en unos cuantos, que eran sus primeros escogidos.
Les dijo que habría para ellos una nueva expe­riencia y que se mantuvieran a la expectativa. Sus palabras finales, antes de la ascensión, fueron para recordarles esto.
Si tuviéramos la oportunidad de decir algunas pa­labras finales a nuestros amigos y familiares antes de separarnos de ellos por un largo lapso ¡no cabe duda que escogeríamos cuidadosamente esas palabras! Jesús las eligió bien. Hasta ese momento su mensaje mas importante habla sido: «debes nacer otra vez.» Pero ahora que sus seguidores ya habían recibido el nuevo nacimiento les dio la segunda instrucción importantísima: «¡Esperen hasta recibir el poder!» (Lucas 24:49.)
Jesús les dijo: «Juanciertamente bautizo con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.» (Hechos 1:5.) El cre­yente sigue el modelo que Jesús ha diseñado. El nuevo nacimiento en el Espíritu corresponde a lo que en Jesús significo ser concebido por el Espíritu Santo. El creyente es bautizado con agua, de la misma ma­nera que lo fue Jesús. Después de esto, dijo Jesús, debemos esperar el bautismo en el Espíritu Santo, recibiendo el poder del Espíritu, tal cual lo recibió e1.
De manera que estos 120 seguidores de Jesús, que habían nacido de nuevo, esperaron, según el les ordeno. Alababan a Dios, oraban, iban al templo ¡hasta tuvieron una asamblea y una elección! (Hechos 1:15­26.) No leemos, sin embargo, que hablaran a nadie sobre Jesús. El poder para hacerlo con efectividad lo recibirán en el día de Pentecostés.
Jesús les había dicho: «Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo ultimo de la tierra.» (Hechos 1:8.) Un «testigo» es una persona que no solamente ve que sucede algo, sino que esta dispuesta a declarar que vio cuando tal cosa ocurrió.
Diez días después de, que Jesús los dejo para vol­ver a su Padre, el día de la fiesta de Pentecostés, la fiesta de las primicias, vino el poder, con el estruen­do de «un viento recio» con llamas como de fuego y los discípulos «fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, seguir el Espíritu les daba que hablasen». (Hechos 2:4.) E­s importante recordar el hecho de que el Espíritu Santo ya habitaba en ellos desde que Jesús los invistió de la nueva vida en el Espíritu en la noche de la resurrección. Esta nueva vida era el Espíritu Santo unido a sus espíritus. «El que se une al Señor, un espíritu es con el», (1 Corintios 6:17) dice Pablo, y también dice que: «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de el.» (Romanos 8:9.) Ahora, en la fiesta de Pentecostés, el Padre, por medio del Señor Jesús, ya ascendido y sentado a su mano derecha, derramo el Espíritu Santo desde «lo alto» sobre toda carne; es decir, que el nuevo nacimiento, la nueva vida en Cristo, esta ahora a disposición de todos los que le invoquen. Ha venido el Espíritu Santo. Dios se ha hecho asequible al hombre de una nueva ma­nera. «¡El reino de los cielos se ha acercado!» Pero al par que el Espíritu Santo fue derramado sobre toda la raza humana, también se agito dentro de esos primeros seguidores -había morado en ellos desde que Jesús los invistió especialmente en la noche después de la resurrección- y comenzó a fluir de ellos
 No hay duda alguna que hay cristianos que si bien alegan no haber tenido una «experiencia como en el pentecostés primitivol», testifican con éxito; ¡pero cuanto mas eficaces serian de haber recibido la plena eman­cipación del Espíritu! La evidencia mas característica del reavi­vamiento de Pentecostés es el tremendo aumento en el testimonio cristiano, que ha resultado en una renovación espiritual en todo el mundo y que desde hace casi cien años va en progresivo aumento.
En formidables manifestaciones de poder. Los anona­dó -eso es lo que quiere decir la Escritura cuando expresa que «cayo sobre ellos» o «vino sobre ellos «­bautizando sus almas y cuerpos en el poder y en la gloria que ya moraba en sus espíritus. Esta segunda experiencia, el derramamiento del Espíritu Santo, también les ocurrió a otros que recibieron a Jesús, pero nuevamente aquí los primeros beneficiarios fue­ron los 120 seguidores escogidos. Los hizo desbordar en el mundo en derredor, inspirándolos para que ala­baran y glorificaran a Dios, no solamente en sus propias lenguas sino en otros lenguajes, y al hacerlo domeño sus lenguas para su servicio, libero sus espíritus, renovó sus mentes, vivifico sus cuerpos, y les dio poder para testificar. La multitud que se junto quedo atónita ante el sonido emitido por estos gali­leos que hablaban y alababan a Dios en el idioma de lejanos países. Los que escucharon no eran extran­jeros sino judíos piadosos de todas las naciones. (Hechos 2:5.) Habían venido a su tierra para el día de la gran fiesta. Miraban asombrados como esta gente humilde alababa a Dios en idiomas que bien sabían ellos que eran incapaces de haber aprendido, lengua­jes de países donde se habían criado los que escucha­ban, y otras lenguas que no reconocían, «lenguas hu­manas y angélicas». (1 Corintios 13:1.)
Algunos se burlaban, diciendo: «! Están borrachos, eso es todo! Pero Pedro respondió: «¡No, no están borrachos! Después de todo, ¡son apenas las nueve de la mañana! Pero esto es lo dicho por el profeta Joel: … en los postreros días, dice Dios, derrama­re de mi Espíritu sobre toda carne.» (Hechos 2:13­17.) Tan convincentes fueron las señales, que tres mil de esos «hombres devotos» aceptaron a Jesús co­mo al Mesías, se arrepintieron de sus pecados, fueron bautizados, y recibieron asimismo, ese día, el don del Espíritu Santo.
Es raro el hecho de que aun notables eruditos de la Biblia digan que: «Pentecostés sucedió solo una vez», cuando con toda claridad el Nuevo Testamento relata varios «pentecosteses«. El próximo tuvo lugar en Sa­maria. Los samaritanos formaban el remanente de los israelitas del Reino del Norte. Ellos y los judíos, el pueblo del Reino de Judea del Sur, estaban en per­manente disputa. Se odiaban a muerte. En Hechos 8 leemos de como Felipe -no el apóstol, sino uno de los siete nominados para ayudar a los apóstoles (He­chos 6:1-6) fue a Samaria y les hablo de Jesús a los samaritanos. Era un territorio difícil, pero los samaritanos escucharon a Felipe, a pesar de ser judío y proclamar un Mesías judío, porque le vieron hacer las obras de poder que Jesús hizo, y le oyeron hablar con autoridad, tal como hab1ó Jesús. El Espíritu San­to en Felipe impresiono a los samaritanos con la verdad y la realidad de lo que estaba diciendo, y aceptaron a Jesús, nacieron de nuevo del Espíritu y fueron bautizados con agua. (Hechos 8:5-12.)
Cuando los apóstoles en Jerusalén oyeron de esta puerta abierta en Samaria, enviaron a Pedro y a Juan para ver que es lo que estaba sucediendo. No bien llegaron los dos notaron que algo faltaba. El Espíritu Santo no estaba «cayendo» sobre los nue­vos creyentes. Pedro y Juan no dudaron que los sama­ritanos habían nacido de nuevo del Espíritu, pero estaban preocupados por el hecho de que el Espíritu no hubiera «descendido» sobre ellos;  por lo tanto «les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo». (Hechos 8:1-17.) Observemos que Pedro y Juan es­peraban que el Espíritu Santo ya hubiera «descendi­do» sobre los conversos samaritanos. Lo cierto es que esta es la primera vez que se menciona la imposición de manos para recibir el primer llenamiento del Espíritu Santo o el Bautismo en el Espíritu Santo. Nada se nos dice de imposición de manos para los 3.000 converti­dos en Pentecostés, ni por supuesto, a los 120 prime­ros. Tampoco dice nada mas adelante el mismo ca­pitulo de imposición de manos al eunuco etiope. (Hechos 8:27-40.) Hemos de presumir que muchas veces el derramamiento o bautismo del Espíritu Santo seguía espontáneamente a la salvación, como ocurrió más tarde con Cornelio, en Cesárea de Filipo. (Hechos 10:44.) Pero en este caso Pedro y Juan consideraron que era necesaria una imposición de manos para ani­mar a los samaritanos a recibir el Espíritu Santo. El Espíritu Santo moraba en estos conversos sama­ritanos. Estaba listo para inundar sus almas y cuerpos, a bautizar, a rebasar, pero ellos tenían que res­ponder, que recibir. No bien lo hicieron, el Espíritu Santo comenzó a exteriorizarse desde ellos como ocu­rrió con los primeros creyentes en el día de Pentecostés. Sin duda alguna exhibieron las mismas seña­les, hablando en nuevas lenguas y glorificando a Dios. No lo dice así específicamente la Escritura, pero la mayoría de los comentaristas concuerdan que eso es lo que ocurrió.
«Les impusieron las manos para significar con ello que sus oraciones habían sido contestadas y que les había sido conferido el don del Espíritu Santo; y en base al use de esta sepan, recibieron el Espíritu Santo y hablaron en lenguas.»
Un observador, por lo menos, quedo hondamente impresionado: Simón;  el hechicero, que había enga­ñado a los habitantes de Samaria por muchos años con su magia negra. Corrió a Pedro, con oro en sus manos y dijo:
“Yo los haré ricos si me dicen como hacen estas cosas. ¡Denme ese poder para que a cualquiera a quien yo le imponga las manos reciba este Espíritu Santo!» (Hechos 8:18-24.) Pedro, por supuesto, le correspondió a Simón con toda firmeza que el don de Dios no se podía comprar con dinero, pero aún queda en pie la pregunta: ¿Que fue lo que vio Simón? Seguramente que hablaban en lenguas, y alababan a Dios de una manera diferente de la que hacía pocos minutos antes.
Recordemos que cuando Pablo recibió el Espíritu Santo, si bien se le impusieron las manos, fueron las manos de un desconocido de quien la Escritura sola­mente dice que: «Había entonces un discípulo… llamado Ananías…» (Hechos 9:10.) A pesar de que la Escritura no registra, con respecto a este hecho, que Pablo hablara en lenguas, sabemos que lo hacia según 1 Corintios 14:18: «Doy gracias a Dios que hablo en lenguas mas que todos vosotros.»
El próximo «Pentecostés» relatado en los Hechos de los Apóstoles, tuvo lugar en la localidad de Cesá­rea de Filipo, que era un centro de las tropas de ocupación romanas. En este lugar, un devoto oficial romano, de nombre Cornelio, que creía en Dios de todo su corazón, recibió la visita de un ángel que le indico pidiera a Pedro -que a la sazón estaba en Jope, la ultra judía comunidad de la costa- que vi­niera para decirle lo que tenia que hacer. (Hechos 10:6.)
Pedro, naturalmente, hubiera deseado no tener que ir y hablarles de Jesús y del bautismo del Espíritu Santo a los soldados romanos. Hasta ese momento se creía que el nuevo nacimiento y el bautismo en el Espíritu Santo eran patrimonio exclusivo de los creyentes judíos. Si un gentil, es decir un no-judío, quería recibir a Cristo y al Espíritu Santo, previa­mente tenía que hacerse judío, y someterse a todos los complicados requerimientos de la ley judía. Sin embargo, el Espíritu Santo hizo ver con toda claridad a Pedro, por medio de una serie de visiones y de instrucciones directas, que tenía que ir con los roma­nos cuando lo invitaran, y así lo hizo. (Hechos 10:2­23.) Ante el gran asombro de Pedro, cuando llegó a la casa de Cornelio y comenzó a hablarles de Jesús a los romanos allí reunidos, respondieron de inme­diato. Lo primero que Pedro y sus compañeros que le habían acompañado vieron y oyeron fue que estos romanos, llenos de jubilo; ¡hablaban en lenguas y mag­nificaban a Dios! (Hechos 10: 24-48.) Habían abierto sus corazones a Jesús, quien les dio nueva vida en el Espíritu, y de inmediato permitieron que esa nueva vida los llenara y rebosara. Pedro y sus amigos no salían de su asombro, pero reconocieron de inmediato que Dios «estaba derramando el don del Espíritu San­to sobre los gentiles», primero en ocasión de la salva­ción y luego en el bautismo en el Espíritu Santo. Por ello es que Pedro dijo: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nos­otros?» (Hechos 10:47.) Defendiéndose contra las cri­ticas dirigidas contra el al volver a Jerusalén por haber bautizado a no-judíos, Pedro dijo:
«Y cuando comencé a hablar (a los romanos), cayo el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me acorde de lo dicho por el Señor, cuando dijo: «Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Es­píritu Santo.» Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quien era yo que pudiese estorbar a Dios?» (Hechos 11:1-17.)
Observemos que Pedro habla del don del Espíritu dado a los que creyeron, clara referencia de que los romanos primero creyeron y luego el Espíritu Santo cayó sobre ellos.
Transcurrieron 30 años antes de que nuevamente el libro de los Hechos relatara otro «pentecostés». Tal vez el Espíritu Santo dejó pasar un lapso tan pro­longado para mostrar que estas cosas no mueren. Durante su segunda visita a Efeso, Pablo recibió el saludo de un grupo de doce hombres que sostenían ser discípulos. Pablo no se dio por satisfecho, pues intuía que faltaba algo, y por ello les preguntó: «¿Re­cibieron ustedes el Espíritu Santo cuando creyeron?» (Hechos 19:2.) Nuevamente constatamos aquí que se espera que la experiencia de la salvación sea seguida por el bautismo en el Espíritu, pero que los primeros cristianos reconocieron que podría haber una demora, pues de lo contrario ¿por que se habría molestado Pablo en formular esa pregunta? Más bien hubiera puesto en tela de juicio su salvación.
“¡Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo! (Hechos 19:2) replicaron los efesios. Investigando mas a fondo, Pablo descubrió que no sabían ni de Jesús, y los guíe para aceptar a Jesús, bautizándolos con agua, y a continuación leemos: «Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban.» (Hechos 19:6.) Nuevamente aquí la distinción es bien clara. Recibieron a Cristo y fueron bautizados con agua como un signo exterior; luego, estimulados por la imposición de manos hecha por Pablo, respon­dieron al Espíritu Santo que vino a morar en ellos y exteriorizaron su alabanza a Dios en nuevos idiomas, Hebreos 6:12.
Hemos procurado en este capitulo mostrar el mode­lo bíblico de lo que el autor de la carta a los Hebreos llama la «doctrina de bautismos». El apóstol Pablo, en Efesios 4:5 dice que hay «un Señor, una fe, un bautismo», si bien es claro que en el Nuevo Testa­mento este «un bautismo» se divide en tres. En 1 Corintios 12:13, Pablo dice: «Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo… y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.» Aquí se refiere al bautismo espiritual en Cristo que tiene lugar en el instante de aceptar a Jesús como Salva­dor. Esto era seguido del bautismo con el Espíritu Santo, en el cual el Espíritu Santo que ahora mora en el creyente se vierte al exterior para poner de manifiesto a Jesús ante el mundo, por medio de la vida del creyente. Ya fuera antes o después del bau­tismo con el Espíritu Santo, en ambos casos se exigía el signo exterior del bautismo con agua, símbolo de la limpieza interior efectuada por la sangre de Jesús, la muerte del «viejo hombre» y la resurrección a una nueva vida en Cristo.  ¿A cual de estos tres bautismos se refiere Pablo cuando habla de “un bautismo”?
Un artista puede mirar un cuadro que esta pintando de diferentes maneras. Puede mirar para asegurarse que es una composición bien equilibrada; puede mirar de nuevo para controlar los efectos lumínicos del reflejo de el sobre el agua o los Árboles; nuevamente lo mira desde otro ángulo para evaluar la perspectiva. Hemos estado analizando los diferentes aspectos de la tarea salvadora de Dios para con el hombre. Es pre­ciso mirar a estas tres experiencias -la salvación, el bautismo por agua y Pentecostés- separadamente, separación que la hemos establecido artificialmente, debido a nuestros pruritos, perdiendo así el panorama general. En la iglesia primitiva las tres experiencias estaban estrechamente ligadas, pero en el día de hoy no ocurre así habitualmente.
Habiendo examinado el cuadro de distintas mane­ras, en el curso de nuestro estudio, debemos dar un paso atrás y contemplarlo en su totalidad. Pablo dice que hay «un Señor», y sin embargo la Divinidad es tres en uno: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El hom­bre es una unidad, si bien esta compuesto por la trinidad de cuerpo, alma y espíritu. El Cuerpo de Cristo en la tierra es uno, pero formado por muchos miembros. De modo que cuando Pablo habla de «un bautismo» pareciera referirse a la acción combinada por la cual Jesucristo viene a vivir en nosotros, el signo exterior por el cual queda sellada esta acción, y el derramamiento, del Espíritu Santo a través de nosotros para ministrar a un mundo perdido.
Nuestra recomendación es que todo aquel que en­cuentre difícil entender estas cosas por medio del razonamiento, trate de experimentar’ la realidad de Dios en la plenitud del Espíritu. La comprensión intelectual vendrá después. Como lo dijo el gran San Agustín: «Credo ut intelligam», es decir: «Yo creo para lograr entender.»
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      Lo que sucede generalmente es 1. Aceptar a Jesús (recibir la salvación, el nuevo nacimiento y la vida eterna)  2. En ese momento el Espíritu Santo viene a vivir en la persona. 3. Esta persona puede pedir y ser Bautizada en agua. 4.  Y luego ser Bautizada con el Espíritu Santo: Pidiéndolo a Jesús en oración, o con imposición de manos de un cristiano lleno del Espíritu Santo. Puede recibirlo antes de ser bautizada en agua, pero no antes de recibir a Cristo.

Capítulo 2 – El desbordamiento – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Capítulo 4 – Preparándonos Para el bautismo en El Espíritu Santo – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

El Espíritu Santo viene a vivir en nosotros cuan­do recibimos a Jesús, y somos nacidos de nuevo en el Espíritu. El bautismo en el Espíritu Santo es el fluir del Espíritu. No podemos pretender’ que el Espíritu se derrame a través de nosotros, a menos que viva en nosotros ; de manera que antes de solicitar ser bautizados en el Espíritu Santo, tenemos que ase­gurarnos que ciertamente hemos recibido al Señor Jesús como Salvador, y hemos invitado a su Espíritu a que viva en nosotros.
Jesús es el camino a Dios. No hay otro. Es el único camino por el cual podemos conocer a Dios y recibir su vida. Jesucristo es verdaderamente Dios y verdaderamente Hombre. Este es el significado de la encarnación: Dios, real y verdaderamente, se hizo hombre en el claustro materno de la virgen Maria. De aquí que Jesús sea el punto de unión entre Dios y el hombre.
Hay otras filosofías y otras religiones que se re­fieren a Dios, y algunas de las cosas que dicen son ciertas; pero si queremos que Dios mismo, venga a vivir en nosotros lo podemos encontrar solamente por medio de Jesucristo. Sea lo que fuere que decidamos hacer, no pidamos ser «bautizados en el Espíritu San­to» a menos que hayamos recibido a Jesucristo como nuestro Salvador personal, so pena de caer en una profunda confusión espiritual.
«¿Pero que diremos de las personas que nunca han oído de Jesús? ¿Que diremos de los componentes de otras culturas y de otras religiones? ¿Se perderán sim­plemente porque nunca oyeron?» Podemos responder solamente
1. Nadie entrara al reino de los cielos, excepto por Jesucristo.
2. Para los que nacieron desde que Jesucristo vino al mundo, la decisión debe ser tomada en la vida presente. No habrá oportunidad de aceptar a Cristo después de la muerte. (Hebreos 9:27.)
3. Dios dispone de medios para alcanzar a la gente en esta vida de lo cual ni siquiera tenemos idea. Abrigamos la esperanza de que Dios es capaz, de alguna manera, de ofrecer la oportunidad de conocer a Jesús a todos aquellos que lo aceptarían si tuvieran la oportunidad de co­nocerle. Sabemos que Dios quiere que todos va­yan a el, y que’ «no se complace en la muerte del impío». (Ezequiel 33:11.) Sin embargo, Dios, que es omnipotente y omnisciente, se ha limita­do a si mismo, en su trato con los hombres, dándoles realmente libre albedrío.
4. La mejor y verdadera respuesta a quienes sien­ten que seria terrible que algún ser humano no tuviera la oportunidad de conocer a Jesús, es que también Jesús estaba preocupado por lo mismo, y dio e1 la respuesta: «; Vayan por todo el mundo y cuénteselo a todos 1» (Marcos 16:5.)
Los cristianos han fracasado tan tristemente en hacer eso (una reciente encuesta ha demostrado que el 95 por ciento de todos los cristianos nunca le han hablado a nadie sobre el Salvador) que muchas personas inteligentes y con hambre espiritual, buscan las respuestas en sitios inadecuados y son presas de confusión y error.

Capítulo 2 – El desbordamiento – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Capítulo 5 – Cómo recibir el Bautismo En el Espíritu Santo – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Hemos recibido a Jesús como nuestro Salvador; hemos renunciado a cualquier falsa enseñanza que nos pudiera tener sujetos o confundidos, y ahora estamos listos para orar pidiendo ser bautizados en el Espíritu Santo. ¿Quien nos va a bautizar en el Espíritu Santo? ¡Jesús lo hará! ¡Siendo esto así!, ¿po­demos recibir el Espíritu Santo en cualquier lugar y en cualquier momento?
«Pero yo creía que alguien tenia que imponerme las manos para «darme» el Espíritu Santo.» No, ya hemos dejado eso bien sentado. Habiendo recibido a Jesús, ¡ya tenemos el Espíritu Santo, de manera que nadie tiene que’ «dárnoslo«; aunque pudieran hacerlo! Jesús vive en nosotros y esta dispuesto a bautizarnos en el Espíritu Santo tan pronto como estemos listos para responder. El que alguien imponga sus manos sobre nosotros puede ser de ayuda, y ciertamente es bíblico, pero no absolutamente necesario. Hemos ex­plicado ya que en tres ocasiones en los Hechos de los Apóstoles, se impusieron las manos, no ocurriendo así en otros dos casos. Mucha gente ha recibido el bautismo del Espíritu Santo, en años recientes, sin que nadie estuviera cerca de ellos, excepto Jesús. Po­demos recibir el bautismo del Espíritu Santo en la iglesia, sentados o arrodillados en los bancos de la iglesia, manejando nuestros vehículos en la carretera, limpiando la alfombra con la aspiradora, lavando los platos o cortando el césped. Ocurrirá en el momento en que lo pidamos y creamos.
¿Pero debo hablar en lenguas?»
Cuando Dennis procuraba recibir el Espíritu San­to, dijo:
¡No me interesa ese asunto de las «lenguas» de que me están hablando!» Creía que hablar en lenguas era un cierto tipo de borrascoso emocionalismo, y su crianza inglesa lo hacia cauteloso de tales cosas.1 No pudieron menos de reírse los cristianos que le esta­ban contando sus experiencias.
-Oh- dijeron-. ¡Lo único que podemos decirte es que vino con el envase, lo mismo que en la Biblia!
Ya hemos demostrado que hablar en lenguas es, en realidad, un común denominador en los ejemplos del bautismo en el Espíritu Santo, a lo largo de las Escrituras. Pareciera no haber dudas de que los pri­meros cristianos conocían la forma de saber inme­diatamente si los conversos habían recibido o no el Bautismo en el Espíritu Santo. Algunos sostienen que supuestamen­te podemos saber cuando una persona ha recibido el Espíritu Santo por el cambio operado en su vida, por los «frutos del Espíritu». Ciertamente que deberíamos ser cristianos más «fructíferos» después de re­cibir el bautismo con el Espíritu Santo, pero el «dar frutos» no es la señal bíblica de esta experiencia. Los apóstoles conocían en el acto cuando una persona ha­bía recibido el bautismo con el Espíritu Santo. Si hubieran tenido que esperar hasta constatar los frutos o el cambio de carácter en la vida de la persona, hu­bieran demandado meses o anos para hacer la eva­luación. Aparentemente los primitivos cristianos con­taban con un medio más simple, y no es difícil ima­ginar cual era.
¿Que fue lo que atrajo a la gran multitud de «judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo» en Pentecostés, tres mil de los cuales se con­virtieron en esa misma hora y día? No habían estado ahí el tiempo suficiente para averiguar que clase de vida había vivido la gente antes y después. ¿Que fue lo que de inmediato convenció a Simón el Mago que sus vecinos habían recibido algo tan altamente ren­didor que procuro comprarlo? Por otro lado, ¿como supieron inmediatamente los apóstoles Pedro y Juan, que los conversos de Felipe no habían recibido el Espíritu Santo? Ciertamente no era por falta de gozo, pues el relato dice: «Había gran gozo en aquella ciu­dad.» (Hechos 8:8.). ¿Que fue lo que convenció to­talmente a Pedro en la casa de Cornelio que los roma­nos habían recibido el Espíritu Santo, por lo cual se aventuro, contrariamente a todas las practicas y creencias, a bautizar a estos gentiles? El caso de los efesios, citado en Hechos 19, difiere algo, porque esta gente no había recibido a Jesús. Sin duda alguna Pablo echo de menos la presencia del Espíritu Santo en todos ellos; pero luego que recibieron a Jesús y fueron bautizados en agua, que fue lo que le permitió saber a Pablo, inmediatamente de haberles im­puesto las manos, de que habían recibido le Espíritu Santo?
«Les oímos hablar en nuestras lenguas las mara­villas de Dios.» (Hechos 2:11.) «Los oían que habla­ban lenguas, y que magnificaban a Dios.» (Hechos 10:46.) «Hablaban en lenguas y profetizaban.» (He­chos 19:6.).
Cualquiera que tome en serio las Escrituras, no sucede sacar otra conclusión que no sea la importan­cia de hablar en lenguas. Jesús mismo dijo: «Estas señales seguirán a los que creen: hablaran nue­vas lenguas.» (Marcos 16:17.)
El apóstol Pablo les dijo claramente a los corintios «Quisiera que todos vosotros hablaseis en lenguas.» (1 Corintios 14:5.)
Aquí tenemos el original griego
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«Thelo de pantas humas lalein glossais», puede ser traducido ya sea en el presente indicativo o en el sub­juntivo. Numerosas versiones en castellano utilizan el subjuntivo: «Quisiera que todos vosotros hablaseis en lenguas» (versión de Casio doro de Reina, revisada por Cipriano de Valera y otras revisiones).La Biblia de Jerusalén elige el presente de indicativo, como la traducción mas ajustada a la realidad: «Deseo que habléis todos en lenguas.» Tam­bién es directa la traducción literal del Englishman’s Greek New Testament de Bagster, que vertida al cas­tellano, dice: «Deseo que todos vosotros habléis en lenguas.»
Después de todo, es el mismo apóstol Pablo el que mas adelante les dice a los corintios: «Doy gracias a Dios que hablo en lenguas mas que todos vosotros» o, con mayor exactitud aun: «Doy gracias a Dios, hablando en lenguas, mas que todos vosotros.» (1 Co­rintios 14:18.).
Pablo continua diciendo: «Si yo oro en lengua des­conocida, mi espíritu ora, pero mi entendimiento que­da sin fruto. ¿Que pues? Orare con el espíritu, pero orare también con el entendimiento; cantare con el espíritu pero cantare también con el entendimiento.»
(1 Corintios 14:14-15.)
Y aquí tenemos la respuesta de lo que significa hablar en lenguas, y el porque Dios hubo de elegir una evidencia aparentemente tan extraña para acompañar al bautismo con el Espíritu Santo. Hablar en lenguas es la oración con o en el Espíritu: es nuestro espíritu, hablando a Dios, inspirado por el Espíritu Santo. Se produce cuando un creyente cristiano habla a Dios, pero en lugar de hablar en un lenguaje que conoce con su intelecto, simplemente habla, con fe infantil, y espera que Dios le de forma a las pala­bras. El espíritu humano regenerado, que esta unido al Espíritu Santo, ora directamente al Padre, en Cris­to, sin estar sujeto a las limitaciones del intelecto. De la misma manera en que la nueva vida en el Espíritu es expresada o, si lo preferimos, ejercitada, así es construida o edificada la vida espiritual.
«El que habla en lengua extraña a si mismo se edi­fica.» (1 Corintios 14:4.) «Edificar» es la traducción del vocablo griego oikodomeo que literalmente signi­fica «construir«. En este caso significa edificarse a, si mismo espiritualmente. Una palabra afín la utiliza el apóstol Judas, cuando dice: «Edificándonos sobre vuestra santísima re, orando en el Espíritu. Judas 20.) (Sin duda alguna que este pasaje de Judas se refiere al hablar en lenguas.) Por otra parte, el inte­lecto se siente humillado al no comprender el lenguaje; se pone al alma (ser psicológico) en su lugar, que esta sujeto al espíritu. La oración se eleva a Dios en libertad. La oración llega tal cual el Espíritu Santo quiere que llegue; por lo tanto será una oración per­fecta, nacida de la perfección de la nueva criatura, y perfectamente inspirada por el Espíritu.a De ahí que sea, además, una oración activa. El Padre la puede recibir en su totalidad, porque proviene, no de nues­tras almas embarulladas, sino del Espíritu Santo a través de nuestro espíritu, ofrecida por nuestra vo­luntad y cooperación.
Nuestra voz, nuestro idioma o, como la Biblia lo expresa, nuestra lengua es nuestro principal medio de expresión, y no es simple coincidencia que sea justamente por aquí por donde comienza a derramarse el Espíritu Santo. Espiritualmente, psicológicamente y fisiológicamente, nuestra habilidad para hablar es central. Leemos en Proverbios: «Del fruto de la boca del hombre se llenara su vientre; se saciara del pro­ducto de sus labios. La muerte y la vida están en poder de la lengua, el que la ama comerás de sus fru­tos.» (Proverbios 18:20-21.) Nuestra capacidad para comunicarnos con otros mediante un idioma racional, es parte fundamentalista del ser humano. La Biblia se refiere a la facultad del idioma como la «gloria» del cuerpo. Dice el salmista: «Despierta, oh gloria mía; despierta salterio y arpa; levantarme de ma­ñana. (Salmo 57:8.) Y en otro pasaje: «Alégrese por tanto mi corazón, y se gozó mi gloria: también mi carne reposara confiadamente.» (Salmo 16:9.) En cada caso la explicación al margen establece que la palabra «gloria» es una metáfora de la
En su capitulo tres Santiago compara la lengua con el timón de un gran barco, capaz de controlar todo el navío con un ínfimo golpe, y también la compara con el freno de un caballo, pequeño adminículo con que controla todo su cuerpo. Sin embargo, Santiago continua diciendo que la lengua «es un mal que no puede, ser refrenado, llena de veneno mortal». (San­tiago 3:8.) Dice que la lengua, estando inflamada con el fuego del infierno, contamina todo el cuerpo. (Santiago 3:6.) El Salmo 12:4 dice: «Por nuestra lengua prevaleceremos; nuestros labios están con nos­otros: ¿quién nos es Señor?» Pareciera que la misma facultad de hablar que es algo tan importante, es tam­bién lo que mas obstruye la libertad del Espíritu Santo en la vida del creyente. Es un foco que esti­mula nuestro orgullo intelectual. Un neurocirujano amigo nuestro, hizo el siguiente comentario: «En­tiendo porque Dios recurre a hablar en lenguas. El centro del lenguaje domina el cerebro. No veo como Dios pueda gobernar el cerebro físico; a menos que controle los centros del lenguaje.
a Una prueba fascinante de esto radica en que las personas total­mente sordas, y que nunca han hablado ni una palabra, cuando reciben el Espíritu Santo hablan en lenguas con toda fluidez! La señora Wendell Mason, de La Verne, California, que trabaja con los sordos, dice: «He orado con no, menos de O sordos pidien­do recibir el Espíritu Santo, y los he oído dirigirse fluidamente a Dios en un lenguaje celestial, volviendo al lenguaje de signos al comunicarse conmigo. He visitado sordomudos recibir el Espíritu Santo y hablar en lenguas.» Hemos recibido testimonios similares de otras personas que trabajan con los sordos. Seria totalmente imposible que estos impedidos pudieran imitar un lenguaje, o pronunciar palabras recordadas de su mente «in­consciente» (como lo afirman algunos escépticos cuando tratan de explicar el hablar en lenguas) desde el momento que nunca han escuchado ni una palabra en sus vidas.
«¿Quien puede domar la lengua?» pregunta Santia­go, y la respuesta es: «! El Espíritu Santo!«, y el hablar en lenguas constituye el recurso principal del proceso. Dice el Espíritu Santo: «Quiero inspirar y gobernar en ustedes los medios mas importantes de expresión que tengan, es decir la capacidad de ha­blar. También quiero domar y purificar eso con lo cual cometen los mayores pecados: ¡La lengua
Hablar en lenguas nada tiene que ver con las emo­ciones. Hablar en lenguas de ninguna manera puede ser una emoción, porque las emociones forman parte del alma, de la naturaleza psicológica, mientras que hablar en lenguas es hablar desde o en el espíritu. (1 Corintios 14:14.) Este hecho puede parecer sor­prendente a las personas que han oído de una mani­festación altamente emocional, que en realidad no era otra cosa que un abuso del don de lenguas (ministe­rio público en lenguas) y de ahí que se hayan sentido asustados o repelidos por esa práctica.
Los pasajes que en varias versiones modernas de las Escrituras hablan de «lenguas de éxtasis» o «idio­ma extático» son en realidad paráfrasis y no traduc­ciones. Nada hay en el original griego que implique que hablar en lenguas tenga nada que ver con la emoción, éxtasis, frenesí, etc. La frase reduce siem­pre a lalein glossais, que significa, simplemente, «ha­blar en lenguajes«. Pueda que el hablar en lenguas emocione, de la misma manera que aguza el intelecto, y esperamos que así sea; pero no tenemos que alcanzar un estado emocional especial para hablar en lenguas. En realidad de verdad, uno de los mayores impedi­mentos para recibir el Espíritu Santo es la recargada atmósfera emocional que suponen algunos que ayuda y, más aún, que es necesaria. Cuando las personas buscan recibir el bautismo del Espíritu Santo y ha­blan en lenguas por primera vez, tratamos de «cal­mar» sus emociones lo mas que nos sea posible. Muchos comienzan a hablar en lenguas quedamente. Luego hablaran en voz más tonante a medida que crezca su fe y pierdan el temor. De hecho, las emociones estimuladas se interponen en el camino del Espíritu Santo, de la misma manera que lo hace un intelecto demasiado activo o una voluntad demasiado deter­minada.
No hay nada de malo con la emoción. Tenemos que aprender a expresar nuestras emociones y disfrutar de ellas mucho mas de lo que generalmente lo ha­cemos, especialmente en relación a nuestra asociación con Dios. ¿Puede haber, acaso, algo más maravilloso, o más emocionantemente conmovedor, que sentir la presencia de Dios? Pero la emoción, sin embargo, es una respuesta, una expresión, no una causa. El emo­cionalismo es la expresión de la emoción, en función de si misma, sin estar enraizada en causa alguna.
No estaremos en ninguna rara disposición de Ánimo cuando hablamos en lenguas. Ninguna relación tiene con lo misterioso, lo oculto, como creemos quedo cla­ramente especificado en el capitulo anterior. No se trata de histeria ni de forma alguna de sugestión. No entramos en trance ni ponemos nuestras mentes en blanco. Mientras hablamos en lenguas nuestra mente debe trabajar activamente pensando en el Se­ñor. Poner nuestra mente en blanco o adoptar una actitud de pasividad mental resulta peligroso en cual­quier circunstancia, y no debe ser estimulado.
Hablar en lenguas de ninguna manera significa compulsión. Dios no obliga a su pueblo para actuar de esta manera: lo inspira. Es el enemigo el que «posee» y obliga a la gente a actuar contra su voluntad. Siem­pre que uno diga: «Hago esto porque Dios me ordenó hacerlo» refiriéndose a cualquier manifestación física, lo mas probable es que Dios nada tenga que ver en ello, sino que es mas bien la propia naturaleza (psicológica) del alma de la persona la que esta actuando o, peor aun, un espíritu extraño lo está abrumando, 4 Dios puede hacer y hace cosas inesperadas y desacostumbradas, pero no exige de sus hijos un comportamiento tan caprichoso y grotesco que pudiera ahuyentar a otros. (2 Timoteo 1:7.)
Siguiendo la misma línea de pensamiento, algunos temen hablar en lenguas porque se imaginan que de pronto pueden pegar un salto en la iglesia e interrumpir al predicador, o de pronto empezar a hablar en lenguas en un campo, de golf. ¡Tonterías! «El espíritu del profeta esta sujeto al profeta.» (1 Corintios 14:32.) Algunos razonan así: «Pero si este es el Espíritu Santo que esta hablando ¿cómo me atreveré a rechazarlo? Ah, pero es que este no es el Espíritu Santo hablando. Hablar en lenguas significa que es nuestro espíritu el que esta hablando, inspira­do por el Espíritu Santo, y nuestro espíritu esta bajo nuestro control. Antes de poder manifestarse cualquier don del Espíritu, necesita nuestro consentimiento. Pue­de ocurrir a veces que estemos tan poderosamente ins­pirados por el gozo y el poder del Señor, que sentimos la necesidad de hablar en una circunstancia en la cual nuestra mente nos esta diciendo que no corresponde. No hay nada malo en ello; aprendemos así a contro­larnos de la misma manera que aprendemos a no reírnos a destiempo, aún cuando algo nos parezca muy divertido, ¡y nos sentimos altamente inspirados para reírnos! Esta es una buena comparación, porque la inspiración del Espíritu Santo se asemeja a una risa gozosa.
4 No estamos negando que el Espíritu Santo puede, por su soberana voluntad, provocar sensaciones físicas. No es raro que una persona sienta un movimiento sobrenatural localizado en sus mejillas, labios, lengua, o un tartamudeo o temblor en el cuerpo, en momentos de orar pidiendo el bautismo del Espíritu Santo, y esto puede ocurrirle a una persona que no solamente no demuestra activamente su deseo de recibir el Espíritu Santo, sino que ni siquiera comprende el asunto. Hay casos de quienes experimentan un debilitamiento de los músculos ¡al extremo de no poderse tener en pie! El día de Pentecostés fueron acusados de estar borrachos. En Cesárea de Filipo los romanos se sintieron anonadados por el Espíritu Santo, al parecer sin esperar que tal cosa ocurriese. Por lo menos Pedro no mencionó tal manifestación y no esperaba que sucediese. Sin embargo, no importa cuan abrumadora sea la inspiración, y de si es espiritual, psicológica o aun física en su naturaleza, el espíritu del profeta todavía esta sujeto al profeta. En todos los casos es siempre requerido el consentimiento y cooperación del individuo. No importa can poderosa sea la inspiración, nunca es compulsiva. Notemos, sin embargo, que el Espíritu puede -y así lo hace-, constreñir a los incrédulos. Los que salieron a arrestar a Jesús cayeron a tierra. Pablo cayó de su cabalgadura y quedó transitoriamente enceguecido. Se podrían mencionar muchos otros ejemplos.
Algunos plantean el problema de que la Biblia dice que no debe hablarse en lenguas de no mediar inter­pretación. Esta regla se aplica a hablar en lenguas en una reunión publica, y será tratado con mayor detalle en el capitulo que trata del don de lenguas, pero por ahora diremos que el hablar en lenguas pri­vadamente no requiere interpretación. El creyente esta «hablando, a Dios en un misterio», orando con su espíritu, no con su intelecto.
“¿Y si no hablamos en lenguas? ¿Puedo recibir el Espíritu Santo sin hablar en lenguas?»
¡Todo viene incluido!» Hablar en lenguas no es el bautismo en el Espíritu Santo, pero es lo que suce­de cuando somos bautizados en el Espíritu, y resulta ser un importante recurso para ayudarnos, como dice Pablo, a ser llenos o continuar siendo llenos del Espíritu. (Efesios 5.:18.) No es que tengamos que hablar en lenguas para tener el Espíritu Santo dentro de nosotros. No es que tengamos que hablar en len­guas para gozar de momentos en los cuales sentimos que estamos llenos del Espíritu Santo, pero si queremos el libre y pleno derramamiento que es el bautis­mo en el Espíritu Santo, debemos esperar que ocurra como en la Biblia, y como lo hicieron Pedro, Santiago, Juan, Pablo, Maria, Maria Magdalena, Bernabé y todos los demás. Si queremos entender el Nuevo Tes­tamento, necesitamos la misma experiencia que tuvieron sus escritores.
Algunas personas preguntaran: «¿Pero que me dice de los grandes cristianos de la historia? Ellos no hablaron en lenguas.» ¿Estamos seguros de ello? Es muy probable que no haya habido ningún momento en la historia de la iglesia sin que hubiera algunos que conocían la plenitud del Espíritu Santo y habla­ran en lenguas. Siempre que hubo notables reaviva­mientos de la fe, se evidenciaron los dones del Espíritu. San Patricio en Irlanda, San Francisco de Asís, Santa Teresa de Ávila, San Francisco Javier, los primeros cuáqueros, los valdenses, los primeros metodistas, son unos pocos ejemplos de los que en aquellos tempranos días ha­blaron en lenguas. En épocas mas recientes, numerosos dirigentes cristianos hablan hoy en lenguas, pero no lo admiten por temor al prejuicio. Pero hay muchos que son más va­lientes. Hay miles de pastores y sacerdotes en prácticamente todas las denominaciones que testifican ha­ber recibido el Bautismo en el Espíritu Santo y ha­blado en lenguas, y el número esta creciendo cada vez más. Una sola organización de pastores presbiteria­nos carismáticos, suma alrededor de 400. Cinco anos atrás un dirigente de la iglesia bautista norteameri­cana nos dijo que en ese entonces había 500 pastores de esa denominación que hablan recibido el Espíritu Santo y hablado en lenguas.

Hay un cierto número, de personas que han hablado en lenguas y que no lo saben! De vez en cuando, al hablar sobre esta manifestación, alguien nos dice: «Oh, usted se refiere a ese extraño lenguaje que he hablado desde que era niño; ¿es eso?; ¡Me hace sentir feliz y cercano a Dios! *
Al terminar una reunión, una simpática señora ho­landesa, de alrededor de 35 años de edad, conversaba con Dennis.
-Una vez hable en lenguas, hace de esto alrededor de ocho meses- comento con cierto dejo de ansiedad en la voz -y quisiera hacerlo de nuevo.
-¿Y por que no lo hace?
-Oh, no me animaría. Me entretengo con mis hijos hablándoles en un lenguaje que a ellos los divierte. ¡Me temo que si trato de hablar en lenguas hablaría en ese lenguaje; aún sin proponérmelo!
A esta altura de la conversación Dennis sonreía. -Esa es su lengua- le dijo.
La señora se sobresaltó: -Oh, no- dijo sacudien­do firmemente la cabeza – ¡esa es una lengua que usamos en los juegos!
Luego de varios minutos de discusión, Dennis le pregunto:
– ¿Estaría dispuesta a hablarle a Dios en esa lengua?
Requirió un poco más de persuasión, pero final­mente inclino su cabeza y comenzó a hablar queda­mente en un hermoso lenguaje. No habían pasado treinta segundos antes de que sus ojos se llenaran de lágrimas de gozo: -¡Esto es! ; ¡Esto es!- dijo.
Un joven matrimonio de turistas ingleses, mientras recorrían los Estados Unidos se detuvieron en St. Luke hace alrededor de siete anos atrás. Sentían cu­riosidad por averiguar más sobre el bautismo en el Espíritu Santo. Hablando, procuramos explicarles que significaba el hablar en lenguas. El joven esbozó una sonrisa entre divertida y perpleja, y pregunto:
-¿Podría ser algo que yo he estado haciendo en mis oraciones desde la edad de tres anos?
La esposa también sonrió y exclamó: ¡Yo tam­bién!
Sin saberlo el uno del otro, ambos habían hablado en lenguas de tiempo en tiempo, en sus oraciones, desde su más tierna infancia.
* Como es obvio, para que tal cosa sea valida, el niño tendría que haber recibido primero a Jesucristo.
No les parece esta una buena ocasión para mencionar el hecho de que muy a menudo la primes ve que las personas hablan en lenguas, lo hacen en sus sueños. La semana antes de escribir este capitulo, dedicamos un cierto tiempo a conversar con el piloto de unas líneas aérea, que procuraba conocer algo más sobre el Espíritu Santo. Nos dijo:
-Noches atrás soñé que hablaba en lenguas. ¡Cuando desperté tenia una sensación maravillosa!
Cuando una persona habla en lenguas durante su sueño, pronto comenzara a hablar en lenguas estando despierto, si esta dispuesto a hacerlo. A veces resulta difícil convencer a la gente de esto. Un joven estudian­te de la asistió, juntamente con otros estudiantes a la Reunión de Información de los vier­nes en St. Luke. Una semana después vino a la iglesia y me dijo: -Estoy muy desilusionado. Quería quedarme las otras noches para recibir el Espíritu Santo, pero los otros muchachos no podían esperar. Pero esa noche soñé que llegue hasta la barandilla que separa el altar en su iglesia, y recibí el Espíritu San­to. ¡Fue maravilloso! ; Hable en lenguas y me sentí lleno de alegría,
-Hum-m-m- exclamo Dennis-. La reunión del viernes tuvo lugar en la casa parroquial ¿no es así?
-Si- replico el joven-. Nunca entre al templo propiamente dicho, ¡pero durante mi sueño es ahí donde estaba!
– ¿Quieres describirme el templo?- le pidió Dennis.
-Bueno, note que el altar ocupaba una posición que no es la habitual en la mayoría de las iglesias. Estaba tan separado de la pared que podría haberla tocado con la mano cuando me arrodille en el altar. (Esto ocurría hace alrededor de siete anos atrás, cuando esa disposición de los altares no era tan común.) La iglesia estaba pintada de marrón, toda de madera.
A continuación el joven procedió a describir con toda precisión el interior de la Iglesia de St. Luke, Seattle. Parecía que el Señor no solo había bautizado a este hombre en el Espíritu Santo, sino que le había mostrado un cuadro claramente recono­cible del interior de la Iglesia de St. Luke. (Esto ultimo seria una manifestación del don de ciencia.)
– ¡Felicitaciones! – le dijo Dennis-. ¡Has recibi­do el Espíritu Santo!
-0h, no respondió el muchacho ¡fue nada mas que un sueño!
Demandó algún tiempo el convencerlo, pero final­mente consintió en orar y de inmediato comenzó a hablar con toda fluidez en un nuevo lenguaje.
– ¡Es el mismo lenguaje que hable durante mi sueño!- exclamo contento.
Antes de orar pidiendo recibir el Espíritu Santo, sugerimos que primero oremos al Padre en el nombre de Jesús, reafirmando nuestra fe en Cristo, agrade­ciéndole por la nueva vida que nos ha brindado en Jesús y por el Espíritu Santo que vive en nosotros. Continuar orando diciendo todo lo que hubiere en nuestros corazones. Si recordamos algo que nos im­pida acercarnos a Dios, una mala acción o una mala actitud inconfesada, un resentimiento contra alguien, por ejemplo, o una deshonesta operación comercial, digámoselo a Dios, confesémosle nuestro pecado, y luego prometámosle enderezar nuestros caminos. Si ese es nuestro sentir, dejemos la oración momentáneamente, pongamos las cosas en orden y después volvamos (Mateo 5:23-24) pero no permitamos que la idea de algún pecado «es­condido» o desconocido nos impida pedir el bautismo en el Espíritu Santo. «No somos dignos» podrán decir algunos, y la respuesta es: «; ¡Por supuesto que no somos dignos!» Solamente Jesús es digno. ¿Alguna vez, podremos acercar­nos por ventura al Señor y decirle: Ahora soy digno? ¿Por lo tanto dame la parte que me corresponde?» Es mejor no hacerlo: ¡bien pudiera ser que nos la diera!
Si estamos solos orando para recibir el Espíritu Santo, elevemos esta oración, o si algún otro está orando con nosotros dirán una oración similar
«Padre celestial, lo doy gracias porque estoy bajo la protección de la preciosa sangre de Jesús que me ha limpiado de todo pecado. Amado Señor Jesús, te ruego que me bautices en el Espíritu Santo, y per­míteme alabar a Dios en un nuevo lenguaje, que supere las limitaciones de mi intelecto. Gracias, Señor; creo que ya mismo estas respondiendo a mi rue­go. Te lo pido en el nombre del Señor Jesús
Cuando le pedimos a Jesús que nos bautice en el Espíritu, nosotros debemos recibirlo. El recibir nos corresponde a nosotros.
Este es el ABC del recibir:
A. Pedir a Jesús que nos bautice en el Espíritu Santo. La carta de Santiago dice: «No tenéis lo que deseáis, porque no pedís.» (Santiago 4:2.) Dios nos ha dado libre albedrío y eso nunca lo quitara. No forzara sus bendiciones sobre nosotros, ya que no es este el camino del amor. Debemos pedir. Dios nos ordena ser llenos de su Espíritu Santo. Efesios 5:18
B. Creer que recibiremos en el momento en que lo pedimos. «Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.» (Juan 16:24.) La fe es creencia en tiempo presente. «Es la fe. . .» escribe el autor de Hebreos. (Hebreos 11:1.) Además la fe es activa y no pasiva, lo cual quiere decir que somos nosotros los que debemos dar el primer paso.
C. Confesar con nuestros labios. Cuando recibimos a Jesús como nuestro Salvador, creímos en nuestro corazón y le confesamos con nuestros labios. Ahora confesemos con nuestros labios pero en el nuevo len­guaje que el Señor esta dispuesto a darnos. Abramos nuestra boca y comencemos a hablar, anunciando así que creemos que el Señor nos ha Bautizado en el Espíritu. No hablemos en castellano ni en ningún otro idioma que conozcamos, pues Dios no nos puede diri­gir para hablar en lenguas si estamos hablando en un lenguaje que nos es familiar. ¡No podemos hablar en dos idiomas a la vez! Confiemos en Dios que el nos de las palabras, así como Podía confiar en Jesús de que le permitiría caminar sobre las aguas. Hablar en lenguas es un infantil acto de fe. No requiere nin­guna habilidad, antes bien, significa despojarnos de toda habilidad. Es hablar con palabras sencillas, utili­zando nuestra voz, pero en lugar de decir lo que nues­tra mente nos dicta, debemos dejar que el Espíritu Santo dirija nuestra voz directamente para decir lo que el quiere que digamos.
«¡Pero ese seria yo el que habla!» ¡Exactamente! Dios no habla en lenguas, es la gente la que habla en lenguas, y es el Espíritu el que da las palabras. Veamos lo que sucedió en Pentecostés: «Y comenza­ron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.» De modo que debemos comenzar a hablar en otras lenguas -no en nuestro propio idio­ma u otros idiomas- según el Espíritu nos faculta a .pronunciar las palabras o a darles forma, ;cosa que el Espíritu hará, sin duda alguna! De la misma ma­nera en que un niño comienza a balbucear sus prime­ras palabras, abramos nuestras bocas y pronunciemos las primeras silabas y expresiones que vienen a nues­tros labios. Debemos empezar a hablar en la misma forma como Pedro tuvo que salir del bote. Dios nos guiara cuando nos animemos a confiar en é1, dando el primer paso, en fe.
Al orar para recibir el Espíritu Santo, ocurre a veces que algunas personas experimenten un temblor involuntario, balbucean sus labios y castañetean sus dientes. Estas son reacciones físicas ante el Espíritu Santo, que en si mismas no tienen mayor significación, aparte de indicar su presencia. Se producen pro­bablemente ante la resistencia que le oponemos. Algu­nas personas han esperado en vano, durante años, para que los «labios balbuceantes» lleguen a ser un lenguaje. El creyente en todos los casos debe empezar a hablar: hablar en lenguaje no es un acto involun­tario.
«Pero yo no quiero -dicen algunos- que nadie me enseñe como hablar en lenguas. Quiero que Dios lo haga. De lo contrario podría ser «en la carne».
Es imposible que nadie nos diga «como» hablar en lenguas. Lo que estamos tratando de hacer es conven­cerlos de que comiencen a hablar. Cierto que mucha gente empieza a hablar espontáneamente sin que na­die los incite. Aparentemente así lo hicieron la mayoría, en los casos relatados en la Biblia. Si todos viviéramos de acuerdo a una fe sencilla, también actuaríamos así, pero desgraciadamente muchos de nosotros tendemos a ser sofisticados y estamos llenos de inhi­biciones, temerosos de que nos tomen por tontos. Mu­chos adultos y niños agraciados con una fe infantil reciben fácilmente y con espontaneidad; nuestras ins­trucciones van mas bien dirigidas a los que aun mantienen ciertos pruritos. Todo cuanto podemos decir es que depende de cada uno de nosotros el que salgamos del tote si queremos caminar sobre las aguas. No podemos dar indicaciones de cómo caminar sobre las aguas, pues Jesús cuidara de eso, pero si podemos apremiarlos para que salgan del barco, y den el pri­mer paso sobre las olas. Con respecto a que pueda ser «en la carne», un conocido erudito maestro de la Biblia, nos dice
«Cuando Pedro salió y caminó sobre las aguas, los de «la carne» se quedaron sentados en el bote.»
La «carne» es lo opuesto a la fe; es el «viejo hom­bre», rebelde y pecador. Es mucho mas «de la carne» esperar que Dios tome el mando y nos haga hacer algo, que confiar en el con fe sencilla y esperar a que nos honre cuando empezamos a imitar los soni­dos de nuestro hablar. Estamos enseñan do -y sabemos que esa es la verdad- que estos primeros esfuerzos en obedecer al Espíritu no son mas que el comienzo. No importa que estos primeros sonidos no sean otra cosa que las pocas gotas que salen cuando «cebamos la bomba»; pronto saldrá el chorro con toda su fuerza.
El salmista David, por inspiración del Espíritu Santo, dijo así: «Abre tu boca, y yo la llenare.» (Salmo 81:10.)
Un sonido de regocijo puede no ser hablar en lenguas, pero aun esto agrada al Señor. No pasara mu­cho tiempo antes que Dios premie nuestra fe sencilla y hablemos el lenguaje del Espíritu Santo.
Al llegar a este punto, pueden suceder varias cosas puede ocurrir que no logremos empezar a hablar, debido a nuestra timidez e inhibiciones. Muy bien, ¡no ha fracasado en el examen! Pero tenemos que perseverar hasta que decidamos emitir ese primer sonido. Algo parecido a lo que les ocurre a los para­caidistas que se arrojan del aeroplano por primera vez. Si quiere ser un paracaidista ¡tiene que saltar! ¡No hay otra manera! No hay que echarse atrás, co­mo algunos hacen, diciendo: «Supongo que Dios no me quiere conceder ese don.» Pero no es Dios, sino nosotros los que nos echamos atrás.
A veces comenzamos a hablar, pero lo más que logramos son unos pocos sonidos vacilantes. ¡Muy bien! ¡Ya hemos roto la «barrera del sonido»! De­bemos persistir con esos sonidos. Ofrezcámoslos a Dios. Con nada más que esos «sonidos gozosos» digá­mosle a Jesús que lo amamos. A medida que lo hace­mos así, esos sonidos crecerán hasta adquirir la mag­nitud de un lenguaje plenamente desarrollado. Este proceso puede durar días o semanas, pero no por culpa de Dios sino por culpa nuestra. En un sentido estrictamente real, cualquier sonido que hagamos ofre­ciendo nuestra lengua a Dios en fe sencilla, puede ser el comienzo de hablar en lenguas. Hemos pre­senciado vidas visiblemente cambiadas por la libe­ración del Espíritu como resultado de la emisión de un solo sonido, ¡de una sola silaba! Si en alguna oportunidad hemos emitido tal sonido al mismo tiem­po que confiando en Dios de que el Espíritu Santo nos guiaría, desde ese momento en adelante nunca hay que decir: «Todavía no he hablado en lenguas», sino: ¡Empiezo a hablar en’ lenguas!» Recordemos que la manifestación del Espíritu significa siem­pre que Dios y nosotros estamos trabajando juntos.
«Obrando con ellos el Señor… con las señales que se seguían.» (Marcos 16:20.)
Por otra parte puede ocurrir que de inmediato ha­blemos en un hermoso lenguaje. Eso también es ma­ravilloso, ¡pero no significa de ninguna manera que mas santos que los otros! Significa simplemente que estamos un poco más liberados en nues­tros espíritus que tenemos menos inhibiciones. De cualquier manera, el quid del asunto es que continuemos hablando, o tratando de hablar.
De vez en cuando ocurre que una persona cuenta con algunas nuevas palabras en su mente, antes de que empiece a hablar en lenguas. ¡Hay que decirlas! Las demás seguirán.
Ocasionalmente hay algunos que ven las palabras escritas, como si estuvieran escritas en un indicador automático movible o proyectado sobre la pared. Una mujer vio las palabras en su «lengua», como si hu­bieran sido escritas en la pared ¡con la pronunciación y acentuación completas! Las «leyó» a medida que aparecían, y comenzó a hablar en lenguas. ¿Por que suceden tales cosas? Porque al Espíritu Santo le gusta la variedad. La mayoría de las personas no reciben estas «ayuditas», de modo que, si nos ocurren, alabemos al Señor. Algunos son mas capaces de can­tar que de hablar, y eso esta bien. De la misma ma­nera que podemos empezar a hablar en el Espíritu, lo podemos hacer cantando. Solamente debemos per­mitir al Espíritu que nos de la tonada como asi­mismo las palabras. Es probable que al principio nos venga como un canturreo, tal vez en tune a des tonos, pero puede ayudarnos a liberarnos: Conocemos personas que no pueden cantar ni una sola nota al «natural», pero que cantan hermosamente en el Es­píritu.
¿Que se supone que sintamos cuando hablamos en lenguas? Puede que al principio nos sintamos absolu­tamente nada. Recordemos que esto no es una expe­riencia emocional… Estamos tratando de que nuestro espíritu adquiera la libertad necesaria para alabar a Dios a medida que el Espíritu Santo nos inspira. Puede transcurrir un tiempo antes de que nuestro espíritu pueda abrirse camino hacia nuestros sentimientos para hacernos nuevamente conscientes de que Dios esta en nosotros. Por otra parte, podemos ex­perimentar algo así como si de golpe se abriera una brecha y nos sintiéramos transportados a las regiones celestiales. ¡Alabemos al Señor! Es una experiencia maravillosa tener la súbita conciencia de la plenitud de Cristo en nosotros y sentirnos arrebatados de esa manera. Muchas personas acusan una sensación de libertad j y realidad en lo mas hondo de sus espíritus cuando empiezan a hablar y de estar llenos de la plenitud de Cristo.
Por lo menos de una cosa podemos estar seguros: si no aceptamos la experiencia como real, no estare­mos conscientes de su realidad. La vida del cris­tiano esta edificada sobre la fe, es decir, confianza y aceptación. Inevitablemente muchos dirán: » ¡Pero ese fui solamente yo!» Por supuesto, ¿quien espe­raba que fuese, algún otro? Somos nosotros los que hablamos, mientras el Espíritu Santo provee las pa­labras. Pero a menos que aceptemos que se trata del Espíritu Santo y de que la experiencia es real, no habremos de ser bendecidos con las bendiciones que estamos buscando. Por lo tanto, creamos y aceptemos, y alabemos al Señor por lo que esta haciendo en nosotros y por medio de nosotros.
A Dennis le pidieron un día que diera su testimonio en una iglesia cercana. Después de la reunión muchos se quedaron para orar y pedir recibir el Bautismo en el Espíritu San­to. El ministro religioso le dijo a Dennis:
-Hay otro aquí que esta pasando por mo­mentos muy difíciles. ¿Puede usted ayudarlo?
Era un joven ministro perteneciente a una de las iglesias de liturgia muy elaborada. Tenía la firme determinación de recibir el Espíritu Santo pero, como es obvio, estaba totalmente fuera de su elemento en este marco sin inhibiciones. Mientras mas lo exhor­taban los bien intencionados hermanos que oraban por el, ¡mas se congelaba!
Dennis le pidió que lo visitara en su oficina en St. Luke, y ahí, luego de hablar tranquilamente un rato, oraron para que recibiera la plenitud que estaba bus­cando. Luego de un rato comenzó a temblar violentamente y a hablar en un hermoso lenguaje.
Continuo hablando durante dos o tres minutos, miro a Dennis con aire sombrío, y dijo: -Bueno, muchas gracias- ¡y se fue!
A la noche siguiente llamo por teléfono – Dennis- dijo tristemente -te agradezco mu­cho por tratar de ayudarme, pero no recibí nada.
Dennis le dijo:
-Mira, mi amigo. Te vi temblar bajo el poder del Espíritu Santo, y te oí hablar hermosamente en un lenguaje que no conoces. Yo se que tu sabes que el Señor Jesús es tu Salvador, de modo que estoy se­guro que tiene que haber sido el Espíritu Santo. No dudes más. ¡Agradece al Señor por haberte bautizado en el Espíritu Santo!
Colgó el teléfono, pero una hora después volvió a llamar. Estaba eufórico. -¡0h!- exclamó- cuando seguí tu consejo comencé a agradecerle al Señor por haberme bautizado en el Espíritu, y de repente sentí el impacto del gozo del Señor; ¡y me siento como si caminara en las nubes!
No transcurrió mucho tiempo antes que oyéramos del reavivamiento producido en la pequeña iglesia.
Si hemos pasado por un período de gran tensión o pesadumbre por lo cual hemos tenido que ejercita un firme control sobre nuestras emociones, hallaremos difícil aflojar esa tensión al grado de permitirle al Señor Jesús que nos Bautice en el Espíritu Santo. Nos hemos estado aferrando a algo, y nos asalta el temor de que si aflojamos ahora nos vamos a «des­moronar». Cuando esto ocurre, es muy probable que al procurar dejar en libertad a nuestra voz para que le hable al Señor, comencemos a llorar. ¡Adelante con el llanto! El Espíritu Santo sabe perfectamente como desatar esos nudos. A veces las personas lloran y otras veces ríen cuando reciben el Bautismo en el Espíritu Santo. Ocho años atrás oramos con un joven ministro y su esposa, y al recibir el bautismo en el Espíritu el joven reía a mandíbula batiente, mientras la esposa lloraba co­piosamente, y ambos fueron llenos con el gozo del Señor. Nuestro Señor sabe lo que necesitamos, y procederá de la manera en que mas nos beneficie.
Hay algunos creyentes que han pedido ser bauti­zados en el Espíritu Santo, pero no han podido co­menzar a hablar en lenguas. Creen que esto se debe a que Dios no quiere que lo hagan; que no sea para ellos. Nuestra experiencia, sin embargo, nos dice que con buenas explicaciones, respondiendo a sus pregun­tas y una apropiada instrucción, tales personas logran despojarse de sus inhibiciones y comienzan a hablar en el Espíritu.
Actuando como consejeros, hallamos que hay per­sonas que en el pasado se han visto envueltas en cultos o practicas ocultas, según lo explicamos de­talladamente en el capítulo cuarto. Han suspendido estas prácticas pero nunca renunciaron a ellas. Des­pués de guiarlos en tal sentido, y consumada la re­nuncia, comienzan de inmediato a hablar en lenguas.
Estamos convencidos, a la luz de las Escrituras y habiendo orado, durante mas de diez años, con miles de personas que querían recibir el Bautismo en el Espíritu Santo, que no existe ningún creyente que no pueda hablar en lenguas, si ha sido bien adoc­trinado y realmente preparado para confiar en el Señor.
Después que Cristo nos ha bautizado en el Espíritu Santo, nuestra vida comienza a tener verdadero poder. Es lo mismo que un soldado que hace acopio de proyectiles para su fusil, con gran descontento del enemigo, que es Satanás. Muchos cristianos no creen que hay un real enemigo, un diablo personal; por eso se pasan la vida sentados en su campo de con­centración! En el instante en que recibimos la pleni­tud del Espíritu Santo, es decir, en el momento en que comenzamos a permitir que el poder de Dios fluya desde nuestro espíritu e inunde nuestra alma y cuer­po y el mundo en derredor, Satanás se torna dolorosamente consciente de nosotros, y nosotros tomamos conciencia de su tarea. Nos prestara su atenci6n pro­curando, en lo posible, «acallar nuestra voz».
El ministerio de Jesús, en el aspecto de sus mi­lagros y de su poder, comenzó recién después de ha­ber recibido el poder del Espíritu Santo e inmediatamente después venció a Satanás cuando fue tentado en el de­sierto. (Mateo 3:14-17; 4:1-10.) Nuestras nuevas vi­das en el Espíritu están modeladas según un patrón que es el mismo Jesús.7 También seremos puestos a prueba cuando recibamos el poder del Espíritu Santo. Y porque Jesús salio victorioso, ¡también lo seremos nosotros!
La carta de Santiago dice así: «Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros
«Someteos, pues, a Dios» significa que la primera y principal defensa es permanecer en comunión con Dios; no debemos dejar de alabarle, de gozar de su presencia y de creer y confiar en el activamente. No permitamos que nada empañe nuestra nueva libertad en comunión con el Señor.
El próximo paso es: «Resistid al diablo, y huirá de vosotros.» (Santiago 4:7.) Jesús resistió echando mano a las Escrituras: «Escrito esta… Escrito es­ta.» La Biblia es la espada del Espíritu. Hallemos y aprendamos de memoria versículos que tengan el filo de la espada, para tenerlos siempre a mano en caso de necesidad.
«He aquí os doy potestadsobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañara.» (Lucas 10:19.) «Porque mayor es (Jesús) el que esta en vosotros, que el (enemigo) que esta en el mundo.» (1 Juan 4:4.) «Porque las armas de nuestra milicia no son car­nales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas.» (2 Corintios 10:4.)
Si quisiéramos contarles a otros lo que nos ha ocu­rrido a nosotros, asegurémonos antes de que el Espíritu Santo nos guía. No todos estarán preparados para escuchar nuestro testimonio, como pudiéramos creer, de modo que debemos actuar inicialmente cuando el Espíritu Santo abre las puertas. Tenemos que pre­pararnos para ser testigos eficientes, estudiando se­riamente las Escrituras.
El hecho de que una persona reciba el bautismo en el Espíritu Santo no significa que haya alcanzado la «culminación» espiritual, (ni el hablar en lenguas), como estamos seguros que todos habrán comprendido al llegar a este punto del libro. Nunca debemos ceder a la tentación del enemigo que nos quiere hacer sentir superiores; oremos para ob­tener la virtud de la humildad; es un buen antídoto. El bautismo con el Espíritu Santo es solo el comienzo de una nueva dimensión de nuestra vida cristiana, y depende exclusivamente de nosotros si habremos de crecer o decrecer. Si nuestra elección sigue firme en el sentido de colocar al Señor en el primer lugar en nuestras vidas, entonces estamos bien encaminados ¡hacia una meta de gloriosas aventuras en nuestro Señor Jesucristo!
6
Introducción a los dones del Espíritu Santo

Si ya hemos sido bautizados en el Espíritu Santo, comenzamos a tener conciencia de los dones del Espíritu. Son dos las palabras mas corrientemente utilizadas cuando se habla de estos dones: una es carisma (o su plural carismata), don del amor de Dios; la otra es panerosis, manifestación.
La palabra «don» es una palabra apropiada, pues nos recuerda que estas bendiciones no se ganan, sino que Dios las da gratis a sus hijos. Un don no es un premio al buen comportamiento sino una señal de relación. Damos regalos a nuestros hijos en sus cum­pleaños porque son nuestros hijos y no porque han sido «buenos». La palabra «manifestación» significa poner a la vista, hacer visible, hacer conocido. Esta palabra muestra que los dones del Espíritu reflejan el ministerio de Jesús, puesto en evidencia por su pueblo en el día de hoy. Las dos palabras juntas – «dones» y «manifestaciones»- nos dan una imagen mas completa de la obra del Espíritu Santo.
Nosotros, los miembros del cuerpo de Cristo, deberíamos creer que Dios, a través de nosotros, mostrará su amor, a medida que las necesidades se hagan patentes día a día. Cuando una persona necesita ser sanada deberíamos contar con que Dios, a través nues­tro, manifieste su don de sanidad en la persona ne­cesitada. Los dones no nos pertenecen. La persona en favor de quien se lleva a cabo el ministerio, recibe el don. No debemos tener la pretensión de contar con ciertos dones, pero recordemos que Jesús, el don de Dios, vive en nosotros y dentro de el están todos los buenos dones.
En la iglesia han existido dos ideas extremas en cuanto a la manifestación de los dones del Espíritu Santo. La idea que mas ha prevalecido es que Dios, en forma permanente, da un determinado don o varios dones a ciertas personas, que se transforman así ofi­cialmente en los que «hablan en lenguas» o «interpre­tan» o «sanan». En apoyo de esta tesis, algunos hacen referencia a la Escritura que dice: «Porque a este es dada palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia, según el mismo Espíritu…» (1 Corintios 12:8) sin percatarse que este capitulo relata las alternativas de una reunión de iglesia durante la cual el Espíritu Santo esta inspirando a unas y a otras personas a manifestar sus variados dones. No significa que un individuo en particular sea quien reciba uno o más dones específicos. Esta equivocación de creerse posee­dor de dones fijos, lleva al orgullo, al estancamiento, y tiende a limitar en esa persona los otros dones de Dios. Otro resultado negativo es que se deja librada a unos pocos miembros de la congregación la manifestación de los dones, mientras que la mayoría se retrae como simple espectadora sin pensar que Dios quisiera obrar también por intermedio de ellos.
El otro extremo estar representado por la idea de que todos los bautizados en el Espíritu Santo cuentan con los nueve dones del Espíritu, que pueden mani­festarse en la oportunidad en que esa persona lo de­termine ; una especie de «hombre orquesta» indepen­diente. Si bien es cierto que todos los dones, al residir dentro de Cristo residen en nosotros, la Escritura enseña claramente que el único que puede ponerlos de manifiesto, discrecionalmente, es el Espíritu Santo. (1 Corintios 12:11.) Dios procura enseñarnos que nos necesitamos mutuamente, que no podemos depen­der únicamente de nosotros mismos. El cuerpo de Cristo está constituido por machos miembros, y Dios ha planeado deliberadamente que la puesta en acción de los dones se haga “como el quiere” pues de esa manera los cristianos los unos de los otros para cumplir eficazmente las funciones determinadas por é1. Debemos «discernir el cuerpo del Señor» bus­cando a Cristo en la persona de otros cristianos o de lo contrario estorbaremos seriamente y limitaremos lo que Dios quiere hacer. Deberíamos orar para que la gloria de Dios se exteriorice en la vida de otros así como en la nuestra.
Es cierto, sin embargo, que a medida que los cris­tianos crecen en madurez, algunos dones pueden ser expresados con mas frecuencia y efectividad por me­dio de ellos. Se dice entonces que tienen un ministerio en esos dones. Toda persona que tenga tal ministerio debería estimular a los que son nuevos a participar en el campo de los dones, y cuidarse é1 mismo a no cen­tralizarse demasiado en su particular ministerio im­pidiendo así que Dios pueda utilizarlo de otras ma­neras. ¡Dios es un Dios de variedades!
Conversando un día dos cristianos, uno de ellos le dijo al otro: -Puedes quedarte con los dones, yo tomará los frutos. 2
Los dones del Espíritu son algunas de las maneras mediante las cuales Dios actúa a través de la vida de los creyentes. El fruto del Espíritu Santo es el carácter y la naturaleza de Jesucristo exteriorizado en la vida del creyente. Jesús no se redujo a decirles a los enfermos que se aproximaban a é1: «Yo lo amo», sino que les dijo: «¡Yo los sano!» Pocas experiencias hay tan tristes como amar a una persona y no poder ayu­darla. Tanto los frutos como los dones son de vital importancia. Pero a la fecha, sin embargo, se ha hecho mucho más hincapié en la cristiandad sobre los frutos del Espíritu que sobre los dones del Espíritu.3
2 El fruto del Espíritu es, de acuerdo a Gálatas 5:22-23 «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, tem­planza».
3 1ra Corintios 12:8-10: «Palabra de sabiduría, palabra de ciencia, discernimiento de espíritus, don de la fe, obrar milagros, dones de sanidad, de profecía, diversos géneros de lenguas, interpretación de lenguas»
El Espíritu Santo inspiró a Pablo a exhortarnos a que aprendamos sobre los dones espirituales: «No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales.» (1 Corintios 12:1.) En este libro he­mos de dar una definición de cada uno de los dones, citando ejemplos en la vida de Cristo y de otros en el Nuevo Testamento, haciendo algunas referencias, al Antiguo Testamento, y que podemos esperar para la iglesia en el día de hoy. Se vera así como fueron manifestándose siete dones -en el Antiguo Testa­mento y en los Evangelios- a medida que la gente era impulsada por el Espíritu Santo.
Estos siete dones son los siguientes
1. La «palabra de sabiduría».
2. La «palabra de ciencia».
3. Don de la fe.
4. Dones de sanidades.
5. El obrar milagros.
6. Don de la profecía.
7. Discernimiento de espíritus.
No demandara demasiado esfuerzo de parte de los lectores recordar los incidentes, tanto en el Antiguo Testamento como en los Evangelios donde estos dones se manifestaron.
A los siete de la lista indicada se agregaron dos más después de Pentecostés.
8. Don de lenguas.
9. La interpretación de lenguas.
Esto hace un total de nueve dones, señalados por el apóstol Pablo en 1 Corintios 12. De esta manera, los creyentes que todavía no han participado de la experiencia de Pentecostés, pueden ser el conducto por el cual se manifiesten ocasionalmente cualquiera de esos siete dones, muchas veces sin siquiera perca­tarse de ello. Sin embargo, después de la plenitud y derramamiento del Espíritu, uno cualquiera o los nueve dones en conjunto pueden exteriorizarse fre­cuentemente y con poder, a través de la vida del creyente.
Todo creyente que tenga vocación de servir a Dios echando mano de los dones del Espíritu Santo, debe aprender a escuchar a Dios. A menudo acaparamos la conversación. Es lógico esperar que el principiante cometa errores. No podemos esperar que un niño que recién comienza a aprender aritmética no cometes errores. Quedémonos tranquilos que aun los errores redundan para la gloria de Dios, si contamos con el y depositamos en el toda nuestra confianza.
«Toda buena dadiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre…» dice Santiago. (Santiago 1:17.) Resulta obvio, por supuesto, que todos los dones de, Dios son perfectos, pero es útil recordar que no lo son los canales a través de los cuales se manifies­tan esos dones. El solo hecho de que una persona manifieste esos dones no significa que esta caminan­do en estrecha comunión con Dios. Tal como lo im­plica la palabra «don». La carta a los romanos nos dice: «Por que irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios.» (Romanos 11:29.) No sigamos tras una per­sona por el solo hecho de tener un «ministerio de dones». En lugar de ello, «veamos cuales son los fru­tos del espíritu, los frutos de su vida, su honestidad y pureza, engendradas por el Espíritu de Verdad -el Espíritu Santo- y su anhelo de conocer y apreciar la Palabra de Dios. Busquemos entre los que enseñan a aquellos que establecen un claro equilibrio entre el significado literal y el significado espiritual de las Escrituras, y procuremos la comunión con otros her­manos; hecho eso, aceptemos solamente aquello a que nos mueve el Espíritu Santo y que concuerda con la Escritura. Recordemos que los cristianos no siguen las señales, sino que las señales siguen a los cris­tianos.

Los, dones de Dios, cuando son expresados de la manera en que Dios quiere que lo sean, resultan her­mosos, y no solo hermosos sino útiles, para que el cuerpo de Cristo crezca y se desarrolle. No han de ser meramente tolerados, sino anhelosamente apete­cidos. Debemos advertir contra dos errores que se han cometido con mucha frecuencia en el pasado: abu­so de los dones por desconocimiento del orden bíblico, y rechazo o apagamiento de los dones del Espíritu. A menudo el segundo error se comete como reacción contra el primero.
Todas las buenas cosas nos han sido dadas gra­tuitamente en Cristo (Romanos 8:32); sin embargo, las promesas de Dios debemos apropiárnoslas por la fe. Los dones serán puestos de manifiesto de acuerdo al grado de nuestra fe: «Conforme a vuestra fe os sea hecho.» (Mateo 9:29; Romanos 12:6.) Manifeste­mos sus dones en fe, amor y obediencia, para que, el pueblo de Dios sea fortalecido y este preparado para la difícil y gloriosa tarea que le espera.
No estudiaremos los dones -en el mismo orden en que aparecen en 1 Corintios 12, sino que los agru­paremos en clases, como sigue
A. Dones de inspiración o comunión. (El poder pa­ra decir.)
1. Don de lenguas.
2. Don de interpretación.
3. Don de la profecía.
B. Dones de poder. (El poder para hacer.)
4. Dones de sanidades.
5. El obrar milagros.
6. Don de la fe.
C. Dones de revelación (El poder para conocer)
7. Discernimiento de espíritus.
8. La “palabra de ciencia”
9. La “palabra de sabiduría”

El orden que hemos seguido para el catálogo de los Dones, no hace a su importancia relativa, como tampoco lo hace en las Escrituras, pero nos ayudará a percibir la relación de las manifestaciones entre unas y otras.

Capítulo 2 – El desbordamiento – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Capítulo 6 – Introducción a los dones del Espíritu Santo – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett


Si ya hemos sido bautizados en el Espíritu Santo, comenzamos a tener conciencia de los dones del Espíritu. Son dos las palabras mas corrientemente utilizadas cuando se habla de estos dones: una es carisma (o su plural carismata), don del amor de Dios; la otra es panerosis, manifestación.
La palabra «don» es una palabra apropiada, pues nos recuerda que estas bendiciones no se ganan, sino que Dios las da gratis a sus hijos. Un don no es un premio al buen comportamiento sino una señal de relación. Damos regalos a nuestros hijos en sus cum­pleaños porque son nuestros hijos y no porque han sido «buenos». La palabra «manifestación» significa poner a la vista, hacer visible, hacer conocido. Esta palabra muestra que los dones del Espíritu reflejan el ministerio de Jesús, puesto en evidencia por su pueblo en el día de hoy. Las dos palabras juntas «dones» y «manifestaciones»- nos dan una imagen mas completa de la obra del Espíritu Santo.
Nosotros, los miembros del cuerpo de Cristo, deberíamos creer que Dios, a través de nosotros, mostrará  su amor, a medida que las necesidades se hagan patentes día a día. Cuando una persona necesita ser sanada deberíamos contar con que Dios, a través nues­tro, manifieste su don de sanidad en la persona ne­cesitada. Los dones no nos pertenecen. La persona en favor de quien se lleva a cabo el ministerio, recibe el don. No debemos tener la pretensión de contar con ciertos dones, pero recordemos que Jesús, el don de Dios, vive en nosotros y dentro de el están todos los buenos dones.
En la iglesia han existido dos ideas extremas en cuanto a la manifestación de los dones del Espíritu Santo. La idea que mas ha prevalecido es que Dios, en forma permanente, da un determinado don o varios dones a ciertas personas, que se transforman así ofi­cialmente en los que «hablan en lenguas» o «interpre­tan» o «sanan». En apoyo de esta tesis, algunos hacen referencia a la Escritura que dice: «Porque a este es dada palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia, según el mismo Espíritu…» (1 Corintios 12:8) sin percatarse que este capitulo relata las alternativas de una reunión de iglesia durante la cual el Espíritu Santo esta inspirando a unas y a otras personas a manifestar sus variados dones. No significa que un individuo en particular sea quien reciba uno o más dones específicos. Esta equivocación de creerse posee­dor de dones fijos, lleva al orgullo, al estancamiento, y tiende a limitar en esa persona los otros dones de Dios. Otro resultado negativo es que se deja librada a unos pocos miembros de la congregación la manifestación de los dones, mientras que la mayoría se retrae como simple espectadora sin pensar que Dios quisiera obrar también por intermedio de ellos.
El otro extremo estar representado por la idea de que todos los bautizados en el Espíritu Santo cuentan con los nueve dones del Espíritu, que pueden mani­festarse en la oportunidad en que esa persona lo de­termine ; una especie de «hombre orquesta» indepen­diente. Si bien es cierto que todos los dones, al residir dentro de Cristo residen en nosotros, la Escritura enseña claramente que el único que puede ponerlos de manifiesto, discrecionalmente, es el Espíritu Santo. (1 Corintios 12:11.) Dios procura enseñarnos que nos necesitamos mutuamente, que no podemos depen­der únicamente de nosotros mismos. El cuerpo de Cristo está constituido por machos miembros, y Dios ha planeado deliberadamente que la puesta en acción de los dones se haga “como el quiere” pues de esa manera los cristianos los unos de los otros para cumplir eficazmente las funciones determinadas por é1. Debemos «discernir el cuerpo del Señor» bus­cando a Cristo en la persona de otros cristianos o de lo contrario estorbaremos seriamente y limitaremos lo que Dios quiere hacer.  Deberíamos orar para que la gloria de Dios se exteriorice en la vida de otros así como en la nuestra.
Es cierto, sin embargo, que a medida que los cris­tianos crecen en madurez, algunos dones pueden ser expresados con mas frecuencia y efectividad por me­dio de ellos. Se dice entonces que tienen un ministerio en esos dones. Toda persona que tenga tal ministerio debería estimular a los que son nuevos a participar en el campo de los dones, y cuidarse é1 mismo a no cen­tralizarse demasiado en su particular ministerio im­pidiendo así que Dios pueda utilizarlo de otras ma­neras. ¡Dios es un Dios de variedades!
Conversando un día dos cristianos, uno de ellos le dijo al otro: -Puedes quedarte con los dones, yo tomará los frutos. 2
Los dones del Espíritu son algunas de las maneras mediante las cuales Dios actúa a través de la vida de los creyentes. El fruto del Espíritu Santo es el carácter y la naturaleza de Jesucristo exteriorizado en la vida del creyente. Jesús no se redujo a decirles a los enfermos que se aproximaban a é1: «Yo lo amo», sino que les dijo: «¡Yo los sano!» Pocas experiencias hay tan tristes como amar a una persona y no poder ayu­darla. Tanto los frutos como los dones son de vital importancia. Pero a la fecha, sin embargo, se ha hecho mucho más hincapié en la cristiandad sobre los frutos del Espíritu que sobre los dones del Espíritu.3
2 El fruto del Espíritu es, de acuerdo a Gálatas 5:22-23 «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, tem­planza».
3 1ra Corintios 12:8-10: «Palabra de sabiduría, palabra de ciencia, discernimiento de espíritus, don de la fe, obrar milagros, dones de sanidad, de profecía, diversos géneros de lenguas, interpretación de lenguas»
El Espíritu Santo inspiró a Pablo a exhortarnos a que aprendamos sobre los dones espirituales: «No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales.» (1 Corintios 12:1.) En este libro he­mos de dar una definición de cada uno de los dones, citando ejemplos en la vida de Cristo y de otros en el Nuevo Testamento, haciendo algunas referencias, al Antiguo Testamento, y que podemos esperar para la iglesia en el día de hoy. Se vera así como fueron manifestándose siete dones -en el Antiguo Testa­mento y en los Evangelios- a medida que la gente era impulsada por el Espíritu Santo.
Estos siete dones son los siguientes
1. La «palabra de sabiduría».
2. La «palabra de ciencia».
3. Don de la fe.
4. Dones de sanidades.
5. El obrar milagros.
6. Don de la profecía.
7. Discernimiento de espíritus.
No demandara demasiado esfuerzo de parte de los lectores recordar los incidentes, tanto en el Antiguo Testamento como en los Evangelios donde estos dones se manifestaron.
A los siete de la lista indicada se agregaron dos más después de Pentecostés.
8. Don de lenguas.
9. La interpretación de lenguas.
Esto hace un total de nueve dones, señalados por el apóstol Pablo en 1 Corintios 12. De esta manera, los creyentes que todavía no han participado de la experiencia de Pentecostés, pueden ser el conducto por el cual se manifiesten ocasionalmente cualquiera de esos siete dones, muchas veces sin siquiera perca­tarse de ello. Sin embargo, después de la plenitud y derramamiento del Espíritu, uno cualquiera o los nueve dones en conjunto pueden exteriorizarse fre­cuentemente y con poder, a través de la vida del creyente.
Todo creyente que tenga vocación de servir a Dios echando mano de los dones del Espíritu Santo, debe aprender a escuchar a Dios. A menudo acaparamos la conversación. Es lógico esperar que el principiante cometa errores. No podemos esperar que un niño que recién comienza a aprender aritmética no cometes errores. Quedémonos tranquilos que aun los errores redundan para la gloria de Dios, si contamos con el y depositamos en el toda nuestra confianza.
«Toda buena dadiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre...» dice Santiago. (Santiago 1:17.) Resulta obvio, por supuesto, que todos los dones de, Dios son perfectos, pero es útil recordar que no lo son los canales a través de los cuales se manifies­tan esos dones. El solo hecho de que una persona manifieste esos dones no significa que esta caminan­do en estrecha comunión con Dios. Tal como lo im­plica la palabra «don». La carta a los romanos nos dice: «Por que irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios.» (Romanos 11:29.) No sigamos tras una per­sona por el solo hecho de tener un «ministerio de dones». En lugar de ello, «veamos cuales son los fru­tos del espíritu, los frutos de su vida, su honestidad y pureza, engendradas por el Espíritu de Verdad -el Espíritu Santo- y su anhelo de conocer y apreciar la Palabrade Dios. Busquemos entre los que enseñan a aquellos que establecen un claro equilibrio entre el significado literal y el significado espiritual de las Escrituras, y procuremos la comunión con otros her­manos; hecho eso, aceptemos solamente aquello a que nos mueve el Espíritu Santo y que concuerda con la Escritura. Recordemos que los cristianos no siguen las señales, sino que las señales siguen a los cris­tianos.
Los, dones de Dios, cuando son expresados de la manera en que Dios quiere que lo sean, resultan her­mosos, y no solo hermosos sino útiles, para que el cuerpo de Cristo crezca y se desarrolle. No han de ser meramente tolerados, sino anhelosamente apete­cidos. Debemos advertir contra dos errores que se han cometido con mucha frecuencia en el pasado: abu­so de los dones por desconocimiento del orden bíblico, y rechazo o apagamiento de los dones del Espíritu. A menudo el segundo error se comete como reacción contra el primero.
Todas las buenas cosas nos han sido dadas gra­tuitamente en Cristo (Romanos 8:32); sin embargo, las promesas de Dios debemos apropiárnoslas por la fe. Los dones serán puestos de manifiesto de acuerdo al grado de nuestra fe: «Conforme a vuestra fe os sea hecho.» (Mateo 9:29; Romanos 12:6.) Manifeste­mos sus dones en fe, amor y obediencia, para que, el pueblo de Dios sea fortalecido y este preparado para la difícil y gloriosa tarea que le espera.
No estudiaremos los dones -en el mismo orden en que aparecen en 1 Corintios 12, sino que los agru­paremos en clases, como sigue
A. Dones de inspiración o comunión. (El poder pa­ra decir.)
1. Don de lenguas.
2. Don deinterpretación.
3. Don de la profecía.
B. Dones de poder. (El poder para hacer.)
4.  Dones de sanidades.
5. El obrar milagros.
6. Don de la fe.
C. Dones de revelación (El poder para conocer)
7. Discernimiento de espíritus.
8. La “palabra de ciencia”
9. La “palabra de sabiduría”
El orden que hemos seguido para el catálogo de los Dones, no hace a su importancia relativa, como tampoco lo hace en las Escrituras, pero nos ayudará a percibir la relación de las manifestaciones entre unas y otras.
Capítulo 2 – El desbordamiento – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Capítulo 7 – El don de lenguas y el don de interpretación – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Analizaremos al mismo tiempo los dones de lenguas y de interpretación, desde el momento en que nunca deben ir separados en una reunión pública. Algunos sostienen que hablar en lenguas e interpretar lenguas son los dones de menor jerarquía, porque están anota­dos en ultimo lugar en la lista de dones de 1 Corintios 12:7-11. Si hubiera una razón especial por la cual estos dones aparecen últimos en la lista, una explicación mas lógica seria que fueron los últimos dones dados a la Iglesia. Los primeros siete dones de la lista aparecen en el Antiguo Testamento y en los Evan­gelios, pero estos dos últimos no fueron dados hasta después de Pentecostés.
Hay dos maneras de hablar en lenguas. La más común es la que se usa como un lenguaje devocional para edificación propia, y no hace falta interpretación. (1 Corintios 14:2.) Ya hemos discutido esto en detalle. Queremos referirnos, mas bien, a la manifestación publica de hablar en lenguas, es decir la que debe ser interpretada. A esto llamaremos el «don de lenguas». Cuando un cristiano bautizado en el Es­píritu Santo siente la inspiración de hablar en lenguas en voz alta y en presencia de otros, a lo cual sigue generalmente la interpretación, estamos en pre­sencia del don de lenguas. (1 Corintios 14:27-28; 12:10.) El don de lenguas es transmitido o dado a los oyentes, que son edificados al escuchar la inter­pretación que sigue, hecha por quien tiene ese don.1 Es preferible que los dones de hablar en lenguas y de interpretación no se empleen en grupos de incrédu­los o de creyentes no suficientemente instruidos, sin una explicación previa sobre su significado, ya sea antes o después de sus manifestaciones.
Hay formal principales para expresar el don de lenguas en la congregación
1. Por medio del don de lenguas y de interpretación, Dios puede hablar a los incrédulos y/o a los creyentes.
Si bien Dios no habla en lenguas (¿como podría haber un lenguaje desconocido para el?) estimula al cristiano dócil a que lo haga, y de esa manera –me­diante las lenguas y la interpretación- habla a su pueblo hoy en día. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento dan testimonio conjunto de que Dios ha­bla a su pueblo mediante estos dones. Así dice Isaías:
«Porque en lengua de tartamudos, y en extraña lengua hablara a este pueblo.» (Isaías 28:11.) San Pablo cita esa referencia cuando explica lo que significa hablar en lenguas e interpretar: «Esta escrito: en otras lenguas y con otros labios hablare a este pueblo… “(1 Corintios 14:21), la traducción lite­ral del griego dice así: «En otras lenguas y en labios de otros hablare a este pueblo…» Además la Escri­tura da por sobreentendido que el don de lenguas, su­mado al don de interpretación da por resultado una profecía, lo cual sigue siendo siempre Dios hablando al pueblo. (1 Corintios 14:3.)
1 El Don de lenguas también puede aplicarse como oración o alabanza a Dios
En don de lenguas no es una señal para el creyente, desde el momento en que el creyente no necesita de una señal, pero puede ser una señal para el incrédulo (generalmente no buscada), que lo induce a aceptar Señor Jesucristo. «Así que, las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos…»(1 Corintios 14:22.)
¿De que manera el don de lenguas puede ser una señal para el incrédulo?
a. La lengua puede ser un lenguaje comprensible al incrédulo, por el cual Dios le habla directamente a el.
b. La lengua puede ser un lenguaje incomprensible, pero el poderoso impacto del lenguaje hablado en lenguas, que como norma se acompaña siempre de interpretación, puede alcanzar al incrédulo y actuar como una señal para él.
Cuando el don de lenguas es un mensaje de Dios, que alcanza al incrédulo, sea por su conocimiento del lenguaje (una traducción), sea por la inspirada interpretación de un creyente, y en algunos casos sin con­tar con la interpretación o traducción, constituye una señal para el incrédulo de que Dios es real, vivo, y esta preocupado por el.
Un joven que formaba parte de las fuerzas de ocu­pación de los Estados Unidos de América en el Japón, y que pertenecía a una iglesia en el Estado de Oregón, se habla casado con una señorita japonesa. El joven matrimonio regreso a los Estados Unidos y en todo les iba bastante bien, a excepción de que la joven señora rechazaba rotundamente la fe cristiana de su marido, y se mantenía resueltamente aferrada a su budismo. Una noche, después del servicio nocturno, la pareja estaba en el altar, el orando a Dios por medio de Jesucristo, y ella elevando sus oraciones budistas. Al lado de ellos estaba arrodillada una señora de edad madura, ama de casa de la comuni­dad. Cuando esta señora comenzó a orar en lenguas en voz alta, súbitamente la esposa japonesa tomo del brazo a su marido
“¡Escucha!» le susurro excitada. “¡Esta mujer me esta hablando en japonés!» Me esta diciendo: «¿Has probado a Buda y no te ha hecho ningún bien? ¿Por que no pruebas con Jesucristo?» Y no me habla en el lenguaje japonés corriente sino en el idioma que se utilice en el templo ¡y usa mi nombre japonés com­pleto que nadie en este país conoce!» ¡No es de extrañar que esta joven señora abrazara la fe cristiana!
Hemos conocido muchos casos similares. Lo que ocu­rrió en el caso que acabamos de mencionar, es que como el ama de casa norteamericana se sometió a Dios orando en lenguas, el Espíritu Santo eligió cam­biar el lenguaje de oración a Dios, por un mensaje de Dios a través del don de lenguas.
Ruth Lascelle (entonces Specter) 2 se había criado en un hogar judío ortodoxo. Cuando al comienzo de su edad adulta, su madre aceptó a Jesús como su Mesías, Ruth creyó que su madre había perdido el juicio. Concurrió a la iglesia donde asistía su madre, en procura ‘de refutar sus creencias. En una de esas reuniones hubo un mensaje en lenguas que si bien es cierto que no fue interpretado, hizo un impacto tan profundo en Ruth que supo en ese preciso instante que Jesús era real, y ella también lo aceptó como su Mesías.
Este es un ejemplo del don de lenguas, ni enten­dido ni interpretado, y, sin embargo, fue una señal de una fuerza tal que Ruth se convirtió en el acto. Dice Ruth: «Le pedí a Dios que-me diera una señal que me indicara que la fe cristiana es la fe verda­dera. Hasta ese momento, por supuesto, nunca había oído la cita de la escritura del Nuevo Testamento que dice: «Los judíos piden señales.» 3 (1 Corintios 1:22.)
Otro caso interesante sucedió en 1964 en el norte de California, durante un servicio carismático. Una estudiante universitaria asistió a la reunión con su padre, prominente funcionario eclesiástico. Esta joven conoció a Jesús en su infancia, pero se había alejado cada vez mas de el, durante sus años de estudiante. Su fe se había hecho añicos, y estaba bajo tratamiento psiquiátrico. Casi al finali­zar la reunión los dones de lenguas y de interpretación se manifestaron en amor y en potencia. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras caminaba hacia el altar para orar. Le dijo a la persona que la acon­sejaba:
«Cuando oí hablar en lenguas por primera vez esta noche, y el mensaje que siguió, supe de nuevo, y sin ninguna duda, que Dios es real y que me ama!»
Este último caso es un ejemplo de estos dones co­mo una señal, no para el incrédulo, de acuerdo a lo que dijimos anteriormente, sino más bien para una creyente afectada de incredulidad temporaria.
Los dones de lenguas y de interpretación también pueden ser un mensaje de Dios para bendecir y ex­hortar a los fieles. Hay numerosos ejemplos que con­firman esta afirmación; solo mencionaremos uno. Un viernes por la noche, alrededor de un año después de que Rita fuera renovada en su experiencia del bau­tismo en el Espíritu Santo, asistía a una reunión de oración. Oro por una amiga que estaba trabajando como enfermera misionera en África, y que estaba so­portando difíciles pruebas. Cuando terminó de orar por Dorotea, hubo un momento de don de lenguas y de interpretación, que al efecto decía así: «Si tu mis­ma estas dispuesta a ir a ayudar a tu amiga, tus ora­ciones serán contestadas mas rápidamente.» A continuación el Señor le pregunto a Rita tres veces, de la misma manera que le preguntó a Pedro: «¿Me amas?» Ella, que había estado caminando muy cerca de e1, testificando activamente de el desde su reaviva­miento, se sintió penosamente sorprendida de que le preguntara si lo amaba, y rompió a llorar. Allí mis­mo Rita le aseguró a Dios que lo amaba tanto que estaba dispuesta a ir dondequiera la enviara. Tan convincente fue el mensaje que le dio el Espíritu San­to, que al finalizar la reunión ¡sus amigos la rodearon para despedirla! según resultaron las cosas, si bien estaba dispuesta a ir al África, en lugar de ello dos meses después el Señor la envió a Texas!
2. El don de lenguas también puede ser oración pública a Dios.
La mayoría de nosotros prefiere oír relatos del cielo que relatos de la tierra; preferiríamos oír a Dios hablándonos, que oír al hombre hablar a Dios. Sin embargo, leyendo las Escrituras, observamos que el don de lenguas es utilizado en reuniones públicas de oración y necesita interpretación para que los otros creyentes puedan asentir. (1 Corintios 14:13. 16.) De ahí se desprende que el don de lenguas, complementado por la interpretación, puede también ser una oración, acción de gracias o alabanza a Dios, lo cual estimula a la congregación. El don de lenguas en tanto sea oración o alabanza, puede ser un lenguaje conocido por los incrédulos, como ocurrió en el día de Pentecostés: «Les oímos hablar en nuestras len­guas las maravillas de Dios.» Pablo también establece que alguno en la reunión puede cantar su alabanza a Dios utilizando el don de lenguas; también la interpretación puede ser cantada, lo cual es de gran inspiración.
Cualquier creyente bautizado en el Espíritu Santo puede «cantar en el Espíritu». Esto significa permitir al Espíritu Santo no solamente guiar nuestra pa­labra, sino también cantar mientras e1 dirige las palabras y la tonada. En un grupo de creyentes bien instruidos, varias personas pueden orar o alabar a Dios, hablando o cantando en lenguas al unísono, sin necesidad de interpretación. Y en algunas ocasiones, cuando todo el grupo se une «cantando en el Espíritu», permitiendo al Espíritu Santo no solo guiar las votes individualmente, sino combinándolas a todas ellas, se logra una armonización tan sublime que se­meja el canto de un coro angélico.
Es motivo, de perplejidad para algunos, cuando unas pocas palabras en lenguas son seguidas de una larga respuesta en el idioma vernáculo. Varias razo­nes explican este hecho. Pudiera ser que el lenguaje dado por el Espíritu Santo fuera más conciso, que el lenguaje más elaborado del intérprete. También pu­diera ser que la interpretación misma fuera seguida por palabras proféticas. Otra explicación mas es la de que al hablar en lenguas era en realidad una oración privada, y la presunta interpretación era, en la realidad, una profecía.
Si bien es cierto, que todos los creyentes deberían hablar diariamente en lenguas durante sus oraciones, no todos pueden ejercitar el don de lenguas en una reunión pública. (1 Corintios 12:30.) Sabremos que Dios nos esta inspirando a manifestar el don de len­guas cuando sentimos con toda claridad en lo mas intimo de nuestro ser el avivamiento o el testimonio del Espíritu Santo. Esto no significa que tengamos que hacer nada impulsivamente. Debemos hablar al Señor tranquilamente y pedirle, para el caso de que os quiera utilizarnos de esta manera, que nos brinde la oportunidad, durante el servicio, de oficiar en el ministerio. Nunca debemos interrumpir cuando otra persona este hablando. !!!ión;pedirla,guas.¡El Espíritu Santo es un caballero!» Debemos preguntarle al Señor si este es el don particular que quiere para este grupo determinado. Al utilizar cualquiera de los Dones orales del Espíritu Santo –lenguas, interpretación o profecías- hablemos con voz suficientemente alta para que todos nos escuchen, pero no seamos innecesariamente ruidosos ni cambie­mos el tono de nuestra voz natural. El ser ruidosos o afectados asustara a la gente y podrán impugnar la genuinidad del don. Evitara que oigan lo que Dios quiere decirles. Hablemos con el máximo de preocupación por el bienestar de todos y en el amor de Dios. Si creemos que Dios quiere que manifestemos el don de lenguas, debemos estar preparados para orar también por el don de interpretación, para los casos en que no hubiera otra persona presente suficiente­mente entregada para hacerlo. (1 Corintios 14:13.)
La interpretación de lenguas es dar, en una reunión publica, el significado de lo que se ha dicho por el don de lenguas. Una persona se siente movida a hablar o a cantar en lenguas, y la misma u otra persona recibe del Espíritu Santo el significado de lo que se ha dicho. El que interpreta no entiende la lengua. No es una traducción sino una interpretación, dando el sentido general de lo que se ha dicho. El don de la interpretación puede hacerse presente directamente en la mente de la persona, en su totalidad, de lo contrario tan solo algunas pocas palabras al comienzo, y cuando el intérprete, confiando en el Se­ñor, comienza a hablar, se materializa el resto del mensaje. De esta manera se parece a hablar en len­guas: «Tu hablarás, y el Señor pondrá en tu boca las palabras.» La interpretación puede presentarse también en forma de imágenes o símbolos, o por un pensamiento inspirado, o el intérprete puede escuchar el discurso en lenguas, o parte del mismo, como si la persona estuviera hablando en el idioma vernáculo.
La interpretación dará el mismo resultado que una declaración profética, es decir de «edificación, exhor­tación, consolación». (1 Corintios 14:3-5.) Recordemos que los dones no han sido dispuestos para que nos sirvan como guía de nuestras vidas, sino para confirmar lo que Dios ya nos esta diciendo en nuestro espíritu y .por medio de las Escrituras.
Dios actúa como quiere, pero se ajusta a ciertas pautas generales que nosotros podemos detectar. Al­gunos han denominado a 1 Corintios 14 como las reglas -de oro carismáticas del cristiano. Por ejemplo, 1 Corintios 14:27, dice así: «Si alguno habla en una lengua, su numero debe estar limitado a dos, o a lo sumo a tres, y cada uno (esperando su turno), y que alguien explique (lo que se ha dicho)» Esta escritura establece normas especifi­cas. Limita el número de intervenciones en lenguas e interpretaciones a dos o tres veces en una reunión. Algunos estiman que el próximo versículo significa que después de dos o tres dones de lenguas, un «in­terprete oficial» deberá brindar una sola interpretación para los dos o tres discursos en lenguas, pero el versículo 13 indica que cualquiera que esta acostum­brado a manifestar el don de lenguas, también puede orar pidiendo el don de la interpretación. Esto es importante que lo tengamos en cuenta, desde el mo­mento en que puede haber-otros en la reunión que no se sienten suficientemente entregados en ese mo­mento para hacer la interpretación que se necesita. A fin de evitar la confusión que produciría entre los incrédulos y los creyentes no instruidos la falta de interpretación del don de lenguas (versículos 23, 33) parece que es bíblico que cada vez que se hable en len­guas hay que hacer la interpretación separadamente. Además se tornaría muy difícil retener la interpretación por un periodo demasiado prolongado.
El hablar en lenguas seria reconocido mas como idioma conocido si hubiera alguien presente que su­piese ese lenguaje y pudiera traducirlo. También es posible que en alguna medida el hablar en lenguas sea en el «lenguaje de Ángeles». (1 Corintios 13:1.) Sabemos que en el’ mundo hay alrededor de 3.000 idio­mas y dialectos, de modo que no puede sorprender a nadie que muy pocos idiomas puedan ser reconocidos en una localidad en particular ; en realidad es sor­prendente que se puedan reconocer tantos. En el día de Pentecostés había alrededor de 120 personas ha­blando en lenguas, pero solo fueron reconocidos ca­torce lenguajes (Hechos 1:15; 2:1, 4, 7-14), a pesar de que había «judíos piadosos» de todas las naciones del mundo conocido. Este es más o menos el porcen­taje de idiomas conocidos identificados hoy en día. Orando con personas pidiendo la bendición de Pentecostés, y habiendo asistido a numerosas reuniones carismáticas en muchas partes del mundo durante los pasados diez anos, hemos conocido gente que han ha­blado en lenguas en latín, castellano, francés, hebreo, vasco antiguo, japonés, arameo, chino mandarin, ale­mán, indonesio, dialecto chino foochow, griego neo­testamentario, ingles (por un orador no ingles) y polaco.
A veces, los que han recibido la experiencia de Pentecostés, deben soportar el desafió de algunos que no comprenden el propósito de hablar en lenguas, con preguntas tales como la siguiente:
«Si realmente le ha sido dado un nuevo lenguaje, ¿por que no lo hace analizar, descubre a que país pertenece y va a ese país como misionero a predicar el evangelio en ese idioma?» Otros preguntan
«Si Pentecostés es tan poderoso, ¿como es que los misioneros con esta experiencia tienen que estudiar un idioma en la Universidad?»
Estas personas no se dan cuenta que el don de lenguas es manifestado al incrédulo solamente cuan­do es dirigido por el Espíritu Santo, y aun en el caso de que una persona pueda ser utilizada una Bola vez para hablar un determinado lenguaje, y con ello al­canzando a alguien para Cristo, no tiene ninguna manera de saber si le será dado hablar alguna vez mas en la vida ese lenguaje especifico. Si bien el creyente bautizado en el Espíritu Santo puede hablar en su privada lengua devoción al, tanto en este como en el don de lenguas la elección del lenguaje que hable no puede ser regulada por el individuo. Dios lleva a cabo estos milagros vocales según su elección y de acuerdo a sus propósitos.
Aparte de todo ello, hay quienes erróneamente ase­guran que la proclamación del Evangelio se hizo en Pentecostés por medio del don de lenguas y por lo tanto seria el único propósito valido para hablar en lenguas hoy en día. Si bien es cierto que se escucha a algunos hablando, impulsados por el Espíritu Santo, en idioma conocido en el día de Pentecostés, también es cierto que no proclamaron el Evangelio en len­guas, sino que estaban alabando a Dios. El que evangelizó ese día fue Pedro. Aun cuando antes de hablar a la gente el también fue edificado al hablar en len­guas, en el momento de brindar el mensaje de salvación, habló en un lenguaje que el comprendía y que todos sus oyentes entendían.
Corre una idea muy generalizada, pero errónea, de que los oyentes en el día de Pentecostés eran «extran­jeros» que no entendían el dialecto arameo del hebreo, que era el idioma corriente, y fue por ello que al predicarles el evangelio lo hicieron en los idiomas de los países de los cuales provenían. Este error se co­rrige fácilmente prestando atención al relato. El se­gundo capitulo de los Hechos, dice así:
«Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo.» (He­chos 2:5.)
Las personas que oyeron hablar en lenguas en el día de Pentecostés a los 120 primeros creyentes, eran fieles judíos de la «Dispersión» o diáspora, que era el término utilizado para indicar el hecho de que ya en esos días el pueblo judío estaba desparramado por todo el mundo. Pero igual ha como lo hacen en el día de hoy, mantuvieron su identidad y criaron a sus hijos como buenos judíos. Y aún cuando hubieran nacido en el extranjero, y hubieran sido educados hablando otro idioma, a todos les enseñaban la lengua hebrea, y sin duda alguna esperaban ansiosos el día en que pudieran visitar Jerusalén. En el día de Pentecostés sucedió algo así como si los pueblos de habla inglesa de todo el mundo se reunieran en Londres en ocasión de un suceso nacional de gran importancia como seria, por ejemplo, la coronación de la Reina Isabel II. Habría gente de Nueva Zelanda, de Jamai­ca, de la India, británicos de nacionalidad, criados en hogares «a la inglesa», hablando el idioma ingles, pero que nunca estuvieron en la «madre patria». En su vida diaria hablarían a menudo una lengua «ex­tranjera». Imaginémonos a esa gente reunida en Londres para la coronación que escucharan de pronto a un grupo de londinenses de clase popular -«cockneys»- con su acento característico; hablando her­mosamente en el lenguaje nativo, de los lejanos países de los cuales provenían! «¿No son «cockneys» todos estos que hablan? ¿Como, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en la lengua del país en que vi­vimos?”
«OH», dicen algunos, «todos oyeron en su propio lenguaje. Los discípulos hablaban en una misteriosa «lengua» que milagrosamente le «sonaba» a cada uno como su propio lenguaje.» Es una teoría interesante, pero no bíblica. La Biblia dice: «Comenzaron a ha­blar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.» (Hechos 2:4.)
Cuando Pedro se dirigió a la multitud les dijo «Varones hermanos…» (Hechos 2:29.) No eran extranjeros sino «hermanos» un termino que los judíos no usaban livianamente. Además, es evidente que cuando Pedro se puso de pie para explicarles lo que estaba sucediendo, no hablo en lenguas. Se mencionan 14 naciones y sus respectivos lenguajes; ¿debemos imaginar que Pedro les hablo sucesivamente en esos 14 idiomas? Por supuesto que no; hablo en un len­guaje en que todos le entendieron. l. ¿Que estarían ha­ciendo en Jerusalén en el gran día si no entendieran el idioma y pudieran participar del acontecimiento? El relato nos dice también que había algunos prosélitos, es decir gentiles convertidos, pero estos, también habrían sido instruidos en el idioma hebreo.
Habiendo dejado aclarado este punto de que no se utiliza habitualmente el don de lenguas para anunciar el evangelio, y que no fue utilizado en el día de Pentecostés con ese propósito, reconozcamos también que, como en todos los casos, hay excepciones a la regla.
Hay ejemplos esparcidos a lo largo de la historia del cristianismo, de algunos a quienes el Espíritu Santo les dotó de la capacidad de hablar y entender un nuevo idioma, reteniendo esta capacidad en forma permanente. De acuerdo a sus biógrafos, el gran mi­sionero de Oriente, Francisco Javier, recibió de esta manera el idioma chino. Stanley Frodsham, en su libro Con señales siguiendo, nos relata varios ejemplos similares que han ocurrido en el movimiento pente­costal moderno.
John Sherrill, en su libro, Hablan en otras lenguas,4 cuenta de un misionero que en el año 1932 fue utili­zado por Dios, mediante el don de lenguas, para lle­var el mensaje de la salvación a una tribu de caníbales. El misionero H.B. Garlock fue capturado y juz­gado por los nativos. Les hab1ó durante veinte minu­tos en lo que para el era un idioma desconocido, pero que evidentemente los caníbales lo entendieron, les satisfizo lo que les dijo, y lo dejaron en libertad, y posteriormente se entregaron a Cristo. Es significa­tivo el hecho de que cuando Garlock volvió al centro misionero, continuó oficiando a los liberianos en el idioma de ellos que, le había demandado tanto tiempo y trabajo aprender. No retuvo en forma permanente el idioma de los caníbales pues el Espíritu se lo había «prestado» solamente para esa emergencia.
Alrededor de ocho anos atrás, una señorita de la iglesia de St. Luke, Seattle, al visitar un hospital se detuvo a conversar con una mujer asiática a quien no conocía. La mujer hablaba muy poco ingles, pero lo suficiente para entender que la visitante que­ría orar con ella, a lo cual reaccionó diciendo: «¡Yo, Buda! ¡Yo, Buda! «, significando con ello, por supues­to, que era budista. La señorita de la iglesia de St. Luke se sintió inclinada a hablarle a la mujer a me­dida que el Espíritu ponía las palabras en su boca, y durante varios minutos hab1ó en un idioma descono­cido para ella. Al hacer ademán de retirarse, la mujer le dijo, con el gozo reflejado en su rostro: «; ¡Yo, Jesús!
¡Yo Jesús!» Resulta obvio que la señorita de St. Luke había testificado a la asiática en su propio lenguaje, y la mujer respondió recibiendo a Jesús como su Salvador.
Otra idea no bíblica que sostienen algunos, es que los corintios eran las «ovejas negras» de la iglesia primitiva. Atentaban contra las buenas costumbres, hablando en lenguas, por ejemplo, porque no eran más que convertidos «a medias» de su paganismo. Pablo tuvo que «sermonearlos» debido a su emocionalismo. Aceptaba que hablaran en lenguas, pero a regañadientes.
Lo equivocado de esta idea puede comprobarse fácilmente leyendo con atención el Nuevo Testamento. Cuando Pablo fue a Corinto, Dios le dijo: «Yo tengo mucho pueblo en esta ciudad.» (Hechos 18:10). Fue en Corinto donde Pablo conoció a dos de. Sus grandes colaboradores, Alquila y Priscila, y también fue en Corinto donde trajeron a Apolo, uno de los mas elo­cuentes de entre los primeros evangelistas. No hay indicación alguna de que los corintios fuesen un grupo de segunda categoría. Lo que sucede es que esta generalizado un falso concepto popular de que una gran iglesia es una iglesia sin problemas. Lo cierto es todo lo contrario: mientras mayor sea la iglesia y mayor la obra que realiza, mayores serán los problemas que Satanás querrá provocar. Claro que tenían dificultades los corintios, pero ello era debido a que Dios estaba realizando una gran obra entre ellos y tenían que soportar el desafió del ene­migo.
Pablo no les echaba en cara a los corintios porque hablasen en lenguas, sino porque permitían la en­trada en su grupo al orgullo y al divisionismo. Su gran preocupación eran sus divisiones, su sectarismo, que a su vez originaban el abuso de los dones. Lejos de tratar de impedirles el use de los dones los insta repetidamente a solicitarlos: «Procurad los dones» (1 Corintios 12:31; 14:1.) «Que nada os falte en ningún don…» «Quiero que en todas las cosas seáis enriquecidos en é1, en toda lengua…» Pero también les dice: «Empero hágase, todo decentemente y con orden.» (1 Corintios 14:40.).
Si Pablo se hiciera presente en el mundo de hoy en día, con toda seguridad nos trataría como trato a los corintios:
A continuación Pablo volvería su mirada a los grupos carismáticos -o a algunos de ellos, por lo menos- y les diría algo así
«Mis queridos hermanos, estoy encantado de oír y ver los maravillosos dones del Espíritu manifes­tados en vosotros, pero, ¡por favor! ¿Tiene que gritar tan fuerte ese hermano? Observe que alguien se retiro de la reunión cuando ese hermano grito. Tuvisteis vosotros una reunión pública a la cual invitasteis a incrédulos, y todos vos­otros hablasteis en lenguas al mismo tiempo sin dar ninguna explicación. ¿Creísteis que fue esa la mejor manera de demostrar amor y preocupación por vuestros invitados? Estoy cierto que algunas de las personas que tratáis de alcanzar piensan que estáis locos. ¡Recordad que el espíritu del profeta esta sujeto al profeta!»
¿Puede ser imitado fraudulentamente el don de hablar en lenguas? Si, por supuesto. Todos los dones tienen su contrahechura satánica, que en el caso del don de lenguas se manifiesta por la emisión de expre­siones o sonidos en labios de quienes adoran otros dioses, o están envueltos en otras religiones o cultos, que configuran una falsificación del don de lenguas. En una reunión publica numerosa, donde resulta difícil ejercer un control estricto, puede darse el caso de que una tal persona manifieste una imitación fraudulenta. Y es en esas circunstancias cuando se pone de manifiesto la necesidad del don de discernir los espíritus. Ningún cristiano que esta caminando en el Espíritu bajo la protección de la sangre de Jesús, debe temer que pueda incurrir en una falsifi­cación del don de lenguas. La Escritura nos recuerda nuestra seguridad en Cristo
“¿Que padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿Si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿Pues si vosotros, siendo ma­los, sabéis dar buenas dadivas a vuestros hijos, cuan­to mas vuestro Padre celestial darán el Espíritu Santo a los que se lo piden?» (Lucas 11:11, 13.) «Nadie que hable por el Espíritu de Dios (esto puede sig­nificar un cristiano hablando en lenguas) llama anatema a Jesús.» (1 Corintios 12:3.)
Resumiendo, el don de lenguas, y el de interpretación de lenguas, es en primer lugar, una señal para los incrédulos (1 Corintios 14:22), siempre y cuan­do se manifiesten de acuerdo a las instrucciones bíblicas. En segundo lugar, ambos dones tienen el mis­mo efecto de una profecía, y por lo tanto sirven para que la iglesia reciba edificación. (1 Corintios 14:5, 26-27.)
Pidámosle a Dios que nos utilice en estos dos dones; ambos son necesarios. El apóstol Pablo en Corin­tios 12, compara los dones del Espíritu, públicamente manifestados, con varios miembros y sentidos del cuerpo, teniendo cada uno su lugar, y siendo cada uno necesario a su manera. A la luz de la Escritura, no vemos como pueden ser clasificados los dones en categorías de mayor o menor significación, desde el momento en que Pablo pone énfasis en el hecho de que cada miembro del cuerpo es importante. A me­nos de que se pongan de manifiesto todos los dones, el cuerpo de Cristo en la tierra se vera impedido en su accionar.
Cada uno de nosotros debería examinar su propia vida y arreglar cuentas con Dios antes de manifestar los dones de Dios. Si la gente resulta beneficiada, ¡démosle a Dios la gloria! Oremos para que la gloria de Dios también se manifieste a través de otros miem­bros del cuerpo de Cristo. (Juan 17:22.)

8
El don de profecía
El don de profecía se manifiesta cuando los cre­yentes expresan lo que esta en la mente de Dios, por inspiración del Espíritu Santo y no por inspiración de sus propios pensamientos. La profecía no es un don «privado», sino que siempre interviene un grupo de creyentes, si bien pudiera estar destinada a una o más de las personas presentes. De esa ma­nera puede ser «juzgada», es decir, evaluada por la iglesia.
A pesar de que la profecía aparece en el sexto lugar en la lista de 1 Corintios 12, Pablo la coloca al tope en el capitulo 14, significando con ello lo altamente beneficiosa que es para la iglesia. Así, dice Pablo:
«Seguid el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis… el que profetiza, edifica (construye) a la iglesia.» El versículo 39 es más enfático aun
«¡procurad profetizar
Ya vimos en el ultimo capitulo que los dones de lenguas y de interpretación, actuando juntos servían, en primer lugar, como señal para los incrédulos y, en segundo lugar, para la edificación de la iglesia, es decir para los creyentes. La profecía es justamente el reverso, primero para la edificación de los cre­yentes y en segundo lugar para los incrédulos: «…la profecía (es señal), no a los incrédulos, sino a los creyentes.» (1 Corintios 14:22.)
La Escritura nos dice que hay tres maneras me­diante las cuales la profecía sirve a los creyentes: edificación, exhortación y consolación; o, dicho en otras palabras, construyendo, animando y consolando. (1 Corintios 14:3.) De ahí que la profecía tenga un carácter esencialmente estimulante para la iglesia, si bien no toda profecía tiene ese carácter. Si un padre terrenal nunca corrigiera a sus hijos, estaría adoptan­do una actitud perjudicial y descarriada. No crecerían ni madurarían normalmente. Si, por el contrario, el padre le dijera permanentemente al hijo que todo lo que hace esta mal y nunca le dijera que lo ama y aprecia lo que hace, no habría un vinculo de amor entre padre e hijo. Podríamos establecer una proporción adecuada: una tercera parte de exhortación y dos terceras partes de consolación. Es por ello que en una reunión hemos de contar con muchas profecías que expresan la consolación del Padre y en menor proporción las que suponen un regalo. Una profecía valida no tendrá que ser duramente condenatoria para los creyentes, pero si un consejo dado en tonos firmes e inequívocos.
Hasta el presente, en la mayoría de las reunio­nes carismáticas, ha sido mayor el ministerio dado a los creyentes por el don de lenguas y de interpretación que por la profecía. Una de las razones que explicarían este hecho es que pareciera que se requiere mas fe para hablar proféticamente, que la que hace falta para que una persona hable en len­guas y otra interprete. Hablar en lenguas es un don mas fácil de manifestar que el de la profecía, pre­cisamente porque A lenguaje es desconocido al ora­dor y por ello no siente ningún temor en caso de equivocarse y, además, porque la interpretación la realiza otra persona, por lo general. Por el contrario, sobre la persona que profetiza cae todo el peso de la responsabilidad.
Por lo tanto, el primer propósito del don de profecía es hablar a los creyentes, pero este don puede también atraer a los incrédulos a Dios. La Escritura dice : «Pero si todos profetizan, y entra algún incrédulo o indocto, por todos es convencido, par todos es juzgado ; lo oculto de su corazón se hace manifiesto; y así, postrándose sobre el rostro, adorara a Dios, declarando que verdaderamente Dios esta en­tre vosotros.» (1 Corintios 14:24-25.) Esto indica el uso del don de profecía juntamente con el don de conocimiento. El don de conocimiento es la revelación divina de hechos no aprendidos por el enten­dimiento natural. Hablaremos más en detalle sobre este don en un capitulo más adelante. Cuando el incrédulo se da cuenta que son revelados hechos íntimos de su vida relacionados con su estado espiritual, se convence de la realidad de Dios y de inmediato se convierte. Por otro lado, el creyente incrédulo o indocto, que no entiende en su plenitud los dones del Espíritu, no habiendo recibido el bautismo del Espíritu Santo, muy a menudo, al llegar a este punto, se convence de que estas cosas son reales. (Esto ul­timo esta ocurriendo cada vez con mayor frecuencia, en el día de hoy. Muchos creyentes «no adoctrinados» solicitan recibir el bautismo del Espíritu Santo, por­que han visto en acción los dones de los cuales les habían dicho que «no eran para el día de hoy».)
En el Antiguo Testamento hubo hombres inspira­dos de Dios para profetizar. Estos profetas fueron especialmente elegidos por Dios para comunicar su palabra a la gente, oficiando los dones combinados de profecía y conocimiento, y a menudo ejecutando «grandes proezas» por el poder de Dios. Muchas ve­ces, por medio de ellos hizo conocer Dios su voluntad e intención. Habitualmente toda profecía que se re­fiera al futuro va acompañada de la partícula con­dicional «si».
«De aquí a cuarenta días Ninive será destruida» (Jonás 3:4) es lo que Jonás debía anunciar. Pero los habitantes de Ninive se arrepintieron en saco y ceniza. ¿De que habría valido enviar a Jonás si no hubieran tenido ninguna oportunidad de arrepentirse? De modo que Ninive no fue destruida -en esa ocasión al menos ¡lo cual molesto mucho a Jonás!
Jeremías fue un profeta de la antigüedad, que advirtió a los habitantes de las ciudades de Judá, que se volvieran de sus malos caminos. También esta fue una profecía «condicional». Después de oírlo hablar las palabras del Señor, tanto el sacerdote como los profetas y el pueblo en general quisieron matar a Jeremías. A veces el papel del profeta lo hacia muy popular y en ocasiones muy peligroso. Esteban desa­fío al Sanedrín preguntando: «¿A cual de los profe­tas no persiguieron vuestros padres?» Jesús exclamó: «¡Jerusalén, Jerusalén que matas a los profetas…! (Mateo 23:37; Hechos 7:52.)
También hay profecías incondicionales que hacen referencia a planes definidos de Dios, relacionados especialmente con la venida de Cristo. Isaías 53 es un perfecto ejemplo, pues se trata de una de las más grandes profecías del Antiguo Testamento rela­cionadas con el Señor Jesús. Moisés profetizo sobre Cristo: «Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, lo levantara Jehová tu Dios; a el oiréis.» (Deuteronomio 18:15.) Y, en realidad, Jesucristo mis­mo fue un «profeta, poderoso en obra y en palabra». (Lucas 24:19.) Fue el profeta, 1 de la misma manera que fue el sacerdote, el rey. En el Nuevo Testamento figuran numerosas declaraciones proféticas hechas por Jesús. Los capítulos 13 de Marcos y 24 de Mateo son poderosas profecías sobre acontecimientos veni­deros. El capitulo 16 de Juan en su casi totalidad es una profecía dada por Jesús a sus discípulos mas allegados
«Estas cosas os he hablado, para que no tengáis tropiezo. Os expulsaran de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensara que rinde servicio a Dios. Y harán esto porque no cono­cen al Padre ni a mí. Mas os he dicho estas cosas, para que cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho. (Juan 16:1-4.) (Leer el resto del capitulo.)
Estas profecías «incondicionales» fueron dadas principalmente para servir como señales indicadoras a los creyentes, para que pudieran discernir las «se­ñales de los tiempos». Jesús dijo: «Os lo he dicho antes que suceda, para que cuando suceda, creáis.»
1 El mero hecho de reconocer en Jesús a un profeta, no hace cristiano a nadie; Jesús debe ser reconocido como el divino Hijo de Dios, Dios hecho carne.
(Juan 14:29.) En este momento no estamos deba­tiendo sobre el valor de las profecías, simplemente las mencionamos de paso, para ubicarnos y saber donde estamos en el plan calendario de Dios.
En tiempos del Antiguo Testamento Dios no podía andar, por su Espíritu, morar entre su pueblo, pero el Espíritu Santo descendió para ungir a ciertas per­sonas sometidas a Dios. El Espíritu reposo sobre ellos. Moisés profeta y líder del pueblo de Israel llego a la conclusión, cierto día, de que lo que se exigía de el constituía una carga demasiado pesada para soportarla por si solo, por lo cual Dios tomó el espíritu que estaba en el, y lo puso en otros setenta hom­bres; cuando esto ocurrió, ellos, a su vez, comenzaron a profetizar. Pero se planteo un problema, porque sobre dos personas, Edad y Medad, que no habían estado en el Tabernáculo con los otros setenta, tam­bién reposo el Espíritu y por su inspiración comenzaron a profetizar a campo abierto. Entonces algunos de los otros se quejaron y querían que Moisés les prohibiera que profetizaran. La respuesta de Moisés» fue, en si misma, una profecía:
«¿Tienes tu celos por mi? 0jalá que todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos.» (Números 11:29.)
Estas palabras se cumplieron en los días de Pentecostés. Justamente ese día Pedro hizo referencia a las palabras de Joel, que fueron similares a aque­llas: “Esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días derramaré de mi espíritu sobre toda carne. Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros anciano soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos en aquellos días derramaré de mi Espíritu y profetizarán.” (Hechos 2:16-18).
En Efeso, cuando Pablo impuso sus manos sobre los dote y recibieron su «Pentecostés «hablaban en lenguas y profetizaban». (Hechos 19:6.) La Escritura nos dice que desde el día de Pentecostés y del derra­mamiento del Espíritu. Santo, en adelante, toda criatura sometida a Dios puede ser movida por el Espíritu Santo a profetizar. Pablo, estando en Corinto, luego de recomendarles con ahínco de que todos deben aspirar a obtener el don de la profecía, se ocupa de las per­sonas poseedoras de este don: «Los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen. Y si algo le fuere revelado a otro que estuviere sentado, calle el primero. Porque podéis profetizar todos uno por uno, para que todos aprendan, y todos sean exhortados. Y los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas.» (1 Corintios 14:29-32.)
Estos versículos nos hablan de las «normas» a que deben ajustarse los que profetizan en reuniones. Los profetas deben limitarse a hablar dos o tres veces, lo mismo que para las lenguas y la interpretación. No importa cuan maravilloso sean los dones vocales, no deben ocupar toda la reunión. Hay que permitir el tiempo necesario para la enseñanza inspirada de la Palabra de Dios, para la alabanza y la oración, para compartir el testimonio, para cantar las alaban­zas a Dios, etc.
Como ya lo hemos expresado anteriormente, la profecía tiene siempre, como destinataria, a la comu­nidad: el pueblo de Dios. En todos los casos, debe ser anunciada en presencia de otros, porque la profecía tiene que ser juzgada o evaluada por la iglesia, en términos del testimonio del Espíritu-en los cora­zones de los demás hermanos, y en los términos es­tablecidos por la Palabra de Dios, con la cual debe concordar la profecía, sin excepción. Esto sirve tam­bién de control para evitar que una persona en parti­cular demande demasiado para si misma. El dirigen­te de la reunión debe estar atento para corregir cuan­do fuere necesario. Se hace mención a los buenos mo­dales y a la consideración debida a las demás perso­nas. «Los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas», nos recuerda que los dones del Espíritu son por inspiración y no por compulsión, y no hay ninguna excusa que justifique un comportamiento ex­travagante. Siguiendo al pie de la letra al Espíritu Santo, la reunión será pacifica, apacible y ordena­da: «decentemente y con orden», como lo dice Pablo. Para nosotros la palabra «decentemente» pudiera tra­ducirse mejor por «con propiedad» o «decorosamente«.
A las mujeres se les permite ejercer el-ministerio de la oración y la profecía, siempre que estén sujetas a la dirección del hombre.
Si una mujer esta en duda con respecto a su de­recho de profetizar, puede recordar la hermosa profecías declarada por Maria, la madre de Jesús
«Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre. Y su misericordia es de generación en generación a los que le temen. Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quito de los tronos a los poderosos, y exalto a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos.» (Lucas 1:46-53.)
Hasta aquí hemos hablado sobre el don de profecía referido a todos los miembros del cuerpo, pero ahora vamos a referirnos a los que hacen de la profecía su ministerio. De la misma manera que la era apostólica no es una cosa concluida y el ministerio del apostolado se mantiene en toda su vigencia en el día de hoy, así existen todavía los que tienen el ministerio de profeta. En razón de que los profetas del Antiguo Testamento hablaban contra los abusos sociales y políticos y contra las practicas sacerdotales y de la jerarquía de esa época, es decir contra la «institución», ha echado raíces la errónea idea de que todo activista y todo aquel que protesta contra la injusticia social es un «profeta» y de que la «profecía» consiste, prin­cipalmente, en denunciar la maldad humana. Pero como ya lo hemos visto, no es lo que el hombre dice en el ámbito natural lo que- hace un profeta, sino el hecho de que es impulsado por el Espíritu de Dios para hablar las palabras que Dios pone en sus labios.
El verdadero profeta no tendrá necesidad de anun­ciar a los demás que é1 es un profeta; será recono­cido por su ministerio. Moisés es un excelente ejemplo de un profeta, y sin embargo la Biblia dice de é1: «Moisés era muy manso (humilde, benévolo), mas que todos los hombres que había sobre la tierra.» (Números 12:3.) Esto es un buen criterio para pro­bar a un profeta hoy en día. Es natural que un profeta de Dios oficiara con frecuencia en el don de la profecía, que muchas veces va unido al don de la palabra de sabiduría muy difícil a veces de es­tablecer la distensión entre ambas -haciendo conocer la voluntad y el pensamiento de Dios. Cuando Jesús, sentado junto al pozo, le contó a la mujer, con lujo de detalles, todo lo que sabía sobre su vida personal, la mujer de inmediato le dijo:
«Señor, me parece que lo eres profeta.» (Juan 4:19.)
Un verdadero profeta será un cristiano maduro, ya que su ministerio figura en la lista como uno de los oficios utilizados para la edificación de la iglesia. (Efesios 4:8, 11-16.) No se permitirá a nin­guna persona que ejerza el ministerio como profeta consagrado en la iglesia, a menos que sea perfecta­mente conocido por sus hermanos en cuanto a su doc­trina y a su manera de vivir. Un verdadero profeta denunciara todo lo que sea malo, sin tomar en con­sideración si el actuar así lo hará impopular o no. Atraerá a la gente a Dios, no a si mismo.
El ministerio del profeta debe ser juzgado más estrictamente que el de los hermanos en general que profetizan en las reuniones. Puede darse el caso de que un hombre sea utilizado en el oficio profético, y sin embargo cometerá errores garrafales de vez en cuando. Nunca habrán de aceptarse sus palabras por el mero hecho de su ministerio, sino que deberán ser puestas a prueba por la Palabra y el Espíritu; y esto, por supuesto, no significa de ninguna manera que sea un falso profeta, sino solamente de quien no ha alcanzado la perfección y por ello esta sujeto a error. «En parte profetizamos.» (1 Corintios 13:9.)
El enemigo dispone de imitaciones fraudulentas de todos los verdaderos dones, y hay profusión de falsos profetas en el mundo. Un falso profeta es tremen­damente peligroso, ya que usara de su presunta auto­ridad para ejercer su maligna influencia sobre las per­sonas, y sujetarlas a servidumbre por medio del te­rror. Lograra separarlos de los demás miembros de la familia de Cristo -a menos que se lo ponga en tela de juicio y se descubra su falsedad- con el argumen­to de que pertenecen a un pequeño y selecto grupo escogido. Eso es lo que ocurrió hace poco tiempo atrás en nuestra propia iglesia, cuando un grupito de fer­vientes cristianos fue dominado por un hombre de otra ciudad. Vino y les dijo que el habría, de ser su «pastor». Tendrían que abstenerse del mas mínimo contacto -aun de sus familiares y amigos con toda persona que rechazara al grupo, y les prohibió que leyeran otra cosa fuera de lo que el les permitía leer; ¡la mayor parte de lo cual lo había escrito el mismo! Por supuesto, también les prohibió escuchar a ningún otro maestro fuera de e1. Les dijo además que cualquier persona que se separara del grupo, es­taría condenada a la perdición. Es conveniente estar precavidos, porque hay actualmente muchísimos «lo­bos rapaces» como los llamaba Pablo, rondando alre­dedor del pueblo de Dios.
«Así ha dicho Jehová de los ejércitos: no escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan: os ali­mentan con vanas esperanzas: hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová.» (Jeremías 23:16.) El profeta mentiroso no advierte al pueblo que deben dejar de hacer lo malo (Jeremías 23:17-22)-, y generalmente la aparición de un falso profeta se acompaña de inmoralidad.
Debemos precavernos también de la profecía per­sonal y directa, especialmente cuando la misma no es ejercitada por un hombre maduro y sometido a Dios., Un abuso desenfrenado de «profecías persona­les» minó el movimiento del Espíritu Santo que comenzó a principios de siglo. Aun hoy subsiste. A los cristianos les son dadas palabras de sabiduría y de conocimiento para ser utilizadas entre ellos, «en el Señor» y tales palabras alientan y ayudan, pero tiene que haber un testimonio del Espíritu de parte de la persona destinataria de esas palabras, y habrá que extremar las precauciones al recibir cualquier supues­ta directiva o una profecía que predice el futuro. En ningún caso debemos tomar determinaciones basadas únicamente en el hecho de que alguien emitió una supuesta declaración profética o una interpretación de lenguas, o por una presunta palabra de conocimiento o de sabiduría. Nunca hagamos algo por el mero hecho de que un amigo se nos acerca y nos dice: «El Señor me dijo que lo dijera que hicieras tal o cual cosa.» Si el Señor en realidad tiene instruc­ciones para darnos, nos proveerá de un testigo en nuestros propios corazones, en cuyo caso las palabras emitidas por el amigo, o por intermedio de los dones del Espíritu Santo en una reunión, serán la confirmación de lo que Dios ya nos ha estado indicando. La dirección también debe concordar con la Escritura. Y ya que hablamos de Escrituras, veamos lo que dijo Pedro:
«Tenemos también la palabra profética mas segu­ra, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vues­tros corazones …» (2 Pedro 1:19.) La Palabra es­crita de Dios es nuestra guía del viajero, que debemos estudiar concienzudamente, y es el criterio para poner a prueba todas las palabras habladas. Hay un antiguo dicho que vale la pena repetir: «Si tenemos el Espíritu sin la Palabra, estallaremos; si tenemos la Pa­labra sin el Espíritu, nos secaremos; pero si tenemos el Espíritu y la Palabra, creceremos.»
Hagamos notar la cautela del profeta Jeremías. El Señor le dijo a Jeremías que comprara una propiedad a su primo Hanameel. Jeremías no hizo nada hasta que recibió la visita de su primo ofreciéndole vender­le la propiedad, sin tener este ultimo la menor idea de lo que el Señor el había dicho a Jeremías. «Enton­ces» dijo Jeremías, «conocí que era palabra de Jehová.» Si el profeta Jeremías, ese gran hombre de Dios, fue tan cauteloso que desconfiaba hasta de su propia profecía ¡cuanto mas deberemos serlo nosotros! (Jeremías 32:6-9.) 1 La profecía no es decir la buena­ventura! La profecía no es mirar en una bola de cris­tal, o echar las cartas, o una supuesta predicción del futuro por cualquier otro método. Como ya lo hemos dicho detalladamente en capítulos anteriores, Dios prohíbe terminantemente atisbar en el futuro; siempre lo ha prohibido. Si los hombres intentan hacerlo, recibirán información del enemigo para sus propios fines y, si persisten, será para su destrucción. Cierto es, como ya lo hemos mencionado, que la Escritura nos dice que Dios, por medio de sus profetas, nos revela hechos que habrán de suceder; pero esto nada tiene que ver con decir la buenaventura; se trata, simplemente, que en esos casos, Dios ha querido com­partir sus intenciones con sus hijos fieles. El verda­dero profeta no procuraba obtener información sobre el presente o el, futuro, pero como vivía en estrecha comunión con el Señor, Dios compartía con el su conocimiento. La verdadera profecía es anticipar, no vaticinar.
La profecía tampoco es una «predicación inspirada«. La predicación, que significa «proclamar el evange­lio» debe ser, naturalmente, inspirada por el Espíritu Santo, pero al predicar, esa inspiración del Espíritu Santo se extiende al intelecto, al entrenamiento, a la destreza, al trasfondo del predicador. Podemos es­cribir el sermón de antemano o improvisarlo, pero en ambos casos proviene de un intelecto inspirado. Pero la profecía significa que la persona esta pronuncian­do las palabras que Dios le suministra directamente; proviene del espíritu, no del intelecto. Una persona puede emitir palabras proféticas que ni siquiera el mismo entiende. Durante el transcurso de un sermón inspirado puede suceder que el predicador profetice o manifieste los dones de conocimiento y sabiduría, pero esas palabras no son parte de la predicación.
Pablo, en su primera carta a los tesalonicenses, dice así: «No menospreciéis las profecías. Examinad­lo todo; retened lo bueno.» (1 Tesalonicenses 5:20-21.) El hecho de que se abusa de los dones de Dios y de que el enemigo dispone de imitaciones fraudulentas, no significa que debemos rechazar lo que Dios tiene para nosotros. Eso es exactamente lo que quisiera el enemigo. Cuando los hijos de Israel abandonaron el desierto y penetraron en la tierra prometida, descu­brieron que los frutos eran mucho más grandes, pero también lo eran los enemigos. No solo uvas había en el valle de Escol, sino gigantes, y así puede ser nuestra experiencia. Si decidimos tomar este nuevo camino en el Espíritu, ¡pero la fruta vale el es­fuerzo!
Jesús es profeta, sacerdote y rey. También nos­otros podemos ser, boy en día, a través de los profetas, sacerdotes y reyes. (Apocalipsis 1:6.) El pro­feta habla a la gente las palabras de Dios; el sacer­dote le habla a Dios a favor de la gente, por medio de la alabanza y de la oración; el rey domina, impo­niendo su voluntad, por medio de la palabra, sobre las obras del enemigo. En los tres ministerios la voz es importantísima, y nos permite ahondar en la razón del porque la voz tiene que ser sometida en Pentecostés. Si aspiramos a los dones verbales, guardémonos de hablar iniquidades, y así entraremos en la categoría de quienes Dios dice «serás como mi boca». (Jeremías 15:19.)
Aspiremos al don de la profecía. Pidámosle a Jesús que edifique su cuerpo en la tierra, por nuestro in­termedio. Al tener comunión con el Señor y con nuestros hermanos y hermanas en el Señor, habremos de experimentar que en nuestra mente toman forma pensamientos y palabras de inspiración que no escu­chamos ni compusimos. Si están de acuerdo con la Escritura, entonces debemos compartirlos con la Iglesia. En cuanto a la interpretación puede ocurrir que recibamos tan solo unas pocas palabras, que aumentaran una vez que hayamos empezado a interpretar. Podremos ver un cuadro con los «ojos de la mente» y las palabras brotaran cuando comenzamos a describir el cuadro. En cuanto a los dones de len­guas y de interpretación; el Espíritu brinda las pa­labras valiéndose de distintos medios. Algunos ven las palabras como si estuvieran escritas y se reducen a leerlas palabra por palabra.
Los dones se manifiestan por la habilidad de Dios, no de la nuestra. En la medida de nuestra fe el proveer las palabras que quiere que hablemos. (Roma­nos 12:6.) No tengamos miedo de emitir una profecía ni nos sintamos acomplejados porque la Iglesia debe evaluarla. No apaguemos el Espíritu. El profeta Amos pregunto: «Si habla Jehová el Señor ¿quien profetizara?» (Amos 3:8.) ¡0lvidemosnos de nuestro orgullo y testifiquemos de Jesús!

Capítulo 2 – El desbordamiento – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Capítulo 9 – Dones de Sanidades – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett


Los dones de poder son la sanidad, los milagros y la fe. Configuran la continuidad del ministerio de misericordia de Jesús hacia los necesitados. La mayoría de las personas se muestran interesadas en los dones de la sanidad, porque la necesidad es algo tan generalizado. Es fácil comprender que se trata de uno de los dones que más benefician al hombre en su vida. De los nueve dones es, con mucho, el más aceptado por la cristiandad. Fue el Señor Jesús quien le dio la preeminencia que tiene, pues el noventa por ciento de su ministerio en la tierra lo utilizo sanando enfermos. La primera instrucción que les dio a sus discípulos fue:
«¡Sanad enfermos!» (Mateo 10:8.)
Sin embargo, en el lapso transcurrido entre la resurrección y su ascensión, la Biblia no registra que Jesús practicara ninguna curación. Durante esos cua­renta días, ocupo gran parte de su tiempo enseñando y preparando a sus discípulos para proseguir con el ministerio que el comenzó. Inmediatamente después de Pentecostés, los primeros creyentes continua­ron el ministerio de Jesús, sanando enfermos, resu­citando a los muertos, y echando fuera espíritus in­mundos. El ministerio de sanidad de Jesús ha pro­seguido por casi dos mil anos, y continuara así hasta que el vuelva a la tierra. Jesús nos dio esta gran promesa: «El que en mi cree, las obras que yo hago, el las hará también; y aún mayores hará, porque yo voy al Padre.» (Juan 14:12.)
Los dones de la sanidad se destinan para la Curación de lesiones, incapacidades físicas o mentales, y enfermedades en general, sin la ayuda de medios naturales de la destreza humana. Son manifestaciones del Espíritu Santo que, movido a misericordia, y canalizándose a través de seres humanos, van en ayuda del necesitado. Las personas utilizadas por Dios como sus conductor para ejercer la sanidad; no deberían tener la pretensión de «poseer» esos dones, ni deberían adjudicarse el titulo de «sanadores», sino mas bien darse cuenta que a través de ellos podrían ma­nifestarse cualquiera de los nueve dones, en la ocasión en que lo dispusiera el Espíritu Santo, de acuerdo a las necesidades de los que lo rodean. Existe una real interdependencia entre Dios y el hombre en todo lo relativo a los dones del Espíritu. Por ejemplo, si somos movidos a orar por un amigo, debemos tomar nuestro vehículo, ir a la casa del amigo, hablar de como Jesús sana hoy en día, orar con el amigo y Jesús hará la curación. Un espectador podría decir: «A, lo que parece, lo han hecho todo.» En realidad, al principio, fuimos un «testigo», informando lo que puede hacer Jesús; luego un «mensajero», trayendo el don de Jesús, a través del Espíritu Santo que mora en nosotros. Dios nos guía y nos utiliza en su tarea, pero el que sana es Jesús. Gozamos del privilegio de ser colaboradores juntamente con el Señor Jesús. Después de la ascensión y de Pentecostés, la Escritura nos dice que los discípulos «… saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían». (Marcos 16:20.)
No es indispensable que un cristiano haya recibido el bautismo del Espíritu Santo para poder orar por los enfermos, ni el hecho de que una persona que ha orado con resultados positivos por un enfermo sea una señal de que ha recibido el bautismo del Espíritu Santo. Jesús dijo: «Estas señales seguirán a los que creen… sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanaran.» (Marcos 16:17-18.) Cualquier creyente pue­de orar por un enfermo y verlo curarse por el poder de Jesús. Sin embargo, y hablando en términos ge­nerales, el don de sanidad se manifiesta después de haber recibido el bautismo en el Espíritu Santo, al aumentarse la fe, y recién entonces el cristiano co­mienza a ministrar a los enfermos. Al igual que los otros dones, el de sanidad se exterioriza con mucha mayor intensidad y realidad, después de recibir el Espíritu Santo.
Se entiende habitualmente por «imposición de las manos» el tocar la cabeza del enfermo con una o las dos manos, mientras elevamos la oración. No es un acto mágico, pero es bíblico. Como lo expresa Oral Roberts, constituye un «punto de contacto» para que el enfermo «libere su fe». Puede también ser una vía por la cual se canalice el efectivo poder del Espíritu. La Biblia dice que podemos poner las ma­nos sobre el enfermo, y así lo hacemos. No obstante, tomemos nota de que Jesús oro por los enfermos de muy variadas maneras. A veces ponía sus manos so­bre ellos, o tocaba sus ojos o sus orejas; en otras oca­siones les soplaba su halito; y a veces no hacia ni siquiera un gesto, simplemente pronunciaba una pa­labra y los enfermos eran curados. En algunas oca­siones les ordenaba a ellos que hicieran algo, como un acto de fe. Una vez le unto con barro los ojos a un hombre y le ordeno que se lavara. Y a unos lepro­sos todo lo que les dijo fue: «Id, mostraos a los sa­cerdotes» (el departamento sanitario), y al darse vuel­ta para ir, ¡fueron sanados! De paso, debemos llamar la atención sobre todas las personas afectadas de enfermedades que requieren tratamiento medico y están sometidas a medicación. Aconsejamos a los tales, que no suspendan el tratamiento especifico (con­tra la epilepsia, la diabetes, los trastornos cardiacos, por ejemplo) antes de «ir y mostrarse a los sacer­dotes» -los médicos- quienes deberán certificar la curación. Lo mismo se aplica a las personas afectadas de tuberculosis o cualquier otra enfermedad contagio­sa, que ha sido curada por Jesús por medio del don de sanidad.
En la epístola de Santiago leemos de curaciones efectuadas a enfermos «ungiéndoles con aceite» (San­tiago 5:14-15) y en respuesta a sus oraciones eleva­das con fe. Los ancianos, los dirigentes de la congregación, efectúan el ungimiento al par que oran por los enfermos de esa congregación en particular. Los discípulos ungían con aceite y oraban por los enfermos. (Marcos 6:13.) En la Biblia el aceite re­presenta uno de los símbolos del Espíritu Santo. «Ungir» significaba derramar aceite (generalmente de oliva) sobre el enfermo mientras se oraba por el. Actualmente la costumbre se reduce a tocar la frente del enfermo con aceite. La epístola de Santiago dice a continuaci6n: «La oración de fe salvará (sanara) al enfermo, y el Señor lo levantara…» (Santiago 5:15.) Notemos la naturaleza incondicional de la pro­mesa. En la Escritura no hallamos ningún manda­miento que nos exija concluir la oración de sanidad con esa frase tan devastadora de la fe que dice: «Si es tu voluntad». Dios ha dejado claramente sentado en su Palabra, que es su voluntad curar a los enfer­mos, de modo que todo cuanto se diga al respecto esta demás. Jesús jamás utilizó la forma condicional cuando oro por los enfermos. El nos dijo que debemos creer que habremos de recibir la respuesta a nuestras oraciones, aun antes de que oremos. (Marcos 11:24.) Algunos nos recuerdan que Jesús oro en Getsemani diciendo «Padre, si quieres…» 0 «no se haga mi voluntad, sino la tuya». Pero esta es una situación totalmente distinta. Jesús sabía cual era la voluntad del Padre. Vino al mundo con el exclusivo propósito de morir por nuestros pecados y resucitar para nues­tra justificación. La oración se refería a su renuencia de sentirse separado de la amante comunión con su Padre, que es lo que ocurriría durante las dolorosas horas de la cruz, cuando cargo sobre sus hombros e1 pecado de toda la humanidad.
Y cuando se trata de la sanidad, sabemos cual es la voluntad del Padre: «Yo soy Jehová, el sanador.» (Éxodo 15:26.) «El que sana todas tus dolencias.» (Salmo 103:3.) «Quitare toda enfermedad de en me­dio de ti.» (Éxodo 23:25.)
Algunos confían en que Jesús podría sanar ¡pero no están muy seguros en cuanto al Padre! En cierta ocasi6n le pidieron a Dennis que visitara a una mujer gravemente enferma a quien los médicos habían desahuciado.
Cuando entro a la pieza, pudo ver que efectiva­mente estaba muy enferma. Pálida y enflaquecida, mostraba, sin embargo, un hermoso resplandor en su rostro. Con una sonrisa le dijo a Dennis: -No se preocupe. Estoy reconciliada con el hecho de que esta es la voluntad de Dios.
¿Que podía responder a eso? Lo habían enviado a orar por su mejoría, y ella estaba segura de que Dios quería que muriera. Le dijo:
-No puedo discutir con usted en momentos como estos, pero le ruego me conteste una pregunta: si Jesús en persona entrara a esta pieza ¿que cree usted que haría?
-¡Me sanaría!
Dennis asintió. -¿No tiene ninguna duda en cuanto a eso?
Movió su cabeza en un gesto negativo.
-Bueno. Jesús dijo que el únicamente hacia las cosas que veía hacer al Padre, es decir que no hacia nada por si mismo. (Juan 5:19.) También dijo que el y su Padre estaban tan unidos, como si fueran uno, y que, si le habíamos visto a e1, habíamos visto al Padre. ¿Cómo puede usted decir, entonces, que Jesús la sanaría pero que la voluntad del Padre es que muera de esta enfermedad?
Medito un rato y luego su rostro se ilumin6 mas de lo que ya estaba.
-Comprendo bien lo que usted quiere decir.
Y ahora si podían orar en favor de su curación.
Una señora nos relato su experiencia. «Cuando es­tuve gravemente enferma, varias personas oraron conmigo pero al terminar siempre añadían las pa­labras «si fuere tu voluntad, Señor». Yo me angustia­ba cada vez que oía esa frase. El día en que recupere la salud fue el día en que una de esas personas oró con verdadera fe. Estuve esperando escuchar la frase «si fuere tu voluntad», pero ¡alabado sea el Señor! no la dijo.» Si no podemos orar por un enfermo con certeza y fe, deberíamos abstenernos de orar hasta que logremos hacerlo o, de lo contrario, pedirle a otro que lo haga.
No es necesario que elevemos largas oraciones por los enfermos. Cuando contamos con la fe necesaria para pronunciarla, una palabra imperativa basta para lograr el resultado apetecido: «¡Sana, en el nombre de Jesús!» Jesús sanaba con un toque o una palabra, casi siempre con una orden: «Se limpio» le dijo al leproso. Al paralítico le dijo: «Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa.» Ordenó a los oídos del sordo: «Se abierto.» Al hombre que tenía la mano seca le ordenó: «Extiende tu mano» y la mano le fue res­taurada sana.
Observemos que en la lista de 1 Corintios 12:9 Pablo habla de «dones de sanidades» y no de «don de la sanidad». Los menciona tres veces en el capitulo y en todos los casos los dos sustantivos están en plural. La traducción literal diría: «Dones de sanidades.»
Y es lógico que así sea, desde el momento en que hay muchas enfermedades se necesitan muchos Do­nes. Una de las mas hermosas promesas de sanidad, referidas a Jesús como nuestro Sanador, es la que dice: «El herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre e1, y por su llaga fuimos nosotros curados.» (Isaías 53:5.) Y nosotros podemos decir con Pedro, lo que e1 dijo mirando atrás hacia la crucifixión: «Por cuya herida fuisteis sanados.» (1 Pedro 2:24.) Las treinta llagas en las espaldas de Jesús representan la sanidad de todas nuestras enfermedades. Al igual que con los demás dones, algunos cristianos reciben el ministerio de sanidad, y con frecuencia son utilizados de esta manera. Y no es raro observar, en este mi­nisterio, que resulta más efectivo orar por algunas enfermedades en particular. Por ejemplo, un amigo nuestro realiza un poderoso ministerio para la artri­tis, otro para los dolores de muelas, etc. Tal vez sea esta la razón porque Pablo habla de «dones de sanida­des». Algunos han desarrollado’ este ministerio de manera notable, a resultas de lo cual miles de perso­nas han sido curadas y auxiliadas. Estamos profunda­mente agradecidos a esas personas dedicadas y entre­gadas a Dios. Y será aun más esplendido cuando un crecido numero de los hijos de Dios, tomen la inicia­tiva y obedezcan el mandato de «sanad a los enfer­mos». En toda congregación donde sus miembros han recibido el bautismo en el Espíritu Santo se encuentra gente con un ministerio de sanidad latente.
Una persona puede ser curada por la fe de otra cuando esta demasiado enferma o débil para ejer­citar su propia fe (Marcos 2:3-5) aun cuando este inconsciente o en coma. La curación puede efectivi­zarse por medio de la fe sola (en Jesús) del enfermo (Mateo 9:22, 29) o por la fe combinada del enfermo y del que ejerce su ministerio. (Marcos 5:25-34.) Esto último, por supuesto, es la situación más de­seable. Cuando sea posible, es importante darse el tiempo suficiente para cimentar la fe del enfermo, antes de imponerle las manos para la curación. Esto puede hacerse compartiendo pasajes de la Biblia que se refieren a la sanidad, y compartiendo testimonios personales. Ya le dijo el apóstol Pablo escribiendo a los romanos: «La fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios.» (Romanos 10:17.) Debemos acla­rar con toda precisión que ni siquiera necesitamos depender de la fe de otros, y que nos basta con la Palabra de Dios.
Rita estaba compartiendo su testimonio con un grupo de mujeres en un hogar en Spokane, Washing­ton, en el año 1965, cuando sonó el teléfono. Era una señora que se llamaba Juanita Beeman. La dueña de casa la presentó a Rita por teléfono, y tomó cono­cimiento del problema. Juanita tenía una afección cardiaca que se manifestaba por taquicardia (aceleración de los latidos del corazón) debido a lo cual le hablan instalado un marcapaso electrónico. A pe­sar de que habían transcurrido varios meses desde la operación para implantarle el aparato, tenia que guardar cama en reposo absoluto. Su corazón estaba dilatado y cada quince días tenían que extraerle el líquido que resumía y que se deposita alrededor del corazón, debido a la presencia del aparato que ac­tuaba como un cuerpo extraño. Le pidió por teléfono a Rita que fuera a su casa a orar por ella. A la mañana se dio cuenta de que eran verdaderos creyentes. Después de compartir los pasajes referidos a la sanidad y de hablar sobre los distintos casos de sanidad que ella había presenciado, oraron. La presencia de Dios se hizo tan patente y poderosa, que todos ellos fueron movidos a lágrimas. Varios días después, cuando Jua­nita entro caminando al consultorio del medico (antes debido a su debilidad tenia que ser transportada en una silla de ruedas), este le pregunto sorprendido:
-¿Que ha sucedido?
Ella le respondió alegremente: ¡Dios contesta las oraciones, doctor!
El medico la examino, y comprobó que su corazón se había reducido a su tamaño normal, y que no se había depositado mas liquido. Juanita, desde entonces, ha vivido una vida gozosa y activa.
Cuando oramos por los enfermos, tanto ellos como nosotros deberíamos sentirnos edificados. SEIT Wig­glesworth aseguro que nunca sentía tan de cerca el poder de Dios como cuando oraba por los enfermos. Muchas veces tuvo una visión de Jesús cuando es­taba entregado a una ferviente oración de sanidad. Descubrió, además, la importancia’ que tiene el medio ambiente que nos rodea cuando hacemos la oración.
Nos consta que hemos visto a un paciente literal­mente dominado por la televisión, cuando tenia sus ojos pegados a la pantalla ¡y a duras penas logramos convencerlo que apagara el televisor para poder ele­var una oración de sanidad! Si las circunstancias están bajo nuestro control, debemos insistir en quitar todo motivo de distracción, no solamente durante el momento que dure la oración, sino especialmente después y, si es posible, antes. Smith Wigglesworth, si podía, solicitaba a los incrédulos que abandonaran la pieza antes de elevar la oración de sanidad. Así lo hizo Jesús cuando resucito a la hija de Jairo. (Mar­cos 5:38-40.) Por supuesto que todas estas actitu­des deben ser tomadas con amor.
Las personas que sientan la vocación de orar por los enfermos deben dedicar el tiempo que sea nece­sario para preguntarle a Dios como proceder. Se debe contar con que otros dones del Espíritu, tales como la palabra de sabiduría y la palabra de conocimiento se manifiesten conjuntamente con los Dones de sani­dades. Pudiera haber algo en la vida del enfermo que este impidiendo la curación, y que podría ser re­velada por la palabra de sabiduría.
El don de la palabra de sabiduría puede ser un gran edificador de la fe. A veces el Señor le hará conocer a un cristiano que otro padece de una enfer­medad. Al compartir ambos cristianos este conoci­miento, le infundirá al enfermo una gran certeza y la fe necesaria para receptar la sanidad que se le ofrece. Varios evangelistas de sanidad dependen en gran medida de la palabra de sabiduría para cimen­tar la fe, y a medida que el Señor pone de manifiesto las necesidades, la gente es curada allí donde se en­cuentren, sentadas o de pie, sin necesidad de que nadie en particular oficie con ellos individualmente, aparte del Señor.
La fe, por supuesto, es el más importante de los dones en el ministerio de la sanidad. Hay ocasiones en las cuales el don de la fe será tan fuerte, que sabremos, aun antes de orar, que la persona será curada.
Es importante explicarle al enfermo, que cuando las manos les son impuestas, debe dar rienda suelta a su fe y recibir la curación. Como ya lo hemos dicho, la sanidad de Dios puede producirse por un toque, una palabra o cualquier otro acto de fe. Algunas per­sonas fueron curadas escuchando la radio cuando un evangelista predicaba sobre la sanidad. Esto ocurrió recientemente durante el curso de una transmisión radial en Seattle, Washington, a pesar de ni siquiera haberlo sugerido. Una radio escucha dió rienda suelta a su fe y se curó.
Personas en lugares alejados, fueron curadas por las oraciones de sus amigos (Mateo 8:8), aun sin saber que los amigos estaban orando. Un grupo de miembros de la Iglesia Episcopal de Van Nuys, California, oraban por una amiga que sufría de un tremendo absceso en la mue­la. Mientras oraban, sonó el teléfono:
¿Que esta ocurriendo ahí? -pregunto la mu­jer-. ¡De pronto me he curado!
La Biblia registra otros casos extraordinarios de sanidad por el simple hecho de que la sombra de una persona pasara sobre los enfermos (Hechos 5:15) o entregando a los enfermos paños o delantales que habían tocado las personas utilizadas por Dios para ese ministerio de la sanidad. (Hechos 19:11-12.) De más esta decir que estas cosas pueden ser motivo de abuso o de uso incorrecto, pero sin duda alguna son reales y verdaderas. Además, repetimos, brindan la ocasión para dar rienda suelta a la fe. Sabemos de casos, en la actualidad, en que alguien ha puesto en contacto con el cuerpo del enfermo -sin que el en­fermo lo supiera- un pañuelo bendecido, y el enfer­mo se ha curado. En este caso actúa la fe de la per­sona que trae el objeto bendecido y que es el conducto que Dios utiliza para la curación.
Sabemos por la Biblia que Dios quiere que su pueblo sea integro en espíritu, alma y cuerpo. A pesar de lo maravilloso que es la curación física, estamos conscientes de que nuestra vida en este planeta no pasa de ser una gota en el Océano de la eternidad. De ahí que, como es fácil comprender, la sanidad mas importante es la curación del alma y del espíritu, pues ello tiene valor eterno. Muchas veces, sin embargo, cuando el hombre interior recibe la salvación de Dios, se produce una reacción en cadena por la cual la santidad de Dios le infunde salud al espíritu y al cuerpo. La carta a los romanos dice así: «Si confesares con la boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios se levanto de los muertos, serás salvo.» (Romanos 10:9.) En griego, la palabra que nosotros traducimos como «salvar» es sozo, que sig­nifica ser curado, resguardado de peligro, mantenido en lugar seguro, o salvado de la muerte eterna. Es una palabra que abarca muchísimos conceptos, y se aplica no solo al espíritu sino también al alma y al cuerpo. Cuando Ananias oro por Pablo, este fue cura­do de su mal físico y bautizado en el Espíritu Santo casi simultáneamente. (Hechos 9:17-18.) Y sabemos que estas cosas ocurren en el día de hoy. La oración en el lenguaje que dicta el Espíritu Santo (hablando en lenguas) puede curar, pues el Espíritu Santo nos guía para que oremos por nuestras debilidades y dolencias, y por las necesidades de otro. (Romanos 2:26.)
Hemos mencionado, según Santiago 5, las directi­vas de ungir a los enfermos con aceite y pronunciar la oración de la fe. También observamos que Santia­go dice «Si hubiere cometido pecados, le serian per­donados». (Santiago 5:15.) La enfermedad, como la muerte, apareció como resultado de la caída del hom­bre. Pero el Señor Jesús dejó claramente sentado que no toda enfermedad es el resultado directo del pecado en la vida del individuo. Los discípulos le preguntaron sobre el ciego relatado en Juan 9:»¿Quien peco, este o sus padres, para que haya nacido ciego?» La res­puesta de Jesús fue terminante: «No es que peco este ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en el.» (Juan 9:3.)
Pero en otras ocasiones, Jesús establece una rela­ción directa entre los pecados del individuo y su en­fermedad. En Lucas 5 leemos de la forma de que se valieron cuatro amigos para transportar un paralítico hasta donde estaba Jesús. Como primera medida Jesús le dijo al paralítico: «Hombre, tus pecados te son perdonados.» Luego le ordeno que se levantara y se fuera a su casa.
En Juan 5 Jesús sana otro paralítico, pero esta vez le advierte: «No peques mas, para que no te venga alguna cosa peor.» (Juan 5:14.)
Cuando oramos por los enfermos, debemos estar advertidos de que un pecado sin arrepentimiento, un hondo resentimiento o una pésima actitud, pueden interferir e impedir la curación. El Libro de Oración Común en la parte correspondiente al servicio para la visitación de enfermos, da las siguientes directivas:
«Entonces la persona enferma será exhortada a hacer una confesión especial de sus pecados, si sien­te preocupación de conciencia; después de tal confesión, y con la evidencia de su arrepentimiento, el ministro le dará seguridad de la misericordia y perdón de Dios.» 1 Es de buena política, antes de orar por un enfermo, preguntarle si «siente preocupación de conciencia», y en caso afirmativo guiarlo al arrepen­timiento y a la confesión de su pecado, de la manera en que siempre lo haremos. 2
Doquiera se mueva el Espíritu Santo, habrá sani­dad. Dios no es glorificado en la enfermedad de su pueblo, como algunos erróneamente enseñan, sino, por el contrario, en su curación. Cuando Pablo nos dice que el se «gloriara en sus debilidades» (que no sig­nifica necesariamente debilidades físicas o enferme­dad) quiere decir que su debilidad le da ocasión a Dios para demostrar su poder. Los hombres son guiados a Jesús hoy en día al comprobar su poder de sanidad, de la misma manera que lo era en los días del Nuevo Testamento. La curación física del incrédulo debería llevarle a Jesús como su Salvador. Debido a que con el correr de los años, y aun hoy, tantas iglesias han dejado de proclamar la verdad de que Jesús sana en la actualidad, han surgido cultos falsos exhibiendo un tipo de sanidad que no es bíblica y que no glorifica a Jesús.

Por otra parte, numerosas iglesias de todas las de­nominaciones, que se están movilizando en una dirección carismática, comprueban más y más casos de sanidad. Ciegos que recuperan la vista; cataratas que se disuelven (¡y aun cuencas vacías que se lle­nan!); oídos sordos que oyen; tumores que desapa­recen; huesos fracturados que sueldan de inmediato; cardiopatías curadas; esclerosis múltiple, tuberculosis, cáncer, parálisis, artritis, y todas las enfermedades que afectan al cuerpo humano y son curadas por el toque de la mano del Maestro. Algunas de estas cura­ciones han sido instantáneas, otras progresivas, al­gunas parciales… En las ocasiones en las que hubiéramos esperado ver una curación y no la vimos, la culpa no fue de Dios sino del hombre. Somos muy rápidos para decir: «Dios no lo hizo. Me imagino que no esta dispuesto a sanarme.» Sin embargo, la Pala­bra de Dios nos asegura que si lo esta, y ahora mismo.3
La gente dice: «Yo creería en la sanidad si viera un caso en el cual el medico tomara una radiografía, luego se orara, a continuación el medico tomara otra radiografía que probara que efectivamente se curó.»
3Las Escrituras prometen salud para el creyente. Por otro lado, debido a una variedad de razones, a veces los creyentes enferman. La promesa, sin embargo, es que si enfermamos, Dios nos sanará. Algunos dicen: «Pero no van a vivir para siempre. Algún día tienen que morir.» Es cierto. Pero el pueblo de Dios tiene la pro­mesa de una larga vida, y cuando vayamos al hogar de nuestro Padre, no es necesario que lo hagamos en enfermedad y dolor. En Génesis 25:8 leemos que: «Y exhalo el espíritu, y murió Abra­ham en buena vejez, anciano y lleno de años, y fue unido a su pueblo.”
Hay muchos de esos casos que están debidamente re­gistrados y archivados, con la curación perfectamen­te corroborada por la evidencia médica, con radiografías, análisis de laboratorio, etc. Desgraciada­mente, los que exigen tales pruebas nunca las bus­can. Jesús dijo: «Si no oyen a Moisés y a los profe­tas (que ciertamente fueron testigos de las curaciones de Dios), tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos.» (Lucas 16:31.)
La mejor manera de aprender sobre la sanidad, es comenzar a orar por los enfermos. Pidámosle a Dios que nos ayude en esta decisión y andemos en fe. Algunos saben cuando deben orar por un enfermo por el testimonio interior; otros perciben una tibieza en sus manos; otros pueden acusar una arrolladora compasión. No debemos depender solamente de estos signos exteriores, pero si confirman la percepción interior de nuestro espíritu, contaremos con dos tes­timonies para reclamar la sanidad de Dios, especial­mente si las circunstancias favorecen que oremos por los necesitados. Cuando se produce la sanidad, demos la gloria a Dios y guiemos a Jesús a la persona sana­da, si aún no lo ha encontrado. Las señales nos seguirán en la medida que continuemos mirando al Señor Jesús y permanezcamos en su amante comunión.

Capítulo 2 – El desbordamiento – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Capítulo 8 – El Don de profecía – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett


El don de profecía se manifiesta cuando los cre­yentes expresan lo que esta en la mente de Dios, por inspiración del Espíritu Santo y no por inspiración de sus propios pensamientos. La profecía no es un don «privado», sino que siempre interviene un grupo de creyentes, si bien pudiera estar destinada a una o más de las personas presentes. De esa ma­nera puede ser «juzgada», es decir, evaluada por la iglesia.

A pesar de que la profecía aparece en el sexto lugar en la lista de 1 Corintios 12, Pablo la coloca al tope en el capitulo 14, significando con ello lo altamente beneficiosa que es para la iglesia. Así, dice Pablo:
«Seguid el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis… el que profetiza, edifica (construye) a la iglesia.» El versículo 39 es más enfático aun
«¡procurad profetizar
Ya vimos en el ultimo capitulo que los dones de lenguas y de interpretación, actuando juntos servían, en primer lugar, como señal para los incrédulos y, en segundo lugar, para la edificación de la iglesia, es decir para los creyentes. La profecía es justamente el reverso, primero para la edificación de los cre­yentes y en segundo lugar para los incrédulos: «…la profecía (es señal), no a los incrédulos, sino a los creyentes.» (1 Corintios 14:22.)
La Escritura nos dice que hay tres maneras me­diante las cuales la profecía sirve a los creyentes: edificación, exhortación y consolación; o, dicho en otras palabras, construyendo, animando y consolando. (1 Corintios 14:3.) De ahí que la profecía tenga un carácter esencialmente estimulante para la iglesia, si bien no toda profecía tiene ese carácter. Si un padre terrenal nunca corrigiera a sus hijos, estaría adoptan­do una actitud perjudicial y descarriada. No crecerían ni madurarían normalmente. Si, por el contrario, el padre le dijera permanentemente al hijo que todo lo que hace esta mal y nunca le dijera que lo ama y aprecia lo que hace, no habría un vinculo de amor entre padre e hijo. Podríamos establecer una proporción adecuada: una tercera parte de exhortación y dos terceras partes de consolación. Es por ello que en una reunión hemos de contar con muchas profecías que expresan la consolación del Padre y en menor proporción las que suponen un regalo. Una profecía valida no tendrá que ser duramente condenatoria para los creyentes, pero si un consejo dado en tonos firmes e inequívocos.
Hasta el presente, en la mayoría de las reunio­nes carismáticas, ha sido mayor el ministerio dado a los creyentes por el don de lenguas y de interpretación que por la profecía. Una de las razones que explicarían este hecho es que pareciera que se requiere mas fe para hablar proféticamente, que la que hace falta para que una persona hable en len­guas y otra interprete. Hablar en lenguas es un don mas fácil de manifestar que el de la profecía, pre­cisamente porque A lenguaje es desconocido al ora­dor y por ello no siente ningún temor en caso de equivocarse y, además, porque la interpretación la realiza otra persona, por lo general. Por el contrario, sobre la persona que profetiza cae todo el peso de la responsabilidad.
Por lo tanto, el primer propósito del don de profecía es hablar a los creyentes, pero este don puede también atraer a los incrédulos a Dios. La Escritura dice : «Pero si todos profetizan, y entra algún incrédulo o indocto, por todos es convencido, par todos es juzgado ; lo oculto de su corazón se hace manifiesto; y así, postrándose sobre el rostro, adorara a Dios, declarando que verdaderamente Dios esta en­tre vosotros.» (1 Corintios 14:24-25.) Esto indica el uso del don de profecía juntamente con el don de conocimiento. El don de conocimiento es la revelación divina de hechos no aprendidos por el enten­dimiento natural. Hablaremos más en detalle sobre este don en un capitulo más adelante. Cuando el incrédulo se da cuenta que son revelados hechos íntimos de su vida relacionados con su estado espiritual, se convence de la realidad de Dios y de inmediato se convierte. Por otro lado, el creyente incrédulo o indocto, que no entiende en su plenitud los dones del Espíritu, no habiendo recibido el bautismo del Espíritu Santo, muy a menudo, al llegar a este punto, se convence de que estas cosas son reales. (Esto ul­timo esta ocurriendo cada vez con mayor frecuencia, en el día de hoy. Muchos creyentes «no adoctrinados» solicitan recibir el bautismo del Espíritu Santo, por­que han visto en acción los dones de los cuales les habían dicho que «no eran para el día de hoy».)
En el Antiguo Testamento hubo hombres inspira­dos de Dios para profetizar. Estos profetas fueron especialmente elegidos por Dios para comunicar su palabra a la gente, oficiando los dones combinados de profecía y conocimiento, y a menudo ejecutando «grandes proezas» por el poder de Dios. Muchas ve­ces, por medio de ellos hizo conocer Dios su voluntad e intención. Habitualmente toda profecía que se re­fiera al futuro va acompañada de la partículacon­dicional «si».
«De aquí a cuarenta días Ninive será destruida» (Jonás 3:4) es lo que Jonás debía anunciar. Pero los habitantes de Ninive se arrepintieron en saco y ceniza. ¿De que habría valido enviar a Jonás si no hubieran tenido ninguna oportunidad de arrepentirse? De modo que Ninive no fue destruida -en esa ocasión al menos ¡lo cual molesto mucho a Jonás!
Jeremías fue un profeta de la antigüedad, que advirtió a los habitantes de las ciudades de Judá, que se volvieran de sus malos caminos. También esta fue una profecía «condicional». Después de oírlo hablar las palabras del Señor, tanto el sacerdote como los profetas y el pueblo en general quisieron matar a Jeremías. A veces el papel del profeta lo hacia muy popular y en ocasiones muy peligroso. Esteban desa­fío al Sanedrín preguntando: «¿A cual de los profe­tas no persiguieron vuestros padres?» Jesús exclamó: «¡Jerusalén, Jerusalén que matas a los profetas…! (Mateo 23:37; Hechos 7:52.)
También hay profecías incondicionales que hacen referencia a planes definidos de Dios, relacionados especialmente con la venida de Cristo. Isaías 53 es un perfecto ejemplo, pues se trata de una de las más grandes profecías del Antiguo Testamento rela­cionadas con el Señor Jesús. Moisés profetizo sobre Cristo: «Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, lo levantara Jehová tu Dios; a el oiréis.» (Deuteronomio 18:15.) Y, en realidad, Jesucristo mis­mo fue un «profeta, poderoso en obra y en palabra». (Lucas 24:19.) Fue el profeta, 1 de la misma manera que fue el sacerdote, el rey. En el Nuevo Testamento figuran numerosas declaraciones proféticas hechas por Jesús. Los capítulos 13 de Marcos y 24 de Mateo son poderosas profecías sobre acontecimientos veni­deros. El capitulo 16 de Juan en su casi totalidad es una profecía dada por Jesús a sus discípulos mas allegados
«Estas cosas os he hablado, para que no tengáis tropiezo. Os expulsaran de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensara que rinde servicio a Dios. Y harán esto porque no cono­cen al Padre ni a mí. Mas os he dicho estas cosas, para que cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho. (Juan 16:1-4.) (Leer el resto del capitulo.)
Estas profecías «incondicionales» fueron dadas principalmente para servir como señales indicadoras a los creyentes, para que pudieran discernir las «se­ñales de los tiempos». Jesús dijo: «Os lo he dicho antes que suceda, para que cuando suceda, creáis.»
1 El mero hecho de reconocer en Jesús a un profeta, no hace cristiano a nadie; Jesús debe ser reconocido como el divino Hijo de Dios, Dios hecho carne.
(Juan 14:29.) En este momento no estamos deba­tiendo sobre el valor de las profecías, simplemente las mencionamos de paso, para ubicarnos y saber donde estamos en el plan calendario de Dios.
En tiempos del Antiguo Testamento Dios no podía andar, por su Espíritu, morar entre su pueblo, pero el Espíritu Santo descendió para ungir a ciertas per­sonas sometidas a Dios. El Espíritu reposo sobre ellos. Moisés profeta y líder del pueblo de Israel llego a la conclusión, cierto día, de que lo que se exigía de el constituía una carga demasiado pesada para soportarla por si solo, por lo cual Dios tomó el espíritu que estaba en el, y lo puso en otros setenta hom­bres; cuando esto ocurrió, ellos, a su vez, comenzaron a profetizar. Pero se planteo un problema, porque sobre dos personas, Edad y Medad, que no habían estado en el Tabernáculo con los otros setenta, tam­bién reposo el Espíritu y por su inspiración comenzaron a profetizar a campo abierto. Entonces algunos de los otros se quejaron y querían que Moisés les prohibiera que profetizaran. La respuesta de Moisés» fue, en si misma, una profecía:
«¿Tienes tu celos por mi? 0jalá que todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos.» (Números 11:29.)
Estas palabras se cumplieron en los días de Pentecostés. Justamente ese día Pedro hizo referencia a las palabras de Joel, que fueron similares a aque­llas: “Esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días derramaré de mi espíritu sobre toda carne. Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros anciano soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos en aquellos días derramaré de mi Espíritu y profetizarán.” (Hechos 2:16-18).
En Efeso, cuando Pablo impuso sus manos sobre los dote y recibieron su «Pentecostés «hablaban en lenguas y profetizaban». (Hechos 19:6.) La Escritura nos dice que desde el día de Pentecostés y del derra­mamiento del Espíritu. Santo, en adelante, toda criatura sometida a Dios puede ser movida por el Espíritu Santo a profetizar. Pablo, estando en Corinto, luego de recomendarles con ahínco de que todos deben aspirar a obtener el don de la profecía, se ocupa de las per­sonas poseedoras de este don: «Los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen. Y si algo le fuere revelado a otro que estuviere sentado, calle el primero. Porque podéis profetizar todos uno por uno, para que todos aprendan, y todos sean exhortados. Y los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas.» (1 Corintios 14:29-32.)
Estos versículos nos hablan de las «normas» a que deben ajustarse los que profetizan en reuniones. Los profetas deben limitarse a hablar dos o tres veces, lo mismo que para las lenguas y la interpretación. No importa cuan maravilloso sean los dones vocales, no deben ocupar toda la reunión. Hay que permitir el tiempo necesario para la enseñanza inspirada de la Palabra de Dios, para la alabanza y la oración, para compartir el testimonio, para cantar las alaban­zas a Dios, etc.
Como ya lo hemos expresado anteriormente, la profecía tiene siempre, como destinataria, a la comu­nidad: el pueblo de Dios. En todos los casos, debe ser anunciada en presencia de otros, porque la profecía tiene que ser juzgada o evaluada por la iglesia, en términos del testimonio del Espíritu-en los cora­zones de los demás hermanos, y en los términos es­tablecidos por la Palabra de Dios, con la cual debe concordar la profecía, sin excepción. Esto sirve tam­bién de control para evitar que una persona en parti­cular demande demasiado para si misma. El dirigen­te de la reunión debe estar atento para corregir cuan­do fuere necesario. Se hace mención a los buenos mo­dales y a la consideración debida a las demás perso­nas. «Los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas», nos recuerda que los dones del Espíritu son por inspiración y no por compulsión, y no hay ninguna excusa que justifique un comportamiento ex­travagante. Siguiendo al pie de la letra al Espíritu Santo, la reunión será pacifica, apacible y ordena­da: «decentemente y con orden», como lo dice Pablo. Para nosotros la palabra «decentemente» pudiera tra­ducirse mejor por «con propiedad» o «decorosamente«.
A las mujeres se les permite ejercer el-ministerio de la oración y la profecía, siempre que estén sujetas a la dirección del hombre.
Si una mujer esta en duda con respecto a su de­recho de profetizar, puede recordar la hermosa profecías declarada por Maria, la madre de Jesús
«Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre. Y su misericordia es de generación en generación a los que le temen. Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quito de los tronos a los poderosos, y exalto a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos.» (Lucas 1:46-53.)
Hasta aquí hemos hablado sobre el don de profecía referido a todos los miembros del cuerpo, pero ahora vamos a referirnos a los que hacen de la profecía su ministerio. De la misma manera que la era apostólica no es una cosa concluida y el ministerio del apostolado se mantiene en toda su vigencia en el día de hoy, así existen todavía los que tienen el ministerio de profeta. En razón de que los profetas del Antiguo Testamento hablaban contra los abusos sociales y políticos y contra las practicas sacerdotales y de la jerarquía de esa época, es decir contra la «institución», ha echado raíces la errónea idea de que todo activista y todo aquel que protesta contra la injusticia social es un «profeta» y de que la «profecía» consiste, prin­cipalmente, en denunciar la maldad humana. Pero como ya lo hemos visto, no es lo que el hombre dice en el ámbito natural lo que- hace un profeta, sino el hecho de que es impulsado por el Espíritu de Dios para hablar las palabras que Dios pone en sus labios.
El verdadero profeta no tendrá necesidad de anun­ciar a los demás que é1 es un profeta; será recono­cido por su ministerio. Moisés es un excelente ejemplo de un profeta, y sin embargo la Biblia dice de é1: «Moisés era muy manso (humilde, benévolo), mas que todos los hombres que había sobre la tierra.» (Números 12:3.) Esto es un buen criterio para pro­bar a un profeta hoy en día. Es natural que un profeta de Dios oficiara con frecuencia en el don de la profecía, que muchas veces va unido al don de la palabra de sabiduría muy difícil a veces de es­tablecer la distensión entre ambas -haciendo conocer la voluntad y el pensamiento de Dios. Cuando Jesús, sentado junto al pozo, le contó a la mujer, con lujo de detalles, todo lo que sabía sobre su vida personal, la mujer de inmediato le dijo:
«Señor, me parece que lo eres profeta.» (Juan 4:19.)
Un verdadero profeta será un cristiano maduro, ya que su ministerio figura en la lista como uno de los oficios utilizados para la edificación de la iglesia. (Efesios 4:8, 11-16.) No se permitirá a nin­guna persona que ejerza el ministerio como profeta consagrado en la iglesia, a menos que sea perfecta­mente conocido por sus hermanos en cuanto a su doc­trina y a su manera de vivir. Un verdadero profeta denunciara todo lo que sea malo, sin tomar en con­sideración si el actuar así lo hará impopular o no. Atraerá a la gente a Dios, no a si mismo.
El ministerio del profeta debe ser juzgado más estrictamente que el de los hermanos en general que profetizan en las reuniones. Puede darse el caso de que un hombre sea utilizado en el oficio profético, y sin embargo cometerá errores garrafales de vez en cuando. Nunca habrán de aceptarse sus palabras por el mero hecho de su ministerio, sino que deberán ser puestas a prueba por la Palabra y el Espíritu; y esto, por supuesto, no significa de ninguna manera que sea un falso profeta, sino solamente de  quien no ha alcanzado la perfección y por ello esta sujeto a error. «En parte profetizamos.» (1 Corintios 13:9.)
El enemigo dispone de imitaciones fraudulentas de todos los verdaderos dones, y hay profusión de falsos profetas en el mundo. Un falso profeta es tremen­damente peligroso, ya que usara de su presunta auto­ridad para ejercer su maligna influencia sobre las per­sonas, y sujetarlas a servidumbre por medio del te­rror. Lograra separarlos de los demás miembros de la familia de Cristo -a menos que se lo ponga en tela de juicio y se descubra su falsedad- con el argumen­to de que pertenecen a un pequeño y selecto grupo escogido. Eso es lo que ocurrió hace poco tiempo atrás en nuestra propia iglesia, cuando un grupito de fer­vientes cristianos fue dominado por un hombre de otra ciudad. Vino y les dijo que el habría, de ser su «pastor». Tendrían que abstenerse del mas mínimo contacto -aun de sus familiares y amigos con toda persona que rechazara al grupo, y les prohibió que leyeran otra cosa fuera de lo que el les permitía leer; ¡la mayor parte de lo cual lo había escrito el mismo! Por supuesto, también les prohibió escuchar a ningún otro maestro fuera de e1. Les dijo además que cualquier persona que se separara del grupo, es­taría condenada a la perdición. Es conveniente estar precavidos, porque hay actualmente muchísimos «lo­bos rapaces» como los llamaba Pablo, rondando alre­dedor del pueblo de Dios.
«Así ha dicho Jehová de los ejércitos: no escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan: os ali­mentan con vanas esperanzas: hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová.» (Jeremías 23:16.) El profeta mentiroso no advierte al pueblo que deben dejar de hacer lo malo (Jeremías 23:17-22)-, y generalmente la aparición de un falso profeta se acompaña de inmoralidad.
Debemos precavernos también de la profecía per­sonal y directa, especialmente cuando la misma no es ejercitada por un hombre maduro y sometido a Dios., Un abuso desenfrenado de «profecías persona­les» minó el movimiento del Espíritu Santo que comenzó a principios de siglo. Aun hoy subsiste. A los cristianos les son dadas palabras de sabiduría y de conocimiento para ser utilizadas entre ellos, «en el Señor» y tales palabras alientan y ayudan, pero tiene que haber un testimonio del Espíritu de parte de la persona destinataria de esas palabras, y habrá que extremar las precauciones al recibir cualquier supues­ta directiva o una profecía que predice el futuro. En ningún caso debemos tomar determinaciones basadas únicamente en el hecho de que alguien emitió una supuesta declaración profética o una interpretación de lenguas, o por una presunta palabra de conocimiento o de sabiduría. Nunca hagamos algo por el mero hecho de que un amigo se nos acerca y nos dice: «El Señor me dijo que lo dijera que hicieras tal o cual cosa.» Si el Señor en realidad tiene instruc­ciones para darnos, nos proveerá de un testigo en nuestros propios corazones, en cuyo caso las palabras emitidas por el amigo, o por intermedio de los dones del Espíritu Santo en una reunión, serán la confirmación de lo que Dios ya nos ha estado indicando. La dirección también debe concordar con la Escritura. Y ya que hablamos de Escrituras, veamos lo que dijo Pedro:
«Tenemos también la palabra profética mas segu­ra, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vues­tros corazones …» (2 Pedro 1:19.) La Palabra es­crita de Dios es nuestra guía del viajero, que debemos estudiar concienzudamente, y es el criterio para poner a prueba todas las palabras habladas. Hay un antiguo dicho que vale la pena repetir: «Si tenemos el Espíritu sin la Palabra, estallaremos; si tenemos la Pa­labra sin el Espíritu, nos secaremos; pero si tenemos el Espíritu y la Palabra, creceremos.»
Hagamos notar la cautela del profeta Jeremías. El Señor le dijo a Jeremías que comprara una propiedad a su primo Hanameel. Jeremías no hizo nada hasta que recibió la visita de su primo ofreciéndole vender­le la propiedad, sin tener este ultimo la menor idea de lo que el Señor el había dicho a Jeremías. «Enton­ces» dijo Jeremías, «conocí que era palabra de Jehová.» Si el profeta Jeremías, ese gran hombre de Dios, fue tan cauteloso que desconfiaba hasta de su propia profecía ¡cuanto mas deberemos serlo nosotros! (Jeremías 32:6-9.) 1 La profecía no es decir la buena­ventura! La profecía no es mirar en una bola de cris­tal, o echar las cartas, o una supuesta predicción del futuro por cualquier otro método. Como ya lo hemos dicho detalladamente en capítulos anteriores, Dios prohíbe terminantemente atisbar en el futuro; siempre lo ha prohibido. Si los hombres intentan hacerlo, recibirán información del enemigo para sus propios fines y, si persisten, será para su destrucción. Cierto es, como ya lo hemos mencionado, que la Escritura nos dice que Dios, por medio de sus profetas, nos revela hechos que habrán de suceder; pero esto nada tiene que ver con decir la buenaventura; se trata, simplemente, que en esos casos, Dios ha querido com­partir sus intenciones con sus hijos fieles. El verda­dero profeta no procuraba obtener información sobre el presente o el, futuro, pero como vivía en estrecha comunión con el Señor, Dios compartía con el su conocimiento. La verdadera profecía es anticipar, no vaticinar.
La profecía tampoco es una «predicación inspirada«. La predicación, que significa «proclamar el evange­lio» debe ser, naturalmente, inspirada por el Espíritu Santo, pero al predicar, esa inspiración del Espíritu Santo se extiende al intelecto, al entrenamiento, a la destreza, al trasfondo del predicador. Podemos es­cribir el sermón de antemano o improvisarlo, pero en ambos casos proviene de un intelecto inspirado. Pero la profecía significa que la persona esta pronuncian­do las palabras que Dios le suministra directamente; proviene del espíritu, no del intelecto. Una persona puede emitir palabras proféticas que ni siquiera el mismo entiende. Durante el transcurso de un sermón inspirado puede suceder que el predicador profetice o manifieste los dones de conocimiento y sabiduría, pero esas palabras no son parte de la predicación.
Pablo, en su primera carta a los tesalonicenses, dice así: «No menospreciéis las profecías. Examinad­lo todo; retened lo bueno.» (1 Tesalonicenses 5:20-21.) El hecho de que se abusa de los dones de Dios y de que el enemigo dispone de imitaciones fraudulentas, no significa que debemos rechazar lo que Dios tiene para nosotros. Eso es exactamente lo que quisiera el enemigo.Cuando los hijos de Israel abandonaron el desierto y penetraron en la tierra prometida, descu­brieron que los frutos eran mucho más grandes, pero también lo eran los enemigos. No solo uvas había en el valle de Escol, sino gigantes, y así puede ser nuestra experiencia. Si decidimos tomar este nuevo camino en el Espíritu, ¡pero la fruta vale el es­fuerzo!
Jesús es profeta, sacerdote y rey. También nos­otros podemos ser, boy en día, a través de los profetas, sacerdotes y reyes. (Apocalipsis 1:6.) El pro­feta habla a la gente las palabras de Dios; el sacer­dote le habla a Dios a favor de la gente, por medio de la alabanza y de la oración; el rey domina, impo­niendo su voluntad, por medio de la palabra, sobre las obras del enemigo. En los tres ministerios la voz es importantísima, y nos permite ahondar en la razón del porque la voz tiene que ser sometida en Pentecostés. Si aspiramos a los dones verbales, guardémonos de hablar iniquidades, y así entraremos en la categoría de quienes Dios dice «serás como mi boca». (Jeremías 15:19.)
Aspiremos al don de la profecía. Pidámosle a Jesús que edifique su cuerpo en la tierra, por nuestro in­termedio. Al tener comunión con el Señor y con nuestros hermanos y hermanas en el Señor, habremos de experimentar que en nuestra mente toman forma pensamientos y palabras de inspiración que no escu­chamos ni compusimos. Si están de acuerdo con la Escritura, entonces debemos compartirlos con la Iglesia. En cuanto a la interpretación puede ocurrir que recibamos tan solo unas pocas palabras, que aumentaran una vez que hayamos empezado a interpretar. Podremos ver un cuadro con los «ojos de la mente» y las palabras brotaran cuando comenzamos a describir el cuadro. En cuanto a los dones de len­guas y de interpretación; el Espíritu brinda las pa­labras valiéndose de distintos medios. Algunos ven las palabras como si estuvieran escritas y se reducen a leerlas palabra por palabra.
Los dones se manifiestan por la habilidad de Dios, no de la nuestra. En la medida de nuestra fe el proveer las palabras que quiere que hablemos. (Roma­nos 12:6.) No tengamos miedo de emitir una profecía ni nos sintamos acomplejados porque la Iglesia debe evaluarla. No apaguemos el Espíritu. El profeta Amos pregunto: «Si habla Jehová el Señor  ¿quien profetizara?» (Amos 3:8.) ¡0lvidemosnos de nuestro orgullo y testifiquemos de Jesús!
Capítulo 2 – El desbordamiento – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Capítulo 10 – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Los milagros son hechos que anulan o contradicen a las denominadas «leyes de la naturaleza». Estricta­mente hablando, no existen «leyes de la naturaleza» como tales. El concepto de «leyes» físicas ha sido des­cartado por la física moderna, que define los sucesos naturales en términos de «probabilidades». Por ejem­plo, la antigua física newtoniana establecía que:
«Hay una ley según la cual -descontando la re­sistencia del aire- todos los objetos caen con una aceleración de 9,81 metros/segundo, en cada segun­do.» La ciencia moderna diría: «Es probable que todo objeto que cae acelerara su velocidad a razón de 9,81 metros/segundo, en cada segundo.» Y esto se asemeja muchísimo a lo que dice el cristiano: «Las denominadas leyes de la naturaleza, codificadas por la ciencia humana, no son otra cosa que la manera habitual que tiene Dios de hacer las cosas.» Man­tiene un orden regulado para nuestra conveniencia. ¡Que desmañado seria vivir en un universo donde nada se repitiera dos veces de la misma manera! ¡Seria como vivir en un mundo de «Alicia en el país de las maravillas» y en medio de un gran desorden! Sin embargo, Dios en beneficio de su pueblo creyente, cambiara su acostumbrada manera de hacer las cosas, para poder atender a sus necesidades y además para mostrarles que el es soberano y tiene todo el poder. Los grandes milagros del Antiguo Testamento se hi­cieron, justamente, para atender a las necesidades, de la gente, y demostrarles que Dios era real, y que todo esta bajo su control.
No es siempre fácil trazar una delgada línea di­visoria entre el don de milagros y los dones de sani­dades. Pareciera que la «sanidad» comprende a aque­llos actos de poder que supone la curación de una condición en el cuerpo humano (o en el cuerpo ani­mal, porque la sanidad alcanza también a los anima­les por la oración). Otros sucesos caerían bajo el titulo de milagros.
Mencionaremos algunos de los milagros típicos del Antiguo Testamento: la separación de las aguas del mar Rojo para que escapara el pueblo de Israel (Éxodo 14:21-31) ; la detención del sol y de la luna para Josué (Josué 10:12-14); la tinaja de harina que no escaseo y la vasija de aceite que no menguo durante el hambre en la tierra (1 Reyes 17:8-16) ; el fuego que cayo del cielo sobre el Monte Carmelo para que­mar el sacrificio de Elías y revelar al verdadero Dios. (1 Reyes 18:17-39); el retroceso de diez grados del sol según el reloj de Acaz, en respuesta a la oración de Isaías, (2 Reyes 20:8-11); las milagrosas plagas de Egipto (Éxodo 7:12); la transformación en ino­cua de un potaje venenoso realizado por un acto de fe de Eliseo. (2 Reyes 4:38-41.) La mayoría de los grandes milagros del Antiguo Testamento ocurrieron en las vidas de Moisés, Elías y Eliseo.
El relato de Elías y de su discípulo Eliseo nos habla a nosotros en el día de hoy. Eliseo pidió una «doble porción» del Espíritu Santo que poseía Elías. Cuando Elías fue arrebatado al cielo, su manto -símbolo de su ungimiento- cayó sobre Eliseo. (2 Reyes 2:9-14.) El hecho notable que registra la Escritura, es que Eliseo hizo el doble de los milagros que había ejecutado Elías. Esto es simbólico de lo que les ocurrió a los creyentes después de la ascensión de Jesús, si bien Jesús no les legó solo una «doble porción» de su Espíritu, pues no estableció limite al­guno. Simplemente dijo: «Mayores obras hará, porque yo voy al Padre.» (Juan 14:12.)

El don de milagros es uno de los dones que rinde mucha gloria a Dios y uno de los que más debería manifestarse en el día de hoy, de acuerdo a la pro­mesa de Jesús. Dios se deleita en hacer milagros, y esta utilizando a sus hijos en la práctica de este don. El poder para hacer mayores obras viene del hecho de que Jesús ascendió al cielo y Pentecostés recibió la plena potencia del Espíritu Santo, poder con que cuen­tan los cristianos desde aquel entonces.
Por supuesto que Jesús ejecuto más milagros que ningún otro personaje en la Biblia, sin que todos ellos, aparentemente al menos, hayan sido registrados. Como ya lo dijo Juan: «Y hay también muchas otras cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir.» (Juan 21:25.) Unos cuantos de sus milagros, que hallamos en la Biblia, incluyen los siguientes: transformar el agua en vino (Juan 2:1-11) ; caminar sobre las aguas (Mateo 14:25-33); alimentar milagrosamente a la multitud (Marcos 6:38-44; Mateo 16:8-10) ; calmar la tempes­tad en el mar (Marcos 6:45-52) ; la pesca milagrosa (Juan 21:5-12) ; pescar un pez y sacar una moneda ,de su boca (Mateo 17:27).
El primer milagro de Jesús fue la transformación del agua en vino: «Este principio de señales hizo Jesús en Cana de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en el.» (Juan 2:11.) Jesús realizo milagros movido por su compasión- frente a las necesidades humanas y por razones practicas. Cuando camino sobre las aguas fue para tranquilizar a sus discípulos y además porque tenía apuro en llegar a Betsaida. Cuando alimento milagrosamente a las multitudes, lo hizo porque era imposible con­seguir alimento de otra manera. Cuando transformo el agua en vino fue por que había necesidad de vino en la fiesta. Observemos que los milagros no se eje­cutaron para asustar a los incrédulos y forzarlos a creer, sino más bien para estimular a los que ya creían o a los que querían creer. «La generación mala y adultera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás (haciendo referencia a su muerte y resurrección).» (Mateo 12:39-40.) Mu­cha gente dice: ¡Ahí lo tienen! ¡No se supone que tengamos señal!» Pero pasan por alto el hecho de que Jesús esta hablando a una «generación mala y adultera». Por otra parte, Jesús dijo:
«Estas señales seguirán a los que creen…» (Mar­cos 16:17.)
Después de Pentecostés, los apóstoles y otros que no lo eran, hicieron muchas señales de poder: en va­rias ocasiones los creyentes fueron liberados de la cárcel por el poder angélico (Hechos 12:1-17; 16:25­40; 5:17-25); el evangelista Felipe fue transportado corporalmente a Azoto por el poder del Espíritu San­to. (Hechos 8:39-40.) (Tomemos nota de lo siguiente: esto no fue una «proyección astral» o nada parecido. Felipe fue físicamente y corporalmente arrebatado por el Espíritu Santo y transportado de Gaza a Azo­to, (¡una distancia de 38 kilómetros !) Obrando mila­grosamente, Pablo encegueció transitoriamente a Eli­mas el mago para que cesara en su oposición al evan­gelio. (Hechos 13:9-12.) Pablo fue mordido por una víbora venenosa y no sufrió daño alguno. (Hechos 28:3-6.)
Pedro y Pablo cuentan en su haber el mayor número de milagros registrados en el libro de los Hechos de los Apóstoles, pero también ejecutaron milagros Es­teban y Felipe, y en 1 Corintios 12 el don de hacer milagros es uno de los nueve dones que regularmente manifestaban los creyentes.
¿Que quiso decir Jesús cuando afirmo que los que creen en el harían «cosas mayores»? Algunos pien­san que significa que se producirán muchos mas mi­lagros, en razón del mayor numero de personas que hoy en día son llenados con el Espíritu Santo. Otros creen que podría significar también que se harán nuevos milagros, en adición a los que registra el relato bíblico, y mayores aun que aquellos. De una cosa estamos seguros, y es de que si Jesús tuvo la intención de que los creyentes hicieran nuevos mila­gros, serian siguiendo el modelo determinado ya por el Señor, y de acuerdo con las Escrituras. Hay mu­chos hechos horripilantes que tienen lugar en la actua­lidad, a medida que los hombres y las mujeres expe­rimentan con lo oculto y lo psíquico, es decir con los poderes de Satanás, y el cristiano no debe dejarse engañar por ellos. La Escritura nos dice que los se­guidores del enemigo harán «grandes señales y pro­digios, de tal manera que engañaran, si fuese posible, aun a los escogidos». (Mateo 24:24; Marcos 13:22.)
Sin embargo, los milagros se suceden hoy en día, de acuerdo a las normas establecidas por las Escri­turas. En el libro Nine O’Clock in the Morning, (A las nueve de la mañana), citamos varios casos en que Dios modifico sorprendentemente las condiciones atmosféricas, en respuesta a una oración hecha con fe.1
Hay ejemplos de personas que, en la actualidad, han sido transportadas f1sicamente en el Espíritu, de la misma manera en que lo fue Felipe el evangelista, según la crónica registrada en Hechos 8:39-40. David duPlessis, probablemente el mas conocido testigo del reavivamiento carismático, fue actor de un milagro igual, al comienzo de su ministerio. Estaba reunido juntamente con otros hombres en el jardín de la casa de un amigo, orando por otro hombre gravemente en­fermo y que vivía en una casa distanciada casi dos kilómetros de donde estaban ellos.
«Mientras orábamos», cuenta David, «el Señor me dijo: «¡te necesitan ya mismo al lado del lecho de ese enfermo!» Arrebate mi sombrero, corrí alrededor de la casa y di un primer paso saliendo del portal, para dar el segundo paso en el umbral de la casa donde yacía enfermo mi amigo, ¡a casi dos kilómetros de distancia! Por supuesto que me sorprendí sobre­manera. Me consta que fui transportado de manera instantánea esa distancia, porque alrededor de quince minutos llego el resto de los hombres con quienes había estado orando, los cuales llegaron agitados por el esfuerzo realizado. Me preguntaron: » ¿Como llegas­te aquí tan rápido?»
David tenía que llegar inmediatamente, y Dios sim­plemente proyecto el transporte.
En estos últimos años se esta desarrollando en Indonesia lo que tal vez sea el mas poderoso reavi­vamiento de cristianismo neotestamentario, que el mundo haya experimentado jamás. Nos llegan infor­mes bien documentados de sucesos milagrosos de la misma naturaleza y magnitud que los relatados en la Biblia. 2 Miles de personas han sido milagrosamente alimentadas con provisiones calculadas para unos cuantos centenares; el agua ha sido transformada en vino para poder tomar la santa cena; grupos de cristianos han caminado sobre las aguas para poder cruzar ríos y proclamar las buenas nuevas de Cristo, por no decir nada de los miles que han sido sanados y aun resucitados de entre los muertos.3 Se podrían descartar estos informes como fantasiosos, salvo el hecho de que han sido confirmados por testigos fide­dignos, y a menudo por cristianos que previamente no creían que los milagros relatados en el Nuevo Tes­tamento pudieran repetirse hoy en día. Tal vez la mas poderosa evidencia indirecta de la verdad de estas señales, radica en el hecho que más de dos mi­llones y medio de musulmanes han aceptado a Cristo, como asimismo miles de comunistas. La prensa maho­metana admitió recientemente ¡la conversión de dos millones de mahometanos a la fe cristiana!
Una de las principales razones de lo que esta ocurriendo, sin duda alguna, estriba en el hecho de que están viendo el poder de Dios manifestado, no solamente en el mi­lagro de vidas transformadas, sino en los milagros literales de la Biblia. ¿Por que habrían de ocurrir semejantes acontecimientos? Es debido a que los in­donesios nunca les han dicho que ciertas partes de la Biblia «no son para hoy»; de ahí que lo están practicando en fe simple; ¡Y da resultado! ¡Dios vive!
Dios se arriesga cuando comparte con su pueblo sus obras sobrenaturales. Sin duda obraría mas mi­lagros entre su pueblo, pero bien sabe que eso seria perjudicial para nosotros a menos que estemos es­piritualmente preparados. Oímos la verdadera histo­ria de un evangelista que había sido poderosamente utilizado por Dios, hasta que una noche el poder y la gloria de Dios elevaron a esta persona un par de metros desde el suelo, a plena vista de la congregación. Fue tan impresionante esta experiencia, que desde esa noche en adelante ese particular siervo de Dios no podía hablar de otra cosa sino de como algún día los cristianos serán transportados de un lugar a otro en el Espíritu para proclamar el evange­lio a todo el mundo. Al final se redujo a ser el único tema de ese evangelista, resultando ser un impedimento para la predicación del evangelio y un buen ministerio reducido a casi nada
Conviene detenernos un poco y analizar este ejem­plo en particular. ¿Cual fue el propósito de este mi­lagro? Podríamos responder de inmediato: «!Oh, pa­ra probar a los asistentes que el evangelista estaba diciendo la verdad!» No, de ninguna manera, porque también Satanás puede elevar a las personas en el fenómeno denominado «Levitación». Entre las perso­nas que incursionan en el campo de lo oculto actual­mente, algunos experimentan con estos fenómenos, tratando de aprender a flotar en el aire o levantar objetos pesadísimos con la ayuda de poderes «espi­rituales». Una variedad del espiritismo que se prac­tica en tertulias familiares y que consiste en hacer mover una mesa sin tocarla, es una forma de levitación. El hecho de que alguien pueda ser elevado de la tierra, de ninguna manera prueba que esa persona sea de Dios, como tampoco lo prueba el hecho de que pueda sanar a los enfermos.
En el caso particular que estemos analizando, no era necesario un milagro para probar que el evan­gelista era de Dios, pues eso surgía claramente de lo que estaba diciendo: proclamaba el evangelio de Jesucristo. ¿Cual fue, entonces, el propósito del mi­lagro? Era simplemente Para alegrar el corazón de la gente que estaba escuchando, mostrando una vez mas cuan real es Dios. No era otra cosa que Dios expresando el amor al predicador y a los oyentes de una manera extraordinaria. Nuestro amigo evange­lista cometió el error de querer adelantarse a Dios y a las Escrituras, especulando sobre las cosas que tal vez Dios haría en el futuro, y edificando sobre ello toda una doctrina. Si bien es posible que a me­dida que aumenta el fragor de la batalla aumentara el numero de personas que sean transportadas en el Espíritu, no contamos con antecedentes bíblicos para decir que Dios lo va a establecer como un «ministe­rio». Si hubo alguien en la historia que pudo haber utilizado esa «vía aérea», ese alguien fue el apóstol Pablo, pero no tenemos ninguna noticia de que haya sido transportado de esa manera. Si bien es cierto que Dios obra en su vida otros milagros, cuando se trato de viajar, viajo siempre como los demás.
Inmediatamente después de ser bautizada en el Espíritu Santo, la gente experimenta una mayor ca­pacidad para lo milagroso en su vida, Luego se ad­vierte una disminución de estas experiencias porque nos invaden las viejas maneras de pensar y de vivir, y Dios nos tiene que inscribir en la escuela del Espíritu Santo. Quiere enseñarnos algunas cosas antes de poder confiar plenamente en nosotros en esta área, no sea que se meta de por medio nuestro orgullo y otros pecados, provocando nuestra propia exaltación, para luego caer estrepitosamente. (1 Timoteo 2:6.) Sin embargo, el cristiano prudente, habiendo una vez pro­bado las maravillosas obras del Señor, es estimulado a someterse al manejo de Dios y a sus lecciones, para que siga adelante, y no retroceda en el camino andado. Es la voluntad del Padre que permanezcamos en esta nueva dimensión.
Ya hemos advertido en detalle en un capitulo an­terior, y al comienzo de este mismo capitulo, en el sentido de que para cada uno de los dones de Dios hay una imitación fraudulenta demoníaca. Un hongo y una seta venenosa parecen exactamente iguales, pe­ro uno es un alimento delicioso y el otro un veneno mortal. Solamente la Escritura puede enseñarnos a detectar una «seta venenosa» espiritual. Los verda­deros milagros de Dios pueden manifestarse únicamente a través de aquellos que han recibido a su divino Hijo Jesús. Los cristianos no esperan mila­gros por el milagro en si, sino porque Dios prometió que seguirían en la vida de sus hijos y porque atien­den a las necesidades de los hombres y llevan a otros a Jesús.
El Nuevo Testamento registra más sucesos milagro­sos en la vida de San Pablo que en ninguno de los doce apóstoles originales. Si pensamos que los prime­ros apóstoles gozaban de un «status» especial porque anduvieron y hablaron con Jesús durante su vida te­rrenal, deberíamos sentirnos estimulados por Pablo que no conoció a Jesús «según la carne». (2 Corintios 5:16.) Es interesante notar el hecho que el poder de Pablo en el Espíritu Santo no disminuyo al llegar a viejo. Más bien, lo vemos manifestando las mismas aptitudes milagrosas de Dios y su poder de sanidad con mayor potencia en el último capitulo de los He­chos que en cualquier otro momento de su vida. (He­chos 27:28.) Pablo nunca disminuyo su ritmo, ni aun llegado a viejo.
Muchas veces los milagros de Dios se hacen de una manera tan «naturalmente sobrenatural» que pode­mos no percibirlos si no estamos alertados. Debemos mantenernos a la expectativa para que los milagros de Dios se manifiesten en nosotros y a través de nuestra vida. Oremos para que el Poder de Dios también se manifieste a los demás miembros del cuer­po de Cristo. Contemos con un milagro y mantenga­mos los ojos puestos en Jesús.

Capítulo 2 – El desbordamiento – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Capítulo 11 – El don de la fe – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

La Biblia nos habla de la fe desde el Génesis hasta el Apocalipsis, pero la define en una sola ocasión. La encontramos en la carta a los Hebreos: «Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción do lo que no se ve.» (Hebreos 11:1.) Varias son las cosas que aprendemos, de este versículo. La fe es ahora o no es fe. Fe es tiempo presente; esperanza es tiempo futuro. Fe es creer antes de ver, pero dará substancia a lo que hemos creído. La fe no es algo pasivo sino algo activo.
Todo el mundo, tanto creyentes como incrédulos, pueden entender lo que es la fe humana natural. La gente tiene fe en las cosas de este mundo por la experiencia adquirida a través de sus cinco sentidos. Por fe natural prendemos el televisor, creyendo que veremos o escucharemos algo interesante. Si bien la mayoría de las personas no entienden el sistema eléctrico de la televisión, a pesar de eso su fe natural lo insta a encenderlo. Para sentarnos en una silla echamos mano a nuestra fe natural. Si las personas pudieran ver la estructura molecular de la silla y los enormes espacios intermoleculares en esa materia que parece tan sólida, ¡tomarían asiento cautelosamente! Por fe natural encendemos una luz, viajamos en avión, manejamos un automóvil o simplemente vivimos. Las personas pueden tener esta clase de fe y no creer en Dios. La fe natural es la confianza puesta en algo o en alguien que Podemos ver, oír y tocar,”Ver para creer”.
La fe verdadera, la que viene de Dios es sobrenatural, es decir que trasciende los sentidos naturales.
La Primera es «la fe que salva». La Biblia nos dice que sin fe es imposible agradar a Dios. (Hebreos, 11:6) No obtenemos la salvación por nuestras buenas obras si no por la fe en Jesucristo.
«Cree (ten fe) en el Señor Jesucristo, y serás salvo…» (Hechos 1ó:31.) La llave a la fe cristiana no es ver para creer» sino «creer antes de ver». «La fe» dice el autor de Hebreos «Es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no so ve». (Hebreos 11:1.) Jesús no se evidencia a nuestros sentidos físicos, pero por medio del Espíritu Santo podemos experimentar, aquí y ahora, su amor y comunión. Esta fe salvadora es un don de Dios. y no algo que nosotros podamos fa­bricar. (Efesios 2:8-9.) La fe salvadora llega al hom­bre por medio do la proclamación de la Palabra de Dios. «La fe es por el oír y el oír, por la palabra de Dios.» (Romanos 10:17.)
Una vez que hemos recibido a Jesús, la Escritura nos dice que cada cristiano recibe «la medida de fe». (Romanos 12:3.) Todos iniciamos la carrera con una medida igual, pero algunos crecemos en fe y otros no, y ello dependerá de nosotros. Dios siempre tiene una reserva para sus hijos; sus depósitos son ilimitados.
La segunda clase de fe, as la fe como un «fruto del Espíritu«. (Gálatas 5:22.) Esto viene como resul­tado de nuestra salvación: unión con Cristo. Jesús dice: «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mi, y yo en él éste lleva mucho fruto.» (Juan 15:5.) Desde el mismo instante de nuestra unión con él (la viña) tenemos potencial­mente la capacidad do dar frutos.
Nuestra fe (confianza, creencia) en Jesús es la obra de Dios Espíritu Santo, y es el él que nos abastece de fe a medida que avanzamos en la vida cristiana. Nuestra parte es responderle a él. La fe en Jesús, tanto la fe inicial coma la fe permanente constituye la base para todos los otros frutos y dones del Espíritu. Es imposible sobreestimar su import­ancia. «Conforme a vuestra fe os sea hecho» dice Jesús: y en otro pasaje: «Al que cree, todo le es posible.» (Mateo 9:29; Marcos 9:23.)
La fe, como fruto, es la resultante de un proceso que se obtiene con el tiempo. No se planta un árbol y se espera que al día siguiente brinde frutos, El árbol tiene que ser cultivado, alimentado y regado. La palabra «morar» significa tomar residencia permanente. El resultado de morar es el fruto de un carácter cristiano piadoso. Nuestro crecimiento en el fruto de la fe dependerá de un caminar con Cristo sin altibajos, de una diaria alimentación de las Escrituras, y de la comunión en el Espíritu Santo.
El don de la fe existe potencialmente en el creyen­te desde el momento en que recibe a Cristo pero al igual que los otros dones, se torna mucho mas activo después del bautismo en el Espíritu Santo. A diferencia del fruto, Es dado en forma instantánea. Es una súbita oleada de fe, habitualmente durante una crisis, para creer confiadamente, sin un ápice de dudas, que lo que hagamos o hablemos en el nombre de Jesús, sucederá.
La palabra «confesión» toma sus raíces de dos vocablos griegos, homo logos, que significa hablar lo mismo que la Palabra de Dios. El don de fe verbal es confesar lo que dice Dios, dirigido por el Espíritu Santo. Uno de los, versículos que mejor describes este pensamiento esta registrado en Marcos:
«Respondiendo Jesús les dijo: Tened fe en Dios.» (La traducción literal del griego es: «Tened la fe de Dios.») «Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho le que dice, lo que diga le será hecho.» (Marcos 11:22-2.3.)
Elías constituye un sugestivo ejemplo de este don en el Antiguo Testamento. Aparece súbitamente en escena en I Reyes 17:1 presentándose ante Acab, el más perverso de los reyes de la historia de Israel, diciéndole: «Vive Jehová, Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra.» Y su advertencia so cumplió al pie de la letra. El profeta Elías debe de haber, vivido en un alto nivel de fe, si bien sabemos que en algunas ocasiones su fe se derrumbo casi por com­pleto, como esta registrado en 1 Reyes 19:3 ¡cuando perdió el valor y huyo despavorido! Nadie podrá dudar que Elías tiene que haber recibido verdaderas oleadas de fe, especiales dones de fe, para enfrentar crisis como las que hemos mencionado, o la tremenda prueba del monte Carmelo: “Si Jehová es Dios, se­guidle; y si Baal, id en pos de él”, (1 Reyes 18:21) cuando bajo fuego del cielo para confirmar que el Dios de Elías era el Dios verdadero a quien había que servir.
Por otra parte, hallamos un don de fe en acción, en el conocido incidente en la vida del profeta Daniel. Funcionarios celosos urdieron un complot contra Da­niel, como resultado del cual fue sentenciado y echado a un foso de leones hambrientos. Daniel no dijo ni una palabra, simplemente confió en Dios, y los leones no lo dañaron. A pesar de ser Daniel un hombre ex­traordinario, tiene que haber tenido una gran dosis de fe para soportar esta espantosa experiencia. (Da­niel 6:17-28.)
En el Señor Jesucristo, el fruto y el don se com­binan a la perfección, porque el vivió siempre en la cima de la plenitud de su fe en el Padre. Los evan­gelios están repletos de ejemplos de su gran fe. Un día Jesús y sus discípulos decidieron cruzar el lago en una pequeña barca. Jesús estaba cansado y Se durmió recostado sobre un cabezal en la popa de la embarcación. Súbitamente se desato una gran tor­menta que echaba las olas en la barca que se inun­daba. Los discípulos estaban aterrorizados y desper­taron a Jesús. Unas pocas palabras le bastaron para aquietar la tormenta. Aun cuando lo despertaron de un profundo sueño, no tuvo necesidad que le inyecta­ran una dosis especial de fe para realizar el milagro. (Marcos 4:35-41.)
El don de fe es distinto al de obrar milagros, que estudiamos en el capitulo anterior, si bien puede producir milagros. Si los discípulos, en el barco ajetreado por la tormenta hubieran permanecido calmos y seguros a pesar de su peligrosa situación. Hubieran estado manifestando el don do fe. Pero como ocu­rrieron las cosas, fue, Jesús quien por medio, de un milagro, tuvo que acallar la tormenta. Si Daniel, en el foso de los, leones, hubiera dado muerte a las pe­ligrosas fieras con nada mas que un gesto, hubiera aplicado el don del milagro, Pero lo que sucedió es que permaneció ileso en Presencia de los bravos leo­nes, de mostrando una formidable dosis de fe. Cosas parecidas a estas encontramos entre los creyentes del nuevo testamento. ¿Quién más inestable que Pedro? Después de Pentecostés, el Espíritu Santo lo estabili­zo considerablemente, pero, al igual que cualquiera de nosotros tenia sus altibajos. Estaba siempre tan atento a lo que la gente pudiera decir que Pablo se vio obligado a “resistirle cara a cara”. (Gálatas 2:11) Pero al recibir la noticia do que Dorcas o Tabita, la amada discípula de Jope había muerto, sin dudar un instante fue y pronuncio la palabra de fe: “Tabita, levántate” (Hechos 9:40.)
Veamos, el ejemplo de fe en acción en Hechos 12. Pedro fue arrestado por Herodes Agripa I y encarcelado, con el deliberado propósito de ejecutarlo a la mañana siguiente, tal cual lo había hecho ya con Jacob, hermano de Juan. Leemos:
«Estaba Pedro durmiendo entre dos, soldados, su­jeto con dos cadenas y los guardias delante de la Puerta custodiaban la cárcel. Y he aquí que se presento un ángel del Señor, y una luz resplandeció en la cárcel; y tocando a Pedro en el costado, le despertó, diciendo: Levántate pronto. Y las cadenas se cayeron de las manos”; ¡EI Ángel lo saco a Pedro de la cárcel antes de que Pedro se diera cuenta ni siquiera de que estaba despierto! (Hechos 12:6-7.)
Cuando el pasaje habla de que el ángel toco a Pedro, significa «darle un golpe», no una palmadita cariñosa. Pedro dormía tan profundamente, que aun cuan­do ya se había despertado le tomo un tiempo «volver en si» y darse cuenta de lo que había ocurrido. Esto es la fe en acción en un sentido muy parecido al de Daniel. Cualquiera de nosotros tal vez nos hubiéramos mantenido despiertos, preocupados por lo que nos habría de ocurrir o planeando una manera de esca­par pero no es lo que Pedro hacia. Estaba durmiendo placidamente dejándolo todo en las manos de Dios, y recibió la recompensa por su fe.
El don do fe hoy en día
Ya hemos hecho mención de los grandes aconteci­mientos que están ocurriendo en Indonesia, país donde millones de mahometanos y comunistas están acep­tando a Cristo. Acompañando a este reavivamiento se han producido milagros do una magnitud neotestamentaria. Tres anos atrás ya había treinta y tres casos perfectamente documentados de resurrecciones en la isla de Timor. Cuando David duPlessis visito Indonesia este año nos contó que al preguntar cuan­tos eran los muertos que habían resucitado a la fecha, le contestaron: «Hemos perdido la cuenta y, de todas formas, ¡nadie nos cree!»
Un amigo, Sherwin McCurdy de Dallas, Texas, fue utilizado para resucitar a un hombre. La historia fue relatada en la revista Christian Life de octubre de 19ó9.1 McCurdy esperaba un taxi en las proximida­des del aeropuerto de Amarillo, Texas, una mañana ­temprano, cuando se le aproximo corriendo un niño de nueve años, asustado y pidiendo ayuda: “Mi pa­dre se muere!” jadeo. Siguiendo al niño, McCurdy encontró un auto metido en una zanja, y el conductor, un hombre de edad mediana, a todas luces muerto. Un hijo mayor le explicó que su padre sufrió un ataque cardiaco alrededor de 45 minutos antes. Le había aplicado la respiración artificial de boca a boca, pero sin ningún resultado positivo. El recto de la familia estaba al borde de la histeria. El Señor le dio el don de la fe a McCurdy instruyéndole de que colocara Sus manos sobre el cadáver, y ordenándole que hiciera retirar al espíritu de la muerte y retornar al espíritu de la vida. Así lo hizo Sherwin. «Fue como poner las manos sobre un pedazo de hielo» explico; cuando apoyo sus palmas sobre la frente fría (el cadáver mostraba la rigidez y la cianosis de la muerte) e hizo como Dios le había indicado, el hom­bre de inmediato volvió, no solo a la vida, sino a la normalidad, y tanto el como toda su familia aceptaron a Jesús como su Señor y Salvador.
Nos ha llegado el relato de un dramático y verdadero ejemplo del don de fe, unido al don de mila­gros de un misionero de Tanzania. Una congregación formada por personas del lugar, se había reunido para un servicio de Pascua, cuando de pronto surgió de la selva una leona enfurecida, que parecía enloquecida, atacando cuanto hallaba a su paso mato a varios animales domésticos, a una mujer y a un niño, y se encamino directamente a los creyentes allí reunidos. Bud Sickler, el misionero que recibió la información de boca del pastor local, cuenta lo que sucedió de la siguiente manera:
«De pronto la congregación vio a la leona. Se había detenido a pocos metros de distancia, rugiendo fe­rozmente. La gente tembló espantada. Pero el predicador grito: ¡No tengan miedo; aquí esta el Dios que salvo a Daniel de los leones, aquí esta el Cristo de la Pascua!» Se dio vuelta mirando a la leona, y le dijo: «Tu, leona, te maldigo en el nombre de .Jesu­cristo!» A continuación sucedió la cosa más extraordinaria. De entre las dispersas nubes, sin la más mínima señal de lluvia, cayo un rayo sobre la leona que se desplomo muerta. El predicador entonces salto sobre el cuerpo sin vida del animal y lo utilizo como una plataforma para predicar. El corolario final de la historia es que no solamente se salvaron vidas humanas, sino que se conmovió toda la aldea, y 17 personas entregaron sus villas al Señor Jesús.2
EI nivel de fe en la cual estamos viviendo, puede fluctuar. A veces constatamos que somos fuertes en la fe; el Espíritu Santo, en nuestro espíritu, tiene libertad de acción, y suceden cosas maravillosas en nuestras vidas. En otras ocasiones, nuestros empeños, dudas, temores y los «detritos» que hay en nuestras almas y que el Espíritu Santo es empeñado en qui­tar, se interponen, y no podemos funcionar satisfac­toriamente. Algunos creyentes operan en forma per­manente a un alto nivel de fe, mientras otros parecen no poder «despegar». A pesar de que el don de fe puede mostrarse activo de tanto en tanto en nuestras vidas, no debe llamarnos la atención si también nos entra la duda. Esto debería servir para recordarnos la Escritura: «Porque Dios es el que en vosotros pro­duce así el querer como el hacer, por su buena vo­luntad.” (Filipenses 2:13.) Esperemos que el Señor manifieste por nuestro intermedio este maravilloso don de la fe, así como esperamos los otros dones.

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Al concluir esta sección sobre los dones del poder, mencionamos nuevamente que mas a menudo los do­nes del Espíritu Santo, se manifiestan juntos, interactuando y acrecentando su mutuo poder.
En el evangelio de Mateo, Jesús encarga a los discípulos la siguiente misión: «Sanad enfermos, lim­piad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demo­nios; de gracia recibisteis, dad de gracia.» (Mates 10:8.) Para poder cumplimentar esta orden habrán de requerirse los tres dones del poder: sanar a los enfermos y limpiar a los leprosos (dones de sanida­des); resucitar a los muertos (dones de fe, de mila­gros y de sanidades); echar fuera los demonios (don de fe, mas los otros dones de los cuales hablaremos en la próxima sección).


12
Discernimiento de espíritus

A los últimos tres dones los, denominaremos dones de revelación porque nos dan información sobrenatu­ralmente revelada por Dios. Podríamos definirlos sen­cillamente como «la mente de Cristo manifestada a través de un creyente lleno del Espíritu Santo» Cada uno de estos dones consiste en la habilidad dada por Dios para recibir de el información con referencia a algo, a cualquier cosa que humanamente nos seria totalmente imposible conocer, revelada al creyente para lograr protección, orar con mas efectividad o ayudar a alguno en su necesidad.1
1Hay solamente dos maneras -Aparte de la vía natural a través de los sentidos físicos de la vista, del oído, del olfato, del gusto y del tacto – por las cuales la mente humana puede recibir información. Una de ellas es ponernos en contacto mentalmente con el mundo «psíquico», de tal manera que la información la receptamos directamente de los espíritus de Satanás. Es lo que ocurre con los fenómenos llamados percepción extrasensorial, espiritismo, clarividencia, etc. Todas estas cosas están estrictamente prohibidas por Dios, y no debemos practicarlas.
La otra vía de información es la que nos viene por la renovación de nuestro espíritu, que a su vez ha sido inspirado por el Espíritu Santo. Esta forma de conocimiento sobrenatural es aceptable a Dios -nos viene, directamente de El – y no representa, ningún peligro para nosotros. El Espíritu Santo compartirá con nosotros solamente aquellas cosas que el sabe que necesitamos y que pueden ser de Ayuda para otros Recibimos este conocimiento, no tratando de desarrollar alguna misteriosa destreza oculta, sino andando en estrecha relación con Dios en Jesucristo, y permitiéndole a su Espíritu que obre en nuestras vidas.
Discernimiento
Antes de referirnos al discernimiento espiritual, conviene hablar del discernimiento en general. En primer lugar existe lo que podemos denominar “discernimiento natural” que es patrimonio tanto de cris­tianos como de no cristianos. Consiste en la facultad de poder juzgar a las personas y a las circunstancias y a nuestro propio comportamiento, que deriva de la enseñanza que hemos recibido en nuestros hogares y como, consecuencia del medio ambiente en que actuamos y de nuestra cultura. De este material esta compuesta nuestra «conciencia» natural, y de ahí que no podamos confiar, mucho en ella. La mente, y esa porción de la mente que llamamos conciencia es una mezcla de bueno y de malo, de verdad y de error. Su discernimiento y sus juicios morales carecen de valor. Es una verdad indiscutida que las pautas de la moral humana varían de cultura a cultura, y de generación a generación, y todo lo que nos puede decir la mente por natural no va mas allá de saber si concuerda o no, si es aceptable o inaceptable, con el tiempo y el lugar en el cual estamos viviendo. Esto es lo que el mundo en general utiliza coma base para sus decisiones. Carecen de estabilidad.
El verdadero discernimiento intelectual no proviene de una mente natural desfigurada, sino de una mente que ha sido renovada en Cristo. Este discernimiento se desarrolla cuando encontramos y recibimos a Cris­to y llegamos a conocerlo mejor, por medio de la comunión y del estudio de la Palabra de Dios. Como lo dice la carta a los Hebreos: «Todo aquel que participa do la leche es inexperto en la palabra de justicia. porque es niño: pero el alimento sólido es para los que han alcanzado la madurez, para los que por el uso de los sentidos (griego: percepciones, criterio) ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.» (Hebreos 15:13-14.) A medida que crecemos en la vida cristiana, el Espíritu Santo hace una selección de nuestras mentes, y conciencias, descartando lo malo e incrementando lo bueno. Si no le hemos puesto tra­bas a Dios para obrar de esta manera, con el correr del tiempo nuestras mentes y conciencias se ajustaran cada vez mas a las Escrituras y el Espíritu Santo que vive en nosotros. Nos saturamos tanto del «sabor» de lo que Jesucristo realmente es, y de la manera de obrar de Dios, que inmediatamente reconocemos in­telectualmente algo que sea diferente. Es importantísimo que los cristianos desarrollen este tipo de dis­cernimiento. Significa una firme defensa contra las doctrinas falsas. Deberíamos poder decir de inme­diato, si oímos una enseñanza extraña que no guarda relación con la verdad que: ¡Eso no suena a Dios!; Dios no actúa de esa manera»
El aumento de nuestra facultad de discernimiento intelectual, afectara, por supuesto, nuestro compor­tamiento con relación a Dios y a nuestros semejantes. Antes de que Pablo aceptara a Jesús personalmente, estaba convencido que era de buena conciencia per­seguir a los cristianos. Luego de su conversión y después de muchos años de caminar con el Señor, Pablo nos dice: «Yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy.» (Hechos 23:1.) Procuro tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres.» (Hechos 24:1ó.) Tendríamos que orar para que nuestras mentes y nuestras conciencias sean de tal manera renovadas por el Espíritu, que podamos decir lo mismo.

Falso discernimiento natural

Una señorita perteneciente a la iglesia de St. Luke, caminaba tranquilamente por una calle del centro de Seattle, sin inmiscuirse con nadie, cuando de pronto una señora de edad corrió hacia ella profiriendo obs­cenidades y amenazas, y sacudiendo, furiosa, su bastón. La muchacha se alarmo, por supuesto, pero no se asusto, pues se dio cuenta lo que estaba sucediendo. Esa señora de edad estaba poseída demoníacamente y el espíritu maligno había detectado la presencia del Espíritu Santo en la señorita, y por ello se alboroto en airada protesta.
Tales incidentes no son raros, si bien habitualmen­te no son tan dramáticos e inesperados como el que hemos relatado. Si una persona ha estado al servicio de Satanás y por ello esta oprimida o poseída totalmente, bajo la influencia del poder del enemigo, se sentirá repelida por la presencia de cualquiera que esta caminando en el Espíritu. Esta es la imitación fraudulenta del diablo al discernimiento de los espíritus.
Uno de los más vividos ejemplos de lo que llevamos dicho, es el gran resentimiento que demuestran los espiritistas contra todos aquellos que han recibido el bautismo en el Espíritu Santo.
Cierto día, sentado Dennis a la cabecera de la mesa durante un almuerzo que reunía a hombres de la Fraternidad de Hombres del Evangelio Completo, el caballero sentado a su lado, un bien conocido medico que había recibido el Espíritu Santo, le mostró una carta que lo atacaba grosera y bárbaramente, con­denando al buen doctor por sus actividades pentecos­tales. Dennis le pregunto
¿El que firma esa carta es un espiritualista, verdad?
El medico asintió: -Me temo que si.
No debemos extrañarnos si el ataque y la persecución furibundos nos viene de personas de la comu­nidad que no solamente no conocen al Señor, sino que, además, están entregados a practicas prohibidas y antibíblicas.

Capítulo 2 – El desbordamiento – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett

Capítulo 12 – Discernimiento de espíritus – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett


Llegamos ahora al don espiritual. Como sucede con todos los otros dones, este don no se adquiere por medio de un entrenamiento especial, sino que es dado cuando la necesidad lo requiere. Cualquier cristiano puede manifestar este don pero, al igual que los de­más, se intensifica después del bautismo en el Espíritu Santo. Los creyentes que no han sido bautizados en el Espíritu Santo no están lo suficientemente fami­liarizados con las actividades de Satanás, como para preocuparse por el discernimiento de espíritus, si bien, por supuesto, hay excepciones.
Por el don del discernimiento de espíritus, el cre­yente esta capacitado para saber inmediatamente que es lo que esta motivando a una persona o a una situación. Se da el caso de que un creyente puede estar actuando bajo la inspiración del Espíritu Santo, o expresando sus propios pensamientos, sentimiento o anhelos de su alma, y hasta es posible que permita que un espíritu extraño lo oprima, y revele pensa­mientos, justamente, de ese espíritu maligno. El incrédulo, por supuesto puede estar totalmente poseído por ese espíritu del mal. El don de discernimiento de espíritus permite revelar inmediatamente lo que esta ocurriendo.
Puede ayudarnos a entender al don de discerni­miento de espíritus si reconocemos lo que sucede cuan­do discernimos el Espíritu Santo. El himno evangelio dice: «Hay un dulce, dulce Espíritu en este lugar, y yo se que es el Espíritu del Señor!» Los creyentes conocen esa feliz sensación producida por la presencia del Espíritu Santo o, dicho en otras pa­labras, se dan cuenta del testimonio del Espíritu Santo en otra persona o en una reunión. Cuando decimos: «Verdaderamente sentí la presencia de Dios», estamos hablando del discernimiento del Espíritu San­to. Experimentamos un ejemplo, en cierta medida divertido de este tipo de discernimiento, después que vinimos a Seattle.
A Dennis lo habían invitado a concurrir a un con­cierto coral en una iglesia cercana. El director del coro era un cristiano bautizado en el Espíritu Santo, que tenía muchos amigos en Sr. Luke. Dennis sabia que unas 20 o 30 personas de esa iglesia, que habían recibido el Espíritu Santo, planeaban asistir al con­cierto. Llego algo tarde y le indicaron un asiento en la, galería. Le llamo la atención, al mirar hacia abajo a la congregación reunida en la planta baja, no ver a ninguno de sus amigos. Dennis gozo del programa pero todo el tiempo estuvo un poco desconcertado porque una leve exaltación interior de gozo, un claro testimonio del Espíritu Santo, lo inundo durante to­do el concierto. Era un sentimiento hermoso, pero no podía interpretar su significado. El coro era bueno, ¡pero no tan bueno! La explicación la tuvo cuando al abandonar la iglesia al final de la velada, fue sa­ludado por unos treinta episcopales llenos del espíritu, que durante el concierto ocuparon asientos de­bajo de la galería donde el estuvo sentado. Dennis no los había visto, ¡pero el espíritu de Dennis discernió su presencia!
Los informes que nos llegan de personas que tra­bajan detrás de la cortina de hierro, indican que este don adquiere significativa importancia a medida que se agrava la persecución. Se mencionan numerosos casos de cristianos que reconocen a otro cristiano, cada uno «en el Espíritu» sin mediar una sola pala­bra. En un lugar, las autoridades interferían per­manentemente en las reuniones, de modo que los her­manos dejaron de anunciar horario y lugar para su comunión, y dependieron exclusivamente del Espíritu Santo para que señalara aquellos que habrían de asis­tir a cada reunión. Todos asistían, y todos daban la misma explicación. En estos casos se puede pensar en una. combinación del don de sabiduría y del don de discernimiento.
Para comprender el discernimiento de los espíritus malignos, imaginémonos lo opuesto a todo esto. La sensación de la presencia del Espíritu Santo trae gozo, amor y paz; el discernimiento de los espíritus fal­sos da una sensación de abatimiento e intranquilidad.
Algunos años atrás, cuando todavía éramos nuevos en esta materia, nos visito una persona en la iglesia do Sr. Luke, y nos hablo en la reunión de oración. Llego precedido de buenas referencias y parecía no tener «segundas intenciones». Cuenta Dennis: «Le hice entrega de la reunión a nuestro visitante, y me pareció aceptable lo que decía, pero al observar los rostros de los oyentes, era obvio que algo andaba mal. Se mostraban afligidos, desdichados e incómodos. Una señora abandono su asiento y salio de la pieza excu­sándose, al pasar a mi lado, de que sentía nauseas. No tuve el buen tino suficiente para interrumpir al orador y decirle: «Discúlpeme, pero esta provocando malestar en la gente, ¿que pasa?» Al día siguiente el hombre se traslado a otro pueblo, pero cuando hablo allí, la persona que presidía lo interrumpió y le dijo:»Sus palabras son hermosas, pero discierno un espíritu falso en su vida2 que sucede?, Así enfren­tado, el hombre confeso que era un impostor, vivien­do en abierto pecado. Resulta obvio comprender que el don se manifestó no solo para proteger a la gente del engaño del enemigo, sino para lograr el arre­pentimiento y la liberación de ese hombre.
Algunas veces la influencia perturbadora no es de la persona que esta hablando u oficiando, sino de al­guien que simplemente asiste a la reunión. Un indi­viduo activamente comprometido en prácticas espiri­tistas, por ejemplo, puede producir un enfriamiento con su sola presencia, en una reunión de oración donde se solicita el Espíritu Santo. Si la reunión lan­guidece, es mejor parar y orar pidiendo al Espíritu Santo que revele la causa del malestar. Si alguno de los presentes estuviere oprimido puede ser ayuda­do y liberado.
Por lo tanto, podemos decir que el don de discer­nimiento de los espíritus actúa en un papel de «policía», para protegernos contra el enemigo y evitar que su influencia perjudique nuestra comunión. Des­graciadamente, cuando las personas reciben este tipo de discernimiento dudan muchas veces en utilizarlo para no parecer duros y faltos de caridad. Si el don de discernimiento espiritual nos dice que algo anda mal en una reunión que no estamos dirigiendo, tran­quilamente y con la mayor discreción posible, debemos hacer saber ese hecho al líder; de esa manera podemos orar pidiendo el don de sabiduría para saber que ocurre y el don de conocimiento para saber como resolver el problema. Habrá otros probablemente con el mismo discernimiento, pues habitualmente lo recibe más de uno, para confirmación.
El discernimiento de los espíritus se torna espe­cialmente útil cuando en una reunión se ejercitan otros dones. Nadie espera de nosotros que debamos aceptar cada palabra que se emite por medio de los dones, ni en ninguna otra manifestación, ni aun en la predicación, y hemos de aceptar solamente lo que el Espíritu Santo nos mueve a aceptar, siempre que este de acuerdo con la Biblia. «Los profetas hablen dos o tres y los demás juzguen (disciernan).» (1 Co­rintios 14:29.) Los dones del Espíritu Santo son pu­ros, pero los canales por donde se conducen varían según los grados de sometimiento y santificación que posean. Una manifestación puede ser setenta y cinco por ciento de Dios, pero el veinticinco por ciento restante los propios pensamientos de la persona. Debemos discernir entre ambos.

2Tomemos nota de que los «espíritus falsos» no son, y no pueden ser, los espíritus de personas que han muerto. El discernimiento de los espíritus nada tiene que ver con el espiritismo o el espi­ritualismo. Los espíritus de los seres humanos que han muerto,
no están en esta tierra, ¡y esta prohibido todo intento de entrar en contacto con ellos! Los «espíritus falsos» de que estamos ha­blando, son los que la Escritura menciona como «gobernadores de las tinieblas de este siglo es decir, ángeles caídos, «demonios». (Efesios 6:12; Mateo 10:8.)
Además, el enemigo puede enviar gente a la reunión con el deliberado propósito de perturbarla con una manifestación de imitación fraudulenta. Hechos 16 relata el incidente según el cual una mujer poseída de un espíritu de adivinación, durante varios días interrumpió a Pablo diciendo algo que tenia todo el aspecto de una profecía: «Estos hombres son sier­vos del Dios Altísimo, quienes os anuncian el camino de salvación.» (Hechos 16:17) Lo que decía era cier­to, pero hablaba bajo el influjo del enemigo. La Es­critura nos dice que cuando Pablo discernió el espíritu le causo desagrado, por lo cual le ordeno al espíritu que la abandonara y la dejara libre. Este ejemplo nos dice que las manifestaciones fraudulentas deben ser encaradas, dentro de lo posible, en el momento mismo en que se manifiestan.
La historia de Eliseo y su siervo Giezi es un ejem­plo del Antiguo Testamento de los dones de discer­nimiento de los espíritus y de sabiduría. Naamán, general del rey de Siria, era leproso. Cumpliendo con las instrucciones del profeta Eliseo, se lavó siete ve­ces en las aguas del Jordán y se curo de su enfermedad. En gratitud Naaman ofreció presentes a Eliseo, pero este los rechazo. En cambio Giezi, el siervo de Eliseo, siguió secretamente a Naaman, le mintió diciéndole que habían llegado dos visitas inesperadas y pidiéndole a Naaman dos mudas de ropa y algún dinero, todo lo cual, no hace falta decirlo, Giezi se guardo para el. Cuando Giezi se presento de nuevo ante su patrón, Eliseo discernió su espíritu deshonesto, y por el don de conocimiento supo lo que había hecho. (2 Reyes 5.)
Hay muchos ejemplos de Jesús cuando discernía espíritus. Sin conocer a Natanael, discernió inmedia­tamente que era «un verdadero israelita, en quien no hay engaño». (Juan 1:47.) Cuando Pedro hizo su gran confesión sobre Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente», Jesús le alabo. Pero cuando Jesús les dijo a sus seguidores que é1 habría de mo­rir, Pedro no pudo aceptar sus palabras. Comenzó o reconvenir a Jesús, diciendo: «Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca.» Jesús discernió que Pedro estaba hablando por boca de un falso espíritu, y le dijo: «¡Quítate de delante de mi, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cocas de Dios, sino en las de los hombres.» (Mateo 1ó:15-23.) Cuando Jesús no fue recibido en una aldea de Samaria, Jacobo y Juan se enojaron y le preguntaron a Jesús si podían ordenar que cayera fuego del cielo para consumir a los habitantes. Pero Jesús les respondió: «Vosotros no sabéis de que espíritu sois.» (Lucas 9:54-55.) Vemos a través de estos dos últimos ejemplos, que aun los más cercanos seguidores de Jesús pueden ser conducidos a conclu­siones erróneas.
Profecías ya cumplidas y otras señales bíblicas, indican que es muy probable que estemos viviendo la parte final de los últimos días. La Escritura enseña que antes del retorno de Jesucristo a la tierra, habrá muchos mas espíritus mentirosos desatados, de ma­nera que será mas necesario que nunca discernir entre lo falso y lo verdadero. (Mateo 24; Apocalip­sis 13:11-14.)
Otro uso muy importante del don de discernimiento de los espíritus es para desatar al que el enemigo tiene atados. Una de las señales que seguirían a los creyentes, les dijo Jesús, seria la de echar fuera a los demonios en su nombre (de Jesús).
3 Se da el nombre de exorcismo, desde la antigüedad, al ministerio de echar fuera a los espíritus malignos.




Alrededor de un veinticinco por ciento del ministerio de Jesús consistió en dar libertad a los que Satanás tenía cautivos; y también nosotros debemos esperar ser usados de esa manera. Jesús dijo: «El Espíritu de Jehová el Señor esta sobre mi, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel…» (Isaías 61:1) En este pasaje Isaías se refería específicamente a Jesús, pero ahora, desde el Calvario, con Cristo que vive en nosotros, también nosotros estamos ungidos con el Espíritu Santo, y también se aplica a nosotros. Esto no quiere decir que debemos buscar específicamente a los que necesitan ser liberados o desarrollar una morbosa fascinación por este tema, pero si debemos saber como orar por las personas que lo necesiten. Si estamos sometidos a Dios y adecuadamente pre­parados, e1 pondrá en nuestro camino a los que nece­sitan ser liberados.
La epístola de Santiago nos dice como entrenarnos para orar por aquellos que necesitan ser puestos en libertad: «Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.» (Santiago 4:7.) El primer paso, entonces, es someternos a Dios. Esto lo podemos hacer por medio do la oración, pidiéndole que nos muestre las facetas de nuestra vida que requieren corrección. Tenemos que cortar por lo sano con cualquier pecado conocido que tengamos en nuestra vida.
Es importante también que nos afirmemos en la autoridad que tenemos en Jesús, estudiando los pasa­jes que se refieran a esta materia.4 Debemos com­prender que en el nombre de Jesús tenemos autoridad para atar a los espíritus inmundos y para arrojarlos fuera. Algunas personas enseñan que al tratar con un espíritu maligno, se debe decir: «El Señor te reprenda», en lugar de enfrentar al enemigo direc­tamente. Citan a Judas 9 y a Zacarías 3:2. Los santos Ángeles, a pesar de ser criaturas de Dios, sin pecado, tienen que actuar frente al enemigo de esa manera.
4 Ver Efesios 1:1-23; 2:1-10; Lucas 10:19; Gálatas 2:20; 2 Co­rintios 5:17; 1 Juan 4:4.
Pero nosotros, los cristianos, no solamente somos cria­turas de Dios, sino hijos de Dios, con Cristo en nos­otros. Jesús nos dijo que tratáramos con el enemigo directamente: «…en mi nombre echaran fuera de­monios…» (Marcos 1ó:17.)5 y no hay otra manera de hacerlo., según todo el Nuevo Testamento.
A menos que la persona para quien estamos orando sea un intimo amigo o un familiar, debe haber siem­pre una tercera persona cuando oramos pidiendo liberación. Esta tercera persona puede no hacer otra cosa que permanecer de pie o arrodillada y aprobando en oración. Si la persona que necesita ser liberada quiere hablar confidencialmente, la tercera persona, puede retirarse a la próxima pieza mientras hablamos, pero en todos los casos debe estar presente cuando se eleva la oración de liberación. No es prudente que un hombre ore en privado con una mujer pidiendo su liberación, o viceversa (siempre es mejor que los mismos sexos oficien unos con otros en todas las áreas del ministerio). Si es inevitable que sea un hombre el que ore por la liberación de una mujer o de una niña, siempre tiene que estar presente otra mujer.






Un cristiano no puede ser poseído en su espíritu (donde mora el Espíritu Santo), pero su mente, sus emociones o su voluntad (las tres partes constitutivas de su alma) pueden estar deprimidas, oprimidas, ob­sesionadas, o aun poseídas, si le ha permitido la en­trada al enemigo, por andar en los caminos del pecado antes que con Jesús. Una persona que no es creyente, por supuesto, puede estar poseída en su espíritu, alma y cuerpo. De lo antedicho resulta claro, entonces, que el primero y más importante paso para ayudar a una persona a librarse del enemigo es asegurarnos que e1 o ella conocen al Señor Jesús como su Salvador.
Si la persona por quien estamos orando no es cris­tiana, debemos guiarla para aceptar a Jesús. Aconse­jamos releer el capitulo primero que nos ayudara en este punto. Es de gran ayuda tener un definido «plan de salvación» en mente, con escrituras apropiadas.
Una serie típica puede ser la siguiente:

1. Romanos 3:23: «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.»
2. Romanos 6:23: «Porque la paga del pecado es muerte. «
3. Romanos 5:8: «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aun pecadores, Cris­to murió por nosotros.»
4. Romanos 6:23: «Mas la dadiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.»
5. Juan 1:12: ‘Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.»
6. Apocalipsis 3:20. He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entrare a é1, y cenaré con é1, y él conmigo
Leamos y expliquemos estos versículos y guiemos a las personas a pronunciar una oración como la que sugerimos al final del primer capitulo de este libro, o una oración similar en sus propias palabras.
Ahora, cristianos los dos, y protegidos por la san­gre de Jesús, elevemos una abierta confesión como la siguiente: «Gracias, Jesús, por la protección de tu preciosa sangre sobre nosotros y alrededor nuestro.» A continuación debemos preguntarle a la persona con quien hemos estado orando si esta segura que Dios le ha perdonado sus pecados. Si le queda un resto de duda, debemos hacer énfasis sobre la siguiente Es­critura: «Si confesamos nuestros pecados, el es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.» (1 Juan 1:9.) Puede ser de ayuda que la persona confiese sus pecados a Dios en nues­tra presencia y en voz alta.6 En esos casos debemos escuchar en silencio y en espíritu de oración lo que tiene que decir, y cuando ha terminado, declararle el perdón de Dios. Podemos decir algo por el estilo:
6 Si se da el caso de que escuchamos cuando alguien confiesa sus pecados a Dios, debemos recordar que jamás, bajo ninguna cir­cunstancia, debemos revelar absolutamente a nadie lo que hemos oído, ni aun a nuestro más intimo y querido amigo. Debemos olvidar lo que escuchamos. Constituye un pecado grave si delibe­radamente revelamos lo que nos ha dicho en confianza una per­sona confesando sus pecados a Dios.
«He oído confesar tus pecados a Dios y se que estas verdaderamente arrepentido. Dios dice: «Cuanto esta lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.» (Salmo 103:12.) Si la persona todavía tiene dificultades, lo mejor es llamar a un pastor entrenado para aconsejarlo con su mayor ex­periencia y tratar de convencerlo y tranquilizar su mente.
Debemos asegurarnos, por supuesto, de confesar y pedir perdón por los propios pecados conocidos de nuestra vida, y de que hemos perdonado a otros. El cristiano debería vivir diariamente en este estado de perdonar y pedir perdón.
Debemos tratar, en lo posible, de descubrir la natu­raleza exacta del espíritu o de los espíritus con los que tenemos que lidiar. Dejemos que sea el Espíritu Santo quien nos guíe en esto, como en todo lo demás. No nos metamos en una interminable sesión de «con­sejos» con lo cual se puede perder mucho tiempo, sino que tenemos que descubrir que es lo que esta per­turbando a la persona: es miedo, odio, lujuria, ideas perversas, complejo de persecución, terror a los ani­males, enojo, etc.? Pidámosle a la persona que nom­bre las cosas que la afligen. Tratemos cada problema como una entidad espiritual, y encarémosla directa­mente como tal. El diablo es muy hábil en este as­pecto, y tratara de que la persona ore así: » Echo fuera esta neurosis de ansiedad!» o » Reprendo a este espíritu de ansiedad!» No es así la forma. Te­nemos que guiarlo para que diga lo siguiente: «Espíritu de ansiedad, te ato en el nombre de Jesús, bajo su preciosa sangre, y te arrojo a las tinieblas de afuera, para nunca mas volver, en el nombre de Jesús!» A veces es necesario que la persona repita juntamente con nosotros, al comienzo, frase por fra­se, pero luego es conveniente que la persona diga por si sola toda la oración. Después que la persona la haya repetido, nosotros la decimos de nuevo repren­diendo y arrojando al espíritu fuera de el, haciendo causa común con ella en la oración. Es importante que la persona que necesita ser liberada aprenda a decir su propia oración, pues de esta manera adquiere la confianza necesaria para usar su autoridad sobre el enemigo y puede orar por si sola si el enemigo retorna.
Cuando la persona logra captar la idea, ocurre con frecuencia que ora por otros problemas que no men­ciono al comienzo, a medida que el Espíritu Santo los trae a su mente. Algunos espíritus logran crear mayores reacciones emocionales en unas personas opri­midas más que en otras. Algunos consiguen crear nauseas, o exagerados accesos de tos, bostezos, es­tornudos, etc. A. veces se producen reacciones mas violentas, tales come ser arrojados al suelo. Si suce­den tales cosas no nos dejemos arredrar por ello. Ala­bemos al Señor, supliquemos la protección de la san­gre de Jesús, ¡y sigamos adelante! Por otra parte, no creamos que porque tales reacciones no se han producido, nada ha sucedido. Tampoco debemos pen­sar que, por el hecho de que una persona ha tenido una reacción física ya esta liberada. Tales manifes­taciones son efectos secundarios de la liberación.
Si la persona necesitada de oración se siente inca­paz de cooperar, o no tiene una clara percepción inte­rior de sus problemas, tendremos que actuar nosotros solos para atar a los espíritus y arrojarlos fuera en el nombre de Jesús y bajo la protección de su sangre, tal como lo hizo el apóstol Pablo en el incidente rela­tado en Hechos 16:16:18Si, por otra parte, una per­sona esta en plena posesión de sus facultades y de su voluntad, y no quiere cooperar, es probable que este­mos perdiendo nuestro tiempo con el, hasta que e1 mismo se den cuenta de su necesidad y solicite ayuda.
¡Hay personas que realmente gozan de sus problemas! ¡y a través de ellos Satanás se deleita en hacer perder el tiempo y la energía a los cristianos!
A veces tenemos que ser muy enérgicos, cuando oramos por la liberación. El Espíritu debe obedecer cuando la orden la damos con fe y en el nombre de Jesús. Si el espíritu detecta la más leve vacilación de nuestra parte, evadirá nuestra orden! Insistamos! (Es conveniente explicar rápidamente y en términos sencillos al «paciente» que no le estamos hablando a el cuando reprendemos al espíritu inmundo. Digamos algo por el estilo: «No te estoy hablando a ti, sino al espíritu que te esta perturbando.»)
No hay un solo caso en las Escrituras de imposición de manos para echar fuera espíritus, y la mayoría opina que no debe practicarse. No creemos que en la persona que oficia, si es un cristiano y esta pro­tegido por la sangre de Cristo, pueda sufrir ningún daño, pero podemos esperar que la persona que nece­sita ser liberada reaccione fuerte y violentamente si se la toca. Es preferible evitar todo contacto físico cuando estamos ofreciendo oraciones para la liberación.
Una vez obtenida la liberación, debemos alabar al Señor y rendirle a el la gloria. Ahora si coloquemos las manos sobre la cabeza de la persona y oremos para que el Espíritu Santo llene todos los espacios que antes ocupaban los espíritus. Si 1a persona no ha sido bautizada en el Espíritu Santo, esta es una ex­celente oportunidad para explicarle como se recibe y debemos ayudarla para hacerlo. Es imperativo que la casa este rebosante del Espíritu Santo y de su poder.
Debemos insistir ante la persona sobre la impor­tancia de alimentarse diariamente con la Palabra de Dios, en la oración, en la alabanza, y en la comunión con otros en el Señor.
Hemos dado solamente los lineamientos generales sobre este tema, pero antes de pasar adelante, que­remos señalar que el echar fuera los espíritus no esta limitado, de ninguna manera, a las personas que están profundamente oprimidas o poseídas. En toda opor­tunidad en que sentimos que el enemigo nos esta acosando y no podemos deshacernos de el mediante nuestras propias oraciones, no debemos dudar un ins­tante de recurrir a un amigo en el Señor y pedirle que ore con nosotros y nos ayude a echar fuera el mal. Cada vez que estamos luchando contra un pecado que no nos da reposo -enojo, lujuria, temor- aunque no se trate mas de que un leve problema, si no podemos dominarlo, debemos tratarlo como un espíritu de opresión, sujetarlo y arrojarlo afuera; y si no podemos hacerlo por nuestra propia cuenta, ¡pida­mos ayuda! En esos casos nuestro consejo es recurrir a un consejero cristiano bien calificado para que hable y ore con nosotros.
Oremos para que nuestro discernimiento sobre las tácticas del enemigo en nuestras propias vidas y en las vidas de otros, sea aguzado de tal manera que podemos experimentar la total liberación de los cau­tivos. Recordemos, además, que los setenta seguido­res de Jesús que salieron luego de recibir el poder contra el enemigo, volvieron llenos de gozo declarando que habían logrado sujetar a los demonios en el nombre de Jesús. Pero Jesús, que sin duda alguna se regocijo con ellos, los trajo de vuelta a la realidad: «No os regocijéis de que los espíritus se os sujeten, sino regocijaos de que vuestros nombres están escri­tos en los cielos.» Mientras oramos para que la gente sea librada de la servidumbre, no olvidemos de re­gocijarnos más que nada, de que nuestros nombres están escritos en el Libro de la Vida del Cordero.

Capítulo 13 – La palabra de ciencia y la palabra de sabiduría – Libro El Espíritu Santo y tú. D. Bennett


El octavo don de nuestro estudio es la «palabra de ciencia o conocimiento». Es la revelación sobrenatural de hechos pasados, presentes o futuros sin intervención de la mente natural. Podemos describirla co­mo la mente de Cristo manifestada a la mente del creyente, y hecha conocer, cuando es necesario, en un abrir y cerrar de ojos. (1 Corintios 2:1ó.) Este don es utilizado para proteger a los cristianos, para indicarles como orar con más eficacia, o para mostrarles como ayudar a otros.
El noveno don, la «palabra de sabiduría» es la apli­cación sobrenatural del conocimiento. Es saber que hacer con el conocimiento natural o sobrenatural que Dios nos ha dado, tal como el sentido común, por ejemplo, que nos dice como iniciar una acción. La «palabra de sabiduría» es una información revelada de una manera sobrenatural, pero la «palabra de co­nocimiento» nos dice como aplicar la información.
Generalmente nos es dada la «palabra de sabiduría» juntamente con la «palabra de conocimiento». Es conveniente esperar pacientemente la palabra de sabiduría, y no salir disparando con los nudos a me­dio hacer, cuando recibimos un conocimiento sobre­natural. Esperamos a que sea Dios quien nos diga que hacer con ella. La «palabra de sabiduría» nos in­dicara como hacer lo que Dios nos ha indicado que debemos hacer, como resolver los problemas que se plantean, o que cosas decir y como decirlas en una situación dada, especialmente cuando el desafío se refiere a nuestra fe. Los dones de la «palabra de conocimiento» y de la «palabra de sabiduría» pueden ponerse de manifiesto por una súbita inspiración que no se nos va de nosotros, sin «conocer» en lo mas hon­do de nuestro espíritu, o por la interpretación de un sueño, 1 una visión, una parábola, por los dones voca­les del Espíritu Santo y, mas raramente, oyendo en forma audible la voz de Dios, o por la visita de un ángel.
La Escritura habla de «palabra» de conocimiento y «palabra» de sabiduría. En ambos casos «palabra» en griego, es (logos), que puede significar «palabra», «cuestión» o «asunto» y no esta reducida únicamente a la palabra hablada. Esto quiere decir que si reci­bimos los dones de conocimiento o de sabiduría, bien que sean audibles o no, siguen siendo dones de «pa­labra de conocimiento» o «palabra de sabiduría». No tienen que ser, necesariamente, dones vocales. Con frecuencia, y refiriéndose a estos dones, se habla de «la palabra de conocimiento» o «la palabra de sabiduría». En el original griego no aparece ningún artículo y simplemente los denomina «palabra de sabiduría» y «palabra de conocimiento». El agregarle un artículo puede modificar artificiosamente su sig­nificado. Ni siquiera tenemos el derecho de utilizar el artículo indefinido: «una palabra de sabiduría» como lo hacen algunas versiones modernas, pues nue­vamente aquí se percibe el sutil cambio de sentido. Pero corrientemente, y para facilitar las referencias bíblicas, utilizamos el articulo determinante «la» pero si las escribimos debemos dejarla fuera de las comillas, indicando así que el articulo se refiere al don en general, y no a la «palabra» en particular. Bien pudie­ra ser que la ausencia del artículo en el original grie­go nos recuerde que estas «palabras» son tan solo fragmentos de la sabiduría y del conocimiento de Dios.
1 Si bien es cierto que a veces Dios le habla a una persona por medio do un sueño, esto no quiere decir que debemos 1levar un diario registro do todos nuestros sueños. E1 psicólogo puede tener interés en conocer 1os sueños de la personas que lo consultan, que le sirve como pista para saber lo que esta ocurriendo en el subconsciente, pero esto tiene muy poco qua ver con el tema que estamos tratando. Muchos de los sueños no son otra cosa que el resultado de haber comido demasiado antes de ir a dormir. Y algunos sueños los provoca el enemigo; ¿por que gastar nuestro tiempo prestándoles atención a la confusión que pueden originar? Si Dios nos ha hablado en un sueño y e1 quiere que 1o recorde­mos, lo recordaremos sin duda alguna. El dice qua el Espíritu Santo «os recordará todo lo que yo os he dicho». (Juan 14:2ó.)
Podemos distinguir cuatro clases de conocimiento:

Primero: El conocimiento humano natural que a todas luces va en aumento. El libro de Daniel, refi­riéndose a los últimos tiempos dice: «Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentara.» (Daniel 12:4.) Recientemente un profesor universita­rio amigo nuestro, nos dijo que el progreso del cono­cimiento en el área de la matemática superior era tan extraordinario que en algunos casos los investigadores en dos campos diferentes de matemáticas, no logra­ban comunicarse entre ellos. Para poder relacionar y procesar la inmensa cantidad de datos obtenidos por la investigación, se torna indispensable recurrir a los cerebros electrónicos o computadoras, pues va mas allá de las posibilidades de la mente human al hacerlo con los métodos corrientes por un periodo más o menos prolongado. Por importante que sea la ciencia de este mundo, a veces crea tanto orgullo que les impide a algunos conocer al Señor. La epístola a los Corintios dice así: «Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para el son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.» (1 Corintios 2:14.) También dice la Escritura: «El conocimiento envanece, pero el amor edifica.» (1 Corintios 8:1.)
Segundo: El conocimiento sobrenatural, producto de este mundo caído, que hemos mencionado antes, es el intento de la mente natural de obtener información por medios sobrenaturales que no son los del Espíritu Santo. Incluye lo oculto, lo psíquico, y las investigaciones «metafísicas» que utiliza Satanás para entrampar a un numero cada día creciente de perso­nas en la actualidad. Las así llamadas experiencias religiosas por medio de drogas, de cultos, de lo psíquico y fenómenos ocultos, crecen alarmantemente; basta con mirar los títulos de los libros en los estan­tes de una librería para comprobar el interés que despiertan las obras que se refieren a tales cosas. El conocimiento así adquirido esta por fuera de los limi­tes de lo permitido por Dios. ¡No lo toquemos!
Nuestra tercer categoría es et verdadero conoci­miento intelectual que lo adquirimos al conocer a Dios personalmente, por medio de Jesucristo (Juan 17:3; Filipenses 3.10), de recibir la plenitud del Espíritu Santo, estudiando la Palabra de Dios que nos hace saber la voluntad de Dios y sus caminos, para lo cual no hay substituto. (Salmo 103:7; Éxodo 33:13.) Ante un conocimiento natural de este mundo, tan sugestivo y en permanente desarrollo, es apasionante comprobar que el conocimiento del Señor va en aumento en su pueblo hoy más que nunca. Isaías nos dice que: «. . . la tierra será llena del conocimiento de JEHOVA como las aguas cubren el mar.» (Isaías 11:9.) Aun el libro de Daniel y su similar el de Apocalipsis han permanecido cerrados y sellados a la comprensión total del hombre hasta el tiempo del fin… (Daniel 12:4, 9.) Hay muchas cosas de la Palabra de Dios que nos serán reveladas a nosotros recién en los U1timos tiempos. ¡Estamos viviendo días gloriosos! El conocimiento del hom­bre pasara, pero el conocimiento del Señor es per­manente y durara toda la eternidad. (Mateo 24:35­36; 1 Pedro 1:25.)
La cuarta clase es el don de «palabra de conoci­miento«. Al considerar este don, digamos en primer lugar lo que no es. No es un fenómeno psíquico o una percepción extrasensorial tal como la telepatía (la presunta habilidad de leer las mentes), la clari­videncia (la presunta habilidad para conocer hechos que están ocurriendo en otras partes) o la precognición (la presunta habilidad para conocer el futuro). Estas «habilidades» están prohibidas en la Palabra de. Dios. (1 Crónicas 10:13; Deuteronomio 18:9-12.) No debemos incurrir en esas prácticas o abriremos la puerta a Satanás. Todas las actividades de esa naturaleza son peligrosas y malas. Experimentar con tales fenómenos psíquicos es jugar con los caídos poderes de este mundo que están controlados por Satanás En el mundo hay dos fuentes de poder espiri­tual: Dios y Satanás. E1 solo hecho de que algo sea «sobrenatural» no significa ni que sea bueno ni que sea de Dios.
El don de la «palabra de conocimiento» no es ninguna «habilidad» humana, sino un puro don de Dios. No se «desarrolla» como pueden serlo las mani­festaciones demoníacas, sino que se manifiesta como el resultado de estar en estrecho contacto con el Señor. El cristiano tiene algo infinitamente mejor que los dones fraudulentos de este mundo, porque esta gustando los poderes del mundo venidero, a tra­vés de Jesucristo, y los dones del Espíritu Santo. (Hebreos 6:5.) La epístola de Santiago dice: «Toda buena dadiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre…» (Santiago 1: 17.) Los dones do Dios vienen desde arriba, do lugares celestiales en Cristo Jesús, donde el cristiano vive en su Espíritu. Pablo le dice a los efesios: «… nos resucito y… nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús.» (Efesios 2:6) El cristiano debe abstenerse de utili­zar la terminología del mundo para describir las ex­periencias sobrenaturales. Si un cristiano se entera de pronto sin recibir la noticia por las vías natu­rales que un amigo se encuentra en dificultades, y necesita oración y ayuda, eso no seria una «percepción extrasensoria» sino mas bien Dios que ma­nifiesta el don de la «palabra de conocimiento«. Los dones del Espíritu Santo vienen del Espíritu Santo y el es quien los hace llegar a nuestro espíritu y no desde el alma o de los sentidos físicos, ni a través de ellos.
Pablo les dijo a los cristianos en Corinto: «Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho.» (1 Corintios 12:7.) Estos dones han sido dados para nuestro provecho y para que nos beneficiemos los unos con los otros. No deben ser erróneamente usados. Cuando Dios decide compartir su conocimiento con nosotros, es porque tiene un propósito en vista. ¡No nos es dado para el simple hecho de hacernos sentir «espirituales» o habilidosos!
Veamos algunos ejemplos de una «palabra de cono­cimiento» registrados en la Biblia:
Fue utilizada para encontrar personas u objetos extraviados, como sucedió con Saúl y las asnas per­didas. (1 Samuel 9:15-20; 10:21-23.) (Observemos que la «palabra de conocimiento» puede brindarnos información sobre asuntos aparentemente prosaicos. Dios se preocupa por cada una do las necesidades humanas. )
Natan recibió una «palabra de conocimiento» re­lacionada con el asunto que hubo entre David y Bet­sabe. También recibió sabiduría para tratar con el rey. (2 Samuel 12:7-13.)
Fue utilizada para desenmascarar a un hipócrita, a Giezi, el siervo de Eliseo. (2 Reyes 5:20-27.)
Eliseo, por revelación milagrosa, supo donde es­ taba emplazado el ejército sirio, salvando así a Israel de la batalla. (2 Reyes ó.8-23.)


El Señor Jesús use e1 don de la «palabra de co­nocimiento». Cuando dejo de lado su gloria, acepto las limitaciones del intelecto humano. Mientras vivió en esta tierra no fue omnisciente -que tiene cono­cimiento de todas las cosas- pero todo el conoci­miento que necesitaba para encarar cualquier situación, lo obtenía del Espíritu Santo de la misma ma­nera que lo obtenemos nosotros por intermedio de el.
Cuando Jesús sana al paralítico, también le per­dono sus pecados. Esto provoco entre los escribas pensamientos aviesos contra Jesús. Jesús supo, por una «palabra de conocimiento» (no por «leer los pen­samientos») lo que pensaban en su fuero intimo, y así se los dijo directamente. (Mateo 9:2-ó.)
Por media de este don de revelación (no por «cla­rividencia») Jesús «vio» a Natanael mucho antes de conocerlo, sentado bajo la higuera, y también supo Jesús que clase de persona era. Vernos entonces que «la palabra de conocimiento» puede revelar las an­danzas de un hombre y la naturaleza de su corazón y de sus pensamientos. (Juan 1:47-50.)
Fue utilizado para convencer a la mujer samari­tana de su pecado, y de la necesidad de aceptar a Jesús como Mesías. «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho…» (Juan 4:17­18, 29.)
Este conocimiento sobrenatural se manifestó per­manentemente en los días de la iglesia primitiva.
Fue utilizado para revelar la corrupción en la igle­sia: Ananías y Safira. (Hechos 5:3.)
Otro Ananias, un cristiano de otra manera descono­cido supo, por una visión, de la conversión de Saulo, el nombre de la calle (Derecha), el nombre de la persona en cuya casa se hospedaba (Judas), a quien tenia que buscar (Saulo de Tarso), que estaba ha­ciendo Saulo (orando), su actitud (estaba arrepen­tido) y sus necesidades (curación y el bautismo con el Espíritu Santo). (Hechos 9:11-12, 17.)
El Espíritu Santo revelo a Pedro, por medio de la «palabra de conocimiento» que tres hombres pregun­taban por el a la puerta de su casa en Jope, y no tuvo ni un vestigio de duda de que debía acompañarlos. (Hechos 10:17-23.)
Como un ejemplo del día de hoy, relataremos algo que ocurrió en Spokane, Washington, mientras Rita daba una clase sobre los dones del Espíritu Santo. No se reducían tan solo a estudiar este tema intelec­tualmente, sino que oraban y esperaban que esos dones se manifestaran. La fe aumenta cuando se escucha la Palabra de Dios, y cuando la clase consideraba las Escrituras, aumento la atmósfera de fe a un punto tal en que lo milagroso podía ocurrir en cualquier momento. Mientras oraban, al finalizar la clase, Rita tuvo una fuerte impresión, una sensación desacostum­brada en su oído derecho. No sabiendo, al comienzo, de donde venia esa impresión, pidió la protección de Dios. Entonces se le ocurrió lo siguiente: «Tal vez Dios esta tratando de decirme que alguien de este grupo sufre de su oído derecho.» Estando entre ami­gos, decidió preguntar. Una joven, llamada Fran, respondió de inmediato, y dijo que padecía de una sor­dera del oído derecho desde hacia veinte años. Últimamente su sordera la molestaba tanto que había orado intensamente a Dios para que la sanara. Rita relata lo siguiente: «Nunca en mi vida se me había reve­lado de esta manera la «palabra de conocimiento» y supe, sin el mas leve asomo de duda, de que Dios la iba a sanar.» El grupo de oración rodeo a Fran y le impusieron las manos, pero fue innecesaria la oración de intercesión, porque Dios ya revelo lo que iba a hacer; con fe sencilla Rita ordeno al oído de Fran, en el nombre de Jesús, que se curara. Fran contó luego que ella sabia que algo había ocurrido, pero no testifico sobre su curación antes de ser exa­minada por el medico. Después canto que cuando se oro por ella sintió un chasquido y recobro el oído. El medico confirmó que su oído había vuelto a la normalidad. Y así ha quedado desde entonces. Este hecho muestra una combinación de tres dones, co­menzando con una «palabra de conocimiento», que trajo un don do fe, que a su vez puso en acción el don de sanidades.
Tan maravilloso como es el hecho de que Dios nos había y nos diga lo que va a hacer y que papel vamos a jugar en sus planes (conocimiento), lo es, y de igual importancia, el que el nos muestre como eje­cutar nuestra tarea (sabiduría). Si una madre explicara a su hijita cuales son los ingredientes y las proporciones a utilizar para hacer una torta, pero no le diera la sabiduría necesaria para saber como mezclar esos ingredientes, el conocimiento no tendría ningún valor. En realidad el resultado seria desas­troso. De todo ello se desprende que corren parejos los dones de conocimiento y de sabiduría; es impor­tante disponer de ambos. El libro do Proverbios nos dice: «La lengua de los sabios adornara sabiduría.» (Proverbios 15:2.)
También tenemos cuatro clases de sabiduría
La sabiduría humana natural es el conocimiento natural aplicado. Por supuesto que este tipo de sabiduría esta en permanente aumento, desde el momen­to en que el conocimiento también lo esta. El conoci­miento seria inútil de no contar con la sabiduría. De más esta decirlo, es sabiduría del hombre. Comparada con la sabiduría de Dios, es pura tontería. También puede ser una piedra de tropiezo, apartado al hom­bre de Dios. Un día cesara la sabiduría natural del hombre: «Destruiré la sabiduría de los sabios, y desechare el entendimiento de los entendidos.» (1 Co­rintios 1:19.)
Tanto la sabiduría como el conocimiento sobrena­turales, productos de un mundo caído fueron justa­mente los recursos que se utilizaron para tentar al primer hombre y a la primera mujer, para desobe­decer el mandamiento de Dios. «… un árbol codicia­ble para alcanzar sabiduría…» leemos en Génesis 3:6. Esta clase de sabiduría fue -y continúa siéndolo prohibida por Dios. El hombre ya disponía de la sabiduría natural, que era buena, y abrió  Más puertas para que entrara el conocimiento sobrenatural maligno y su aplicación, la sabiduría perniciosa, que hasta ese momento era patrimonio exclusivo de los ángeles caídos. La astrología es un ejemplo de la sabiduría fraudulenta de hoy en día. (Daniel 2:27-28.)
Sabiduría intelectual verdadera. El libro de Pro­verbios y la Sabiduría de Salomón, son buenos ejem­plos de esto. Se obtiene cuando se respeta al Señor y a la Palabra de Dios (Job 28:28; Proverbios 9:1.0), y también estudiando la Palabra do Dios, que solo puede ser comprendida cuando es revelada por el Espíritu Santo. Para que esto sea posible debemos, en primer lugar, recibir a Cristo que es la sabiduría de Dios (1 Corintios 1:24). Y es importante, como es obvio, haber recibido el bautismo con el Espíritu Santo. La Escritura dice: «Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.» (Santiago 1:5.) Pablo oro sin cesar por la iglesia para que fueran «…llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual.» (Colosen­ses 1:9.) Tenemos que pedirle a Dios y creer que nos dará generosamente la sabiduría necesaria para eje­cutar de la mejor manera posible la tarea que el nos ha encomendado.
El don sobrenatural de la «palabra de sabiduría» consiste en recibir en forma súbita y milagrosa la sabiduría necesaria para encarar cualquier situación que se presente, o responder a una pregunta dada, o utilizar un aspecto en particular del conocimiento, ya sea natural o sobrenatural. Al igual que la «palabra de conocimiento» no consiste en la puesta en juego de una destreza human adquirida, sino que es, exclu­sivamente, un don de Dios. Seria difícil establecer cual de las dos sabiduría o conocimiento- es más importante. Algo así como tratar de decidir cual es más importante, si el pintor o la pintura, puesto que si bien es cierto que el artista no puede pintar su cuadro sin contar con los materiales, estos sin la persona que sabe como usarlos, pueden estropear la tela y dar por resultado un mamarracho. De manera que si una persona cuenta con el conocimiento -ya sea natural o sobrenatural- pero no cuenta con la sabiduría para utilizarlo adecuadamente, el resultado final puede ser un daño irreparable.
Veamos algunos ejemplos del don do la «palabra de sabiduría» extractados del Antiguo Testamento:
Cuando José interpreto el sueño del Faraón, no se valió de una sabiduría natural, o de una sabiduría lograda por el estudio y la preparación previa: José recibió una respuesta sobrenatural inmediata. José se encontró de pronto en un aprieto. Con el tiempo ape­nas necesario para salir de la prisión tuvo que en­frentarse al Faraón e interpretar su sueño. Posterior­mente José dio sabios consejos sobre varios asuntos, entre ellos la necesidad de designar a una persona sabia y prudente como administrador general y a funcionarios a las órdenes de aquel, y sobre la forma de almacenar el alimento que serviría para los años de hambre que vendrían. Esto ultimo no fue una «palabra de sabiduría» sino la verdadera sabiduría intelectual que Dios brindo a. José, y que este use en numerosas oportunidades. Todo esto llevo al Faraón  a referirse a José como un hombre «entendido y sabio» y le dio un cargo ejecutivo, con autoridad sobre toda la administración egipcia, inferior únicamente al Faraón. (Génesis 41.)
Dios hablo a Moisés desde una zarza ardiente, encomendándole la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto (conocimiento), y Moisés tuvo que recu­rrir muchas veces a la palabra de sabiduría cuando en numerosas oportunidades debió enfrentarse a ese pueblo rebelde. (Éxodo 3.)
Dios le dijo a Moisés el conocimiento necesario para proyectar el tabernáculo que habría de construir en el desierto, y le informo que había llamado a Be­zaleel colmándolo de sabiduría y de conocimiento (que no poseía naturalmente) para trabajar el oro, la plata, el bronce, las piedras y la madera, y para encargarse del grueso de la construcción del tabernáculo. (Éxodo 31.)
Una de las grandes historian do «fe», narradas en el Antiguo Testamento resulta ser también un extra­ordinario ejemplo de los dones espirituales de profecía, sabidurías y conocimiento. El rey Josafat se en­contraba acosado por la alianza de tres poderosos enemigos. Sabiendo que no disponía de lo recursos suficientes para defender su reino, puso todo el pro­blema delante de Dios. Todo el pueblo de Judá. «esta­ba de pie delante de Jehová» esperando la respuesta. Y la respuesta se recibió cuando «sobre Jahaziel… vino el Espíritu de Jehová en medio de la reunión» y Jahaziel empezó a profetizar:
«No temáis ni os amedrentéis delante de esta mul­titud tan grande, porque no es vuestra la guerra, sino de Dios.» Esto fue «edificación, exhortación y consuelo». Luego siguió la «palabra de conocimiento» al informar Jahaziel al rey y al pueblo, exactamente donde estaría el enemigo, y donde lo podrían encon­trar. Nuevamente les dio una «palabra de sabiduría» al decirles que no tendrían que pelear, sino quedarse quietos y observar lo que haría Dios. A continuación Dios le dio a Josafat una «palabra de sabiduría» y es para ello que en lugar de salir al encuentro del enemigo al frente de sus guerreros escogidos, envió a hombres a cantar y alabar a Dios, y he aquí, los enemigos cayeron en sus propias emboscadas y se mataron entre ellos. (2 Crónicas 20:12-23.)
Daniel fue un hombre intelectualmente sabio y de amplísimos conocimientos, y por ello fue elegido para enseñar en el palacio del rey. Sin embargo, superior a ello fue la «palabra de sabiduría» que de tanto en tanto le daba Dios, de manera que pudo interpretar (sabiduría) el sumo que Nabucodonosor había sonado y olvidado. Estos secretos fueron revelados a Daniel en «visión de noche». Daniel dijo: «Sea bendito el nombre de Dios por siglos en siglos, porque suyos son el poder y la sabiduría… da la sabiduría a los sabios y la ciencia a los entendidos. El revela profundo y lo escondido…» (Daniel 2:20-22.) Como consecuencia de ello el rey lo designo gobernador general de Babilonia, con autoridad sobre los demás gobernadores. En el capitulo cuarto leemos que nuevamente Daniel interpreta el sumo do Nabucodonosor, esta vez anunciándole que su reino le seria quitado. Mas tarde, bajo el reinado de Belsasar fue llamado para interpretar la escritura de la pared. Los dones de Dios salvaron en varias oportunidades vida de Daniel y de sus compañeros.
Como el Gran Ejemplo, en todas las cosas, el Señor Jesús exhibió una y otra vez la «palabra de sabiduría» para encarar circunstancias particularmente difíciles. Los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo le preguntaron a Jesús sobre que autoridad; basaba semejantes pretensiones. La respuesta de Jesús, en forma de una pregunta, fue dictada por una «palabra de sabiduría». (Mateo 21:23-27.)
Los fariseos quisieron entrampar a Jesús preguntándole silos hombres debían pagar tributo a Cesar, o no. Jesús respondió con una «palabra de sabiduría»: «Dad, pues, a Cesar lo que es de Cesar, y Dios lo que es de Dios.»
Un abogado fariseo tentó a Jesús, preguntando cual era, en su opinión, al más grande mandamiento de la ley. Jesús respondió con sabiduría. A continuación les pregunto a los fariseos quien creían ellos, que era el, de quien era hijo el Cristo. Ellos le respondieron «de David». La cita de los Salmos con que les contesto Jesús fue tan profunda, que el evangelio de Mateo cuenta que desde ese día nadie oso preguntarle mas. (Mateo 22:34-4ó.) Así como Jesús  tenia una gran sabiduría, contamos con la promesa de que en medio de la persecución el nos dará «palabra y sabiduría» que nuestros adversarios no podrán desmentir ni rechazar. Estos dones serán más necesarios en los días por venir. El evangelio de Mateo dice: «guardaos de los hombres, porque os entregaran los  concilios… sinagogas… gobernadores y reyes por causa de mi… Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por como o que hablareis: porque en aquella, hora os será dado lo que habéis de hablar.» (Ma­teo 10:17-19.)
Este pasaje nos indica de donde sacaron Pedro y Juan la sabiduría que aplicaron cuando fueron ame­nazados por los dirigentes judíos a raíz de haber sanado a un cojo. (Hechos 4:7-21.) Mas tarde, al ser arrestados justamente por esa curación, leemos: «Entonces, viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús.» (Hechos 4:13.)
Se dijo de aquellos que disputaban con Esteban – que era un hombre lleno de gracia y do poder- ­que: «No podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba.» (Hechos 6:8-10.)
Por cierto que el apóstol Pablo no era un hombre entrenado en el arte de la navegación, y sin embargo, cuando se vio envuelto en un naufragio, tomo el mando de la situación a pesar del hecho de viajar como prisionero, rumbo a Roma, y el oficial romano le escucho con todo respeto. (Hechos 27:21-35.)

Tenemos que rectificar nuestra manera de pensar, y librarnos del viejo hábito de fijarle limitaciones a Dios en nuestras vidas y empezar a vivir con expec­tativa. En Cristo están escondidos «todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento». (Colosenses 2:3.) Desde el momento en que Cristo vive en nosotros, el hecho formidable es que su sabiduría y conocimiento también están allí, listos para sernos revelados por el avivamiento del Espíritu Santo. Contando con este maravilloso tesoro que es Jesucristo morando en nos­otros, podemos estar seguros que el Espíritu Santo sacara de ese tesoro los dones que necesitamos en la medida en que creamos en Dios. Dispongamos del tiempo necesario para agradecerle ahora mismo, por­que tanto la sabiduría como el conocimiento divinos se manifestaran en nuestras vidas por mandato de Dios, cuando surja la necesidad. ¡Alabemos a Dios por sus inefables riquezas!

 


En este estudio de los dones del Espíritu, comen­zamos con los dones de la palabra inspirada, porque son los de más fácil observancia, y los que más fre­cuentemente se manifiestan; a continuación los dones de poder; y en último lugar los dones de revelación. Todos los sucesos sobrenaturales registrados en la Biblia (a excepción de las imitaciones fraudulentas, por supuesto) pueden ser identificados con uno u otro de estos nueve dones del Espíritu, anotados en 1 Corintios 12:7-11.
Hay otras tres listas anotadas en el Nuevo Testa­mento, denominadas «dones», pero una de ellas, en la carta a los Efesios, es una lista de cargos o minis­terios en la iglesia: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. (Efesios 4:8, 11.) Además en el original griego se usa un vocablo distinto: domata en lugar de carismata. Otra «lista» la tenemos en la carta a los Romanos, pero en realidad no se trata de un intento de hacer una lista de los dones, sino mas bien una serie de ilustraciones para instruir a los cristianos en la forma de vivir. (Romanos 12:4-21.) Mezcla unos cuantos dones y ministerios con otras funciones, algunas de las cuales según la exposición razonada de Pablo en sus otros escritos, se llamarían «frutos» del Espíritu. En Corintios, capitulo 12 -que es el capitulo donde con toda claridad aparece la lista de los dones- el apóstol cita nuevamente, al finalizar el capitulo, algunos de los dones y ministerios pero lo hace con un propósito ilustrativo.2 Pareciera ajus­tarse mas al esquema general de la Escritura, decir que 1 Corintios 12:7-11 es la lista de los dones, mien­tras que Efesios 4:11 hace referencia a los ministe­rios «oficiales» de la iglesia. De igual forma los fru­tos del Espíritu están anotados en Gálatas 5:22-23, pero en Efesios 5:9 Pablo utiliza el termino en estilo ilustrativo: «El fruto del Espíritu es toda bondad, justicia y verdad.»
Toda persona que ha sido bautizada en el Espíritu Santo puede ejercer cualquiera de los nueve dones espirituales, según sean las necesidades que se pre­senten, y según lo decida el Espíritu Santo. Conoce­mos muchos cristianos que en el transcurso de varios años se han valido de los nueve dones del Espíritu. Esto no quiere decir que Sean mas espirituales que los demás, pero si que han sido mas asequibles y han vivido mas a la expectativa.
2 Cualquiera de 1os dones- del Espíritu pueden llegar a ser un ministerio, como ya lo hemos dicho antes, pero los que aparecen al final de esta lista deben ser considerados específicamente como tales.
Nuestro ruego es que este estudio redundara en una mayor comprensión, de tal manera que los dones de poder y de revelación se manifiesten en el cuerpo de Cristo mucho más que en el pasado, y que los dones mas conocidos -los de la palabra inspirada- sean expresados con mayor belleza y edificación en la Iglesia.
Es nuestra opinión que Dios quiere que los dones se manifiesten en forma activa en la vida de la iglesia, para aumentar nuestra propia edificación y gozo, y también demostrarle al mundo que Jesús vive y es real. El Espíritu Santo reparte los dones a cada hom­bre individualmente, en la forma en que el lo cree oportuno, y el Espíritu Santo desea que vivamos una vida abundante en Cristo.
«Y a aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho mas abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos.»
(Efesios3:20-21.)

 

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